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martes, 22 de febrero de 2011

La mujer negra: su discurso, ayer, hoy

Cuando se está contento de su pasado, se habla de él; 
cuando no se habla de él es porque su recuerdo pesa, avergüenza.  
José Martí [1]

Intervención de la investigadora y escritora cubana Daisy Rubiera Castillo en el panel sobre el Año de los Afrodescendientes, celebrado el pasado viernes 18 de febrero en la Casa de las Américas. Por Daisy Rubiera Castillo. Portal Informativo La Ventana. 21 de febrero de 2011. 

El discurso que caracteriza a las publicaciones femeninas que vieron la luz en la segunda mitad del siglo XIX en Cuba, se distinguió, por resaltar los valores familiares para la mujer y la poesía. Contrario a eso, el de las mujeres negras y mestizas fue utilizado como “martillo intelectual”[2] al decir de Nicolás Guillén, para defenderse ante las agresiones que como grupo social sufrían. Su mejor ejemplo es el de las redactoras de la revista Minerva.

Discursos que, independientemente de ser comedidos, serenos, razonados, fueron muy enérgicos para esclarecer asuntos, concretar ideas, fijar puntos de vistas y definir actitudes cada vez que salieron a la luz, como el siguiente.

La mujer negra, sañudamente tratada por sus viles explotadores viene hoy a ser el blanco más saliente a donde dirigen sus saetas envenenadas aquellos mismos que traficaron con su noble sangre en los luctuosos días de la esclavitud. Por eso […] nos preparamos a la defensa en el constante batallar porque estamos pasando; y tal haremos hasta que se nos considere tal y como somos […] nos invitan a luchar, pues luchemos. [3]

Clara visión en aquellos tiempos, para poner en la palestra pública con, un discurso diferente el reclamo de su espacio en la sociedad civil, para exigir una serie de demandas en defensa de sus más legítimos derechos, poniendo en ello todo el orgullo de su identidad racial en un afán de reivindicarla. Discurso que, a tono con las primeras ideas feminista que se estaban desarrollando en Cuba, ya diferenciaba los roles intergenéricos, como en el de América Font, en “Mis opiniones”, cuando planteó: “[…] la instrucción debe ser para la mujer lo que es la sabia (sic) para el árbol pues donde no hay instrucción no hay libertad”.[4]
  
África de Céspedes, Úrsula Coimbra, Ángela Storini, Cristina Ayala, América Font y muchas otras, fueron mujeres que quisieron abrir brechas y caminos, conquistar espacios.

Ya en la etapa republicana, a pesar de que los dirigentes del Partido Independiente de Color no propugnaron nuevos derechos para ellas, las mujeres de su mismo grupo social, en su defensa, elevaron sus voces.

Un ejemplo es el artículo “Habana” de Carmen Piedra publicado en 1910. De él un fragmento
[…] Vergüenza da el estado de retraimiento, en que está la mayor parte de la raza negra de esta localidad. Tal parece que los tienen metamorfoseados para que no comprendan la razón que tienen para formar solos un Partido y reclamar los derechos que por justicia nos corresponden.[5]

Nuevamente, el 24 de abril publicó “Horror a la mentira”, que, entre otras cosas, dice:
[…] El negro sabe llevar los dolores de la vida, armado con el amor que profesa a su raza y a su patria. ¡Y sabe también el solo temor que inspira el Partido Independiente en el no prestarse útil para las ambiciones y vanos placeres de los preocupados que no recompensan ni aprecian las grandes obras! [6]

En la década del 20 se celebraron el Primer y el Segundo Congreso Nacional Femenino; en la del 30, el Tercero. Al revisar las Memorias de los mismos no encontré escritos de las mujeres negras. En los dos primeros porque fueron excluidas; en el tercero, los datos encontrados solo reflejan una la alta participación de mujeres negras del sector obrero, sobre todo del tabacalero.

A finales de esa década, en el importante periódico Diario de la Marina, se inserta el Proyecto Cultural “Ideales de una Raza”, el cual se destacó por su amplio debate en lucha contra el racismo, la discriminación y los prejuicios. En esa lucha elevaron sus voces Consuelo Serra, Inocencia Silveira, Catalina Pozo Gato, Angelina Edreira, Calixta María Hernández, Teresa Ramos. También escribieron artículos sobre el feminismo.[7]

En la página dominical del 27 de enero de 1929, la doctora Consuelo Serra, entre otras cosas, planteaba:
Hay que difundir entre todos nuestros valores ya que afortunadamente no tenemos que crearlos pues que existieron siempre para justo orgullo nuestro, en la mente y en el corazón de nuestros mayores […] Dignidad con que sentimos el orgullo legítimo de ser cubanos y de ser negros, porque los negros cubanos hemos hecho muchas cosas buenas y dignas, en todas las fases de la vida cubana y esto no siempre mediocremente sino también de manera distinguida y saliente […] Nuestros mayores nos han legado estas virtudes, estos valores éticos; a nosotros nos toca recogerlos y colocarlos bien alto, donde todo el mundo los vea y sirvan de paz y unión entre todos los cubanos.[8]

En 10 de febrero, la doctora Inocencia Silveira publicó “Lo que somos”. De él un fragmento:
No somos racistas porque, consecuentes con nuestro deber, levantamos nuestras voces para expresar que son muchos los casos en que se posterga y combaten a determinada individualidad, solo y exclusivamente por razón del color más o menos oscuro de la piel.

