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miércoles, 20 de abril de 2011

La mujer como sujeto, ¿utopía o realidad? (Primera entrega)

María Novo*

Abordar la cuestión de la mujer como sujeto significa examinar, aunque sea brevemente, el papel que las sociedades patriarcales de los últimos siglos han otorgado a las mujeres, al trabajo femenino, y a sus aportaciones al conjunto de la vida social y productiva.

El ámbito temporal de nuestro análisis será, consecuentemente, el de la Modernidad. Un tiempo presidido por una visión cartesiana, dualista, del mundo, cuyos valores dominantes en el plano social, definidos desde la visión masculina y occidental del mundo, tuvieron la pretensión se servir como valores universales que alcanzasen a todos los seres humanos (pretensión que, por cierto, se sigue manifestando desde quienes tienen el poder en la sociedad de la globalización). La Modernidad es, por tanto, un momento histórico y una cosmovisión esencialmente dominadores para el colectivo femenino, en todas las culturas.

Pero también es el escenario en el que se desarrolla con mayor fuerza el proceso emancipador de las mujeres, verdaderas resistentes, pioneras en la lucha por hacer el planeta más equitativo y habitable. Ellas anticipan, como espero poder mostrar más adelante, muchos de los valores del actual pensamiento postmoderno, valores que, denominados tradicionalmente “femeninos”, hablan de la no violencia, del cuidado de la naturaleza y de lo pequeño, de la comunicación..., y se han convertido en propuestas morales que alcanzan a hombres y mujeres para la construcción de un planeta más equilibrado ecológica y socialmente.

Algunas aclaraciones terminológicas me parecen oportunas antes de entrar de lleno al tratamiento del tema. En concreto, sobre lo que entiendo por Modernidad y Postmodernidad, sobre el concepto de paradigma y también en cuanto al significado que doy en el texto a los citados “valores femeninos”.

Comencemos, pues, por estos últimos, para decir que, bajo esa denominación, me referiré a valores generalmente vivenciados y expresados por las mujeres, que pretenden iluminar la moral directa, subjetiva y práctica, de la vida (frente a la eticidad abstracta del Estado o de la sociedad), con la peculiaridad de que, bajo mi punto de vista, tales valores no son patrimonio exclusivo de las mujeres y, cada vez más, resultan ser compartidos por algunos hombres que participan de ellos e intentan rediseñar sus comportamientos consecuentemente.

También me gustaría aclarar que utilizo el concepto de paradigma en el sentido de cosmovisión, de un conjunto de modelos de interpretación del mundo y de formas de comprenderse en ese mundo.

En cuanto a la Modernidad y la Postmodernidad, a las que me referiré más adelante, ambos conceptos, sobre todo el segundo, están bastante contaminados por adherencias ideológicas, por lo que encuentro necesario clarificar que la primera, la Modernidad, es entendida en este trabajo fundamentalmente como el movimiento cultural que nace en los siglos XVI y XVII de la mano de la nueva ciencia positiva, movimiento que se consolida en la Ilustración y que, en los siglos posteriores, incurre en una serie de excesos que conducen históricamente al triunfo desmedido de la economía neoliberal, al dominio de lo grande sobre lo pequeño, al aplastamiento del mundo emocional a manos de la razón, y al éxito de la economía frente a la ética y la ecología. Dicho muy rápidamente, éste sería el diagnóstico final de una Modernidad tardía que todavía estamos viviendo.

La Postmodernidad (también llamada Contramodernidad, Ultramodernidad...) es entendida en esta reflexión no tanto como un período histórico que sucede a la Modernidad cuanto como una corriente de pensamiento y acción inscrita en la misma; un movimiento de contestación de los supuestos modernos, que ya encontramos en el Romanticismo, en las Vanguardias artísticas, en los movimientos contraculturales del siglo XX. Esencialmente, el pensamiento postmoderno nos permite ver la historia de nuestro tiempo como un repertorio de teorías emancipatorias no cumplidas. Auswich, Hiroshima, son hitos que marcan ese incumplimiento sin retorno, pero también lo son, en el plano ambiental, Chernobil, Bhopal... Por no hablar de cuestiones de tipo estructural, como el desequilibrio Norte-Sur en el acceso a los recursos naturales y culturales.

El cambio de la añoranza de la unidad a la apología de la diversidad constituye la modificación más drástica producida en el tránsito de la Modernidad a la Postmodernidad (Welsch 1997). Lo postmoderno se ha ido abriendo paso como otra forma de ver la vida y de estar en ella. Si yo tuviera que expresarlo (y debo hacerlo, con la brevedad que requiere este artículo) diría que consiste en ver el mundo desde dentro y no desde fuera; en contemplarlo desde abajo y no desde arriba; en vivirlo desde las orillas y no desde la centralidad hegemónica que caracteriza a nuestro tiempo; también en aceptar la complejidad y pluralidad de lo vivo como una riqueza que debe ser respetada y cultivada.

