Páginas vistas en total

martes, 28 de diciembre de 2010

Nadie es perfecta, la maternidad de las escritoras.

Por: Gabriela Bustelo

Decidir no querer ser madre parece uno de los temas vedados para las mujeres. En la literatura, la renuncia a los hijos, o la denuncia del aburrimiento al tenerlos, ha dado para estupendas novelas y suicidios desesperados.

En apenas cinco años, la escritora británica J. K. Rowling pasó de malvivir de la seguridad social a figurar en la revista Forbes como la decimosegunda mujer más rica de su país. El primer libro de la saga Harry Potter lo escribió en las cafeterías donde acudía con su hija de pocos meses, a quien sacaba de paseo para hacerle conciliar el sueño. En aquellos tiempos Rowling estaba tan deprimida, que llegó a pensar en suicidarse. Al recordarlo ahora dice que fue su hija Jessica quien le salvó la vida.

La autora estadounidense Sylvia Plath, sin embargo, metió la cabeza en el horno mientras sus dos hijos pequeños dormían en la habitación de al lado. Primero tomó la precaución de tapar la rendija de la puerta con toallas húmedas para impedir que saliera el gas y luego escribió una nota que decía “Llamen al médico”. En su caso, el hecho de ser madre no fue suficiente para disuadirla de tomar una decisión tan drástica.

Al recordar estas dos historias tan contrapuestas, es interesante hacer el ejercicio mental de imaginar a un hombre en ambas situaciones. ¿Un padre escribiendo en una cafetería con su bebé de meses dormido en un capazo a su lado? ¿Un padre deprimido que antes de suicidarse sólo piensa en proteger a sus hijos? Los tiempos han cambiado mucho, es cierto, pero las protagonistas de ambas situaciones tienen una conducta maternal que habría parecido poco corriente en un hombre dadas las mismas circunstancias.

Es evidente que las experiencias vitales de la mujer han sido diferentes a las del hombre a lo largo de la historia y muchas son las escritoras que se han dedicado a reflejar este hecho en sus obras. La novela anglosajona alcanzó cotas de gran calidad a finales del siglo XVIII y durante el XIX, cuando las mujeres tenían un papel social preciso y constreñido al entorno doméstico, en el que los hijos ocupaban el centro de su mundo privado. De ahí que las escritoras tuvieran forzosamente una perspectiva distinta de la de sus homólogos masculinos, quienes pasaban poco tiempo en casa.

Las escritoras británicas de la época victoriana, que superan a otros países en cantidad y calidad, proporcionaron agudos retratos de los entresijos de una vida doméstica a menudo más dramática de lo que pudiera parecer. Escritoras de la talla de Jane Austen, Emily Brontë y George Eliot nos aportaron una mirada extraordinaria y única de situaciones familiares y cotidianas a las que sólo ellas, como mujeres, tenían acceso. En el caso de estas tres autoras, ninguna de ellas se casó ni tuvo hijos, por lo que llevaban vidas considerablemente distintas de las de sus coetáneas. Sin embargo, tuvieron que soportar la paradoja de que el intento de obtener una mayor libertad estigmatizó su vida social, mientras que sus carreras literarias estuvieron indeleblemente marcadas por el mero hecho de ser mujeres. Cuando Austen logró publicar Sentido y sensibilidad a principios del siglo XIX, el editor le impuso la condición de que la obra fuese anónima, apostillada por la enigmática frase “Escrito por una dama”. Casi medio siglo después Emily Brontë también tuvo que enfrentarse a los prejuicios sociales, y optó por publicar su poesía con el seudónimo de Ellis Bell. En el caso de George Eliot, cuyo verdadero nombre era Mary Ann Evans, optó por cambiarse el nombre para que su obra no fuese clasificada como la de una autora romántica, cosa que explicó en su ensayo “Novelas tontas escritas por mujeres”. Pero también quiso escudarse tras un nombre masculino para protegerse del escándalo social, ya que vivía con el filósofo George Henry Lewes, casado y con hijos. Es forzoso plantearse que en el caso de Austen, Brontë y Eliot, la opción de no casarse ni tener hijos requirió por su parte una valentía que no habrían necesitado en caso de ser hombres. En su interesante ensayo Without Child (1996), Laurie Lisle estudia a fondo el estigma de la mujer nulípara –sin descendencia–, apuntando con ironía que la presión social es tal, que “las mujeres sin hijos a menudo nos planteamos si somos personas adultas o no”.

