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miércoles, 27 de abril de 2011

La otredad en América Latina: etnicidad, pobreza y feminidad (Primera Entrega)


Sobre los orígenes modernos de la exclusión social y el lugar social de las mujeres*
Roxana Hidalgo**

¿Por qué desde la primera mitad del siglo XX se ha tenido que recurrir insistentemente en la historia y realidad de las mujeres y no así en la historia y realidad de los hombres? Pues, porque nosotras las mujeres como protagonistas estuvimos, en una mayoría abrumadora, ausentes durante más de veinte siglos tanto de la escritura como de la conciencia colectiva de la humanidad sobre sí misma. La historia de la cultura occidental, hasta hace poco, la habían escrito los hombres desde una perspectiva masculina dominante, como un imaginario histórico hegemónico que narraba los grandes acontecimientos sociales, económicos y políticos realizados, fundamentalmente en el espacio de la vida pública, por los grandes héroes de estos sucesos históricos.

La participación de la mitad del género humano, las mujeres, permanecía en silencio en tanto sujetos de la historia, en tanto partícipes directas o indirectas de estos “sucesos monumentales”. Es hasta finales del siglo XIX y principios del XX que se desata, en Europa, Estados Unidos y América Latina, un primer momento de los movimientos feministas organizado sobretodo en torno al derecho al voto y al acceso a una ciudadanía plena. Es hasta esta época que las mujeres como colectivo empiezan a demandar los mismos derechos cívicos y políticos que hasta ese momento eran exclusivos de los hombres pertenecientes a las clases superiores. Recordemos que el voto universal que incluía a todos los hombres, incluso los pertenecientes a los sectores populares, se logra hasta finales del siglo XIX o principios del XX, no antes. Las mujeres tendrán que esperar todavía unas décadas más para ser consideradas ciudadanas.

Las mujeres empiezan a luchar, ya durante este lejano cambio de siglo, por el derecho a ser ciudadanas y a no ser consideradas simples objetos de intercambio simbólicos y materiales, sometidas, mediante contratos matrimoniales que estaban a cargo de los hombres, a condiciones semejantes a las de la esclavitud. Al mismo tiempo, comienzan a demandar el derecho a la educación y al trabajo en condiciones de igualdad social y legal ante los hombres.

Recordemos que con el surgimiento de la modernidad, los nuevos valores universales de libertad, igualdad y fraternidad, impulsados por la Revolución Francesa, surgieron en condiciones altamente contradictorias y ambivalentes, donde las mujeres y los sectores populares se mantuvieron al margen de esta universalidad. De acuerdo con Femenías (2000), las teorías contractualistas –Hobbes, Locke, Spinoza, Rousseau– que surgen con la modernidad, parten de la existencia de un estado de naturaleza previo, que debe superarse a partir de uno o varios pactos realizados por individuos racionales interesados en lograr un consenso social como principio legitimador de la sociedad política. Sobre la base de este Contrato Social surgen el Estado y la sociedad civil, como fundamentos artificiales de las sociedades modernas. Ahora bien, de acuerdo con Patemann (cit. por Femenías), a pesar de que en este estado de naturaleza todos somos iguales, la fundación del Contrato Social se establece con base en una escena originaria anterior, un Contrato Sexual derivado de los antecedentes patriarcales de la cultura occidental. En este Contrato Sexual se fundamentan las relaciones de poder entre los géneros a partir de la jerarquización, la dominación y la discriminación, condiciones necesarias para un adecuado funcionamiento de la democracia representativa.

La paradoja surge de la contradicción entre, por un lado, una libertad individual y una igualdad social supuestamente universales y, por otro lado, una fraternidad que hace referencia a una comunidad de hermanos varones, donde las mujeres estaban explícitamente excluidas. Esta diferencia primordial se constituye en el fundamento de la relación excluyente que se va a establecer entre los espacios públicos y privados. Se genera un cisma entre naturaleza y sociedad, de tal envergadura, que la sociedad moderna en su totalidad se erige, de acuerdo con Patemann, sobre una nueva oposición extrema entre lo civil público y lo privado doméstico. Antagonismo mediante el cual el ámbito privado, en tanto inferior e irrelevante, queda relegado al silencio y al olvido de la memoria colectiva. La mujer, asociada indisolublemente con la maternidad, queda relegada al mundo doméstico y privado de la familia, expulsada de forma progresiva y persistente de la esfera pública. Esta pasa a ser del dominio exclusivo de los hombres. Dominio igualmente jerarquizado y basado en la explotación de clase, de la cual los hombres pertenecientes a los sectores populares en general y a culturas o grupos étnicos específicos tampoco se salvan. En otras palabras, en el contractualismo se encuentran los orígenes modernos de la exclusión:

“En efecto, la historia del Contrato Social, como una historia de libertad, se constituye en la contracara de la historia del Contrato Sexual, que es la historia de la sujeción de las mujeres. Por tanto, el contrato simboliza a la vez la libertad y la dominación, es decir, las libertades públicas (con restricciones) de los varones y las sumisiones privadas o domésticas de las mujeres” (Femenías, ob. cit., 127).

