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miércoles, 27 de abril de 2011

La otredad en América Latina: etnicidad, pobreza y feminidad (Segunda Entrega)

Roxana Hidalgo**

El miedo y el odio hacia el otro como experiencias dominantes en los procesos de constitución de la subjetividad

El miedo y la hostilidad hacia el otro, hacia aquellos experimentados como diferentes y extraños, no son sino una expresión del terror y la rabia que sentimos hacia nosotros mismos, hacia nuestros propios deseos prohibidos, nuestras carencias y pérdidas irreparables. Desde que nacemos empieza un proceso gradual, creciente, en el que se nos va imponiendo el terror, el rechazo y la desconfianza hacia lo diferente. Es así como experimentamos la diferencia, o más bien la separación entre lo femenino y lo masculino, como desigualdad, como dominación de un sexo sobre el otro. Se impone la necesidad profunda de poder sobre lo que es vivido como amenazante, como extraño, como enemigo para la propia integridad. Se ejerce una cultura del terror como formación de la subjetividad. Como afirma Galeano (1989):

“La extorsión, el insulto, la amenaza, el coscorrón, la bofetada, la paliza, el azote, el cuarto oscuro, la ducha helada, el ayuno obligatorio, la comida obligatoria, la prohibición de salir, la prohibición de decir lo que se piensa, la prohibición de hacer lo que se siente y la humillación pública, son algunos de los métodos de penitencia y tortura tradicionales en la vida de familia. Para castigo de la desobediencia y escarmiento de la libertad, la tradición familiar perpetúa una cultura del terror que humilla a la mujer, enseña a los hijos a mentir y contagia la peste del miedo. Los derechos humanos tendrían que empezar por casa...” (Galeano, p. 129).

Históricamente la desigualdad, la discriminación y la violencia social organizadas a partir de relaciones de poder, en tanto modos de acciones que unos seres humanos ejercen sobre otras acciones, sobre otros sujetos actuantes –individuos, grupos o colectividades– han constituido una forma de estructuración de las sociedades que ha traspasado fronteras geográficas, épocas históricas y culturas diversas (Foucault, 1979). Asimismo, el poder siempre ha ido acompañado de las luchas contra él mismo, es decir, las formas de resistencia contra las fuerzas opresivas y la búsqueda de la libertad individual y colectiva. Las relaciones de poder arraigadas en el tejido social y las formas de resistencia de la libertad contra el poder no se oponen de forma excluyente, más bien implican una tensión y provocación permanentes. Foucault plantea que existen tres tipos de luchas:

“Las que se oponen a las formas de dominación (étnica, social y religiosa), las que denuncian las formas de explotación que separan a los individuos de lo que producen, y las que combaten todo aquello que ata al individuo a sí mismo y de este modo lo somete a otros (luchas contra la sujeción, contra formas de subjetividad y de sumisión)” (ibid., p. 231).

Estos tres tipos de luchas no son independientes entre sí, más bien son enfrentamientos con mecanismos estructurales que coexisten y se nutren unos a otros. Los mecanismos de explotación necesitan de las formas de dominación y de sujeción para poder funcionar y preservarse. Entre sí mantienen relaciones complejas, interdependientes y contradictorias a la vez, que conforman la totalidad social. Aunque en este trabajo voy a abordar, especialmente, el nivel de la subjetividad y la formas de sujeción, esto no quiere decir que se puedan obviar las condiciones culturales, económicas, políticas e históricas dentro de las cuales cobran vida las formas de subordinación y opresión entre los géneros.

Las relaciones de poder se ejercen, siguiendo a Habermas (1981) en el nivel de la acción comunicativa o reproducción simbólica del mundo de la vida, mediante los procesos de reproducción social: la socialización, la integración social y la reproducción cultural. Asimismo, en el nivel de la acción estratégica o reproducción material, se ejercen, por medio de los procesos de producción económica y organización política. Con el desarrollo del capitalismo se ha venido conformando una generalización e integración de las relaciones de poder en torno al papel cada vez más creciente tanto del Estado como del mercado y los procesos de mundialización que lo sostienen, produciéndose niveles de control y homogeneización nacionales e internacionales nunca antes alcanzados. En el siglo XX las relaciones de poder han generado niveles de desigualdad inimaginables, procesos de destrucción del planeta y genocidios avasallantes, guerras masivas y hambre colectiva en momentos en que el desarrollo industrial, tecnológico y científico parece paradójicamente no tener límites.

