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sábado, 30 de abril de 2011

La crisis económica y la crisis del cuidado


Es comprensible la preocupación por el curso de la crisis económica y sus múltiples efectos en el sistema financiero, en las tasas de inversión, en los niveles de desempleo y ciertamente en el crecimiento económico. Los debates giran en torno a las diferencias de esta crisis con las pasadas, a sus alcances y a las medidas que deben tomarse para paliar sus efectos y volver a un ritmo de crecimiento que permita el desarrollo social.

Sin embargo, hay dimensiones de la economía que permanecen más invisibles. Es el caso de la economía de cuidado que asegura el bienestar de las personas y la reproducción social mediante la acción de políticas sociales, los servicios públicos y privados y el cuidado a las personas que se realiza cotidianamente en las familias y comunidades. El orden de género tradicional asignó a las mujeres la realización de las tareas doméstica y de cuidado. Pero en la medida que las mujeres fueron ingresando mayoritariamente al mercado de trabajo y la esperanza de vida es mayor, la sociedad deviene más compleja y las tareas de cuidado y de socialización son más exigentes.

La economía de cuidado se ha globalizado y las familias se han transnacionalizado. La demanda de cuidado ha atraído a personas de otros países para trabajar en casas particulares o en instituciones especializadas en la atención de personas. Las familias de los migrantes se extienden por más de un país, por lo que se generan carencias de cuidado que amplían la necesidad de reorganizar las tareas de cuidado y contar con redes de apoyo.

Argumentos para el cambio quiere reflexionar sobre estos temas con el interés de alertar sobre los posibles colapsos de la organización social de los cuidados y sus consecuencias para los distintos grupos sociales.

Los sistemas de cuidado     
En el cuidado y bienestar de las personas y colectividades intervienen distintas instituciones, grupos y redes de personas: el Estado a través de sus diferentes políticas, programas y servicios, el mercado ofreciendo bienes y servicios y las propias familias, las comunidades y las redes sociales a través del trabajo no remunerado. Las tareas de cuidado son más demandantes en el presente debido a los cambios en la sociedad, y la crisis económica actual puede volverlas aun más exigentes. Las transformaciones de las familias, el ingreso de la mujer al mercado de trabajo, el envejecimiento de la población, la presencia de enfermedades que devienen crónicas y los desplazamientos de distintos miembros de las familias a otras localidades o países plantean nuevos y serios problemas de cuidado.

Las tareas de cuidado siguen siendo asignadas a las mujeres. Esta prescripción de género contribuye a crear un desigual acceso a las oportunidades y a la valoración social. La realización de estas tareas contempla asimismo varias dimensiones de gestión, planificación y coordinación de actividades así como también afectivas y emocionales, de cooperación y apoyo mutuo. Por tanto, su realización requiere insumos como dinero, mercancías, equipamiento, tiempo y conocimientos, y también otros insumos difíciles de medir como afecto, compromiso y atención sostenida.

El ingreso de las mujeres y hombres al mercado de trabajo no ha considerado las necesidades del cuidado de los demás ni del autocuidado. El trabajo remunerado sigue siendo concebido como si las personas no tuvieran otras actividades que cumplir: sigue el modelo masculino tradicional del hombre proveedor, al mismo tiempo que las mujeres continúan siendo pensadas como madres y dueñas de casa, responsables del trabajo doméstico y la familia.

Los servicios de cuidado no siempre toman en cuenta las limitaciones que impone el trabajo, con sus horarios, el tiempo destinado a los traslados, en especial en las grandes ciudades o en lugares más aislados.

La existencia de nuevas oportunidades laborales para mujeres de bajos ingresos ha llevado a disminuir la oferta de trabajo de empleadas del servicio doméstico en el país. El deseo de una vida propia ha disminuido la disponibilidad para el trabajo “puertas adentro” o en los horarios requeridos para compensar las carencias en los servicios y las jornadas extensas o irregulares de madres y padres. Las migrantes o las redes familiares cubren algunas de estas carencias.