La psique femenina empezó a ser objeto de estudio en los albores y comienzos del siglo XX con el nacimiento del psicoanálisis, pero las mujeres independientes seguían luchando contra su sentido de la culpabilidad. Escritoras que alcanzaron la fama en vida, como la estadounidense Louisa May Alcott y la inglesa Virginia Woolf, tuvieron que enfrentarse a las críticas de quienes las consideraban unas outsiders no integradas en la sociedad. Una vez más, el hecho de no tener hijos era definitivo. Si en la biografía de un escritor el hecho de ser soltero y sin hijos apenas llama la atención, una escritora parece verse en la obligación, incluso hoy día, de procurar justificar semejante desmán. En vez de disfrutar abiertamente de su independencia –ganada a menudo con enorme esfuerzo–, la mujer que elige no depender de un hombre y ganarse la vida empleando el intelecto suele padecer lo que podríamos llamar el “complejo de la rara”. Curiosamente, a muchas jóvenes de hoy les parece más “normal” una modelo o actriz obsesionada con la apariencia física y la ropa. No deja de ser extraña la perversa asociación entre moda y feminismo, que ha producido un notable retroceso en el desarrollo de la mujer actual. Si Austen, Brontë y Eliot levantaran la cabeza, es probable que se llevaran un disgusto al contemplar el estándar de la mujer occidental de comienzos de siglo. Dudo que la neurótica Bridget Jones o la fashionista Carrie Bradshaw hubieran sido sus personajes femeninos preferidos.

Pese a ello, es evidente que las intelectuales de hoy gozan de una libertad que les permite opinar sobre cualquier tema que elijan, desde de los matices de la vida doméstica hasta el sexo, pasando por el entorno sociopolítico mundial. Pero uno de los temas que siguen siendo un tabú es el de una madre que admite no querer a su hijo. Éste es precisamente el tema que trata la autora estadounidense Lionel Shriver en su polémica novela, publicada en español con el título Tenemos que hablar de Kevin (Anagrama, 2007). En un artículo Shriver decía que el origen del argumento puede estar en la ira confesa de su madre a quedar embarazada de su hermano mayor. La tradición judeocristiana no contempla la posibilidad de que una madre reniegue de un hijo, aun siendo un asesino que ha matado a nueve compañeros de colegio, como es el caso de Kevin.

Tras seis novelas publicadas con moderado éxito, Tenemos que hablar de Kevin ha sido el gran bombazo literario de Shriver, quien lo justifica precisamente por lo tenebroso del argumento. “Mi narradora, Eva, se permite el lujo de decir todo lo que una madre jamás se atrevería a decir. Experimenta el embarazo como una invasión. Cuando da el pecho a su hijo, no siente un amor incondicional, sino que se queda aterrada al descubrir que no siente nada”. Con una asepsia imponente, Shriver describe una casa tomada por un hijo gritón cuyo último objetivo parece ser el de entrometerse en el matrimonio de sus padres. A la madre protagonista le parece tedioso tener que cuidar de su retoño, en el que además intuye esa vena maligna que luego se materializará en el asesinato múltiple que el niño perpetra en su colegio a los 15 años. Hasta qué punto ha podido influir el desafecto de la madre en la crueldad de su hijo es algo que la autora no establece. A lo largo del libro parece subyacer la idea de que la maternidad es una especie de experimento aciago condenado al fracaso. Shriver lleva hasta consecuencias extremas la teoría de Aristóteles de que un hijo es propiedad de los padres, que pueden hacer con él lo que quieran, incluso odiarlo. Pero pese a la modernidad del argumento, volvemos a encontrarnos ante una mujer enfrentándose a la culpa. Escrita en forma epistolar, Eva se dirige a su marido intentando hallar una explicación y dilucidar su papel en la tragedia. Pero el personaje paterno queda diluido tras el “Querido Franklin” con que empiezan todas las cartas. Una vez más, nos encontramos ante una mujer que, en última instancia, se siente culpable. Culpable de no ser perfecta.

Tras el sufrimiento de Austen, Brontë, Eliot, Alcott y Woolf parece existir el mismo acicate que ha llevado a Shriver a crear a su protagonista Eva. Un síndrome de perfección implacable, incontrolable. Esa necesidad neurótica de perfección, que la psicóloga Karen Horney denomina la “tiranía del deber ser”, es la piedra angular de la personalidad femenina. Y el feminismo, lejos de haber solucionado el problema, lo ha agravado. Hoy día, la mujer sigue imponiéndose sin piedad una imagen idealizada de sí misma, un fantasma inalcanzable con el que convive toda su vida. Día tras día lucha por ser hoy más perfecta que ayer y menos perfecta que mañana.

Pero, ay, la mujer perfecta no existe. Ya va siendo hora de que nos concedamos un respiro. A modo de mantra recitemos en femenino la inolvidable frase de Jack Lemmon en Con faldas y a lo loco: Nadie es perfecta.

