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lunes, 28 de marzo de 2011

De la otredad a la identidad: perspectivas de teoría feminista de fines del siglo XX


Gilda Pacheco Acuña
Revista de Lenguas Modernas, N0 10, 2009: 353-359

Como movimiento filosófico, el feminismo existe desde la consolidación del primer patriarcado como sistema social; sin embargo, como movimiento literario, se podría ubicar el feminismo en la década compulsiva de los años sesentas, cuando diferentes movimientos políticos, intelectuales, raciales y étnicos exigieron cambios a la sociedad. Después, en la década de los setentas, se vislumbran enfoques feministas tradicionales en los que la ausencia y el silencio femeninos se exponen y en donde la pasividad y sumisión femeninas se denuncian, tanto en las estructuras sociales como en los textos literarios. Dichos estudios consistieron principalmente en ver cómo autores masculinos describían y caracterizaban lo que ellos percibían y concebían como lo que debía ser “lo femenino”. Sin embargo, a fines del siglo XX, en la década de los ochentas y de los noventas, se da un giro de perspectivas en donde la identidad femenina se visualiza en tres dimensiones, es decir, explorando la subjetividad de escritoras, heroínas literarias y lectoras. Este concepto de identidad se manifiesta como una fuerte presencia social, genera tensión y legitima la voz femenina. Se desarrolla, así, una etapa de transición importante y necesaria para la pluralidad de voces, autonomía femenina y afirmación de flexibilidad y tolerancia, todas éstas características típicas de la teoría feminista contemporánea. Mi estudio, entonces, consistirá en el análisis de la etapa de transición de la crítica feminista. Es decir, cómo en las décadas de los ochentas y noventas se visualiza el concepto de identidad femenina que servirá de base para la crítica feminista del siglo XXI. Por lo tanto, se expondrán conceptos teóricos significativos de las dos décadas mencionadas, esquematizando así las percepciones de identidad y su validez cultural y social.

Identidad: concepto, tipos y componentes

Si nos concentramos en la primera parte del título de este artículo, que dice “De la Otredad a la Identidad”, en sí la frase sugiere ya un proceso y esta perspectiva dinámica de proceso no termina sino que más bien se prolonga en el concepto de lo que se entiende por identidad en la actualidad. La identidad, término bastante complejo, puede interpretarse como un compendio de discursos, creencias, suposiciones culturales e interpelaciones ideológicas, entre otras. En realidad, para algunas críticas, el solo concepto de identidad estable es ilusorio, como lo expresa Lois Tyson (2006), “[t]he selfimage of a stable identity that many of us have is really just a comforting self-delusion” (259) [la imagen propia de una identidad estable que muchos de nosotros tenemos es simplemente un auto-engaño reconfortante]. Por lo tanto, esta inestabilidad debida a la variedad de discursos desde una perspectiva colectiva, o debida a los propios deseos, miedos y ansiedad desde una perspectiva individual, conlleva a la visión de una identidad fragmentada y múltiple que se genera y dramatiza en la experiencia y presencia femenina dentro de una sociedad patriarcal.

Se han señalado diversos tipos de identidad: sexual, histórica, personal, cultural, nacional. Richard Dyer (1997), por ejemplo, nos habla de identidad política, la cual se funda en una afirmación de necesidades y derechos de un grupo definido en términos de género, clase y sexualidad. Dyer aclara que esta identidad es la construcción del ser dentro de su grupo social. Así, vemos cómo se define el ser, el individuo dentro de la sociedad en donde la identidad se vislumbra como un proceso que fluye, un proceso permanente de construcción y reconstrucción como lo postula Irvin Schick (1999) y quien añade que el ser está inmerso en las colectividades de clase, raza, etnicidad, religión, ideología, región, nación, sexualidad y género, entre otras. Por lo tanto, no es sorprendente que desde esta perspectiva, la subjetividad femenina necesite del marco posestructuralista, como así lo expresa Tina Charter (1998), “Derrida, Foucault, and Lacan are among the important thinkers to have influenced the feminist demand to rethink subjetivity” (268) [Derrida, Foucault y Lacan figuran entre los pensadores más importantes quienes han propiciado la necesidad femenina de repensar la subjetividad].