El control y la imposición autoritaria de unos seres humanos sobre otros, se ejerce implacable sobre individualidades desgarradas, sobre grupos diversos en busca de identidad, solidaridad y seguridad, sobre colectividades anónimas y solitarias que se transforman en masas amorfas, dispersas y sin esperanza. Sobre pueblos enteros que viviendo en la miseria extrema, en la carencia y el hambre masivas, se vuelcan desesperados contra sí mismos, contra los otros que no son sino sus iguales. Al mismo tiempo, surgen formas de resistencia contra la opresión implacable desde los rincones más oscuros de la realidad social. Actores sociales diversos, los sectores populares, los campesinos, las mujeres, grupos étnicos diversos, los jóvenes, grupos religiosos, entre otros, toman la palabra y la acción en sus manos y se resisten contra las formas de explotación, dominación y sujeción predominantes.

Las grandes dicotomías de la historia que han marcado la humanidad a lo largo de la historia de la cultura occidental –cultura y naturaleza, razón y pasión, sagrado y profano, riqueza y pobreza, masculinidad y feminidad– se han incrustado profundamente en la subjetividad humana. Han penetrado en las experiencias de la vida cotidiana que van conformando los procesos de individuación, así como los mecanismos de control e integración social de los sujetos a las instituciones de los mundos de la vida y del sistema. En Occidente los discursos y las prácticas sociales se separan en mundos opuestos, en polos que se contraponen de forma extrema y se organizan jerárquicamente. Esto fractura, en forma sistemática, las posibilidades de integración de la subjetividad humana, así como la solidaridad entre grupos, colectividades y naciones. El mundo se separa en submundos extraños entre sí, en los que no se reconoce la humanidad del otro. Éste se convierte en un enemigo indeseable y peligroso, que a menudo, es vivido como amenazante para la propia integridad y para la permanencia de la identidad.

En la actualidad a pesar de los avances en la producción económica, en las formas de organización política, en el desarrollo cultural y en las posibilidades de sobrevivencia de la población mundial, nos encontramos con contradicciones irreconciliables. ¿Cómo entender el hecho de que por primera vez se elabore una declaración universal de los derechos humanos para ser acatada por una gran mayoría de los países del mundo, y al mismo tiempo se produzcan procesos de violación de los mismos, nunca antes alcanzados? ¿Cómo aceptar las hambrunas y las carencias extremas en un cuarto de la población mundial, cuando las posibilidades de producción agrícola e industrial permitirían alimentarla, si no se dedicaran tantos recursos a la industria militar y a la guerra? ¿Cómo legitimar los valores de la modernidad cuando en su nombre se han cometido los peores crímenes de la historia, como el nazismo, el estalinismo, el terrorismo de estado en América Latina y en el resto del Tercer Mundo, Hiroshima y Nagasaki, por citar algunos?

El mundo sigue organizado en polos opuestos que se excluyen y niegan el uno al otro, la identidad del polo dominante se instaura por encima de lo excluido, perseguido y devaluado social e históricamente. Se legitima la persecución violenta, la denigración y la destrucción implacable del otro, del diferente, del extranjero en tanto objeto no humano y no racional. Este es el destino de los pobres que viven en condiciones infrahumanas, de los “locos” y “delincuentes” que protestan a pesar de la propia desintegración, de los niños y jóvenes que son irrespetados por no ser adultos o sea seres “racionales” y por supuesto de las mujeres, símbolos de una síntesis entre lo deseado y lo temido. Pero también de todas aquellas minorías, grupos o colectividades que se diferencian de la racionalidad blanca y masculina: grupos étnicos humillados y masacrados históricamente, como los negros, indígenas, mulatos y mestizos. Así como los homosexuales, los intelectuales, los artistas, líderes populares y todos aquellos que de una u otra forma ejercen algún tipo de resistencia frente a la racionalidad dominante falo y logocéntrica.

Esta racionalidad, denominada por Derrida como falogocéntrica1, constituye además la base simbólica del discurso patriarcal que ha acompañado a Occidente desde sus albores, a pesar de las profundas diferencias sociales, políticas y culturales que han caracterizado las diversas épocas históricas. Sobre esta continuidad se consolidan la coexistencia conflictiva y la complicidad contradictoria entre el discurso de la ilustración y el discurso patriarcal tradicional, en otras palabras, la tensión entre inclusión y exclusión, universalismo y particularismo, igualdad y dominación.

Poder en América Latina: sobre las relaciones entre feminidad, etnicidad y pobreza

Existen múltiples formas de desigualdad social entre los seres humanos en las que este miedo hacia los que no son nuestros iguales, hacia los que no pertenecen a nuestro grupo, etnia, género, etc., se erige como una muralla inquebrantable. Una muralla que separa a pesar de las identidades comunes, compartidas más allá de las diferencias. Pero existen dos formas de dominación profundamente arraigadas, aparentemente inextinguibles que se han perpetuado por encima de las diversidades geográficas, de las épocas históricas y de las culturas milenarias: las relaciones de poder entre clases sociales y las relaciones de poder entre los géneros. No hablamos de diferencias y particularidades, sino de formas de discriminación ilimitadas e insaciables, en las que la guerra, la violencia cotidiana y el terror al extraño se han expandido como el agua, sin respetar las fronteras, ni los diques construidos por la humanidad.