Fuente: http://www.revistaarcadia.com/libros/articulo/nadie-perfecta/21471

“No hay sufrimiento alguno cuando se es un muchachito”

Por: Gloria Esquivel

Marineros, soldados, monjes y escritores. A lo largo de la historia, algunas mujeres optaron por el disfraz masculino para acceder a círculos de poder o, sencillamente, para poder sobrevivir. Aún hoy, el vestirse de hombre tiene connotaciones provocadoras. 

En 1738 la actriz Charlotte Charke se vio obligada a cambiar la falda por el pantalón y a convertirse en Charles Brown para poder conseguir un trabajo de mayordomo que la sacaría de la pobreza. En 1989 Madonna apareció en el video de la canción “Express Yourself” vestida como un alto ejecutivo de Wall Street; un claro desafío al poder masculino, pues en este tema la cantante insta a las mujeres a no conformarse con lo poco que les puede dar un hombre. En 1431 Juana de Arco fue condenada a la hoguera por transgredir los dictámenes bíblicos de “No vestirá la mujer traje de hombre [...] porque abominación es a Jehová tu Dios”. En 1932 la actriz Marlene Dietrich fue fotografiada entrando al legendario Press Ball vistiendo un smoking. A lo largo de la historia han existido miles de casos de mujeres que han ocultado su género y que han desafiado todo tipo de convenciones sociales para poder acceder, o burlar, el poderoso mundo de los hombres. Biografías que parecen sacadas de relatos de espías, en donde el precio que se paga por poder infiltrarse en los círculos masculinos es el de cortarse el cabello, fajarse los senos y esconder las curvas. Un tabú histórico que algo tiene también de envidia del pene. O no por nada en 1946 Anaïs Nin escribió en su novela Pájaros de fuego: “no hay sufrimiento alguno cuando se es un muchachito”.

Tan sólo en el período de la Edad Media se han documentado 119 casos de mujeres que cambiaron sus vestidos para poder acceder a lugares que les eran vedados: los claustros religiosos. De estas, 34 llegaron a ser santas. Sus vidas, contadas siempre desde la mirada masculina, dan cuenta de un pasado tormentoso que sólo pudo quedar atrás en el momento en el que negaron su feminidad y se internaron en un monasterio. Para los abades los disfraces no pasaban del todo desapercibidos. Santa Marina y Santa Pellagia —cuyos rasgos femeninos son casi imperceptibles en las estampas que las representan— fueron aisladas de los demás monjes al ser consideradas una especie de eunucos o de hombres incompletos a los cuales no les crecía la barba. El ser capaces de reconocer su inferioridad por ser mujeres, el querer aspirar a ser hombres y el distanciarse de su condición femenina y del pecado de Eva eran méritos más que suficientes para ser canonizadas.

Tal vez ninguna de estas mujeres se atrevió tanto como la mítica Papisa Juana, presuntamente la única mujer que alcanzó el Pontificado. Para los hombres que escribieron la historia del medioevo, ella pagó su engaño al ser desenmascarada por su frágil cuerpo, cuando en pleno oficio religioso se desmayó y dio a luz. Queda la impresión, después de leer otros relatos del “crossdressing” medieval, que estos fueron escritos como un recordatorio de que la mujer que se disfraza de hombre es tan sólo un hombre fallido. El cuerpo femenino siempre traiciona. Como le sucedió a Hildegund von Schnoauu, una “monje” que murió de una hemorragia en el útero mientras sus compañeros de monasterio observaban asombrados como se descubría su secreto.

Si examinamos la historia de estas mujeres infiltradas, podemos encontrar que las razones médicas son el único medio por el que han podido ser descubiertas. Adelantándonos un poco en el relato, encontramos que durante la Guerra Civil estadounidense 250 mujeres combatieron en el ejército confederado disfrazadas de hombre. Aprendieron a fumar, a jugar billar, a coquetear con mujeres y hasta a orinar paradas. Usaban pelucas y bigote. Cambiaron sus enaguas por suspensorios y algunas hasta afeitaron su rostro a la espera de que les saliera barba. Todo esto funcionó hasta que fueron heridas y desenmascaradas. Como en todo relato de espías, el ser descubierto conlleva un castigo por haber tenido acceso a grandes secretos. En el caso de estas soldados las consecuencias fueron atroces. Los altos mandos militares las catalogaron de prostitutas o de enfermas mentales y terminaron sus días en la cárcel o en sanatorios. Además, sus historias, que habían sido seguidas por la prensa, fueron desmentidas. Nadie debía saber que cientos de mujeres habían peleado dentro de las filas del ejército y que habían ganado batallas. Aún hoy, testimonios como el de Loreta Velásquez (1842-1897) —sobre el que se hará un documental para el History Channel— son considerados como la fantasía de un ama de casa sureña que tenía mucho tiempo libre para inventar este tipo de historias.