Y, aclaradas estas cuestiones conceptuales, nada mejor para entrar al tema que hacerlo desde esas mismas orillas, las que contienen todo aquello que el sistema no considera central (hoy día podría decirse que, en la sociedad de la globalización, todo lo que no cotiza en el mercado...). Y el trabajo femenino, tal como se desarrolla mayoritariamente en el mundo, es un quehacer de cuidado que el mercado no ve. Merece la pena detenerse y hablar de ello.

¿Qué paradigma rige la sociedad patriarcal?
Históricamente, el paradigma patriarcal ha sido antropocéntrico y, consecuentemente, androcéntrico. Ha estado basado en la idea de dominio, que unas veces se ha explicitado como dominio a la naturaleza y otras como dominio de unos seres humanos por otros, en el caso que nos ocupa de los hombres sobre las mujeres.

A lo largo de nuestra historia, hay un gran paralelismo en la consideración cultural que se da a la naturaleza y la que se adjudica a la mujeres: sus trabajos se entienden como “improductivos” en el sentido clásico, porque consisten básicamente en producir y reproducir vida, tareas ambas consideradas pasivas, desde un extraño planteamiento que identifica “pasividad” con “no agresividad”, una de las muchas señas de identidad de lo moderno

Tradicionalmente, el trabajo de las mujeres ha tendido de forma generalizada a satisfacer las necesidades básicas de la existencia humana. Esto comprende desde la producción de alimentos hasta el trabajo doméstico, tareas que, mayoritariamente, se realizan en el marco del hogar y de las comunidades (Mellor 2002).

Pero el modo de producción del trabajo doméstico produce valores de uso que se consumen en la familia y no pueden ser vendidos en el mercado (no toman la forma de mercancías). Las mujeres han tenido y tienen, consecuentemente, muchas menos posibilidades que los hombres para convertir su trabajo en ingresos, los ingresos en capacidad de elección, y la capacidad de elección en bienestar personal (Kabeer 1999).

Mujer y Naturaleza: las grandes invisibles
Las condiciones sociales y de desarrollo de la sociedad moderna determinan así la invisibilidad de la naturaleza y de la mujer, fundamentalmente, en este segundo caso, en lo que respecta al trabajo femenino no asalariado, a las actividades de reproducción y cuidado de la vida. Ello se produce, seguramente, porque las prestaciones que una y otras  ofrecen no producen unas plus valías inmediatas y se concretan, en gran parte, en bienes intangibles y valores que no cotizan en bolsa.

En lo que respecta a la naturaleza, cuanto más efectivamente se mantienen los ciclos vitales, como procesos ecológicos esenciales, más invisibles se tornan. La alteración es violenta y visible; el equilibrio y la armonía se experimentan, no se ven”.

La invisibilidad de ambas, en el marco de la racionalidad instrumental propia del pensamiento moderno, las conduce, de facto, a una cierta reificación, en el sentido de que tanto la naturaleza como la mujer son contempladas como objetos subordinados a los intereses que, en la sociedad patriarcal, definen los hombres: explotación de los recursos, transformación del medio natural, organización de la vida en las fábricas y las empresas, acceso a los puestos directivos en la política y la administración del Estado,  y adjudicación de valor a los trabajos que tienen lugar en el ámbito del hogar y a quienes los ejecutan.

El panorama que nos ha legado este comportamiento es muy preocupante. Aunque en el Norte del planeta la situación ha cambiado bastante, contemplado en términos generales ofrece datos que obligan a reflexionar: de los más de 1.000 millones de personas que viven con menos de un dólar diario en el mundo, alrededor del 70% son mujeres, las más pobres entre los pobres, privadas no sólo del acceso a los recursos que se deriva de su condición económica, sino también, en muchos casos, sufriendo la doble discriminación que les niega el acceso a la educación (también el 70% de los analfabetos del mundo son mujeres) y a las decisiones en la comunidad, en función de su condición femenina.[1]

Invisibles, y tanto, naturaleza y mujer se ven así afectadas por una cultura patriarcal de dominio ante la cual conviene recordar, con Habermas, que la consideración de la primera como sujeto, como una “naturaleza fraternal”, exige ver a “los otros” (también a la mujer) igualmente en su calidad de sujetos, es decir, dotarles de visibilidad (Habermas 1984).