No somos racistas porque expresemos nuestros sentimientos de una manera franca y decidida, ni porque proclamemos que esas postergaciones son improcedentes, injustas y en extremo perjudiciales en un país como el nuestro, dada su constitución étnica, política y social […] Sentimos, hablamos y procedemos como personas sensatas, nobles y amantes de la confraternidad: atributo que nadie puede discutirnos […] Tenemos el derecho a la igualdad y la solicitamos. No importa que la proclamamos en baja voz, o dando retumbantes gritos para que mejor se oiga […]. Conste, pues, que no somos racistas, y que sabemos que los que nos conocen también saben que no lo somos. Y a los que ignoran quienes somos podemos mostrarles nuestra historia y hacerles conocer nuestra conducta diaria.[9]

En respuesta a un artículo publicado sobre la mujer negra cubana, Catalina Pozo Gato escribió: “La negra cubana y cultura: Para el escritor Gerardo del Valle”. De él, un fragmento:
He leído con el interés particular de siempre, su último artículo[…]… esta preñado de verdades tristes y con él ha logrado usted su deseo de reflejar a una parte de la sociedad cubana los inhumanos resultados y la desalentadora consecuencia de sus prejuicios injustos. No debo yo subrayar el elogio sentimental que hace a las mujeres de mi raza; pero si puedo, con derecho a la vista, hacer algunas acotaciones a su admirable escrito en el que los entre líneas no escritos parecen sugerir estas marginales.

Ampliación cultural, es el resumen a que llega usted. Estamos de acuerdo, pero al indagar usted en el modus vivendi de la mujer negra, olvidó referirse (y una nota de redacción lo confirma) a los obstáculos, sistematizados y organizados con que tropieza la mujer negra culta, arrollada por la realidad al mismo nivel de miseria y derrota que la negra inculta.

Existe un porcentaje notorio de mujeres negras culturalmente preparadas y educadas para luchar por la vida en el mismo plano de dignidad y relativa facilidad que sus hermanas blancas preparadas. Ahí está el número alto de las que surgen a la lucha desde las aulas universitarias […] e infinidad de centros educativos y culturales en los que se prepara y habilita la mujer blanca.

Sin embargo de esas dos mujeres igualmente capacitadas y preparadas, la negra difícilmente encuentra oportunidad de demostrar sus aptitudes y conocimientos y, menos, de vivir decorosamente; porque la realidad es que el prejuicio racial que va carcomiendo la nacionalidad cubana, anula sus esfuerzos, hace estéril sus gestiones y les amarga la vida. Entonces, la necesidad imperiosa de subsistir las va haciendo descender de su escala, para reducirlas a los más rudos y tristes trabajos ―si los encuentra― con tal escasez retribuidos que solo facilita la vida en esos potros de tortura moral que son los solares, donde como en los casos por usted apuntados, quedan expuesta, por lo menos ―y esto no es nada comparado con otras consecuencias― a enojosa confusión; porque son muchos los solares y buhardillas aterradoras en las que se ven forzadas a vivir, muriendo, numerosas mujeres negras graduadas universitarias, diplomadas en Colegios diversos, Academias, mecanógrafas, taquígrafas, profesoras de idioma, bordadoras, etc, infinidad de muchachas aptas para servicios decorosos en tiendas, talleres, oficinas.

Más adelante plantea:
[…] Ni en esas tiendas, ni en las oficinas particulares, cubanas o extranjeras brindan empleo a nuestras muchachas preparadas, dando un mentís burlón a aquellos ingenuos cubanos, que fueron nuestros antepasados, y creyeron en la equidad y la justicia cuando cuajaba en la realidad de hoy, el ideal revolucionario que predicó Martí y realizó Maceo.
Finaliza diciendo:

Lo urgente no es inflar estas miserias morales, sino requerir la voluntad de los buenos cubanos y la acción del Gobierno. Unos, haciendo labor de reparación (aludo a todas esas Organizaciones y a todos los escritores que tratan estos asuntos); y el otro, legislando de tal modo que todos sintamos cariño por esta tierra envilecida, sobre la que corrió la sangre de nuestros padres y abuelos.[10]

Hasta 1958, el discurso de las mujeres negras marcó el nivel alcanzado por su pensamiento. En la diversidad de los temas hay acumulada una interesante y valiosa información sobre los graves problemas que afectaban a la población negra en aquellos momentos. Discursos que, desde el punto de vista de la raza, la clase y el género, pudieron ser considerados “peligrosos”; por tanto debían pasar a la memoria, al olvido.

No fueron tomados en cuenta, con alguna salvedad, por quienes hicieron nuestros textos de historia y tampoco son del interés por quienes en los últimos años realizan estudios de género. Pero esos discursos resaltan la importancia de algunos de los momentos histórico-sociales de nuestra problemática racial y, por tanto, reflejan, no solo lo persistente en el siglo XX, sino también en lo que va del XXI.

