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jueves, 21 de abril de 2011

La mujer como sujeto, ¿utopía o realidad? (Última entrega)

María Novo*

El papel de las redes femeninas
Históricamente, las mujeres han podido avanzar mediante apoyos recíprocos, a través de redes familiares o redes informales que fueron subsanando la soledad y el abandono al que tantas veces quedaron expuestas. Esas redes fueron la urdimbre en la que sus utopías (ser sujetos, ser visibles, tener voz...) iban tomando cuerpo, haciéndose reales en entornos hostiles. Hoy día, esas redes son más necesarias que nunca. Las mujeres del Norte, en especial aquellas que hemos alcanzado un nivel cultural que nos permite expresarnos, tenemos el compromiso moral de “en-red-arnos” con las mujeres del Sur (también con la de ese Sur que vive dentro del propio Norte) estableciendo redes de solidaridad que hagan posible el despegue femenino desde las ínfimas condiciones sociales en las que viven todavía tantas mujeres.

Este es un reto a nuestro conocimiento, pero también una deuda histórica que está inscrita en el corazón mismo de la utopía: ser sujetos en un mundo donde ningún ser humano siga siendo objeto, contribuir a la creación de condiciones de vida dignas que aproximen a todas las mujeres a su condición de artífices de su propio destino, de dueñas de su cuerpo y de su historia. 

Un nuevo paradigma se abre paso: los valores femeninos como propuesta para una reconstrucción compartida.
En el  momento presente, lo característico del modelo femenino no es ya, en múltiples contextos, su frontal oposición al masculino, sino precisamente el ser parte de otra forma de comprensión del mundo que se está abriendo paso, de un nuevo paradigma emergente en el que los elementos aparentemente contrarios (orden/desorden, fuerte/débil, masculino/femenino, etc.) no son vistos como antagónicos sino como complementarios. Estamos en el marco de una forma compleja de aproximarse a la realidad, incluso de intentar cambiarla.

Al mismo tiempo, una elemental visión sistémica del problema nos indica que allí donde existen colectivos o grupos masculinos que aceptan el nuevo paradigma de corte holístico, la consideración de lo femenino cambia de inmediato, y ello permite –debe propiciar- otros cambios en el sistema: encuentros y reconstrucciones globales que tomen como referencia esa nueva masculinidad y, consecuentemente, conduzcan al diálogo necesario sobre roles y valores que afecta a ambos géneros.

Porque el cambio que se plantea desde muchas instancias femeninas, en este tránsito de lo moderno a lo postmoderno, es precisamente una propuesta de reconstrucción social compartida entre hombres y mujeres, eso sí, en base a unos valores que son los que, tradicionalmente, han sido catalogados como “valores femeninos”, y que tienen tanto de revolucionario como lo es la nueva ciencia emergente que, a lo largo del siglo XX, revolucionó su propio campo y resituó dentro de sus límites a la ciencia positiva.

El reto del siglo XXI es corregir los excesos de una Modernidad que está enferma de dominio, de economicismo, de desequilibrios humanos, de destrozo ecológico, de dolor social... En ese papel corrector y reequilibrador se plantean los valores femeninos como unos valores accesibles a todos, capaces de reconducir a un mundo que ha perdido la cordura hacia caminos de vida más amables para toda la humanidad.

¿Cuáles son esos valores femeninos?
En primer lugar, el valor del cuidado (tan distinto del valor del dominio, típicamente masculino). Cuidado de la naturaleza, incluso desde la propia actividad procreadora que re-liga constantemente a las mujeres con el mundo natural. Cuidado de los otros (de quienes viven alrededor, de los más débiles, de los hijos, los ancianos, los enfermos...).

Compartir estas tareas de cuidado es, salvo en el caso estricto de la procreación, una meta que deben plantearse ambos sexos. No sólo porque la equidad lo requiere, sino porque los hombres ganarían muchísimo participando de tales actividades, redescubriendo el valor de estas acciones que, tachadas como “invisibles”, no gozan del reconocimiento social que deberían tener en nuestras sociedades y sin embargo aportan un gran caudal de vivencias de intercambio, de fortalecimiento de vínculos, que resulta enormemente enriquecedor, pese al esfuerzo que comportan.

La práctica experimentada por las mujeres en estos ámbitos ha sido tan significativa que, frente a la concepción que los hombres han adoptado respecto a ellas como una “naturaleza pasiva”, lo cierto es que se han manifestado históricamente como una “naturaleza activa”, y bien activa; una naturaleza que, como la otra, presenta sus propias leyes de vida, se resiste a ser manipulada, y manifiesta, no sólo resistencia, sino una gran resiliencia para usar en su favor acontecimientos que le vienen en contra. Así hemos crecido las mujeres, así vamos creciendo.