Todos estos cambios son vividos a nivel subjetivo por las personas y en sus relaciones con otros/as. La mayoría de las mujeres está tironeada entre los modelos tradicionales de ser buena madre y esposa, tarea que se dificulta aún más en períodos de crisis, y el deseo de afirmar su autonomía y desarrollo de capacidades nuevas, su satisfacción con su quehacer laboral y su aporte público. Los hombres pueden estar aliviados con el ingreso de las mujeres al disminuir su responsabilidad de único proveedor pero, a la vez, sienten la pérdida de algunos de sus referentes de masculinidad. Temen, también, un mayor control de parte de las mujeres sobre su tiempo cuando solicitan más colaboración y consideración a sus aspiraciones. La coexistencia de imágenes tradicionales y más modernas no integrada produce un gran malestar difícil de definir y de traducir en una demanda no sólo personal sino social.

Migraciones y cuidados
Las personas migran apremiadas por problemas de cuidado y autocuidado, así como también para huir de situaciones de conflicto y violencia que viven en sus lugares de origen. Buscan fuentes de sustento y nuevos horizontes de vida para ellas y sus familias. En la última década y media una importante proporción de los inmigrantes son mujeres que desempeñan labores de cuidado para cubrir una demanda no satisfecha internamente.

Estas migraciones están dando lugar a la transformación de las relaciones cotidianas, sobre todo cuando las familias traspasan los límites nacionales, lo cual exige nuevos arreglos para la provisión del cuidado en sus lugares de origen y en el lugar de destino. La migración implica redistribuir las tareas de socialización y cuidado de sus hijos con otras generaciones, mayoritariamente sus madres o movilizando redes de parentesco. Muchas veces migran solas y luego traen a sus hijos, teniendo que reconstruir su familia en el extranjero. Deben restablecer su vida diaria, solucionar problemas de ellas, sus hijos e hijas y el resto de la familia y adaptarse a nuevas costumbres.

También experimentan desconfianza o discriminación por parte de los vecinos en sus lugares de residencia, así como de las trabajadoras chilenas dedicadas al cuidado, que pueden llegar a percibirlas como una competencia desleal agudizada en momentos de crisis.

Pese a las exigencias afectivas y al esfuerzo de adaptación, la migración también les ofrece la posibilidad de transformar las relaciones de género y tener un mayor margen de decisión para reconstruir las relaciones familiares y de género en el país de origen o en el país de llegada. Las tareas de cuidado que las migrantes realizan, su grado de bienestar, su integración y aporte social están sustentados no sólo en su esfuerzo personal, en su capacidad de tejer redes de afecto y de ayuda mutua, sino también en políticas migratorias que les reconozcan sus derechos en el país, en la acogida que le brindan las organizaciones sociales y en el reconocimiento de su medio.

Evitar el colapso de la organización social de los cuidados
En períodos de crisis, como resultado del aumento del desempleo, la disminución o inestabilidad de los ingresos, el aumento del trabajo doméstico que busca compensar la falta de recursos, la mayor dificultad de financiar servicios, entre otros, se produce un desgaste físico y psicológico que mella las energías y la salud de quienes están a cargo del cuidado de otras personas, produciendo un deterioro del sistema de cuidados.

Por ello es necesario: 

-Fortalecer los servicios públicos de cuidado.
-Redistribuir el trabajo doméstico y de cuidado entre los miembros de la familia.
-Avanzar en políticas de conciliación trabajo productivo y reproductivo.
-Evitar el desgaste de las personas tanto en el trabajo remunerado como en el no remunerado.
-Respetar los derechos de las y los migrantes, conocer los problemas que enfrentan y fortalecer las redes de acogida.














Fuente:  http://www.cem.cl/argumentos/ediciones/argu79.htm
Foto: UNIFEM Región Andina

Estado debe descargar tareas de cuidado familiar a trabajadoras. Demanda de diputadas y activistas en reforma laboral

Guadalupe Cruz Jaimes*

En México el 97 por ciento de las 16.7 millones de mujeres trabajadoras, además de cumplir con su labor asalariada, realiza tareas domésticas y de cuidado familiar, por lo que urge una legislación que obligue al Estado a brindar servicios de protección a la niñez y personas adultas mayores y con discapacidad, con el fin de aligerar la sobrecarga laboral de las mexicanas.