Después del triunfo de la Revolución el discurso femenino negro se mantiene, desde otra perspectiva y con otro enfoque, determinado por las circunstancias histórico-sociales en que están inmersas sus representantes. Creadoras cubanas que, desde su percepción y especialidad, rompieron y rompen muchas identidades impuestas a las mujeres negras, desmontan estereotipos de sumisión y objetivación, denuncian nuevas situaciones creadas, visibilizan lo silenciado en el pasado.

Entre otras muchas: Sara Gómez, Belkis Ayón, Exilia Saldaña, Gloria Rolando, Teresa Cárdenas, Elvira Cervera, Georgina Herrera, Inés María Martiatu, Fátima Patterson, Nancy Morejón. Mujeres que nos dijeron y nos dicen en un reto de afirmación y de identificación “¡De donde venimos!, ¡A donde vamos!, ¡Aquí estamos!, ¡Somos!”
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Notas:
1. José Martí: Obras Completas. Editorial Ciencias Sociales. Tomo XIX. La Habana, 1975 p. 30.
2. Nicolás Guillén: ¿Periódicos negros de cubanos. Periódicos cubanos de negros? Diario de la Marina, agosto 4 de 1920.
3. María del Carmen Barcia: “Mujeres en torno a Minerva”, en revista La Rávida, no. 17. Huelva, España. 1998, p 10
4. Ob cit. p. 11.
5. Carmen Piedra: “Habana”, en Previsión, 7 de abril de 1910, p. 5
6. Carmen Piedra: “Horror a la mentira”, en Previsión, 24 debril de 1910, p 5
7. Angelina Edeira de Caballero: “Cooperación de las mujeres cubanas en nuestras luchas emancipadoras y manera de hacer más eficaz su participación en los momentos actuales”, en Diario de la Marina. La Habana, noviembre 11 y 25 de 1928. Consuelo Serra: “Intimidades para mis alumnas de la Escuela Normal de La Habana”, en Diario de la Marina. La Habana, junio 1ro de 1930. Calixta María Hernández: “Divagaciones sobre el sufragio femenino” y “Tópicos femeninos”, en Diario de la Marina. La Habana, junio 16 y 20 de 1929. Teresa Ramos: “Psicología femenina”, en Diario de la Marina. La Habana, 14 de diciembre de 1930.
8. Consuelo Serra: “Nuestros valores étnicos”, en Diario de la Marina, enero 27 de 1929: VI (3ra sección)
9. Inocencia Silveira: “Lo que somos”, en Diario de la Marina. La Habana, 10 de febrero de 1929: VI (3ra sección)
10. Catalina Pozo Gato: “La negra cubana y la cultura”, en Diario de la Marina, La Habana, 30 de noviembre de 1930: VI (3ra sección)

lunes, 21 de febrero de 2011

Bicentenario

Se supone que la celebración del Bicentenario de la Independencia es una oportunidad para recordar o aprender la historia del país. Pero ¿a cuál historia nos referimos? ¿Puede existir una sola historia? ¿Debe exisitir una sola historia? En este emotivo testimonio la escritora nigeriana da su respuesta.

Por: Chimamanda Adichie (TED Global Talk).
Versión digital de la Revista Arcadia.

Cuento historias y me gustaría contarles algunas historias personales sobre lo que llamo “el peligro de una sola historia”. Crecí en un campus universitario al este de Nigeria. Mi madre dice que empecé a leer a los dos años, pero a decir verdad yo creo que fue a los cuatro. Fui una lectora precoz y leía literatura infantil inglesa y estadounidense. También fui una escritora precoz y cuando empecé a escribir a los siete años, cuentos a lápiz con ilustraciones de crayón que mi pobre madre tenía que leer, escribía el mismo tipo de historias que leía. Todos mis personajes eran blancos y de ojos azules. Jugaban en la nieve, comían manzanas y hablaban todo el tiempo sobre el clima, sobre lo encantador que era que saliera el sol. Esto a pesar de que vivía en Nigeria y de que nunca había salido de allí: no teníamos nieve, comíamos mangos y nunca hablábamos del clima porque no había necesidad. Mis personajes bebían cerveza de jengibre porque los personajes de mis libros también lo hacían. Y ni siquiera importaba que yo no supiera qué era la cerveza de jengibre. Muchos años después, sentí un gran deseo de probarla, pero esa es otra historia. Lo que esto demuestra es cuán vulnerables somos ante una historia, especialmente cuando somos niños. Porque yo solo leía libros donde los personajes eran extranjeros, estaba convencida de que los libros, por naturaleza, debían tener extranjeros y narrar cosas con las que yo no podía identificarme.