Se nos habla también de los marcadores de identidad, los fáciles de percibir visualmente como el color de la piel o los rasgos propios del género y otros marcadores que podríamos llamar internos o menos visibles, pues no forman parte del aspecto físico de la persona pero sí son parte fundamental de ella como lo son las creencias y los valores. Estos dos tipos de marcadores contribuyen a determinar la subjetividad. En el caso de la identidad femenina, los marcadores externos e internos están en tensión constante, ya que el aspecto físico del sexo “débil” como marcador externo conduce a la imposición social de una construcción de género, subordinada y oprimida, que altera los marcadores internos de la persona y de su círculo social.

Además, en la construcción de identidad es indispensable tanto la alteridad como la otredad, pues se necesita el proceso del descubrimiento del otro desde el yo y la yuxtaposición con el otro, es decir, la condición o estado de ser el otro, para definir el ser. Así, volviendo al título de este articulo, no se pasa simplemente de la otredad a la identidad, sino que se retoma la otredad para afirmar la identidad.

La identidad femenina desde perspectivas de críticas feministas

Ahora bien, para empezar a señalar los preceptos teóricos de críticas feministas dentro de este concepto de identidad, necesitamos entonces enfocarnos en la identidad de género y también concentrarnos en el marco literario, es decir, en la escritura, porque es por medio de ésta que la escritora construye su identidad. Y no sólo la escritora sino también la crítica literaria y la lectora ya que, como dice Mary Eagleton (1996), lo que una mujer escribe o lee sobre mujeres crea posibilidades para otras mujeres. Además, como esta misma autora menciona, se podrían visualizar dos grupos de feministas: las de tendencia humanista, quienes hablan de “identidad” y de “individuo”, y las de tendencia anti-humanista, quienes prefieren usar el término “sujeto”(189-190).

El grupo de las feministas humanistas afirma que la mujer está mal representada en la literatura, que a ésta se le construye con imágenes falsas y misóginas y, por consiguiente, este grupo señala la necesidad de crear una voz para dar expresión al ser. El segundo grupo de tendencias anti-humanistas ha sido influenciado por varios discursos teóricos como las teorías psicoanalíticas de Jacques Lacan, las teorías de ideología de Louis Althusser, el pensamiento posestructuralista de Jacques Derrida y la teoría del discurso de poder de Michel Foucault. Así, estas feministas anti-humanistas hablan sobre la opresión y marginalización de la mujer, visualizan una subjetividad múltiple que está en un proceso en donde el sujeto no crea ni controla el mundo, sino es un producto de éste, es decir, un producto cultural.

La falta de control o poder hace que para algunas críticas esta tendencia no resulte atractiva. Sin embargo, se debe considerar que nuestra identidad depende también de dónde estamos ubicados, de quiénes estamos rodeados, de la clase social a que pertenecemos y entonces, nuestro grado de poder para evadir estos espacios o entornos siempre está limitado. No obstante, algunas feministas posmodernistas buscan posibilidades para abrir estos espacios. Es irónicamente en la otredad femenina donde se visualizan estas posibilidades, tal y como lo afirma Chriss Weedon (1998), “In an attempt to move beyond phallologocentrism, postmodern feminists have attempted to develop ways of seeing an embodied feminine otherness as a site of resistance and transformation” (79) [en un intento para ir más allá del falologocentrismo, las feministas posmodernistas han intentado desarrollar formas de ver una otredad femenina como sitio de resistencia y transformación].

Michelle Moody-Adams (1998) en su artículo “Self/Other” visualiza también dos grupos de feministas similares a los propuestos por Eagleton: las feministas que proclaman una concepción liberal del ser que resulta autónoma e independiente de toda contingencia y las feministas para quienes los hechos sociales, históricos y físicos de la existencia humana son inseparables de la identidad particular de los otros, es decir, la interrelación entre el ser y los otros. Dentro de esta perspectiva, se desarrollan las teorías de relación que son componentes muy influyentes del pensamiento feminista. Estas teorías exploran las relaciones entre el individuo y su círculo familiar, así como las del individuo y sus amistades, en donde estas últimas son más constitutivas del ser maduro ya que son voluntarias. En el caso específico de la mujer, las teorías feministas de identidad analizan la experiencia femenina y las funciones sociales que la mujer tiene a su cargo. Aunque para algunas críticas como Ferguson (1987), el estudio de los roles femeninos convencionales, como el doméstico y el materno, contribuye a la opresión femenina.