Así lo advierte el Centro de Estudios para el Adelanto de las Mujeres y la Equidad de Género (CEAMEG), de la Cámara de Diputados, en su estudio “Armonización entre los ámbitos laboral y familiar en México”.

Agrega que es preciso que la Ley Federal del Trabajo (LFT) planteé la responsabilidad de los hombres en el ámbito familiar y que desde las instituciones laborales se generen acciones que permitan ejercer, por ejemplo, la licencia de paternidad.

Para lograr la conciliación entre trabajo y familia es fundamental que el Estado asuma su responsabilidad en las tareas de reproducción social y de cuidado de las personas, pues no es suficiente buscar la corresponsabilidad entre mujeres y hombres, sostiene el CEAMEG.

Actualmente, 16.2 millones de mujeres económicamente activas se hacen cargo de las labores domésticas y del cuidado de personas; a estas tareas las mujeres dedican cerca de 60 horas semanales, mientras que los hombres sólo invierten 10 horas.

La disparidad de tiempo destinado a esta labor entre mujeres y hombres muestra que no han asumido de manera equivalente la corresponsabilidad de las tareas domésticas, cuya aportación económica representa el 21.6 por ciento del Producto Interno Bruto (PIB), según la Encuesta Nacional sobre Uso del Tiempo 2009.

Hasta ahora, señala el estudio del CEAMEG, tomadores de decisiones e instituciones involucradas han supuesto que las tensiones que se producen entre los ámbitos familiar y laboral son un problema de las mujeres y que son ellas quienes tienen que resolverlo.

Así, las mujeres se han visto obligadas a buscar estrategias para poder “salir a trabajar”, debido a que las labores que realizan en el hogar y el tiempo que invierten en éstas permanecen ocultas.

Mientras que a los hombres no se les reconoce su calidad de padres e hijos y en consecuencia están exentos de responsabilidades familiares, por lo que las instituciones del trabajo “no proveen las facilidades para que cumplan con tales responsabilidades ni promueven su involucramiento en la educación de las hijas e hijos ni su inserción en el ámbito privado”.

En este panorama, es necesaria una política social que amplíe el concepto de bienestar para incorporar los servicios de cuidado infantil y de personas con discapacidad y adultas mayores. El cuidado debe reconocerse como un trabajo y como un derecho que el Estado debe garantizar.

Esta propuesta debe quedar plasmada en la LFT, propone el CEAMEG, a propósito de la discusión acerca de una posible reforma laboral.

Al respecto, Rosario Ortiz, ex legisladora e integrante de la Red de Mujeres Sindicalistas (RMS), señaló a Cimacnoticias que el título quinto de la LFT, el cual no se ha modificado desde su creación en 1933, debe incluir la responsabilidad del cuidado familiar por parte del Estado mexicano.

Explicó que debido a que las hijas e hijos de las personas trabajadoras son la reproducción de la fuerza laboral, el Estado es responsable de tutelar sus derechos, entre ellos, salud y cuidados.

Además de incorporar la corresponsabilidad familiar, entre las modificaciones al título quinto también se debe garantizar que las mujeres trabajadoras tengan acceso a este derecho, independientemente de si su contratación es individual o colectiva.

* México, DF, 27 abr 11 (CIMAC).
Fuente:http://mujeresporlademocracia.blogspot.com/2011/04/estado-debe-descargar-tareas-de-cuidado.html  

El reconocimiento de las labores del cuidado en la nueva Constitución como un avance en la lucha de las mujeres


Ma. Rosa Anchundia P (*)

Introducción
Luego de intensos debates en el pleno de la Asamblea Constituyente con 90 votos a favor, ha sido aprobado en el artículo 2 de la Sección del Trabajo, las demandas de las organizaciones de mujeres para reconocer a las labores de autosustento y cuidado humano como modalidad de trabajo, garantizándoles igualdad de derechos y condiciones para su desenvolvimiento.