Y es que el “crossdressing” femenino, aunque silenciado en el mundo real, ha sido reconocido por la literatura como una hazaña que vale la pena contar muchas veces. Desde El decamerón de Boccaccio ha habido un sinnúmero de ficciones que han tocado el tema. Cimbelino de Shakespeare —en donde Imogen, su recursiva protagonista, toma el disfraz masculino para escapar de la muerte, o Peregrinaciones de un alma triste, novela romántica argentina escrita por Juana María Gorriti (1818 –1896) en donde Laura-Emmanuel, su protagonista, reniega de “las dificultades infinitas que las faldas encuentran en todo” y emprende un viaje a lo largo de Latinoamérica en traje masculino, son sólo algunos de los ejemplos en donde el maldecir la feminidad se convierte también en una manera de entregarse a la aventura.

Basta con revisar la historia de los “best sellers” con cuidado para encontrarse con que a principios del siglo XIX, junto con los relatos de piratas, las historias autobiográficas de mujeres “marineros” que se disfrazaron para poder trabajar en los barcos eran el éxito editorial de la época. Está, por ejemplo, la vida de Amira Paul, mejor conocida como Jack Brown, quien en 1816 después de ser abandonada por su esposo en la pobreza más extrema trabajó como ayudante de cocina en un navío británico. Con un particular humor, Paul no sólo transgredió las normas de la época al adoptar un alter-ego, sino que describió con lujo de detalles todas las minucias de su vida como hombre. La manera en la que inventó un dispositivo para orinar que consistía de un tubo de metal amarrado a su entrepierna, el recordar siempre colocar su paquete —hecho de retazos— un poco ladeado hacia la izquierda o las anécdotas sobre cómo se ganó la fama de generoso por darle dinero a las prostitutas sin obtener favores sexuales a cambio, dan cuenta de una inteligencia que bien podría ser envidiada por cualquier héroe de novela picaresca.

Sin embargo, y de forma paradójica, las intrépidas historias de estas aventureras rebeldes muchas veces no fueron bien recibidas por las mismas mujeres, quienes consideraban que aquellas que negaban su género o estaban malditas, o estaban del todo volcadas hacia el bando de los hombres. Este es el caso de los primeros comentarios que recibió la obra de la novelista George Eliot (1819-1880) de parte de distinguidas damas, quienes refunfuñaron por su decisión de adoptar un seudónimo masculino como maniobra literaria para poder publicar tranquilamente sus obras: “Es una exageración absurda del estilo masculino, como el pavoneo en la manera de andar de una mala actriz dentro del atuendo de un hombre”.

Comentarios ponzoñosos levantó también la escritora francesa George Sand (1804-1876) quien no sólo tomó el seudónimo masculino para poder publicar, sino que llevó su trasgresión un paso más allá al usar ropa de hombre, fumar y bailar en público como medio para expresarse libremente. En épocas en las que el corsé restringía el movimiento de las mujeres y, literalmente, las aprisionaba hasta el punto de no poder siquiera respirar, que Sand saliera por las calles usando pantalones, foulard, que cambiara los pesados tocados por un sencillo sombrero de copa y, no contenta con eso, que se atreviera a entrar en lugares públicos reservados únicamente para hombres significaba un reto descarado a las convenciones sociales. La escritora, que pasó de esposa reprimida a novelista erótica casi en un pestañeo, logró estar en boca de las damas francesas quienes la tildaban de romántica, de lesbiana y de feminista y quienes no podían parar de comentar sus hazañas en burdeles y en salones de baile.

Esas damas que renegaban del disfraz de la mujer y que veían a las infiltradas como traidoras que habían podido escapar de la terrible prisión doméstica y que se habían olvidado de sus compañeras encorsetadas en el camino, no alcanzaron a sospechar que, en ese par de pantalones que nuestras espías se colocaron, se estaban germinando los primeros movimientos feministas. Rosa Bonheur (1822-1899) le imprimió un tono político a su pelo corto y a su preferencia por los overoles. Ella, que militaba activamente con los sansimonianos (socialistas utópicos) en el momento más álgido de la revolución republicana de 1848, decidió colgar las faldas y esconder sus curvas como un manifiesto de igualdad entre los sexos.