Todo cambió cuando conocí los libros africanos. No había muchos disponibles y no era tan fácil encontrarlos. Gracias a autores como Chinua Achebe y Camra Laye mi percepción de la literatura cambió. Me di cuenta de que personas como yo, niñas con piel color chocolate y pelo rizado que no se puede atar en colas de caballo, también podían existir en la literatura. Comencé a escribir sobre cosas que reconocía. Yo amaba los libros ingleses y estadounidenses que leía, avivaron mi imaginación y me abrieron nuevos mundos. Pero la consecuencia involuntaria fue que no supe que personas como yo podían existir en la literatura. Descubrir a los escritores africanos me salvó de conocer una sola historia sobre qué son los libros.
Vengo de una familia de clase media convencional. Mi padre era profesor; mi madre, administradora. Y teníamos, como era costumbre, criados provenientes de pueblos cercanos. Cuando cumplí ocho años, llegó uno nuevo a la casa. Su nombre era Fide. Lo único que mi mamá nos contaba sobre él era que su familia era muy pobre. Mi madre le enviaba a su familia batatas, arroz y nuestra ropa vieja. Y cuando no terminaba mi comida, mi mamá me gritaba “¡come!, ¿acaso no sabes que hay gente como la familia de Fide que no tiene nada?”. Entonces sentía mucha lástima por la familia de Fide. Un sábado fuimos a visitarlo a su pueblo y su mamá nos mostró una cesta bellísima de rafia teñida hecha por su hermano. Quedé sorprendida. Nunca pensé que alguien de su familia pudiera ser capaz de hacer algo. Lo único que sabía de ellos es que eran muy pobres y para mí era imposible verlos como algo más que eso. Su pobreza era mi única historia sobre ellos.

Años después pensé sobre esto cuando me fui de Nigeria a estudiar en Estados Unidos. Tenía 19 años. Mi compañera de cuarto estaba sorprendida. Me preguntó dónde había aprendido a hablar tan bien inglés y quedó confundida cuando le dije que ese era el idioma oficial en Nigeria. Me preguntó si podía escuchar mi ‘música tribal’ y quedó muy desilusionada cuando le mostré un casete de Mariah Carey. Pensaba que yo no sabía usar una estufa. Me impresionó que me tuviera lástima incluso antes de conocerme. Su visión de mí, como africana, se reducía a una lástima condescendiente. Mi compañera conocía una sola historia de África; una única historia de catástrofe en la que no era posible que los africanos se parecieran a ella de ninguna forma. No había posibilidad de que existieran sentimientos más complejos que la lástima ni de conexión como iguales.

Debo decir que antes de viajar a Estados Unidos yo no me identificaba conscientemente como africana. Pero estando allí, cada vez que mencionaban África la gente me hacía preguntas, sin importar que yo no supiera nada sobre países como Namibia. Sin embargo, llegué a abrazar esa nueva identidad y ahora pienso en mí misma como africana.

Así que después de vivir unos años en Estados Unidos como africana, empecé a entender la actitud de mi compañera. Si yo no hubiera crecido en Nigeria y si todo lo que conociera de África fueran imágenes populares, también creería que es un lugar de hermosos paisajes y gente incomprensible que libra guerras sin sentido y muere de pobreza y de sida, incapaz de hablar por sí misma, esperando a ser salvada por un extranjero blanco y gentil. Yo vería a África del mismo modo en que, cuando era niña, veía a la familia de Fide.

Creo que esta única historia de África procede de la literatura occidental. John Locke, un comerciante londinense que zarpó hacia África occidental en 1561, escribió un relato fascinante sobre su viaje, en el que después de referirse a los africanos como “bestias sin casa”, escribió “tampoco tienen cabezas. La boca y los ojos les nacen del torso”. Hay que admirar la imaginación de John Locke. Pero lo verdaderamente importante de su escritura es que representa el comienzo de una tradición de historias sobre africanos en Occidente, una tradición donde el África subsahariana es lugar de negativos, de indiferencia, de oscuridad, de personas que, en palabras del poeta Rudyard Kipling, “son mitad demonios, mitad niños”.
Y entonces empecé a entender que mi compañera durante su vida tuvo que ver y escuchar diferentes versiones de esta única historia. Al igual que un profesor que una vez me dijo que mi novela no era “auténticamente africana”. Yo sabía que la novela tenía defectos, que había fallado en algunas partes, pero no me imaginaba que había fracasado en lograr algo llamado “autenticidad africana”. De hecho, yo no sabía qué significaba esa expresión. El profesor me dijo que mis personajes se parecían demasiado a él, un hombre educado de clase media. Mis personajes conducían carros y no morían de hambre. Por lo tanto, no eran auténticamente africanos.

Debo añadir que yo también soy cómplice de esta cuestión de la única historia. Hace unos años viajé de Estados Unidos a México. En ese entonces el clima político estaba tenso. Había debates sobre la inmigración y, como suele ocurrir en Estados Unidos, la inmigración se convirtió en sinónimo de mexicanos. Había historias sobre mexicanos que eran arrestados en la frontera. Recuerdo una caminata en mi primer día en Guadalajara, mirando a la gente ir al trabajo, amasando tortillas en el mercado, fumando, riendo. Recuerdo que primero me sentí un poco sorprendida y luego me embargó la vergüenza. Me di cuenta de que había estado tan inmersa en la cobertura mediática sobre los mexicanos que se habían convertido en una sola cosa en mi cabeza: el inmigrante abyecto. Había creído en una única historia sobre los mexicanos y no podía estar más avergonzada de mí.