A propósito de este articulado constitucional, hemos considerado necesario identificar ¿qué consideramos trabajo? desde la perspectiva de la economía feminista.

El trabajo es toda actividad destinada a la satisfacción de las necesidades de la producción y reproducción de la vida humana, aunque habitualmente utilizamos este término como sinónimo de empleo. Sin embargo, empleo es sólo aquella parte del trabajo que se intercambia por un salario.

El término trabajo ha estado vinculado a la producción mercantil, negando la existencia de los trabajos no remunerados y entre ellos el más importante: el trabajo que sostiene a la vida, el trabajo del cuidado humano, sin el cual las empresas, las instituciones, la economía en general no podría funcionar.

1. Las labores del cuidado humano son trabajo
¿En qué consisten las labores del cuidado? Este trabajo es tan complejo precisarlo por los componentes que abarca, en todo caso si lo vemos desde la óptica de la finalidad, es la actividad que provee el bienestar a los miembros de la familia y por extensión a la sociedad en su conjunto. Además, de cuidar de la socialización de los individuos desde su nacimiento y de la armonía de sus relaciones y sus afectos.

No debemos olvidar que la subsistencia y reproducción de la vida se alimenta principalmente de tres fuentes: la producción de bienes y cuidados provenientes del hogar, los bienes y servicios ofertados en el mercado y los servicios públicos. (Carrasco, 2003).

El trabajo doméstico en su mayoría lo hacen las mujeres. Según algunas estadísticas de la región de América Latina, las mujeres aportan 85 por ciento del tiempo total al trabajo doméstico, mientras que los hombres sólo el 15 por ciento.

Los cambios ejercidos en la participación laboral, con una masiva incorporación de las mujeres al trabajo remunerado han generado conflictos entre sus tiempos de trabajo productivo y el reproductivo. Este hecho ha contribuido a visibilizar la importancia de este trabajo.

Este aporte por ser gratuito, ha sido visto como algo fuera del ámbito económico, lo que ha llevado a desconocer su peso y su contribución, así como se ha ocultado la íntima relación que existe entre este trabajo y la producción capitalista. Por lo tanto la existencia de este sistema patriarcal y capitalista ha sido la principal causa de su invisibilización.

2. El camino hacia el reconocimiento de las labores del cuidado en los procesos constitucionales de américa latina
En las Constituciones de América Latina respondiendo a las movilizaciones de las organizaciones de mujeres, ya desde los años 90 se han aprobado artículos que tratan de visibilizar y compensar económicamente el trabajo doméstico y las labores del cuidado mejorando sus condiciones laborales.

Ecuador consideró en el artículo 36 de la Constitución de 1998 al “trabajo doméstico no remunerado como productivo”. Venezuela en la Constitución de 1999 en el artículo 88 señala que “El Estado reconocerá el trabajo del hogar como actividad económica que crea valor agregado y produce riqueza y bienestar social. Las amas de casa tienen derecho a seguridad social de conformidad con la ley”.

A pesar de estas conquistas, en el caso ecuatoriano vemos que este trabajo aún está ausente de las estadísticas oficiales y de las políticas económicas dirigidas a mejorar las condiciones de vida de sus gestoras.

En este marco es que “el reconocimiento de las actividades de cuidado humano y la garantía y protección de sus derechos” en la nueva Constitución del 2008, es un avance no sólo Constitucional sino que obliga al Estado a impulsar políticas concretas para garantizar sus derechos.

3. Los aportes del trabajo doméstico a la macroeconomía
Tanto desde la academia como desde las organizaciones de mujeres se ha fundamentado desde hace algunos años, los aportes de este trabajo a la economía.
 Antonella Picchio, desde Italia, sostiene que “el contenido del trabajo doméstico es el cuidado del mantenimiento de los espacios y bienes domésticos, así como el cuidado de los cuerpos, la educación, la formación, el mantenimiento de las relaciones sociales y el apoyo psicológico a los miembros de la familia”.