Los alcances de la ciudadanía se delimitan a partir de este acto fundacional previo denominado Contrato Sexual, en el cual las mujeres quedan sujetas a una desigualdad primigenia de carácter ontológico. La feminidad va a quedar fusionada, una vez más, con la naturaleza originaria, salvaje y desenfrenada, que debe ser domesticada, controlada y explotada socialmente. Las mujeres se encuentran de nuevo sometidas a un lugar de subordinación que está legal y políticamente estructurado, mediante el cual siguen siendo relegadas a la posición de objetos de intercambio, negándoseles toda posibilidad de asumirse como sujetos políticos de la sociedad civil.

A partir de este escenario histórico es importante acercarse ahora a la controversial situación que caracteriza las relaciones entre los géneros y las imágenes sobre la feminidad en la actualidad. El siglo XX marcó, en este sentido, un hito histórico en el que la transformación de los roles de género se enfrentó con una realidad completamente nueva en la historia de la cultura occidental. Por primera vez, las mujeres van a ocupar un lugar común con los hombres en relación con los derechos sociales, legales y políticos. Desde la igualdad de derechos en relación con el voto, la educación y las oportunidades laborales, hasta la desaparición lenta pero gradual del legendario tabú de la mujer como objeto de intercambio, constituyen estas condiciones extraordinarias, que hace apenas un siglo eran todavía inimaginables o simples fantasías utópicas de algunas disidentes. Para poder compartir las nuevas potencialidades de la modernidad, que la ilustración, la secularización y la individualización desencadenaron y que hicieron posible el surgimiento del sujeto burgués, las mujeres tuvieron que esperar el lento avance de la historia. No obstante, estos profundos cambios que la igualdad de derechos ha provocado en el último siglo están lejos de consolidarse en la realidad psíquica y social que caracteriza las relaciones entre hombres y mujeres.

Estas nuevas potencialidades de la modernidad no han estado libres de contradicciones que hasta hoy en día siguen considerándose insuperables. En relación con el desencantamiento y la descentralización del mundo moderno, afirma Bauman (1992):

“Para la modernidad, la guerra contra la mística y la magia se convirtieron en una guerra de liberación que produjo una declaración de independencia de la razón. Ésta fue una declaración de guerra, que hizo del mundo natural, no trabajado, un enemigo. Como en todos los genocidios, el mundo de la naturaleza (a diferencia de la casa de la cultura que la modernidad se dispuso a construir) tuvo que ser decapitado, para robarle la voluntad autónoma y la fuerza de resistencia” (9, traducción de la autora).

La racionalidad instrumental que ha caracterizado este desencantamiento del mundo ha transformado la autorreflexión y la capacidad individual de decidir del sujeto moderno en una coraza inviolable, cuya función parece ser la de protegerlo contra su propia subjetividad. La incertidumbre, el desorden y la multiplicidad que caracterizan la vida misma pasaron a convertirse en los monstruos de la modernidad.

