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sábado, 30 de abril de 2011

La crisis económica y la crisis del cuidado


Es comprensible la preocupación por el curso de la crisis económica y sus múltiples efectos en el sistema financiero, en las tasas de inversión, en los niveles de desempleo y ciertamente en el crecimiento económico. Los debates giran en torno a las diferencias de esta crisis con las pasadas, a sus alcances y a las medidas que deben tomarse para paliar sus efectos y volver a un ritmo de crecimiento que permita el desarrollo social.

Sin embargo, hay dimensiones de la economía que permanecen más invisibles. Es el caso de la economía de cuidado que asegura el bienestar de las personas y la reproducción social mediante la acción de políticas sociales, los servicios públicos y privados y el cuidado a las personas que se realiza cotidianamente en las familias y comunidades. El orden de género tradicional asignó a las mujeres la realización de las tareas doméstica y de cuidado. Pero en la medida que las mujeres fueron ingresando mayoritariamente al mercado de trabajo y la esperanza de vida es mayor, la sociedad deviene más compleja y las tareas de cuidado y de socialización son más exigentes.

La economía de cuidado se ha globalizado y las familias se han transnacionalizado. La demanda de cuidado ha atraído a personas de otros países para trabajar en casas particulares o en instituciones especializadas en la atención de personas. Las familias de los migrantes se extienden por más de un país, por lo que se generan carencias de cuidado que amplían la necesidad de reorganizar las tareas de cuidado y contar con redes de apoyo.

Argumentos para el cambio quiere reflexionar sobre estos temas con el interés de alertar sobre los posibles colapsos de la organización social de los cuidados y sus consecuencias para los distintos grupos sociales.

Los sistemas de cuidado     
En el cuidado y bienestar de las personas y colectividades intervienen distintas instituciones, grupos y redes de personas: el Estado a través de sus diferentes políticas, programas y servicios, el mercado ofreciendo bienes y servicios y las propias familias, las comunidades y las redes sociales a través del trabajo no remunerado. Las tareas de cuidado son más demandantes en el presente debido a los cambios en la sociedad, y la crisis económica actual puede volverlas aun más exigentes. Las transformaciones de las familias, el ingreso de la mujer al mercado de trabajo, el envejecimiento de la población, la presencia de enfermedades que devienen crónicas y los desplazamientos de distintos miembros de las familias a otras localidades o países plantean nuevos y serios problemas de cuidado.

Las tareas de cuidado siguen siendo asignadas a las mujeres. Esta prescripción de género contribuye a crear un desigual acceso a las oportunidades y a la valoración social. La realización de estas tareas contempla asimismo varias dimensiones de gestión, planificación y coordinación de actividades así como también afectivas y emocionales, de cooperación y apoyo mutuo. Por tanto, su realización requiere insumos como dinero, mercancías, equipamiento, tiempo y conocimientos, y también otros insumos difíciles de medir como afecto, compromiso y atención sostenida.

El ingreso de las mujeres y hombres al mercado de trabajo no ha considerado las necesidades del cuidado de los demás ni del autocuidado. El trabajo remunerado sigue siendo concebido como si las personas no tuvieran otras actividades que cumplir: sigue el modelo masculino tradicional del hombre proveedor, al mismo tiempo que las mujeres continúan siendo pensadas como madres y dueñas de casa, responsables del trabajo doméstico y la familia.

Los servicios de cuidado no siempre toman en cuenta las limitaciones que impone el trabajo, con sus horarios, el tiempo destinado a los traslados, en especial en las grandes ciudades o en lugares más aislados.

La existencia de nuevas oportunidades laborales para mujeres de bajos ingresos ha llevado a disminuir la oferta de trabajo de empleadas del servicio doméstico en el país. El deseo de una vida propia ha disminuido la disponibilidad para el trabajo “puertas adentro” o en los horarios requeridos para compensar las carencias en los servicios y las jornadas extensas o irregulares de madres y padres. Las migrantes o las redes familiares cubren algunas de estas carencias.