El economicismo como seña de identidad de lo moderno
La historia de la Modernidad es la del triunfo de los valores económicos sobre cualquier otro, el escenario de una invasión de la economía a otros territorios (la política, las relaciones sociales...). También es la etapa de mayor destrucción de naturaleza por parte de los seres humanos organizados. Se destruye naturaleza reduciendo ésta a la categoría de materias primas y mercancías (el concepto tan extendido de “recursos naturales” es bien expresivo al respecto) y se presta especial atención al nivel de vida de personas y comunidades, que es definido en términos económicos, al tiempo que la sociedad hace el encargo de mantener ese nivel de vida, por norma general, a los hombres.

Lo moderno es también etnocéntrico
El paradigma reinante es, en estos siglos, marcadamente etnocéntrico. Se basa en el dominio de Occidente y de la forma de ver el mundo occidental sobre el resto del planeta. Y se afianza sobre una ilusión: la reproducción de Occidente por el Occidente mismo (Sinaceur 1984). También en una pasión un tanto viajera: conocer el mundo, nombrarlo (apropiarse de él) y regresar a casa. Esta es una pasión típicamente masculina, ligada al macrocosmos, frente a la pasión femenina, generalmente más ligada al microcosmos, en la que prima sobre la visión general una visión particular: ver “nuestro” mundo, nombrarlo (ser de él, hacernos parte de él) y vivir en solidaridad con cuanto nos rodea.

Este afán de conocimiento/apropiación del mundo, característico del hombre blanco occidental, toma forma, en nuestra Modernidad, en el modelo ilustrado de la lógica de la razón, un modelo que, si bien inicialmente fue liberador respecto de los mitos religiosos, en su devenir cayó en el exceso de creer que todo se reduce, finalmente, a una cuestión epistemológica: que la vida es, esencialmente, un objeto de conocimiento (más que una ocasión para el sentimiento, la experiencia, la compasión...), que conocer ya es amar; concluyendo en una idea y una práctica que recorren nuestro tiempo: el conocimiento como poder.

El conocimiento descriptivo, analítico, de la realidad, ha formado parte esencial del modelo reduccionista de la ciencia moderna, lo cual, en sí mismo, no deja de ser útil a los fines de la ciencia misma. El problema es que ese paradigma científico ha ido invadiendo otros territorios que no le eran propios. El mundo socio-cultural, la vida familiar, los roles masculino y femenino, se han visto afectados, así, por un mito racionalista que fue arrinconando el valor de los afectos, la importancia de la naturaleza, la complejidad de lo vivo, el papel no antagónico sino complementario de los contrarios... De ahí a un ideal de homogeneización no hay más que un paso: el que se ha dado en la última etapa de la Modernidad, una etapa que ha visto más destrucción de diversidad ecológica y cultural que el resto de nuestra historia.

¿Cómo ve el hombre moderno a la mujer?
Con los riesgos que tiene toda generalización, parece posible afirmar que, en este escenario, el hombre ve a la mujer esencialmente como objeto del discurso. La contempla con una mirada desde fuera que, al igual que sucede con la naturaleza, es una mirada colonizadora.

Socialmente, la dedicación generalizada de las mujeres a la reproducción y producción doméstica, ha reducido la capacidad de disponer de sus capacidades para dirigirlas al trabajo remunerado, de modo que, cuando las mujeres desempeñan el trabajo doméstico de forma exclusiva, acceden a los recursos por medio de otra persona, lo que hace que se las vea como un colectivo “improductivo” y dependiente, pese a la carga de trabajo que soportan. Aquellas otras que optan por realizar además una actividad en la esfera mercantil tienen que soportar la presión que supone el desempeño de la doble función. Todo ello hace que, tanto la dependencia económica como la presión funcional que supone la doble tarea, representen una amenaza para su autonomía personal (Frau 2001) y una dificultad añadida para que su actividad sea percibida adecuadamente desde el mundo masculino.

La resistencia femenina y los esfuerzos de tantas y tantas mujeres para cambiar el estado de la cuestión han logrado que la sociedad patriarcal aceptase lo que aparentemente es un status de igualdad en el campo socio-laboral pero que, visto más sutilmente, resulta ser tan sólo la incorporación de la mujer a un mundo de valores y prácticas masculinos (tanto en las ofertas a las que se puede acceder en el empleo, como en los aspectos proyectuales, en los horarios, en los valores que priman en las empresas...). La situación nos lleva a una pregunta: ¿Es coherente con la utopía femenina una liberación del “segundo sexo” producida al precio de parecerse al “primero”...? [2]

Está claro que queda mucho camino por recorrer. Las mujeres hemos conquistado un espacio, hemos ocupado un “nicho ecológico” en un mundo regido por la lógica masculina, pero tenemos pendiente la redefinición de las reglas del juego y, lo que es muy importante, la conquista del tiempo, la posibilidad de vivir y proyectar la vida en tiempos largos, circulares, más cercanos a la lógica de la naturaleza. Tiempos para relacionarnos en una escucha compartida, para contemplar la vida sin prisas..., tiempos en los que pueda florecer el diálogo, el silencio, la compañía..., los bienes relacionales que se producen sin costo alguno y son tan placenteros.