Es así como creamos una sola historia. Mostramos a un pueblo como una sola cosa, una y otra vez, hasta que se convierte en eso. Es imposible hablar sobre la única historia sin hablar del poder. Nkali es una palabra del idioma igbo que recuerdo cada vez que pienso en las estructuras del poder en el mundo. Es un sustantivo que significa “ser más grande que el otro”. Al igual que nuestros mundos económicos y políticos las historias también se definen por los principios de nkali. Cómo se cuentan, quién las cuenta, cuándo se cuentan, cuántas historias son contadas, son temas que dependen del poder.

El poder es la capacidad no solo de contar la historia del otro, sino de hacer que esa sea la historia definitiva. El poeta palestino Mourid Barghouti escribió que si se pretende despojar a un pueblo la forma más simple es contar su historia y comenzar con “en segundo lugar”. Si comenzamos la historia con las flechas de los pueblos nativos de Estados Unidos y no con la llegada de los ingleses, tendremos una historia totalmente diferente. Si comenzamos la historia con el fracaso del Estado africano y no con la creación colonial del Estado africano, tendremos una historia totalmente diferente. Hace poco di una conferencia en una universidad donde un estudiante me dijo que era una lástima que los hombres de Nigeria fueran abusadores como el personaje del padre en mi novela. Le dije que acababa de leer una novela llamada Psicópata americano y que era una lástima que los jóvenes estadounidenses fueran asesinos en serie. Obviamente estaba algo molesta cuando lo dije, pero jamás se me había ocurrido pensar que solo por haber leído una novela donde un personaje es un asesino en serie, de alguna forma, él era una representación de todos los norteamericanos. Y eso no es porque yo sea mejor persona que ese estudiante, sino porque debido al poder económico y cultural de Estados Unidos, yo había escuchado muchas historias sobre ese país. Leía a John Updike, Steinbeck y Gaitskill. No sabía una sola historia de Estados Unidos.

Hace años, cuando aprendí que se esperaba que los escritores hubieran tenido infancias infelices para ser exitosos, empecé a pensar sobre cómo podía inventar cosas horribles que mis padres me hubieran hecho. Pero la verdad es que tuve una infancia muy feliz, llena de risas y amor, en una familia muy unida. Pero también tuve abuelos que murieron en campos de refugiados. Mi prima Pollie murió por falta de atención médica. Una de mis amigas más cercanas, Okoloma, murió en un accidente aéreo, porque los camiones de los bomberos no tenían agua. Crecí bajo regímenes militares represivos, que le daban poco valor a la educación, por lo que mis padres a veces no recibían sus salarios. Cuando niña vi cómo la mermelada y la mantequilla desaparecían del desayuno. Luego, el pan se volvió muy costoso. Luego, se tuvo que racionar la leche. Pero sobre todo un miedo político generalizado invadió nuestras vidas. Todas estas historias me hacen quien soy, pero si insistimos solo en lo negativo sería simplificar mi experiencia y omitir muchas otras historias que me formaron.

La historia única crea estereotipos y el problema con los estereotipos no es que sean falsos, sino que son incompletos. Hacen de una sola historia la única historia. Es cierto que África es un continente lleno de catástrofes. Hay catástrofes inmensas como las violaciones en el Congo y las hay deprimentes, como el hecho de que hay 5.000 candidatos por cada vacante laboral en Nigeria. Pero hay otras historias que no son sobre catástrofes y es igualmente importante hablar sobre ellas. Siempre he pensado que es imposible compenetrarse con un lugar o una persona sin entender todas las historias de ese lugar o de esa persona. La consecuencia de la única historia es que roba la dignidad de los pueblos. Dificulta el reconocimiento de nuestra humanidad, enfatiza nuestras diferencias, en lugar de nuestras similitudes. ¿Qué hubiera sido si antes de mi viaje a México yo hubiese seguido los dos polos del debate sobre inmigración, el de Estados Unidos y el de México? ¿Y si mi madre nos hubiera contado que la familia de Fide era pobre y trabajadora? ¿Y si tuviéramos una cadena de televisión africana que transmitiera diversas historias en todo el mundo? Es lo que el escritor nigeriano Chinua Achebe llama “un equilibrio de historias”. ¿Y si mi compañera de cuarto conociera a mi editor nigeriano Mukhtar Bakare, un hombre extraordinario que dejó su trabajo en un banco para ir tras sus sueños y fundar una editorial?

Comúnmente se pensaba que los nigerianos no leían. Él no estaba de acuerdo y creía que las personas que podían leer lo harían si la literatura estaba disponible y era accesible. Poco después de que publicó mi primera novela fui a un programa de televisión a dar una entrevista. Una mujer que trabajaba allí como mensajera me dijo: “Realmente me gustó tu novela, pero no me gusta el final. Ahora debes escribir una secuela y esto es lo que pasará”. Y siguió contándome sobre qué escribiría en la secuela. Yo estaba encantada y conmovida. Estaba ante una mujer que hacía parte del resto de nigerianos comunes y corrientes que no se suponía que eran lectores. No solo había leído el libro, se había adueñado de él y sentía que era justo contarme qué debería escribir en la secuela.