El trabajo doméstico va más allá del cumplimiento de tareas caseras, éste es fundamental para la reproducción no solamente de la fuerza de trabajo, sino de la sociedad en general, se trata entonces de uno de los más importantes agregados del sistema económico.

Un informe previo a la Cuarta Conferencia Mundial de la Mujer de la ONU, preparado por el Fondo de Desarrollo de las Naciones Unidas para la Mujer (UNIFEM) señala que si las mujeres fuesen remuneradas por el trabajo doméstico y la crianza de los infantes, sus salarios representarían la mitad de los ingresos nacionales.

De acuerdo al Instituto Nacional de las Mujeres (INMUJERES) de México el valor y volumen del trabajo doméstico no remunerado en todo el mundo equivale entre el 35% y 55% del PIB, así como, en cuanto a servicios, la producción doméstica representa hasta el 60% del consumo privado.

¿Cuál es la magnitud del aporte del trabajo doméstico en la riqueza nacional?
En Ecuador aportan al trabajo doméstico todas las amas de casa que representan alrededor del 70% de la población en edad de trabajar: las mujeres que son económicamente activas, las niñas y adolescentes.

Además, trabajadoras domésticas remuneradas con bajos salarios y sin protección social.

Para determinar una estimación de la magnitud de este aporte, se aplicó la metodología elaborada por Magdalena León en su investigación sobre la Valorización del Trabajo Doméstico. En cuanto a los datos se utiliza el Censo de Población del año 2001 y el PIB del año 2007 que suma US $44.489’915.000 según informe del Banco Central del Ecuador.

Si calculamos el total de horas ordinarias a un valor de US $ 1 (Un dólar) la hora y las horas extraordinarias a US $ 1,50 el costo total del trabajo doméstico alcanzaría a US $ 13.635’095.040 dólares, lo que equivale al 30% del PIB del 2007.

4. Y a pesar de esto las inequidades
El trabajo doméstico y las labores del cuidado en general, a pesar de formar parte de los procesos de vida y reproducción social y de la fuerza de trabajo, no gozan todavía de políticas públicas concretas que promuevan su bienestar.

Como hemos visto el trabajo doméstico gratuito de las mujeres ecuatorianas representa once mil novecientos treinta millones de horas de trabajo al año y tiene un valor equivalente al 30% del PIB. Esta participación ha ido creciendo, y es que la aplicación de políticas de ajuste y el agravamiento de la crisis ha significado aumentar la sobrecarga de trabajo doméstico en las mujeres, quienes debido a los roles impuestos, asumen la economía del cuidado, y que en estos momentos con estos logros Constitucionales y las políticas que se empiezan a impulsar se sientan las bases para una mayor justicia.

Con los doce mil millones de dólares que se ha ahorrado el Estado y la empresa privada con el trabajo doméstico gratuito de las mujeres:
¿Cuántas maternidades realmente gratuitas se podrían financiar?
¿Cuántos programas de medicina preventiva para las mujeres?
¿Cuántos capitales semillas para fortalecer las iniciativas productivas de las amas de casa? ¿Cuántas becas escolares para niñas y adolescentes? Y
¿Cuántos programas de alfabetización para mujeres urbanas y rurales?

A partir de aquí surgen algunas propuestas para la redistribución de la riqueza.

5. Algunas propuestas
Las políticas neoliberales han agravado las condiciones en las que se desarrolla el trabajo doméstico y han trasladado las labores de cuidado a las mujeres, elevando su sobrecarga del trabajo, lo que ha limitado el desarrollo de las capacidades de la mujer, constriñendo sus oportunidades para entregar su aporte a la sociedad.

El enunciado constitucional de que las actividades de auto sustento y cuidado humano se los garantiza y protege por igual en sus derechos debe llevar al pleno reconocimiento de todas las mujeres como actoras económicas, como sujetos que aportan a la producción y al bienestar, lo que será ya una forma de compensación.