Sin embargo, fue la doctora Mary Walker (1832-1919) quien realmente generó un verdadero cambio político a través de la ropa. Disfrazada de hombre, ofició como cirujano durante la Guerra Civil estadounidense. Posteriormente, organizó a varias mujeres en torno de un movimiento civil que buscaba implementar los pantalones en el atuendo femenino y erradicar el uso del corsé. Para ella el propósito de esa prenda era “mantener a las mujeres en un estado de excitación antinatural” sin saber que, de esta atrevida acción que buscaba reformar los códigos de vestuario, surgirían los primeros brotes del movimiento a favor del voto femenino.

Para principios del siglo XX vestirse de hombre se convirtió en sinónimo de provocación de la mano de modernas señoritas que prefirieron atuendos que parecían sacados del armario de Dorian Gray o de Lord Byron a vestidos para bailar charlestón. La artista Romaine Brooks (1874-1970), la poeta Radclyffe Hall (1880-1943) y la escritora Vita Sackville West (1892-1962), fueron tan sólo algunas de las díscolas que, al atreverse a desafiar el universo masculino y al llevarse puesto (de manera literal) su gusto por explorar los límites del erotismo, levantaron también polémica al ser consideradas unas atrevidas lesbianas o, en el mejor de los casos, sospechosas bisexuales.

Es premonitorio el caso de la deliciosamente escandalosa novelista francesa Colette (1873-1954), tantas veces fotografiada usando saco y corbata, y quien siempre conservó su poderosa feminidad. Había algo en su manera de llevar la ropa masculina que no buscaba esconder su identidad como mujer sino conquistar con cierto erotismo ese poder viril que simbolizaba un par de pantalones.

Pero el uso de la ropa masculina no solamente significó una manifestación abierta de un gran vigor sexual. Para muchas artistas, vestirse de hombres expresaba una relación amarga con su condición femenina. No es gratuito que en su “Autorretrato con el pelo corto” de 1940, Frida Kahlo haya escogido la leyenda “Mira que si te quise fue por el pelo, ahora pelona ya no te quiero”, para aparecer con el pelo recién cortado y un traje de su esposo Diego Rivera. Este cuadro, el primero que Kahlo pintó después de divorciarse, expresó el dolor de la pérdida de su amor por medio de la amarga renuncia a su condición femenina. El pelo de Frida, tan admirado por Diego, aparece mutilado. Castrado, diría Freud. Por cierto, es este cuadro de Kalho el que inspiró la fotografía de Íngrid Betancourt que tomó Ruven Afanador para la reciente entrevista que le hizo Héctor Abad en El Espectador.

La historia de la poeta peruana Nelly Fonseca (1922-1963) es insólita: a los nueve años sufrió un accidente que la obligó a permanecer en una silla de ruedas. Desde ese momento y hasta sus 25 años, Fonseca se vistió como un hombre para esconder las heridas que había dejado el accidente. Con el pelo corto, engominado, las patillas bien cuidadas y unos trajes impecables, Fonseca escribió cinco poemarios bajo el seudónimo de Carlos Alberto. Desde el primero, Rosas matinales, que escribió a los 12 años, cultivó un tono marcial y viril que buscaba imitar los versos modernistas de Rubén Darío. No fue sino hasta 1947 cuando, gracias a una cirugía, recuperó la movilidad de sus piernas y se enamoró del actor argentino Juan Carlos Croharé, que Fonseca dejó crecer su pelo, comenzó a usar perlas, pintó su boca y volvió a vestirse como mujer. Ese mismo año, después de la trágica muerte de Croharé, Fonseca abandonó su seudónimo y le dedicó un poemario a su amado. Escribiría otros dos libros de elegías firmados con su nombre antes de morir a los 41 años de leucemia.

Es, tal vez, en uno de los poemas de Fonseca, en donde esa ambigüedad de quienes toman el disfraz de un hombre se revela: “Me llaman con otro nombre que suena a plata y a cristal. / Me llaman y no respondo”. La doble identidad del espía que se atreve a vivir como otro para conocer un mundo lleno de secretos que le es vedado. El llamado de estas rebeldes que se atrevieron a cambiar su atuendo para comprobar, si acaso es cierto, que cuando se es un muchachito no se sufre tanto

Fuente: http://www.revistaarcadia.com/periodismo-cultural-revista-arcadia/articulo/no-sufrimiento-alguno-cuando-muchachito/23559 

Demasiada vida, La cuentista Katherine Mansfield.

Está considerada, junto a Chejov y a Maupassant, la gran artífice del cuento moderno. ¿Por qué entonces los nombres del ruso y del francés resuenan en el parnaso de la literatura mientras el de ella está relegado a la vaga categoría de brumosas autoras secundarias? 
 