Varias críticas feministas afirman que al enfatizar las teorías de relación se proporciona el ámbito necesario para explorar la moralidad de las normas de amistad, amor y cuido que por lo general son ignoradas. Y así estas implicaciones morales pueden conllevar a conocer más la naturaleza e identidad del ser. Además, para algunas de estas feministas, la exploración de los lazos de amistad, amor, maternidad los cuales han sido clasificados como relaciones personales o privadas, podría dar importantes aportes para propiciar una reconfiguración de relaciones políticas, económicas o legales. Vemos, pues, cómo en el pensamiento feminista de fines de siglo XX, la necesidad de pasar de la teoría o filosofía a la práctica es imperativa para crear un mundo mejor. Hasta ahora podríamos esquematizar algunos puntos o ejes temáticos de la crítica feminista: las representaciones de mujeres en la literatura y la construcción, reconstrucción y la deconstrucción de estas representaciones. En cuanto a “la deconstrucción de sujeto”, Judith Butler (1990) no lo presenta como término negativo sino más bien como término renovador que implica darle uso nuevo, abrir dicho término, es decir, reformular el concepto de sujeto, para luego legitimarlo. Otro punto de la crítica feminista sería la perspectiva de sujeto en proceso, la fragmentación del ser femenino que se da muy recurrentemente en el discurso literario y la propuesta de pluralidad de identidad que ha sido ya formulada por varias críticas.

Julia Kristeva (1986), como teórica y psicoanalista, es quien usa el término “sujeto en proceso” y le da, además de la dinámica visión posestructuralista, un sentido legal al afirmar que el sujeto está siendo procesado ante un tribunal en donde es interrogado y cuestionado en sus “identidades”. Desde esta perspectiva, podemos ver la yuxtaposición de identidad personal y social, cuando Kristeva pluraliza el término. También puede observarse la tensión del individuo al ser enjuiciado por sus múltiples roles individuales y colectivos. En el discurso literario podemos hablar tanto de fragmentación como de multiplicidad de identidad. El segundo término, “multiplicidad”, lógicamente resulta más positivo porque conlleva la idea de diversidad, variedad y flexibilidad, mientras que el primer término, “fragmentación”, implica la pérdida del ser en su totalidad. Así, las críticas feministas crean conceptos de identidad acordes con estas percepciones. Tenemos la imagen del “cyborg”, el individuo o ser humano controlado cibernéticamente en sus diversas funciones y partes, propuesto por Donna Haraway (1985), o la imagen de “la nueva mestiza” formulada por Gloria Anzaldúa (1987), la mujer quien desarrolla tolerancia hacia la ambigüedad y las contradicciones, quien aprende a ser indígena en la cultura mejicana y a ser mejicana en la cultura anglosajona. En suma, la mujer que aprende a “hacer malabarismos con culturas” y desarrolla una identidad plural porque existe y opera en un modelo pluralista.

La fragmentación de la identidad femenina se palpa en el discurso literario; basta analizar la poesía de Margaret Atwood, Elizabeth Bishop o Silvia Plath, entre tantas otras; o las narraciones de Doris Lessing, Sandra Cisneros, Alice Walker o Isak Dinesen. En la actualidad, la pluralidad de identidad está siendo formulada en discursos literarios contemporáneos donde ambigüedad, contradicción, flexibilidad de subjetividad son norma dentro de la construcción del ser femenino. Además, la idea de transformación es uno de los ejes esenciales de este proceso, pues no es solo el personaje femenino que se transforma de acuerdo con las ideas feministas y la lucha de equidad en situaciones metafóricas como en cambios de vestidos o en las reflexiones del ser en el espejo. El poder de transformación está también en la escritora quien, consciente del proceso transformador de sus palabras, es también consciente de la responsabilidad moral que tiene al ejecutar su oficio, pues lectores y lectoras, críticos y críticas, mujeres y hombres interpretarán sus mensajes, sus textos, los cuales a su vez formarán parte de la identidad social, literaria, comunitaria del ser individual dentro de su formación de subjetividad en sus respectivas colectividades.