¿Y las mujeres? ¿Cómo se perciben las mujeres a sí mismas?
De un modo bastante diferente a cómo la ve el hombre, la utopía femenina de los últimos siglos ha consistido, precisamente, en ese modo de verse, de reconocer su propia identidad, que la mujer ha desarrollado desafiando a las condiciones del entorno. Una utopía-guía necesaria y motivadora ha señalado a las mujeres su condición de sujetos de un proceso. Históricamente, esto ha significado para la mujer el cultivo de la mirada desde dentro y la practica del duro ejercicio de construcción de su propia identidad en un entorno social que le señalaba (y señala) roles con los que no se identifica.

El discurso femenino viene creciendo así al calor de una deconstrucción y reconstrucción autónoma con la que se pretende sustituir los valores y roles impuestos por otros distintos de los dominantes. Este es un proceso lento y lleno de dificultades, en el que muchas mujeres han dejado su vida, pero capaz de generar nuevas prácticas sociales: prioridades diferentes en el tipo de actividades a desarrollar; horarios laborales compatibles con el trabajo del hogar (para ellos y ellas); salvaguarda de la dedicación a la maternidad y la paternidad...

El papel de la utopía como guía esperanzadora ha sido, en la historia femenina, determinante. La capacidad de las mujeres para visualizarse en condiciones distintas de las impuestas, su resistencia para vencer las dificultades del entorno, su proverbial habilidad para hacer varias cosas a la vez, y esa mezcla de sueños y lucidez con que han aderezado sus vidas... todo ello ha marcado una trayectoria que las fue devolviendo paulatinamente a su condición de sujetos, al rescate de derechos que, como el voto, les eran vedados.

Pero el camino es largo, la utopía sigue en el horizonte, y sólo en algunas zonas del planeta y en algunos colectivos sociales podemos equipararla con la realidad. Las reivindicaciones de igual trabajo-igual salario, el acceso a los puestos directivos, la desaparición de los malos tratos, son todavía partes incumplidas de esa utopía-guía que sigue señalando el camino. Por otra parte, las condiciones del colectivo femenino en el Sur del planeta siguen siendo, en líneas generables, lamentables.

Bibliografía

- De Beauvoir, Simone (1970) El segundo sexo, Siglo XX, Buenos Aires.
- Frau, María José (2001) “Trabajo femenino y procesos de empobrecimiento de las mujeres”, en Tortosa, José María (coord) Pobreza y perspectiva de género, Icaria, Barcelona.
- Habermas, Jurgen (1984) Ciencia y Técnica como “ideología”, Tecnos, Madrid.
- Kabeer, Naila (1999) “Acción Productiva, bienestar y desigualdad. Reflexiones sobre las dimensiones de género de la pobreza”, en López, I / Alcalde, A. R., Relaciones de género y desarrollo, Los Libros de la Catarata, Madrid.
- Mellor, Mary (2002) Entrevista con J. Blasco sobre “Ecologismo, feminismo y socialismo”, en Cuadernos de Ecología Política núm.23, Icaria Fuhem.
- Morin, Edgar (1984) Ciencia con consciencia, Anthropos, Barcelona.
- Shiva, Vandana (1995) Abrazar la vida: mujer, ecología y desarrollo, Horas y HORAS, Madrid.
- Sinaceur, Mohammad Allal (1984) en Perroux, Francois, El desarrollo y la nueva concepción de la dinámica económica, Serbal/UNESCO, Barcelona.
- Welsch, Wolfgang (1997) “Topoi de la posmodernidad”, en Fischer, H. R. et al., El final de los grandes proyectos, Gedisa, Barcelona.

Tomado de: http://www.revistapolis.cl/polis%20final/6/novo.htm
Fuente: Revista Polis No. 6. Santiago.

* María Novo es escritora y artista plástica. Titular de la Cátedra UNESCO de Educación Ambiental de la UNED.
 [1] No olvidemos que todavía en la Declaración del Milenio, suscrita por Naciones Unidas en el año 2000 como planteamiento de metas para el siglo XXI, uno de los apartados recuerda la necesidad de “igualar a las niñas con los niños en la escuela primaria”, como objetivo a cubrir ¡para el año 2015!... Esto da idea de la gravedad del problema en numerosos países.
[2] Ver De Beauvoir, S. (1970) El segundo sexo, Siglo XX, Buenos Aires.

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