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domingo, 27 de marzo de 2011

Ciudad Juárez: Combatir con la memoria - Violencia de género


 
Soy una mujer que trabaja, y hoy vuelvo a casa arrastrando el cansancio de una jornada intensa. Y soy muy afortunada, mucho. Esta misma noche, en Ciudad Juárez, es muy probable que otra mujer como yo -o mucho más joven, prácticamente una niña- , no regrese nunca a su hogar después del trabajo en la maquila. La habrá señalado una mano invisible, homicida, y la oscuridad se tragará sus sueños y esperanzas. Habrá sido atrapada y sometida a una tortura atroz: un interminable camino hacia la muerte poblado de vejaciones sexuales, mutilaciones y crueldad inaudita. Tal vez aparezca su cuerpo, mostrando la evidencia del sufrimiento indecible, o tal vez no. Simplemente, habrá desaparecido y sus seres queridos no tendrán siquiera la oportunidad de despedirse de ella. Hablo de Lilia, Anahí, Juana, Esmeralda, Violeta... Todas tenían nombre, futuro, y un derecho a vivir libres y seguras que les fue brutalmente arrebatado.

Hace una década que este exterminio sistemático y despiadado hacia las mujeres se practica en Ciudad Juárez. A diario, como se toma el autobús, se compra algo de comer o se duerme. Más de 400 víctimas mortales y un número indeterminado de desaparecidas han hecho que el crimen sea un escenario cotidiano en este lugar, una localidad fronteriza del estado de Chihuahua, en México. Las razones de este terrorismo de género se entretejen en una tupida y siniestra red de intereses. Mafias de narcotraficantes que imponen la ley del miedo y la violencia sexista como arma de dominación; grupos que practican el comercio de órganos; sicarios del turismo sexual asesino, o de bárbaros rodajes cinematográficos... Siempre hay detrás alguien que se beneficia: que gana dinero o consolida poder a costa de esas mujeres que han osado buscar empleo, aunque sea en condiciones de explotación, y tratan de ser dueñas de su propia vida en un entorno patriarcal y machista.

En todo caso, las causas permanecen envueltas en tinieblas y los crímenes, impunes. Apenas una persona cumple condena por estos asesinatos, que se han seguido produciendo con idéntico ensañamiento. Las investigaciones se abandonan o se diluyen en trámites negligentes, plagados de incompetencias y manipulaciones. Porque los cómplices y/o patrocinadores son influyentes y muy cercanos a la administración mexicana: a gobernadores, ministros o empresarios que han financiado bajo cuerda alguna campaña electoral del mismísimo presidente Vicente Fox. A esa desoladora conclusión han llegado periodistas y escritores como Sergio González ("Huesos en el desierto"), Diana Washington ("Cosecha de Mujeres") o Pablo Gámez. Todos ellos, igual que los jueces o activistas locales que han querido combatir este auténtico feminicidio, han recibido presiones intolerables y amenazas de muerte.

Frente al horror, la sociedad civil, ONG,s o instituciones que defienden los derechos humanos, colectivos de artistas -latinos y españoles- y las asociaciones de mujeres de medio mundo, hacen oír su voz cada vez más alto. El silencio alimenta el olvido, se alía con los asesinos y torturadores; la rebeldía y la memoria, por el contrario, nos permiten combatir esta ignominia y rescatar a las víctimas del pozo sin nombre donde las han arrojado. No sobra ninguna voz, no es baldío ningún recuerdo. La obligación moral de las sociedades democráticas, de todas las personas que escuchamos la historia de Ciudad Juárez, es no mirar hacia otro lado.

Las heridas abiertas de Ciudad Juárez me duelen; como mujer, como ser humano. Y deben doler: deben indignarnos y deben conmovernos. Suscribo plenamente lo que el pensador y pedagogo José Antonio Marina advertía en "La inteligencia fracasada", que "las sociedades pueden encanallarse cuando se encierran en un hedonismo complaciente y carecen de tres sentimientos básicos: compasión, respeto y admiración. Compadecer es sentirse afectado por el dolor de los demás, y es la base del comportamiento moral. Considerar la compasión como un sentimiento paternalista y humillante es una gigantesca corrupción afectiva (...), porque ha sido precisamente la compasión la que ha abierto camino a la justicia". Y añade Marina que son inteligentes las sociedades justas, porque "todo fracaso de la inteligencia entraña desdicha. La privada es dolor, y la desdicha pública es el mal, es la injusticia". Si las muertes de Lilia, Anahí, Juana, Esmeralda, Violeta y tantas otras no nos conciernen, será una derrota de la inteligencia y del corazón de proporciones desastrosas.

Dos reflexiones para concluir. Ciudad Juárez es un ejemplo lacerante de desigualdad y violencia sexista, quizá el más concentrado hoy en un espacio determinado, pero no el único. Conflictos olvidados como el de los Balcanes, o el que sacude aún el norte de Uganda desde hace 19 años, han sido sinónimo de matanzas y horror para las mujeres por el hecho de serlo, frente a la apatía del resto del mundo. La otra, tiene que ver con la regeneración espiritual que les debemos a ellas, a las víctimas. Según una tradición ancestral [1], las mujeres-chamanes recogían en el desierto los huesos de los lobos -o de seres humanos-, recomponían sus esqueletos y cantaban sobre ellos hasta devolverles la vida. Tal vez a nosotros/as nos corresponda ahora recoger ese legado: desenterrar y reconstruir las historias de las fallecidas, reunir las denuncias sobre sus secuestros y torturas y convertirlas en un clamor. En un canto que exija justicia y les devuelva la dignidad borrada, pero no destruida, mientras no lo permitamos el resto.

TODAS SON NUESTRAS HIJAS. TODAS SON NUESTRAS MUERTAS. NI UNA SOLA MÁS.

[1] Recogida por Clarissa Pinkola Estés en "Mujeres que corren con los lobos".
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