¿Y si mi compañera hubiera conocido a mi amiga Fumi Onda, la valiente conductora de un programa de televisión en Lagos determinada a contarnos las historias que quisiéramos olvidar? ¿Y si mi compañera conociera la cirugía cardiaca hecha en un hospital de Lagos la semana pasada? ¿Y si conociera la música nigeriana contemporánea? Gente talentosa cantando en inglés y en pidgin, igbo, yoruba y ljo, mezclando a Jay-Z, Fela, Bob Marley y sus ancestros. ¿Y si conociera a la abogada que recientemente fue a la corte en Nigeria para cuestionar una ridícula ley que obligaba a que las mujeres tuvieran la aprobación de sus esposos para renovar sus pasaportes? ¿Y si conociera Nollywood, lleno de gente creativa haciendo películas con grandes limitaciones técnicas? Estas películas son tan populares que son el mejor ejemplo de que los nigerianos consumen lo que producen. ¿Y si mi compañera conociera a mi ambiciosa trenzadora de cabello que acaba de empezar su negocio de extensiones? ¿O al millón de nigerianos que comienzan negocios y a veces fracasan, pero siguen teniendo ambiciones?

Cada vez que regreso a casa debo confrontar aquello que irrita a los nigerianos: nuestra fallida infraestructura y nuestro fallido gobierno. Pero me encuentro con la increíble resistencia de un pueblo que prospera a pesar de su gobierno y no gracias a él. Dirijo talleres de escritura en Lagos cada verano y es impresionante ver cuánta gente se inscribe, cuántos quieren escribir, contar historias. Mi editor nigeriano y yo creamos un fondo sin ánimo de lucro llamado Fondo Farafina. Tenemos grandes sueños de construir bibliotecas y reformar las que ya existen. Proveer libros a las escuelas estatales que tienen sus estantes vacíos y organizar muchos talleres de lectura y escritura para todos los que quieran contar nuestras muchas historias. Las historias importan. Muchas historias importan. Las historias se han usado para despojar y calumniar, pero las historias también pueden dar poder y humanizar. Las historias pueden quebrar la dignidad de un pueblo, pero también pueden reparar esa dignidad rota. La escritora estadounidense Alice Walker escribió sobre sus parientes sureños que se habían mudado al norte y les dio un libro sobre la vida que dejaron atrás, “estaban sentados leyendo el libro, escuchándome leer y recuperamos una suerte de paraíso”.

Me gustaría terminar con este pensamiento: cuando rechazamos la única historia, cuando nos damos cuenta de que nunca hay una sola historia sobre ningún lugar, recuperamos una suerte de paraíso.

domingo, 20 de febrero de 2011

"Las mujeres no hemos tenido la palabra"


La filósofa argentina Diana Maffía resume así su magistral ponencia en el seminario Género y lenguaje sexista, realizado en el municipio de Rosario, Argentina. La experta se detuvo en el peligroso sexismo semántico de las palabras más que en la mera sintaxis. De muestra, un botón: la connotación masculina de “zorro” está muy lejos de su versión femenina. Vale preguntarse por qué.

El lenguaje crea realidad. No hay discusión y Diana Maffía lo sabe muy bien. La filósofa argentina –que fue Defensora del Pueblo Adjunta de Buenos Aires– dejó en claro durante su ponencia, que más allá del lugar común del “sexismo en el lenguaje”, la discusión debe orientarse hacia las relaciones de poder que generan las palabras y el mundo del lenguaje.

Y en ese sentido, fue tajante: “la Real Academia Española es una especie de tribunal de la inquisición de la lengua”, señaló la experta en el Seminario “Género y lenguaje sexista” que forma parte del Ciclo de Actividades Culturales organizadas en relación con el III Congreso de la Lengua Española.

Maffía dijo que a lo largo de la historia, en ámbitos y construcciones sociales como la iglesia, la ciencia, la historia, la filosofía y el derecho, “los hombres se enuncian pero las mujeres somos dichas, no somos sujetos de enunciación”. Y para revertir esta realidad, no bastaría “apoderarse” del lenguaje o las palabras, por ejemplo forzando el vocablo para “feminizarlo” como muchas veces se ha planteado en discusiones sobre cargos de poder: “General o Generala”.

Para Maffía, el tema es mucho más complejo porque representa una construcción social histórica, en cierta forma, algo así como el reflejo lingüístico de las sociedades. Por eso, la filósofa consideró que habría que ir “más allá de la cuestión del sexismo, para establecer alianzas con otros grupos vulnerables. Hay varones que quedan fuera de ese varón hegemónico que es sujeto de la lengua”, afirmó aludiendo al concepto de androcentrismo.

También hizo una genealogía de los hombres que se apropiaron del discurso desde el origen de la sociedad occidental. No sólo eran hombres, sino también propietarios, blancos y capaces. “El lenguaje es una herramienta sumamente masculinizada porque las mujeres no hemos tenido la palabra. Y es pertinente considerar al lenguaje como un lugar que expresa, construye y refuerza relaciones de poder”, agregó.