Asimismo, no podemos dejar de nombrar las relaciones de dominación que se han venido desarrollando desde hace unos siglos en el plano internacional entre naciones ricas y naciones pobres, a partir del surgimiento del colonialismo y el imperialismo que han acompañado el desarrollo del capitalismo. Existe un abismo infranqueable entre las condiciones de vida y de muerte de los países del capitalismo avanzado y los países llamados del Tercer Mundo.

Hablar de las relaciones de poder entre feminidad y masculinidad en América Latina no puede ser a expensas de nuestros propios rasgos, particularidades y experiencias como colectividad humana humillada, explotada y oprimida históricamente. No obstante, estas relaciones de dependencia producto de la división internacional del trabajo, se instauraron en el Tercer Mundo de manera desigual. Las relaciones de clase han marcado diferencias profundas entre los sectores dominantes y sus privilegios ilimitados, por un lado, y los sectores populares o clases medias con niveles diversos de carencias, que les coartan sistemáticamente la libertad, por el otro.

Las violaciones a los derechos humanos en América Latina, más que ciertas excepciones que podrían denunciarse de vez en cuando, constituyen acciones generalizadas y sistemáticas que se cometen contra las grandes mayorías. Acciones que terminan por ser silenciadas bajo las formas de legitimidad e impunidad de las que los mismos Estados son cómplices. No sólo la violencia directa y brutal como la tortura, el asesinato sin juicio, las desapariciones forzadas, las masacres y las persecuciones por razones políticas e ideológicas, inundan la cotidianidad de nuestro continente. La sobrevivencia de más de doscientos millones de latinoamericanos está marcada por condiciones de vida en las que lo prevaleciente es el dolor, la carencia y la muerte. Los campesinos, los indígenas, los obreros, los trabajadores del sector informal sufren permanentemente de una violación sistemática a sus derechos más básicos. Además de la pobreza extrema, se les niega sistemáticamente el derecho a la palabra, a la protesta, a la creatividad y al goce. Sus reclamos, sus luchas han sido generalmente ahogadas en sangre o sepultadas en el silencio más profundo. Las mujeres que pertenecen a estos sectores sociales, también deben soportar la opresión por pertenecer a un género que históricamente no ha tenido acceso a estos derechos. Hablar, crear, gozar, han sido derechos que históricamente, a lo largo de la historia de la cultura occidental, han pertenecido a los hombres pertenecientes a ciertos sectores sociales y han sido consideradas además características específicamente masculinas. De aquí la presencia creciente y dominante de un proceso generalizado de feminización de la pobreza en el mundo globalizado.

La marginalidad no es una, es múltiple, diversa, plural. No se es marginal por la esencia, por lo que se es, sino por el lugar al que se pertenece, por la posición social que se tiene en las relaciones de poder (Kristeva, 1974b). Todos los grupos marginales o de oposición son potencialmente subversivos con respecto al orden social establecido. Sin embargo su posición de marginalidad y de lucha no es indiferente, no es lo mismo la posición de marginalidad de las mujeres, los sectores populares y el Tercer Mundo, con su mestizaje heterogéneo, que los otros grupos minoritarios cuya posición no es central para las relaciones de poder. La realidad de la feminidad, la pobreza y el fenómeno de la dependencia internacional es paradójica, son condiciones de marginalidad, pero a la vez son ejes fundamentales sobre los que se organizan las relaciones de dominación que perpetúan la división internacional del trabajo. Sobre estas manifestaciones de la marginalidad, de la otredad que no pertenece a la razón Occidental, recaen sentimientos de terror y rabia profundamente irracionales, sobre los que la reflexión se vuelve impotente. La realidad se mistifica sobre la base de prejuicios y representaciones estereotipadas, que separan la identidad que reasegura un lugar en el mundo, frente a lo extraño como transgresión de los tabúes e interdictos existentes.