Todos estos cambios son vividos a nivel subjetivo por las personas y en sus relaciones con otros/as. La mayoría de las mujeres está tironeada entre los modelos tradicionales de ser buena madre y esposa, tarea que se dificulta aún más en períodos de crisis, y el deseo de afirmar su autonomía y desarrollo de capacidades nuevas, su satisfacción con su quehacer laboral y su aporte público. Los hombres pueden estar aliviados con el ingreso de las mujeres al disminuir su responsabilidad de único proveedor pero, a la vez, sienten la pérdida de algunos de sus referentes de masculinidad. Temen, también, un mayor control de parte de las mujeres sobre su tiempo cuando solicitan más colaboración y consideración a sus aspiraciones. La coexistencia de imágenes tradicionales y más modernas no integrada produce un gran malestar difícil de definir y de traducir en una demanda no sólo personal sino social.

Migraciones y cuidados
Las personas migran apremiadas por problemas de cuidado y autocuidado, así como también para huir de situaciones de conflicto y violencia que viven en sus lugares de origen. Buscan fuentes de sustento y nuevos horizontes de vida para ellas y sus familias. En la última década y media una importante proporción de los inmigrantes son mujeres que desempeñan labores de cuidado para cubrir una demanda no satisfecha internamente.

Estas migraciones están dando lugar a la transformación de las relaciones cotidianas, sobre todo cuando las familias traspasan los límites nacionales, lo cual exige nuevos arreglos para la provisión del cuidado en sus lugares de origen y en el lugar de destino. La migración implica redistribuir las tareas de socialización y cuidado de sus hijos con otras generaciones, mayoritariamente sus madres o movilizando redes de parentesco. Muchas veces migran solas y luego traen a sus hijos, teniendo que reconstruir su familia en el extranjero. Deben restablecer su vida diaria, solucionar problemas de ellas, sus hijos e hijas y el resto de la familia y adaptarse a nuevas costumbres.

También experimentan desconfianza o discriminación por parte de los vecinos en sus lugares de residencia, así como de las trabajadoras chilenas dedicadas al cuidado, que pueden llegar a percibirlas como una competencia desleal agudizada en momentos de crisis.

Pese a las exigencias afectivas y al esfuerzo de adaptación, la migración también les ofrece la posibilidad de transformar las relaciones de género y tener un mayor margen de decisión para reconstruir las relaciones familiares y de género en el país de origen o en el país de llegada. Las tareas de cuidado que las migrantes realizan, su grado de bienestar, su integración y aporte social están sustentados no sólo en su esfuerzo personal, en su capacidad de tejer redes de afecto y de ayuda mutua, sino también en políticas migratorias que les reconozcan sus derechos en el país, en la acogida que le brindan las organizaciones sociales y en el reconocimiento de su medio.

Evitar el colapso de la organización social de los cuidados
En períodos de crisis, como resultado del aumento del desempleo, la disminución o inestabilidad de los ingresos, el aumento del trabajo doméstico que busca compensar la falta de recursos, la mayor dificultad de financiar servicios, entre otros, se produce un desgaste físico y psicológico que mella las energías y la salud de quienes están a cargo del cuidado de otras personas, produciendo un deterioro del sistema de cuidados.

Por ello es necesario: 

-Fortalecer los servicios públicos de cuidado.
-Redistribuir el trabajo doméstico y de cuidado entre los miembros de la familia.
-Avanzar en políticas de conciliación trabajo productivo y reproductivo.
-Evitar el desgaste de las personas tanto en el trabajo remunerado como en el no remunerado.
-Respetar los derechos de las y los migrantes, conocer los problemas que enfrentan y fortalecer las redes de acogida.














Fuente:  http://www.cem.cl/argumentos/ediciones/argu79.htm
Foto: UNIFEM Región Andina

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