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lunes, 14 de febrero de 2011

De los abusos de la Iglesia

Por: Carolina Sanín

La semana pasada la prensa informó sobre un documento firmado por teólogos alemanes, austriacos y suizos en el que se recomienda que la Iglesia católica reconsidere su posición frente al sacerdocio femenino, la participación de los fieles en la elección de obispos, el celibato de los ministros y el rigorismo moral.
 
Casi sin excepción, tanto en los titulares como en el cuerpo de los artículos, los medios europeos y americanos enfatizaron el que, a mi parecer, es el asunto menos relevante de los comprendidos en el documento, a saber, el matrimonio de los sacerdotes, y restaron importancia a la propuesta revolucionaria de la inclusión de mujeres en el oficio eclesiástico. El énfasis es explicable desde el punto de vista mediático: se ha elegido el dato que mayor resonancia puede tener entre la sentimental multitud, y se ha resaltado la noticia con mayor capacidad de engendrar una nueva noticia; con lo último aludo a que es muy probable que la Iglesia sí decida abolir el celibato sacerdotal, un requisito que no sólo es tardío en su historia sino que también es regional (entre los sacerdotes del rito oriental, también sujetos al Vaticano, el matrimonio está permitido).

En cambio, es seguro que durante nuestra vida no se pondrá fin a la exclusión de las mujeres de la jerarquía eclesiástica, pues, como recordó el papa Wojtyla en la carta apostólica Ordinatio Sacerdotalis (1994), esta exclusión “significa la observancia de una disposición que hay que atribuir a la sabiduría del Señor del universo”. Que las mujeres se mantengan fieles a una iglesia que las aísla con la fuerza del dogma es algo que, ya acostumbrada al endémico síndrome de Estocolmo de que padecen mis congéneres, no me sorprende. Sin embargo, con ocasión de estas recientes noticias católicas, me viene a la mente el contraste entre el perpetuo debate nacional que el velo de las musulmanas suscita en Francia y el tupido velo que se tiende, en ese mismo país orgulloso de su laicismo (pero profundamente católico), sobre la discriminación de las católicas por parte de su iglesia, a pesar de que esta circunstancia atenta flagrantemente contra el —tan francés— principio de igualdad.

 Pero, igual que la prensa la semana pasada, hoy no quiero hablar de eso. Lo que quiero es señalar, por una parte, la ingenuidad de los católicos que creen que tendrían una Iglesia menos gay si se aboliera el requisito del celibato, ignorando que el matrimonio heterosexual es un clóset mucho más cómodo y seguro que el sacerdocio, y, por otra parte, el error de los católicos que consideran que dejaría de haber abuso de menores en la Iglesia si a los sacerdotes se les permitiera casarse, como si la pedofilia fuera trastorno exclusivo de solteros y como si en los abusos sexuales no fuera más determinante la perversa estructura patriarcal que la abstinencia sexual.

Si yo fuera una teóloga alemana de ánimo reformista y preocupada por la pederastia entre los católicos, lo que haría sería recomendar, en primer lugar, la modificación del sacramento de la penitencia como se practica hoy en la Iglesia —por cierto, un invento más reciente que el del celibato entre los sacerdotes—, pues es en el espacio de la confesión, tanto según los testimonios de las víctimas como según el sentido común, donde se entabla la relación de sumisión absoluta del fiel al ministro y se propicia el abuso sexual. Y ya en ese rol de teóloga alemana, propondría luego la exclusión de los niños de todos los ritos de la Iglesia. Porque los lazos de la religión, igual que los del sexo, deben atarse de manera consensual; porque la imposición de obligaciones religiosas a menores de edad constituye una limitación de la libertad individual y un atentado contra el libre desarrollo de la persona; y porque el abuso del cuerpo ajeno es apenas una secuela en una institución donde el abuso contra la libertad del prójimo es la regla.

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