Una consecuencia inmediata de tal reconocimiento debe ser:
• La ampliación de la cobertura del seguro social a todas las amas de casa, sin ninguna merma de los beneficios que reciban.
• Elaborar presupuestos estatales a nivel nacional y local con participación de las mujeres recogiendo sus derechos ya establecidos en marcos legales internacionales y nacionales.
• Democratización del acceso de las mujeres a los recursos productivos, especialmente del crédito.
• Acceso a las mujeres a la propiedad eliminando discriminaciones jurídicas.
• Participación política de las mujeres en condiciones de equidad y la aplicación estricta de la ley de cuotas.
• Visibilización a nivel de estadísticas oficiales de las labores del cuidado humano

Fuentes de información
Banco Central del Ecuador. Boletín 1817 de Julio 31 del 2003.
Benería, Lourdes. Reproducción, Producción y División Sexual del trabajo. 1979.
Carrasco, Cristina. La sostenibilidad de la vida humana: ¿un asunto de mujeres?, del libro Mujeres y Trabajo: cambios impostergables. Brasil 2003.
Gardiner, Jean. Los padres fundadores. Tomado del libro Mujeres y Economía. Editado por Cristina Carrasco. España 1999.
INEC. VI Censo de población y V de vivienda del año 2001. Ecuador.
León T., Magdalena. Valorización del trabajo doméstico. Quito, Ecuador 1999.
Picchio, Antonella. Un enfoque macroeconómico “ampliado” de las condiciones de vida. Tomado del libro Tiempos, trabajos y género. 2001.
(*) Ma. Rosa Anchundia P. es miembro de Remte, organización que, a su vez, forma parte de la Red de Comunicadoras y Comunicadores por la Constituyente.

Fuente: http://www.memoriaciudadana.org/opinion_marosa.html

¿Cuánto aporta a la economía nacional un ama de casa?

Dixie Edith*

¿Cuánto trabaja realmente una mujer? ¿Qué aporte hace a la economía de un país un ama de casa? ¿Crece la proporción de jefas de hogares? ¿Cuántas mujeres y niñas son maltratadas cada día en el planeta?Debatidas a menudo en entornos académicos y de investigación, las respuestas a esas y otras preguntas similares pasan por una carencia acuciante: se necesitan estadísticas con enfoque de género.

"Al ser contados nos hacemos visibles", afirmó el secretario general de la Organización de las Naciones Unidas (ONU), Ban Ki-moon, en su mensaje a propósito del pasado 11 de julio, Día Mundial de la Población, dedicado este año a los censos.

Aplicada al entorno de las mujeres, la afirmación del Secretario General de la ONU no deja muchas dudas acerca de la validez de esa demanda reconocida cada vez más por especialistas de diversos campos.

Para la economista Teresa Lara Junco, pionera en la producción de estadísticas de género en Cuba y durante varios años vice directora de la Oficina Nacional de Estadísticas (ONE), la urgencia de producir 'números con sexo' fue cobrando cuerpo, respaldada por inquietudes profesionales pero también por su experiencia personal cotidiana.

"Me atrajo la posibilidad de reflejar, a través de los números, realidades de la cotidianidad de las mujeres cubanas que no siempre eran visibles", confesó a SEMlac. "Esas tres o cuatro jornadas de trabajo que puede tener una mujer no se entienden hasta que no se realizan. No se entiende incluso hasta por las mismas mujeres", agregó.

Adentrada ya en la búsqueda de indicadores que permitieran evaluar toda esa problemática, Lara confirmó la necesidad de metodologías comparables, que ubicaran a las mujeres en el contexto social de sus países y regiones. "Hace unos años lo que se buscaba eran datos que estuvieran relacionados con las mujeres: mortalidad materna, embarazo adolescente, fecundidad adolescente y abortos", precisó.