En su artículo “Postmodern Sujectivity”, Tina Charter (1998) afirma que debe replantearse la subjetividad desde los conceptos de sexo y género, que en lugar de separarlos para aclarar conceptos feministas al decir que uno es de carácter biológico y el otro es una construcción cultural, se deben unir ya que ambos deben ser parte del mismo discurso para definir la identidad (265). Además, se sabe que los estudios de género proveen suelo fértil para la exploración de la relación entre sexo e identidad. Charter añade que con los avances tecnológicos en medicina, reproducción, fertilización, y con la creación de clínicas de identidad de género, los conceptos de cuerpo, identidad, sexo y género se unifican dentro de una misma perspectiva (266). Entonces, las barreras de los binarismos de masculinidad y feminidad, de cuerpo y mente, de sexo y género, de homosexualidad y heterosexualidad, del ser y del otro o del ser y los otros, se van desvaneciendo para dar cabida a la diferencia, diversidad, tolerancia y flexibilidad.

En realidad, en todas estas ideas se puede formular un proceso logístico en torno a la identidad femenina, puesto que la mujer ha sido mal representada en la literatura, ha sido silenciada, o ignorada, puesto que ha tenido que cumplir funciones impuestas por el patriarcado o ha tenido que usar máscaras sociales dentro de una sociedad patriarcal; la mujer experimenta el sentimiento de fragmentación y de ahí el deseo de autenticidad. Detrás de todas estas restricciones y limitaciones hay un ser que debe ser descubierto.

Desde una perspectiva contemporánea y orientada a lo social, Josephine Donovan (2006) expresa que para construir una identidad verdadera al ser y no impuesta por otros, el individuo debe contar con conocimiento de su ser, de sus orígenes y de su comunidad. Pero, este conocimiento no es estático, ya que el proceso de identidad siempre continúa, sobre todo, el de identidad femenina, pues como lo señala Bell Hooks (1991), no es solo saber quiénes somos, sino también a dónde vamos y qué es lo que anhelamos.

A principios de la década de los años ochentas, Julia Kristeva dijo que dentro del concepto de mujer o identidad femenina veía algo que no podía ser representado, algo que no se había dicho, algo que iba más allá de nomenclaturas y de ideologías. Al final de la década de los años noventas, las críticas feministas resuelven en parte las inquietudes de Kristeva al plantear el proceso de identidad como el reconocimiento de diferencias sin suprimir las sexualidades múltiples, sin demandar conformidad de género hacia un binarismo impuesto y sin subordinar otras diferencias a las diferencias de género. Estas ideas e inquietudes se redescubren en textos de otras décadas y se plasman en la literatura contemporánea, pues las escritoras las presentan para que la sociedad las tome en cuenta, las críticas las analizan para realzar su valor y facilitar su comprensión y las lectoras las visualizan y las apropian para solidificar sus procesos de identidad. Estas ideas son la base de las teoríasfeministas del siglo XXI.

Bibliografía

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Belenky, Mary Field et al. Women’s Ways of Knowing: The Development of Self, Voice, and Mind. New York: Basic Books, 1986.
Belsey, Catherine y Jane Moore (eds.). The Feminist Reader: Essays in Gender and the Politics of Literary Criticism. New York: Blackwell, 1989.
Butler, Judith. Gender Trouble: Feminism and the Subversion of Identity. New York: Routledge, 1999.
PACHECO. De la otredad a la identidad: perspectivas de teoría feminista… 359
Donovan, Josephine. Feminist Theory: The Intellectual Tradition. New York: Continuum, 2006.
DuPlessis, Rachel Blau. Writing beyond the Ending: Narrative Strategies of the Twentieth-Century Women Writers. Bloomington, IN: Indiana UP, 1985.
Eagleton, Mary (ed.). Feminist Literary Theory. A Reader. New York: Blackwell, 1986.
Working with Feminist Criticism. Massachusetts: Blackwell Publishers, 1996.
Jaggar, Allison M. e Iris Marion Young. A Companion to Feminist Philosophy. Massachusetts: Blackwell Publishing, 1998.
Moi, Toril. Sexual/Textual Politics: Feminist Literary Theory. New York: Routledge, 1985.

2 comentarios:

Dinorah dijo...

excelente espacio. me encanta, buen tiempo invertido. abrazoz libertarios hermana.

Alicia Guevara dijo...

Gracias Dinorah, este espacio es una propuesta eminentemente colectiva así que espero podamos compartir e intercambiar experiencias, documentos, música y sugerencias varias para fortalecerlo. Abrazos sororos y libertarios.

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