Por ello, no basta con sólo intentar apoderarse de la palabra porque “se obtiene de instituciones misóginas”, afirmó, para analizar el funcionamiento de esta jerarquía en tres dimensiones, donde la semántica y la sintaxis son fundamentales.
A juicio de la filósofa argentina, el idioma español tiene un sesgo sexista particularmente fácil de detectar, pero difícil de erradicar. Por ello, dijo, no basta con neutralizar lo masculino a través de la sintaxis que no es menor porque “una mujer nunca sabe si está incluida o no cuando se habla en masculino. De ese sistemático desplazamiento, los varones se ven liberados”.

Maffíaa fue más allá al indicar que el lenguaje, en su dimensión semántica, también hace profesión de fe masculina. “Este aspecto es importantísimo, porque allí se establece la relación de verdad, que es básica para analizar el tema de la autoridad y el poder”.

En esta dimensión, recorrió los sentidos diferentes que las mismas palabras tienen en femenino y masculino. Hombre y mujer pública, zorro y zorra fueron algunos de los términos enumerados, siempre en un contexto histórico que permitió a muchas mujeres de centros comunitarios y organizaciones sociales de la ciudad conceptualizar una sensación bien conocida: por qué el lugar de lo femenino está tan bastardeado, no sólo en el lenguaje.

“El discurso no es inocente, encubre los vínculos de poder”, afirmó la filósofa, quien analizó así cómo la violencia doméstica fue recluida al terreno de lo privado, ya que las mujeres fueron confinadas durante siglos en ese espacio, reservándose lo público para los hombres. [...]

www.mujereshoy.com/secciones/2300.shtml (20-8-2004)

Yo también soy 'miembra'

 Lidia Falcón. El Periódico, 25-6-2008 (fragmentos)

Y hembra y abogada y escritora y presidenta y jefa, porque la naturaleza me hizo así. Y por eso he desaparecido del lenguaje que solo habla de los machos, de los abogados, de los escritores, de los presidentes y de los jefes. Por esa magia del idioma, resulta que en el país solo hay hombres y jueces y presidentes y jefes y electores y ciudadanos, porque todos ellos han abducido a las ciudadanas y a las juezas y a las presidentas, haciéndolas desaparecer del planeta. Según parece, nosotras debemos conformarnos, para mayor honra y gloria, no solo de los ilustres miembros de las academias y de las conferencias, sino sobre todo --sobre todo--, del lenguaje, que, según dicen los entendidos, que siempre son hombres --aunque alguna despistada también les defienda--, se sentiría ofendido y humillado si se usara el género femenino en esas expresiones que solo están adecuadamente utilizadas cuando lo hacen en el género masculino.

Tanta ha sido la indignación que les ha acometido a periodistas, escritores, filólogos, políticos y hombres ilustres de diversas condiciones, cuando la ministra Bibiana Aído llamó miembras a sus compañeras de fatigas, que obligadamente nace la sospecha de que deben haberse sentido heridos por alguna otra ofensa muy profunda que conlleva el término, y cuya naturaleza se me escapa. Ninguno de los ofendidos ha reconocido que el lenguaje es solamente un constructo humano --más bien masculino-- que responde a las necesidades de comunicación de una sociedad, en tiempo y lugar determinados. Que por ello mismo, refleja fielmente las relaciones de clase, de sexo, de cultura, de política, de su momento, y por tanto, ha sido, y sigue desgraciadamente siendo, reflejo de una sociedad patriarcal que todavía no hemos desmontado. En la que, como decía Gramsci, lo viejo se resiste a morir y lo nuevo todavía no se ha impuesto.

Esta ridícula polémica que se ha suscitado a consecuencia de una sola palabra, que recogen y alimentan, diariamente, periodistas y escritores, especialmente aquellos que se han distribuido los sillones de la Real Academia Española (RAE), y que se arrogan el derecho de decidir lo que se puede y no se puede decir, ha servido también para conocer a los ilustres opositores. Pero ni las soeces e insultantes expresiones de Pérez Reverte, que nos indican el nivel estilístico y moral del escritor, ni las burlas de Alfonso Guerra, que hacen honor al personaje, ni las disquisiciones de Javier Marías, que se erige en santón supremo del idioma cuando sus textos necesitan una buena corrección de estilo, nos detendrán. No nos detendrán para ir introduciendo en nuestras lenguas, todas las españolas, la visibilidad de las mujeres.

Quizá la ocasión para utilizarla por la ministra no fue la más acertada, teniendo en cuenta todos los condicionamientos que reúne en contra: el sexo, el primero; la edad, la falta de experiencia, su primera intervención en la Cámara, la titularidad de un ministerio que todavía no se sabe para qué servirá y en cuyo nombre, por cierto, se hace invisibles a las mujeres, cuando precisamente ella reivindica el femenino de las palabras y se supone que la principal tarea que debe desarrollar es la defensa de aquellas. Pero las reacciones que ha provocado han sido tan desproporcionadas como injustas. Cualquier escritor sabe que en el curso del último siglo han desaparecido de nuestro lenguaje cientos de palabras y se han incorporado a nuestro diccionario decenas de otras nuevas, provenientes de varios idiomas, mayoritariamente del inglés, y muchos neologismos que responden al uso que el pueblo les da, y al que no suelen importarle mucho los aprobados o los anatemas de los inmortales de la Academia, a la mayoría de los cuales no recuerda nadie al cabo de unos años.