Ética y calidad de vida
Si la sociedad patriarcal ha estado y está regida por un atroz economicismo, los valores femeninos están más cerca de una ética de la felicidad. Lo cual no significa sólo ética “de lo cotidiano”, sino también de una acción personal y colectiva en la que prima el valor del microcosmos, del bienestar como proceso..., una ética de la felicidad que se diferencia de la del éxito, históricamente más masculina, en la que se enfatiza el poder de lo grande, del triunfo basado en el producto,. El planteamiento moral ejercitado mayoritariamente por las mujeres toma  así, como referente, la auténtica calidad de vida que, al ser distinta del nivel de vida, se mide por indicadores cualitativos y experienciales.

Las mujeres no parecen estar, en general, tan atentas al éxito profesional (o al menos tan dispuestas a sacrificar todo lo demás por él) como los hombres, y tratan de defender, aún en su actividad laboral, valores de bienestar personal, de satisfacción afectiva, de ciencia con conciencia. El mantenimiento de los vínculos emocionales y familiares, la recuperación del tiempo como un valor escaso y necesario, y el desarrollo de los llamados bienes relacionales preocupan tanto a las mujeres como su propio éxito profesional. Eso las sitúa en inferioridad de condiciones a la hora de competir en las empresas, pero las hace mucho más fuertes cuando pierden su empleo, cuando se jubilan, incluso cuando se quedan solas a cargo de la familia.

Más allá del conocimiento positivista: los saberes
Superando el modelo ilustrado y la lógica de la razón, en sí mismo útil pero incompleto, el paradigma femenino acepta el conocimiento descriptivo/analítico de la realidad simplemente como una parte del conjunto de los saberes que se construyen, otorgando al conocimiento intuitivo y sensorial el papel que le corresponde en toda construcción compleja del saber.

Los “saberes” femeninos se constituyen así en un modo de conocimiento racional informado por el mundo de los sentimientos, de las emociones. Son saberes sobre la experiencia de la vida, muy ligados a sus implicaciones prácticas y, generalmente, impregnados de alto contenido moral.

Si el conocimiento formalizado de tipo científico o ideológico ilumina la toma de decisiones en la esfera pública (un ámbito en el que todavía es mayoritaria la presencia masculina), los saberes construidos desde el mundo femenino han pasado secularmente el banco de pruebas de la resolución de conflictos en el ámbito de lo privado, el más difícil, lo cual los habilita, cuando ello es posible, para iluminar la esfera de lo público con nuevas visiones, distintos enfoques, estrategias de conciliación diferenciadas... Está en marcha, no sin dolor, la construcción de un modo femenino de gobernar socialmente, de gestionar la administración, de llevar adelante las empresas... Un modo femenino que no sea la clonación de los valores competitivos patriarcales, que sea una verdadera propuesta para un cambio de paradigma colectivo.

Hacia una reconstrucción del imaginario colectivo
La confrontación de estas dos cosmovisiones –la masculina y la femenina- ha sido una constante a lo largo de la Modernidad. La sociedad patriarcal ha impuesto su paradigma de dominio pero, poco a poco, se ha ido dando un proceso de vaciamiento de su contenido, originado, entre otros, por el movimiento “contramoderno” de las mujeres, un movimiento de rechazo a la sumisión y a la homogeneización.

Socialmente, esta confrontación ha sido una de las fuerzas impulsoras de los cambios que han vivido las sociedades del siglo pasado, desde modelos masculinos/racionalistas (por ejemplo, el urbanismo de Le Corbusier, cuyos efectos segregadores todavía padecemos) hacia los modelos integradores que se abren paso en las ciencias que abordan la complejidad. La comprensión de la vida como fenómeno indisociable es esencial en el mundo femenino, un mundo en el que se practican distintas tareas con intrincados procesos de conciliación de los tiempos... un mundo en el que el desorden convive (y fecunda) al orden...

De modo que la mujer, al rebelarse contra la esencia de la Modernidad, no sólo busca su liberación, sino que contribuye a la emergencia de nuevas formas de ver el mundo y de estar en él. Precisamente, el potencial revolucionario y liberador de los principios y valores femeninos consiste en que impugna los conceptos, categorías, procesos, de la sociedad patriarcal, que han creado las sociedades de dominio y, al hacerlo, proporciona nuevas categorías, nuevos valores, que crean y amplían espacios para mantener y enriquecer la vida en la naturaleza y en la sociedad (Shiva 1995).