Por: Marianne Ponsford

Frederic Nietzsche dijo alguna vez: “Entre el orden y la aventura, yo preferí la aventura”. Pero tal vez el verbo elegir en esta frase sea demasiado optimista. Hay vidas marcadas por la inevitabilidad: no es que hayan elegido la aventura: más bien, les fue imposible no someterse al insumiso signo de su propio carácter. No tuvieron opción: la aventura, la fuerza ciega que impide a un espíritu acoplarse al orden establecido, es la única herramienta a mano para hacerse a un destino. Y por más cruel y terrible que sea ese destino, no hay nada que hacer para evitarlo.

Todo esto puede sonar un poco melodramático hoy, en estos tiempos en los que la inteligencia sólo parece legitimarse a través de la ironía y el escepticismo, y no sabe celebrar su libertad. Pero para una niña nacida en Nueva Zelanda en 1888, en el seno de una familia rica, en una época en que los códigos victorianos de las buenas costumbres hacían de las mujeres obedientes paridoras, aceptar que se quiere otra cosa, que se es otra cosa, atreverse a decir “no”, equivalía a un destierro afectivo y económico brutal.

Katherine Mansfield era esa niña. La niña incómoda de la familia. Demasiado regordeta para hacer feliz a su madre, demasiado rara para ser la muñeca juiciosa y adorable que todo buen padre victoriano exigía. Sus hermanas suplieron a la perfección el papel de niñas buenas mientras a Katherine, de 14 años, la enviaron a estudiar a Queen’s College en Londres. Tres años después consideraron que la misión estaba cumplida y la devolvieron a casa. Estaban completamente equivocados.

Pero ¿cómo podían imaginar que esa hija díscola y de carácter más bien insoportable sería una de las más grandes cuentistas de todos los tiempos? Porque los 73 cuentos que escribió Katherine Mansfield en su brevísima vida (más breve que la de Rimbaud), tan poco leídos hoy, se alzan, junto a los de Chejov y Maupassant, como los más brillantes ejemplos literarios del género de la narración corta. Sin embargo, los cuentos de Chejov y Maupassant resuenan en el parnaso de literatura y son leídos de canónica y devota manera, mientras que los de Mansfield apenas si circulan. Su nombre es más o menos reconocido por los buenos lectores, pero no, la verdad es que casi nadie la lee. Sorprendente.

Cuando Katherine tenía veinte años, suplicó a sus padres que la enviaran de nuevo a Inglaterra. Según ella, quería estudiar violonchelo. Tocaba el violín con algo de gracia, pero estaba muy lejos de poder llegar a ser una concertista. Lo padres, que no sabían que hacer con ella, aceptaron a regañadientes pero se aseguraron de que no pudiera tener en Inglaterra una vida muy cómoda. Porque a pesar de su creciente fortuna, el padre asignó una suma anual bastante miserable a Katherine. En el barco que la llevaría desde la lejana Wellington a Inglaterra, en mayo de 1908, escribió en su diario, con esa ilusión de los veinte años y la certeza de una vida entera por delante, lo siguiente: “Aquí va un pequeño sumario de lo que necesito: poder, dinero y libertad. Es una doctrina inútil e insípida el que el amor sea lo único que existe en el mundo, pero una que se mete a martillazos en la cabeza de las mujeres, de generación en generación, y que nos estorba cruelmente. Tenemos que zafarnos de esa pesadilla… Así, llegará la oportunidad de felicidad y libertad”.

Pero la felicidad es esquiva cuando se tiene que inventar sin tener modelos. Un año más tarde Katherine Mansfield, con apenas 21 años, ya había tenido varios amoríos, y al saberse embarazada (y rechazada por la familia del padre de su hijo), se casó de repente un día y sin previo aviso con su profesor de canto, lo abandonó la misma noche de bodas ante la mirada atónita del marido que no logró consumar nada, y se fue a vivir sola. Su madre se enteró del embarazo. Atravesó medio mundo y se la llevó a Alemania. Allí la instaló en una pensión y se marchó de vuelta, sin esperar el parto. No lo hubo: tuvo un aborto espontáneo, se enamoró de un escritor polaco en ciernes que le transmitió gonorrea y después, ya otra vez en Londres, tuvo que ser operada de apendicitis y se le extrajo de paso una trompa de Falopio infectada. Sí, todo esto pasó en un solo año. Y mientras tanto, escribía sus primeros cuentos.