En busca de la cifra perdida
Fue en 1975, durante la Conferencia Internacional por el Año Internacional de la Mujer, realizada en México, donde se logró por primera vez el apoyo de los gobiernos a la necesidad de contar no solo con estadísticas sobre asuntos de mujeres, sino con cifras que mostraran las diferencias entre la población femenina y masculina.

Veinte años después, el plan de acción de la Conferencia Mundial sobre la Mujer de Beijing urgió a los servicios de estadísticas nacionales, regionales e internacionales a asegurarse de que los datos fueran recopilados, analizados y presentados por sexo y edad.

Sin embargo, el desglose de las estadísticas entre mujeres y hombres sigue siendo una asignatura pendiente en la mayor parte del planeta, a juzgar por las reiteradas demandas y gestiones realizadas por organismos internacionales y organizaciones no gubernamentales.

Un informe presentado en 2006 por el Departamento de Asuntos Económicos y Sociales (DAES) de la ONU, confirmó esa certeza.

"No han sido muchos más los países que, en los últimos treinta años, hayan recopilado y presentado información periódicamente sobre el número de nacimientos y defunciones por sexo y edad. En realidad, la mayoría de los países no lo hace", aseguraba el texto titulado Las mujeres del mundo 2005: Progreso en estadísticas.

La investigación que le dio origen examinó los sistemas estadísticos de 204 países, y datos básicos sobre nacimientos y muertes por sexo y edad, que pueden aclarar cuestiones como la discriminación sexual en el acceso a la atención de la salud, los problemas del aborto selectivo en función del sexo o el parto prematuro.

El texto atribuyó la carencia de estadísticas de género y la marcada diferencia entre regiones a la inadecuada capacidad de llevar las cuentas, la ausencia de entrenamiento en la aplicación de la perspectiva de género y la aplicación de conceptos y métodos erróneos en estos sistemas

La peor situación se reportaba en África y Oceanía. Entre 1995 y 2003, apenas 14 de 55 países africanos reportaron los nacimientos por sexo y en Oceanía lo hicieron sólo seis de 17 naciones.

Europa, en general, contaba con el registro más elevado de datos precisos. "Las regiones más desarrolladas registran los datos más altos y los (50) países menos desarrollados los menores", precisó el estudio.

El informe advertía que la falta de estadísticas desagregadas por sexo en materia de población, salud, educación y trabajo distorsionaba la imagen del rol social y económico de las mujeres en todo el mundo y limitaba la información sobre la violencia de género, la pobreza, el acceso al poder y los derechos humanos.

En el entorno latinoamericano, con resultados intermedios entre África y Europa, según la investigación del DAES, otros organismos e instituciones han venido caminando, poco a poco, en pos de conseguir números con sexo.

Así, la Comisión Económica para América Latina y el Caribe (CEPAL) cuenta con un grupo de trabajo de estadísticas de género, coordinado por México, y del cual Cuba forma parte, que busca hacer comparables las metodologías para medir esas estadísticas en el área.

"He trabajado con UNIFEM en la región latinoamericana en la construcción de indicadores de este tipo; también en el 2007 participé de una consultoría con una agencia española de cooperación en Colombia, buscando la información necesaria para construir indicadores que midieran el tema de género en tres municipios de ese país" confirmó Lara.

Recurrente desde hace varios años, la demanda de conteos efectivos vinculados al universo femenino vuelve a ser noticia por estos meses.

Actualmente transcurre la Ronda Mundial de Censos 2010, aprobada por la Comisión de Estadísticas de las Naciones Unidas, donde unos 60 países recaban datos y cuentan a sus habitantes desde 2005, año de inicio de la ronda, hasta el próximo 2014.

Tal coyuntura se convierte en una oportunidad de lujo para introducir, en los cuestionarios censales, preguntas que permitan elaborar indicadores de género en el procesamiento posterior al levantamiento de la información censal.

Así, entre septiembre y octubre de 2008, se llevó a cabo el noveno Encuentro Internacional de Estadísticas de Género en México, con la participación especial del Fondo de Población de las Naciones Unidas (UNFPA) y el Centro Latinoamericano y Caribeño de Demografía (CELADE), división de Población de la CEPAL.