Esto conduce a una re-configuración del escenario social, un escenario en el que ahora se plantean como posibles nuevos valores y prácticas sociales para todos. Es la puerta abierta hacia la reconstrucción del imaginario colectivo:

-No a través de la incorporación femenina a las condiciones de trabajo y los valores masculinos, sino mediante los valores tradicionalmente entendidos como femeninos, que ahora se constituyen en propuesta colectiva de modos de vida más amables y menos agresivos con la naturaleza, propuesta que lleva aparejado el abandono de las durísimas condiciones de vida que la Modernidad neoliberal impone a grandes sectores de nuestras sociedades.

-No poniendo el énfasis en las experiencias masculinas de estar en el mundo con otros, fundamentalmente asociativas y ligadas al trabajo, sino mediante el re-descubrimiento y la potenciación de lo comunitario, también de lo cotidiano, no como algo enfrentado con lo público sino como espacios y formas de vida que dan sentido a la sociedad.

Hacia una nueva episteme
En el plano epistemológico, estos cambios generan un tránsito desde la episteme dominante en Occidente, incapaz de aceptar otras “verdades” que entren en conflicto con las suyas o cuestionen sus certidumbres, hacia una nueva episteme superadora de opuestos, integradora; desde una visión dualista del mundo, basada en modelos de verdadero/falso, a una visión multifocal, que une de hecho lo que parece separado, que utiliza la información y también lo que se da en los huecos de esa información, las interacciones y retroacciones organizadoras y desorganizadoras (Morin 1984).

A la par que avanza la nueva ciencia de los siglos XX y XXI, esta episteme, coherentemente con ella, se incardina en la aceptación del pensamiento borroso; incorpora los límites, los márgenes, las orillas del sistema; conduce, en definitiva, a una transición desde el imaginario colectivo de la Modernidad al modelo postmoderno de comprensión del mundo; confirma la idea de que la diversidad (y no la homogeneización) puede ser una forma de felicidad; propone la realización de un pathos distinto, en el que las personas se disponen a operar dentro de esta diversidad (y no contra ella) y a buscar así las soluciones para los conflictos (Welsch 1997).

La mujer como sujeto
Recapitulando cuanto queda esbozado en estas páginas, parece posible afirmar que el conflicto entre sociedad patriarcal y valores femeninos ha transitado en nuestra historia durante siglos y es inherente al modelo moderno del mundo. Los valores masculinos de dominación, economicismo, éxito, se han impuesto como valores generalizados a toda  la sociedad. Pero desde el mundo femenino ha habido una constante resistencia y rechazo frente a ellos, una verdadera anticipación de la emergente sociedad postmoderna en la que tantas mujeres están alcanzando la auténtica condición de sujetos y –lo que es muy importante- otras muchas, en diferentes culturas, comienzan a impugnar categorías y rituales que las relegan a un papel secundario.

La utopía femenina tiene, pues, una parte de realidad cumplida y un mucho todavía de sueño por cumplir. Ella nos sigue guiando y, al hacerlo, se convierte en un instrumento de cambio que invita a reorientar la vida colectiva. Entonces, cuando eso sucede, se hace presente la posibilidad que el cambio femenino conlleva: convertirse en un factor de reorganización del sistema global para la emergencia de nuevos valores y prácticas sociales.

Históricamente, el modo en que se ha ido construyendo socialmente la categoría de “lo femenino”, ha identificado a la mujer, a la complejidad de su mirada, con el caos, y ha hecho que las mujeres fuesen rechazadas en muchas culturas como “poco racionales”. Hoy, por fortuna, comienza a comprenderse que estos planteamientos trascienden las posiciones de género y pertenecen a los hombres y mujeres que se han negado a ver el mundo con los ojos de la ciencia reduccionista.

En el presente, cuando desde el colectivo masculino se aboga, en tantos casos, por un nuevo paradigma en el cual el desorden aparece como fuente de orden, en el que una racionalidad post-cartesiana contesta a los modelos mecanicistas y racionalistas del mundo..., la utopía femenina viene a coincidir con el momento de expansión de la nueva ciencia, del pensamiento complejo, de la aproximación a la vida desde modelos que integran mente y cuerpo, razón y sentimiento.  Eso sitúa codo a codo al colectivo femenino con muchos colectivos masculinos que cuestionan el viejo modelo patriarcal de la Modernidad. Se hace posible entonces un encuentro que, más allá de las categorías masculino/femenino, en tanto que categorías construidas socialmente, da cabida a nuevas formas de sentirnos y de estar en el mundo como sujetos... En ese escenario podemos explorar, sin simplificaciones, el camino que la utopía nos trazó tiempo atrás para guiarnos.