Así, el diccionario de la lengua de la RAE recoge términos como overbooking, free-lance o cameraman, frente a los castizos sobreventa, autónomo o cámara. La Unesco, en 1991, difundió sus recomendaciones sobre un uso no sexista del lenguaje, que empiezan con el siguiente párrafo: "El lenguaje no es una creación arbitraria de la mente humana, sino un producto social e histórico que influye en nuestra percepción de la realidad. Al transmitir socialmente al ser humano las experiencias acumuladas de generaciones anteriores, el lenguaje condiciona nuestro pensamiento y determina nuestra visión del mundo". Yo añadiría que el lenguaje no es una disposición divina inmutable, como las tablas de la ley, sino que cambia con los tiempos, y que cambiará sin duda cuando las mujeres nos decidamos a utilizar aquellos términos que nos visibilizan y nos definen, con habitualidad y sin miedo a que esos censores arrogantes de la RAE nos anatematicen.

Entonces, no solo miembras, juezas, fiscalas, presidentas y jefas serán de uso común sino también, por ejemplo, feminicidio, cuando se alude al asesinato de mujeres, que por tanto ya no es homicidio, o como sororidad, alternativo a fraternidad. Y, en fin, muchos más que las mujeres y los hombres introducirán con normalidad en su habla cotidiana, obligando a los engreídos personajes de la RAE a incluirlos en su diccionario. Y entonces estos, y otros, no nos pedirán perdón por tantos insultos como tuvimos que aguantar cuando los inventamos.

Androcentrismo y sexismo: causas de un uso incorrecto de la lengua


"El lenguaje, más que palabras. Propuestas para un uso no sexista del lenguaje". Emakunde  / Instituto Vasco de la Mujer. 1988.
 
Todas las miradas, todas las cosmovisiones, están sesgadas por distintos condicionantes sociales - etnia, sexo, edad, religión, ideología...—. El Androcentrismo es una forma de mirar, una cosmovisión y, como tal, está sesgada. En este caso, el sesgo es por sexo y proviene de considerar a los hombres como sujetos de referencia y a las mujeres como seres dependientes y subordinados a ellos. El androcentrismo supone, por tanto, considerar a los hombres como el centro y la medida de todas las cosas. Referirse a “las edades del hombre” cuando se pretende hablar de la evolución de toda la Humanidad es un ejemplo del pensamiento androcéntrico. Detrás de la palabra hombre no sabemos si se está pretendiendo englobar a las mujeres. Si es así, éstas quedan invisibilizadas, y si no es así, quedan excluidas.

El androcentrismo, como cualquier otra cosmovisión o pensamiento sesgado, se refleja en distintos usos de la lengua como veremos más adelante.

Por su parte, el Sexismo es la asignación de valores, capacidades y roles diferentes a hombres y mujeres exclusivamente en función de su sexo, desvalorizando todo lo que hacen las mujeres frente a lo que hacen los hombres, que es lo que está bien, “lo que tiene importancia”.

El lenguaje como transmisor básico de la cultura de un pueblo, refleja e inte-racciona con la realidad de cada momento. Así pues, hacemos un uso sexista y androcéntrico de la lengua porque vivimos en una cultura sexista y androcentrista en la que se valoran las capacidades y funciones atribuidas a los hombres, pero no se reconoce el valor social de aquellas capacidades y funciones que son atribuidas a las mujeres. A través del lenguaje reflejamos esta realidad desigual pero también la reforzamos ya que a pesar de la profunda transformación que ha experimentado el papel social de las mujeres, los mensajes transmitidos siguen mostrando una imagen parcial y las sitúan en una posición subordinada respecto a los hombres. El sexismo no está en la lengua, sino en la mente de las personas.

De hecho, no podemos hablar de “lenguaje sexista” sino de “uso sexista” del lenguaje, ya que la lengua, por su variedad y riqueza, ofrece muchas posibilidades para describir una realidad y para expresar todo lo que nuestra mente es capaz de imaginar. De esas posibilidades escogemos unas u otras en función de lo que queremos decir y del contexto en el que estemos, pero sobre todo en función de lo que hemos aprendido, de las ideas, conceptos, estereotipos... que nos han sido transmitidos culturalmente, es decir del conocimiento que tengamos de la realidad.

Así, por la amplitud de posibilidades que nos ofrece la lengua y por la libertad que tenemos de elegir entre ellas, podemos expresar:

• Una realidad sexista... (la existencia de muy pocas mujeres en puestos de responsabilidad)... de forma sexista o no sexista.
SEXISTA: “El Consejo Rector consta de doce consejeros”.
NO SEXISTA: “El Consejo Rector consta de dos consejeras y diez consejeros”.

• Una realidad no sexista... (Un hombre y una mujer comparten la licencia para el cuidado de su hija recién nacida)... de forma sexista o no sexista.
SEXISTA: “Los padres de Ana han compartido el permiso de maternidad”.
NO SEXISTA: “La madre y el padre de Ana han compartido el permiso de maternidad-paternidad”.

Por tanto, todas y todos podemos hacer un uso correcto de la lengua y expresar lo que queremos con mayor precisión. La lengua dispone de los elementos necesarios, sólo tenemos que escoger los adecuados.



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