Esta guerra de liberación se manifiesta hasta hoy en día –partiendo tanto de la lógica de las relaciones comerciales y la economía de mercado como de la política internacional– mediante una polarización, o si se quiere un abismo entre tradición y modernidad. Por un lado, el control sin tregua de la naturaleza externa e interna aparece como fin último del progreso, o, dicho en términos más actuales, del mercado y la tendencia globalizante de la cultura occidental. Por otro lado, se enfrentan entre sí los múltiples intereses de los diversos grupos o instituciones sociales como movimientos culturales o socio-políticos que se resisten a las tendencias homogeneizantes de la modernidad. La capacidad de autoreflexión al igual que el proceso de individuación, de desarrollo de un sujeto autónomo con capacidad de autoconstituirse, pueden considerarse tanto resultados posibles de la modernidad, como formas de resistencia. La vieja separación entre orden y caos, razón y naturaleza o masculinidad y feminidad, surge como consecuencia del conflicto entre la iluminación del conocimiento cientifíco-tecnológico y la oscuridad de la naturaleza o las tradiciones culturales – en otras palabras: entre el futuro iluminador de la modernidad y la razón instrumental y el pasado tenebroso de las pasiones del cuerpo o los deseos del inconsciente. De pronto, parece ser que el viejo enfrentamiento entre civilización y barbarie, o si se quiere, entre ilustración y mitología, nos sigue acompañando. Sin embargo, como ya habían subrayado Horkheimer y Adorno en la Dialéctica de la Ilustración (1944): “el mito es ya ilustración; la ilustración recae en mitología” (56). De acuerdo con esta comprensión la polarización absolutizada deja de existir. Esta desaparece para surgir como tensión dialéctica, como una relación indisoluble de polos encontrados e interdependientes. Esta posición se distancia de una concepción de mundo –característica de la cultura occidental– que se fundamenta en una escisión en polaridades excluyentes entre sí y organizadas jerárquicamente. Sin embargo, la propuesta de los autores después de la Segunda Guerra Mundial, cuando el pasado y el futuro se presentaban como experiencias tenebrosas, aparece como un camino sin esperanza, en el que la identificación entre ilustración y dominio permaneció incuestionable. Hoy día, esta identificación no se nos presenta más como obvia, sino como un camino, que lamentablemente muy a menudo en el mundo moderno ha llevado a experiencias de destrucción y exterminio masivas.

Los viejos esquemas patriarcales que estructuraban las relaciones entre los géneros alcanzaron con la modernidad extremos difíciles de superar. La imagen de la mujer pasó a convertirse en la personificación ideal de aquellas fuerzas impulsivas y caóticas de la naturaleza salvaje, que además también iban a ser encarnadas por aquellos otros que provenían de las clases sociales oprimidas, de países extranjeros y sobretodo de las culturas no europeas recién conquistadas. La feminidad quedó asociada de forma indisoluble con la oscuridad, el caos y la irracionalidad que de forma extrema han caracterizado la otredad en la cultura occidental desde el surgimiento del mundo moderno –o quizás más bien desde los orígenes mismos de Occidente. Las relaciones de poder estructurales, que han marcado la desigualdad social hasta el día de hoy, siguen estando acompañadas de una relación jerárquica entre los géneros, en la que los hombres gozan frente a las mujeres de una posición preferencial tanto en el espacio público como privado. Esta desigualdad que sigue siendo difícil de superar a pesar de las trasformaciones en las relaciones entre los géneros antes apuntadas, es descrita por Musfeld (1997) como sigue:

“Esta jerarquía selló la valoración de los géneros en todos los campos de la vida social y cultural: comenzando con la remuneración inferior, la exclusión de las mujeres de las funciones directivas y del acceso a las posiciones de poder, hasta la representación carencial de los intereses femeninos en el lenguaje, la cultura y los medios de comunicación, así como en los comportamientos discriminatorios contra la mujer en todos los niveles de comunicación tanto verbales como no verbales. Esta dominación encuentra su manifestación más dramática en la violencia contra las mujeres” (13, traducción de la autora).

No sólo en los vínculos reales entre los hombres y las mujeres, sino también en las representaciones simbólicas de la cultura seguimos encontrando una dominación de lo masculino sobre lo femenino, que es atravesada por mitos y fantasías inconscientes de carácter patriarcal (Rohde-Dachser, 1991). No sólo en la literatura, el arte o la religión, sino también en todos los espacios de creación cultural domina una tendencia a la creación de fantasías masculinas, que están al servicio de la producción social del inconsciente. Del mismo modo que en los sueños, encontramos en la producción cultural espacios simbólicos, que no sólo están al servicio de la producción de mundos de la vida tabuizados socialmente, sino también de la satisfacción de deseos inconscientes colectivos. A pesar del lugar especial que ocupan el arte, la literatura o los mitos, como manifestaciones culturales cercanas al inconsciente, creo que las fantasías y los mitos inconscientes colectivos no son exclusivos de estas manifestaciones.

Los medios de comunicación, los discursos científicos y las instituciones educativas, por citar sólo algunos, son otros espacios culturales donde se manifiestan los mitos y las fantasías colectivas que tienden a estar al servicio de la producción social del inconsciente (Erdheim, 1984). Es importante, sin embargo, dejar claro que estas manifestaciones simbólicas culturales responden a un doble movimiento. Por un lado, tienden a la distorsión y ocultamiento de proyectos de vida conflictivos para el consenso social, que pueden poner en peligro el orden establecido por un sistema de valores compartido socialmente. Por otro lado, tienen una función de desvelamiento y exteriorización mediante la escenificación de mundos de la vida prohibidos, que subvierten las normas, interdictos y tabúes predominantes en una época histórica determinada. Este proceso de desimbolización y resimbolización de formas de interacción, socialmente excluidas del consenso social, pareciera que está en la base de la producción de fantasías inconscientes que pueden tener un carácter liberador y / o, más bien, opresivo y coercitivo, dependiendo de las condiciones sociales e históricas particulares (Lorenzer, 1986).