Y es así y ahora, desde estos planteamientos, como la utopía femenina se hace parte de un proyecto postmoderno al que están llamados hombres y mujeres. Un proyecto cuya razón esencial de ser es dominar el dominio (Morin 1984), y que es posible  identificar por algunos rasgos básicos:

-Por ser una propuesta para mirar el mundo desde las orillas y romper con la visión central y jerarquizada del viejo paradigma patriarcal.

-Por abrazar la cultura de la diferencia, superadora de la cultura de la homogeneización.

-Por plantear, frente a la mirada hegemónica, la mirada fracturada, recordando a Nietszche: “la realidad es una cascada de realidades”

-Por pasar del predominio de la historia construida por otros al valor de “las historias” que se construyen.

-Por relativizar la cultura del éxito y abrazar la cultura de la felicidad.

-Por rescatar el valor de lo pequeño, de lo descentralizado, frente al poder de lo grande.

-Por ser la ocasión para que los sujetos “que nombran el mundo” sean también las minorías (mujeres, pobres, homosexuales...) que toman la palabra.

-Por favorecer el paso desde una mirada unifocal hacia las miradas divergentes, lo que supone un cambio de enfoque, una apertura al pensamiento lateral: ver el mundo desde otros puntos de observación.

-Por permitirnos entender que la vida no es “un problema” que hay que ordenar, sino algo complejo, sujeto a relaciones de orden/desorden.

-Por integrar el pensamiento lógico con el intuitivo y el artístico, lo que permite poner en juego y relacionar distintos planos de significación, incorporar sinergias, realimentaciones, a nuestro modo de interpretar el mundo y estar en él.

-Finalmente, el pensamiento postmoderno, impulsado por los llamados tradicionalmente “valores femeninos”, nos enseña que la vida no es un viaje hacia puertos identificables, un viaje que sigue una secuencia lineal, sino que la vida es, esencialmente, un proceso cuya única finalidad es la vida misma, demasiado circular y compleja como para ser apresada en un mapa, una teoría, o un proyecto.

Hacia un logos informado por el pathos
En definitiva, lo que queda planteada es la liberación de la humanidad como una feminización del mundo, de tal manera que el aporte femenino no sólo sirve a la mujer sino también al hombre; se asocia con la no violencia creativa, trasciende las posiciones de género (Shiva 1995). Ello supone entenderlo como una propuesta para la construcción de una nueva ética contemporánea en la que el logos, siempre necesario, esté ampliamente informado por el pathos, por la sensibilidad, el cuidado, la intuición, lo simbólico, lo ambiental, valores todos ellos que nos conducen hacia sociedades más equilibradas ecológica y socialmente y, creo poder adivinar, algo más felices.

Bibliografía
- De Beauvoir, Simone (1970) El segundo sexo, Siglo XX, Buenos Aires.
- Frau, María José (2001) “Trabajo femenino y procesos de empobrecimiento de las mujeres”, en Tortosa, José María (coord) Pobreza y perspectiva de género, Icaria, Barcelona.
- Habermas, Jurgen (1984) Ciencia y Técnica como “ideología”, Tecnos, Madrid.
- Kabeer, Naila (1999) “Acción Productiva, bienestar y desigualdad. Reflexiones sobre las dimensiones de género de la pobreza”, en López, I / Alcalde, A. R., Relaciones de género y desarrollo, Los Libros de la Catarata, Madrid.
- Mellor, Mary (2002) Entrevista con J. Blasco sobre “Ecologismo, feminismo y socialismo”, en Cuadernos de Ecología Política núm.23, Icaria Fuhem.
- Morin, Edgar (1984) Ciencia con consciencia, Anthropos, Barcelona.
- Shiva, Vandana (1995) Abrazar la vida: mujer, ecología y desarrollo, Horas y HORAS, Madrid.
- Sinaceur, Mohammad Allal (1984) en Perroux, Francois, El desarrollo y la nueva concepción de la dinámica económica, Serbal/UNESCO, Barcelona.
- Welsch, Wolfgang (1997) “Topoi de la posmodernidad”, en Fischer, H. R. et al., El final de los grandes proyectos, Gedisa, Barcelona.

Tomado de: http://www.revistapolis.cl/polis%20final/6/novo.htm
Fuente: Revista Polis No. 6. Santiago.
* María Novo es escritora y artista plástica. Titular de la Cátedra UNESCO de Educación Ambiental de la UNED.
 [1] No olvidemos que todavía en la Declaración del Milenio, suscrita por Naciones Unidas en el año 2000 como planteamiento de metas para el siglo XXI, uno de los apartados recuerda la necesidad de “igualar a las niñas con los niños en la escuela primaria”, como objetivo a cubrir ¡para el año 2015!... Esto da idea de la gravedad del problema en numerosos países.
[2] Ver De Beauvoir, S. (1970) El segundo sexo, Siglo XX, Buenos Aires.

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