Los procesos de constitución de la subjetividad se apuntalan sobre prohibiciones sistemáticas que recaen sobre las manifestaciones de goce y plenitud, sobre la fantasía y la creatividad, sobre la pasión por lo nuevo y lo desconocido, sobre el cuerpo como fuente de placeres múltiples y por supuesto sobre la hostilidad y el resentimiento que surgen ante tanta coerción. La represión de la sexualidad y la agresividad, y la frustración consecuente, constituyen condiciones fundamentales de los procesos de socialización, así como de los mecanismos de integración social y reproducción cultural. Ambas manifestaciones de la subjetividad se convierten en experiencias peligrosas; el placer que provocan se transforma en sufrimiento y dolor amenazante. El miedo constituye el instrumento vital e indispensable para la integración de los individuos a estructuras sociales que los alienan, y que, a la vez, se instauran en su interior como murallas que bloquean la libertad. Un breve comentario sobre la función del miedo en nuestras vidas cotidianas lo encontramos en Galeano:

“El miedo seca la boca, moja las manos y mutila. El miedo de saber nos condena a la ignorancia; el miedo de hacer nos reduce a la impotencia. La dictadura militar, miedo de escuchar, miedo de decir, nos convirtió en sordomudos. Ahora la democracia, que tiene miedo de recordar, nos enferma de amnesia; pero no se necesita ser Sigmund Freud para saber que no hay alfombra que pueda ocultar la basura de la memoria” (1989, p. 98).

El lenguaje se hace cargo del control de aquello que no es permitido, que no debe ser hablado, de lo silenciado y de lo indecible. Se impone el olvido como alternativa para enfrentar la perversidad polimorfa de la infancia. La palabra se utiliza para marcar una separación clara entre lo hablado y el silencio, la presencia y la ausencia, la ley y la transgresión. Separación íntimamente ligada con el proceso de constitución del sujeto sexuado y con las relaciones de poder entre los géneros.

Las relaciones entre feminidad y masculinidad, siguiendo a Theweleit (1977), se instauran en las sociedades de clase, capitalistas y patriarcales, a partir de la experiencia de la carencia o la falta. Esta es vivida como la incapacidad de experimentar a los otros, si no es a partir del miedo, la decepción, la desconfianza, y la dominación. De acuerdo con el autor, el mantener la desigualdad entre los géneros, su renovación perpetua, y su exacerbación, ha sido siempre una parte importante del trabajo del grupo dominante. El hombre se convierte en hombre, en la medida en que rechace y reprima todo lo considerado por su cultura como femenino. La mujer debe hacer lo mismo, pero sabiendo que su género es lo negado y devaluado para la racionalidad dominante. Se aprende a odiar al otro, pero a la vez se le lleva adentro. A pesar de esta separación en mundos opuestos, los hombres y las mujeres son individualidades en las que se encuentran entrelazados lo femenino y lo masculino, lo valorado y lo temido socialmente. Cuando hablamos de la feminidad y la masculinidad no nos referimos al ser hombre o mujer, sino a lo que históricamente ha sido considerado simbólicamente como perteneciente a cada género. La lucha entre ambos componentes, es por lo tanto, al mismo tiempo, una lucha al interior de la subjetividad de cada uno, como una lucha exterior entre personas y grupos.

Bibliografía 
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Notas
 ++ Roxana Hidalgo, psicoanalista costaricense. Investigadora del Instituto de Investigaciones Sociales de la Universidad de Costa Rica.
* Publicado En Revista Pasos Nro.: 113.
1 De acuerdo con Derrida, la dirección principal del pensamiento occidental se podría calificar como logocéntrica, debido al predominio que el Logos – en tanto la palabra, el habla y la razón, asociada con el lenguaje – ocupa como presencia metafísica desde la Grecia antigua. Con respecto a la íntima relación entre el logos y lo masculino en la Antigüedad afirma Salarosa (1998): “Tanto lo humano, lo masculino, como lo griego eran condicionantes necesarios para estar en posesión del logos. Éste, con sus implicaciones de cohesión y de ordenación política junto con el valor militar puesto de manifiesto en la guerra, constituía un instrumento característico eficaz y necesario para marcar los límites de lo civilizado y mantener a raya su polo opuesto: el territorio caótico, balbuceante y peligroso de lo animal, lo femenino y, por ende, lo bárbaro.” (29) Asimismo el falocentrismo hace referencia a un sistema ideológico en el cual el falo se convierte en el símbolo principal del poder, se constituye en el origen mismo del dominio, La fuerza y la potencia masculinas que se imponen sobre la energía y la potencia femeninas consideradas inferiores. Laurin (1964) caracteriza lo fálico en la Antigüedad de la siguiente forma: “En aquella lejana época, el falo en erección simbolizaba la potencia soberana, la virilidad trascendente, mágica o sobrenatural y no la variedad puramente priápica del poder masculino, la esperanza de la resurrección y la fuerza que puede producirla, el principio luminoso que no tolera sombras ni multiplicidad y mantiene la unidad que eternamente mana del ser” (citado por Laplanche/Pontalis 1968, 137). La conjunción entre el logocentrismo y el falocentrismo se suele denominar, a partir de Derrida, falogocentrismo.

Tomado de: http://www.revistapolis.cl/polis%20final/9/otredad.htm
Fuente: Revista Polis No. 9. Santiago.

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