Sabía vagamente que tenía una enfermedad de transmisión sexual, pero el tabú (en aquel entonces no se habían descubierto las sulfamidas) era un fardo espantoso: la gonorrea —probablemente la palabra más fea del mundo— era la enfermedad de las prostitutas. En el caos creativo que era su vida de aquel entones, tocó de nuevo la puerta de su marido relámpago. Él, dócil y todo un caballero, la recibió en su casa, leyó sus cuentos, y le sugirió que los llevara a la revista de literatura y política de moda: New Age. El editor, Orage, decidió publicarlos. Para su mala suerte, entre ellos había una versión libre de un cuento de Chejov (cuya obra había leído en Alemania) y el estigma del plagio —descubierto mucho más tarde— la acompañó mucho tiempo.

Ser una escritora publicada en New Age le abrió las puertas de la bohemia literaria. Eran los tiempos del grupo de Bloomsbury, tiempos de modernidad, de proclamación del amor libre, relaciones lésbicas, de ataques a la asfixiante moral victoriana, tiempos de voces feministas, luchas por el voto y por un espacio digno para las mujeres, pero a Mansfield nunca le interesó la militancia.

Cambió de casa varias veces, comenzó a frecuentar a escritores, iba de aquí para allá sin saber bien dónde ponerse y tuvo un rosario de amantes, cuya lista los muchos biógrafos de Mansfield han elaborado con infinita meticulosidad. Orage, el editor de New Age, y su esposa, se conviertieron en amigos muy cercanos, atraídos por su personalidad magnética y extravagante y por su desordenada inteligencia. En una carta de aquella época, él la describe como una mujer “triste, irreal y turbulenta”.

Fue por esta época que conoció al que sería el amor de su vida: John Middleton Murry. Él editaba una pequeña revista literaria, Rythm. Mansfield comenzó a publicar también en ella, y acabó viviendo con Murry. Pasaron espantosas penurias económicas, Murry tuvo que declarase en quiebra al no poderle pagar a la imprenta, ella tuvo que usar su modesta pensión para pagar la deuda, se mudaron de casa tantas veces que es dificil llevar la cuenta, se enfermaron ambos (ella de pericarditis, bronquitis, y otras varias complicaciones de su enfermedad original), pasaron una temporada en París pensando que allí la vida sería más barata, y conocieron al joven D.H. Lawrence que acababa de publicar su primera novela. El escritor y su mujer Frieda se volverían íntimos amigos de Mansfield y Murry, y tuvieron una relación intensa y desaforada, con confusos trueques de amantes en los que no todo es claro. Hay quien dice que fue Lawrence quien le transmitió la tuberculosis de la que finalmente Katherine murió, y otros aseguran que Lawrence estaba prendado de Murry. Es muy posible que ambas cosas fueran ciertas. Pero entre tanta niebla, algo bueno sucedió: Mansfield publicó su primer libro de cuentos: En una pensión alemana.

Mansfield tuvo muchos otros amantes. Se fue tras uno de ellos, a Francia, en plena Primera Guerra Mundial. Por supuesto, era prohibido entrar a territorio bélico, pero se las arregló para cruzar la frontera. Una locura típica de su ansioso carácter, que no admitía la idea de futuro.

Esa locura, esa hipersensibilidad, ese arrebatamiento, ese exceso de libertad, su propensión a la mentira y la intensidad, su deseo sexual nunca domesticado, irritaron profundamente a muchos de quienes la conocieron. Les caía mal. Pero tarde o temprano, todos se inclinaron ante su talento, incluida la tremenda snob que era Virginia Woolf. Cuando la conoció, Woolf dijo que “apestaba como un zorrillo”, pero luego no sólo admitió que la quiso a su manera, sino que afirmó que era la única escritora de cuya escritura sentía celos. De hecho, prologó la publicación póstuma de sus Diarios, y en ese prólogo afirma: “Los más notables escritores ingleses de relatos cortos están de acuerdo en admitir que Katherine Mansfield era una narradora fuera de concurso. Nadie la ha superado y ningún crítico ha sido capaz de definir cuál era su especial cualidad.” El gran filósofo Bertrand Russell le declaró su admiración intelectual (y sí, también se la quiso llevar a la cama), y tanto Christopher Isherwood como D.H. Lawrence y Aldoux Huxley la tomaron como modelo de alguno de sus personajes y admitieron haber sido influenciados por su escritura.

Mucho tiempo después de su muerte, Juan Carlos Onetti, en un texto por demás algo misógino, dice: “Algo que comenzó con Katherine Mansfield permanece detenido: una verdadera literatura de mujer. Aparte de su talento, K. Mansfield debe su triunfo a esto: por primera vez, y por última, hasta ahora, una voz de mujer dijo de un alma de mujer. K.M. tuvo mucho de milagro: no fue cursi, no fue erudita, no se complicó con ningún sobrehumano misticismo de misa de once. Otro secreto: era como los hombres se imaginan a las mujeres que aman.” Como no la conoció, el final del texto es algo ridículo, pero no importa. La leyó y la admiró, algo que no pueden decir muchos hoy en día.