El tema principal del encuentro fue la actual ronda censal y se destacó la relevancia de esos ejercicios investigativos como ejes articuladores de las estadísticas sociodemográficas, fuentes sustantivas para los análisis de género.
"Los resultados de la actual serie de censos se utilizarán durante muchos años en los sistemas estadísticos y en las políticas y programas" de los países, aseguró Thoraya Obaid, directora ejecutiva del Fondo de Población de las Naciones (UNFPA), en su mensaje del pasado 11 de julio.

Cuba, que también será parte de la ronda, acaba de anunciar la realización de su próximo Censo Nacional de Población y Viviendas para septiembre de 2012 y ya ratificó su intención de profundizar en la búsqueda de estadísticas que den luz sobre la situación de las mujeres.

Tras las huellas del tiempo
Una de las primeras experiencias en la isla, con resultados concretos en este camino, fue un trabajo conjunto de la ONE con la Federación de Mujeres Cubanas (FMC), a fines de la década del ochenta, que evaluó el cumplimiento de las estrategias de la Conferencia Mundial de la Mujer de Nairobi, de 1985.

Ya entre 1997 y 1999 se comenzaron a elaborar estadísticas más completas que incluían el tema de género dentro de los indicadores, a raíz de un acuerdo logrado en Beijing, que señaló la necesidad de indicadores medibles para hacer visible toda la problemática de la mujer comparada con la del hombre.

"Nosotros nos incorporamos a ese tipo de medición que realmente fue super interesante porque a la vez que tienes información puedes proyectarte en políticas, evaluarlas, monitorearlas; puedes hacer estrategias porque sabes hasta dónde te quieres dirigir", relató Lara.

La ONE y la FMC también han venido trabajando conjuntamente en la reconstrucción de indicadores de las mujeres, y se han logrado comparaciones válidas con relación al empleo y a la educación, entre otros terrenos, a partir de la comparación de los resultados del censo de población realizado en 1953 y los emprendidos tras el triunfo de la Revolución, en enero de 1959.

Pero probablemente la Encuesta sobre el Uso del Tiempo sea uno de los resultados más trascendentes en materia de estadísticas de género en Cuba.

Realizada por la ONE en 2001, la investigación develó, entre otras cifras relevantes, que si bien los hombres dedican más horas que las mujeres al trabajo remunerado, cuando se contabilizan las labores domésticas no pagadas, las mujeres trabajan más que los congéneres masculinos.

En conclusión, por cada cien horas que labora un hombre en Cuba, una mujer suma más de 120, según esa indagación de la ONE, coordinada por Teresa Lara.

La investigación también constató los comportamientos de mujeres y hombres de acuerdo con su situación ante el empleo, nivel educacional y estado civil.

"El estudio permitió, entre otros logros, medir el empleo de las horas en hombres y mujeres y compararlos, contribuir a la justa medición del aporte de la mujer al proceso económico y social, y medir la intensidad del trabajo doméstico no remunerado."

La metodología, empleada luego en un estudio similar en México, ha quedado como referente para futuros estudios, cada vez más urgentes.

"Es un tema novedoso. Hoy en América Latina se está tratando de conciliar y buscar consensos en la medición de este trabajo doméstico que no se paga, en busca de evaluar cómo se convierte en un aporte social; cómo el estado se ahorra recursos cuando una mujer cuida a sus hijos o a sus enfermos", reflexionó Lara.

Al interior de la isla, la experta ha emprendido un nuevo reto en coordinación con la Cátedra de la Mujer de la Universidad de la Habana.

"Estamos impartiendo cursos, no tanto para enseñar los cálculos, sino para interpretar los indicadores y saberlos utilizar. Es importante aprender cómo usar un indicador estadístico para que dé información, pero también para cuestionársela", aseguró.

* La Habana, (SEMlac).-
Fuente: http://www.bolpress.com/art.php?Cod=2010091315
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