Hoy día, después del trastocamiento en la relación entre los géneros que se ha producido de forma vertiginosa en las últimas décadas, parece de nuevo importante volver la mirada hacia aquel legendario enfrentamiento entre mitología e ilustración. Surge como urgente la búsqueda de una tercera opción, de un camino más allá de la separación dicotómica del mundo y más allá de la identidad escindida, que desemboca en una negación de la diferencia entre los géneros.

Aparece a la vista la posibilidad de que la lucha entre vida y muerte, entre los dioses del Olimpo y las fuerzas ctónicas expulsadas en el Hades, o entre la dureza masculina de las leyes culturales y la fluidez femenina de las pasiones corporales, no implique necesariamente el dominio de uno sobre el otro. Lo posible aparece como un trastocar los viejos lugares de la devaluación o exclusión del otro, de aquello vivido como extranjero o no idéntico para el sí mismo. Las aparentemente indisolubles fronteras, que han acompañado la diferencia entre los géneros desde hace siglos, se han resquebrajado en una medida que hasta hace poco hubiera sido inimaginable. Han quedado espacios libres sin fronteras sólidas en los que hombres y mujeres disuelven mutuamente las imágenes estereotipadas prestablecidas en los roles de género. Los viejos roles, gestos y máscaras dejan de funcionar en su absolutización, en su separación irreconciliable. Lo novedoso de las experiencias de vida y la incertidumbre en las relaciones entre los géneros producen espacios potenciales nuevos. Tanto la angustia, la desconfianza y la decepción frente a lo desconocido, como el reconocimiento de la diferencia entre los géneros y la ambivalencia frente a los roles tradicionales, abren la posibilidad de un nuevo encuentro entre los hombres y las mujeres.

Son estos espacios potenciales, que nos hacen volver la mirada a las raíces históricas, a los fundamentos simbólicos de la cultura, a partir de los cuales tanto la polarización como la trascendencia de los roles de género se han desarrollado y se hacen posibles.

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Notas
 ++ Roxana Hidalgo, psicoanalista costaricense. Investigadora del Instituto de Investigaciones Sociales de la Universidad de Costa Rica.
* Publicado En Revista Pasos Nro.: 113.

1 De acuerdo con Derrida, la dirección principal del pensamiento occidental se podría calificar como logocéntrica, debido al predominio que el Logos – en tanto la palabra, el habla y la razón, asociada con el lenguaje – ocupa como presencia metafísica desde la Grecia antigua. Con respecto a la íntima relación entre el logos y lo masculino en la Antigüedad afirma Salarosa (1998): “Tanto lo humano, lo masculino, como lo griego eran condicionantes necesarios para estar en posesión del logos. Éste, con sus implicaciones de cohesión y de ordenación política junto con el valor militar puesto de manifiesto en la guerra, constituía un instrumento característico eficaz y necesario para marcar los límites de lo civilizado y mantener a raya su polo opuesto: el territorio caótico, balbuceante y peligroso de lo animal, lo femenino y, por ende, lo bárbaro.” (29) Asimismo el falocentrismo hace referencia a un sistema ideológico en el cual el falo se convierte en el símbolo principal del poder, se constituye en el origen mismo del dominio, La fuerza y la potencia masculinas que se imponen sobre la energía y la potencia femeninas consideradas inferiores. Laurin (1964) caracteriza lo fálico en la Antigüedad de la siguiente forma: “En aquella lejana época, el falo en erección simbolizaba la potencia soberana, la virilidad trascendente, mágica o sobrenatural y no la variedad puramente priápica del poder masculino, la esperanza de la resurrección y la fuerza que puede producirla, el principio luminoso que no tolera sombras ni multiplicidad y mantiene la unidad que eternamente mana del ser” (citado por Laplanche/Pontalis 1968, 137). La conjunción entre el logocentrismo y el falocentrismo se suele denominar, a partir de Derrida, falogocentrismo.

Tomado de: http://www.revistapolis.cl/polis%20final/9/otredad.htm
Fuente: Revista Polis No. 9. Santiago.

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