¿Qué mágica cualidad tienen los cuentos de Katherine Mansfield para haber despertado tanta admiración? Primero, tenía una desconcertante capacidad de observación de los pequeños —casi invisibles— gestos cotidianos que revelan la humanidad, la condición de sus personajes. Y un magnífico oído para los diálogos aparentemente triviales, pero cargados de un significado que actúa como una peligrosa corriente submarina. Muchos de sus cuentos parecen fotografías borrosas, o más bien cuadros impresionistas. Era como si supiera ver el alma en la superficie de las cosas. Sus niños, por ejemplo, son maravillosos. La cruel frivolidad de los adultos con ellos, su capacidad para atrapar en breves frases toda la melancolía de la infancia, hacen de sus narraciones unas miniaturas delicadas, exquisitas. Y quizás el mejor ejemplo de esos niños, de ese talento para recrear la fragilidad de la primera infancia, está en su largo cuento Preludio. Es un cuento sobre una mudanza. Nada pasa y pasa todo. El mundo interior de cada personaje, sus sueños tan comunes, tan humanos, desde la joven criada hasta la patética cuñada adolescente, pasando por las tres pequeñas hijas de los Burnell, está capturado con una inteligencia intuitiva asombrosa. Todo en Mansfield es leve alusión. Bliss, traducido al español como Felicidad (pero cuyo título más justo debería, creo, ser Éxtasis), narra una noche de fiesta en casa de la joven Bertha Young. Los invitados van llegando, y la pluma de Mansfield parece una cámara que se desliza suave por toda la casa, en un paneo incesante de pequeños detalles y retazos de conversación trivial burguesa, tan británica. Mientras tanto, el estado exaltado de la protagonista, que se siente una anfitriona espléndida, una mujer hecha, felizmente casada, mundana, glamourosa, se proyecta sobre un hermoso peral que ella ve, bañado bajo la luz de la luna, por la ventana. Pero el mundo se derrumba cuando la protagonista se da cuenta, gracias un gesto casi imperceptible, captado a vuelapluma, de la tragedia que se le ha venido encima. El éxtasis estalla en mil pedazos (de manera magistral exactamente en la cabeza del lector y no en el cuento) y sin embargo, el peral sigue brillando, hermosísimo, como iluminado, en el jardín.

Mansfield no se interesó demasiado por Freud, pero logró ser una agudísima psicóloga. Sus personajes masculinos son estupendos: afables y vanidosos a la vez, solícitos y arrogantes, seguros y frágiles, y muchas veces confundidos. Si existe un escritor que se dio a la tarea de nunca explicar nada, sino de contarlo todo, es ella. Y todo ese oxígeno que le da al lector, esa ambigüedad inquietante, ese temblor en el agua, es parte del encanto de su escritura.?En 1920 y 1921 Mansfield publicó otros dos libros de cuentos (Felicidad y La fiesta en el jardín) que le dieron un enorme reconocimiento y la catapultaron a la fama. Pero al año siguiente, tras sufrir muchas recaídas, Mansfield decidió ir a curarse a las afueras de París, a una especie de sanatorio de moda, regido por el “maestro” ruso George Gurdieff. Algo así como el gurú de moda, Gurdieff enarbolaba una especie de doctrina espiritual llamada el “cuarto camino”, que bebía del sufismo, del hinduísmo y del budismo por igual, y que apostaba por un proceso de “apertura interior”. Katherine ya estaba muy enferma cuando llegó, con sus pulmones sangrantes destrozados por la tuberculosis. Simplemente, emocionada por la llegada de Murry a visitarla tras tres meses de estadía en condiciones espartanas, subió a toda prisa por las escaleras una noche y tras desmayarse por el esfuerzo, murió.

Dos años antes de morir, en mayo de 1921, había escrito en su diario: “Es una molestia infernal amar la vida como la amo. Parece que la amo más en vez de amarla menos a medida que pasa el tiempo. Nunca se convierte para mí en un hábito..., siempre me maravilla. Espero ser capaz de permanecer en ella el tiempo suficiente como para escribir algo verdaderamente bueno.” Hubo algo de justicia poética: en su breve, desatada e intensa vida, tuvo tiempo para ello. 

Fuente: http://www.revistaarcadia.com/libros/articulo/demasiada-vida/23565
Related Posts Plugin for WordPress, Blogger...