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jueves, 28 de abril de 2011

La otredad en América Latina: etnicidad, pobreza y feminidad (Última entrega)


Roxana Hidalgo**

Históricamente la feminidad pertenece al lado oscuro de la vida, a la experiencia humana ausente, al mundo de abajo, de la tierra y de los infiernos (comparar Kristeva 1974a). La feminidad es esta realidad interna que amenaza con explotar y desparramarse haciéndonos perder la capacidad de control racional. Perder esta capacidad sobrevalorada de manipulación racional sobre seres humanos atrapados en sociedades encarceladas por ellos mismos y sobre una naturaleza externa desgastada por la utilización irracional que la agota aceleradamente. Lo femenino, el otro, el polo negativo de este mundo profundamente maniqueísta, pertenece a lo reprimido social y psíquicamente. Es lo no hablado, lo desconocido, lo innombrable, aquello que el lenguaje oficial no quiere, no debe y no puede pronunciar.

De acuerdo con Kristeva (1974b), esta separación entre feminidad y masculinidad esta entrelazada con la tensión entre lo semiótico y lo simbólico. Lo semiótico, como opuesto a lo simbólico, es aquello asociado con lo inconsciente, con ese espacio-tiempo preedípico y pregenital, que pertenece y se erige a partir de relaciones duales, especulares e imaginarias ligadas a la relación del niño con la madre y con el mundo. Relaciones en las que la experiencia se construye mediante sensaciones no tanto visuales y auditivas, como táctiles, gustativas y olfativas, experiencias rítmicas y sensuales, que surgen del contacto corporal directo. Es el mundo del deseo, del inconsciente, en el que los límites materiales, las diferencias y separaciones absolutas no existen. El tiempo cronológico, el espacio físico, la materia sólida y las relaciones causales se desdibujan, desapareciendo, para dejar fluir al deseo, el principio de placer (Freud, 1915).

Las pulsiones de vida y de muerte, como expresiones interdepen-dientes e inseparables, no son excluyentes entre sí como se pretende en Occidente. Los deseos tienden a introducir, devorar, tragar y fusionarse con el otro para ser uno, una unidad sin limites ni fronteras que separen, pero, al mismo tiempo, tienden a separar, cortar o expulsar al otro. Los deseos luchan entre la continuidad con el otro y la discontinuidad, entre el retener y el expulsar, entre el amor y el odio. Momentos que no se excluyen, sino que se complementan en una sincronía ilimitada. Las diferencias, los contrarios aparecen y se disuelven al mismo tiempo. No hay absolutos, sino posibilidades. Lo diferente, la otredad son momentos de un discurrir permanente, de un fluir intemporal e imprevisible. Un fluir donde los límites entre lo propio y lo extraño, lo mismo y lo diferente, no son estados permanentes y fijos, sino experiencias relativas en constante movimiento.

Para enfrentarse con esta feminidad innombrable e indeseable para el orden patriarcal, masculinizado, se impone una racionalidad falo y logocéntrica que se alza prepotente sobre todo lo que la enfrente, se le oponga o simplemente se le diferencie. Este mundo paternalmente masculino es el mundo de las jerarquías, de la desigualdad y del orden lingüístico dominante. Se basa en una ley autoritaria que impone lo que debe y puede hablarse, decirse o pronunciarse mediante un lenguaje racionalizado e instrumentalizado, que debe olvidar el deseo que lo mueve, la fuerza que le da vida. Este orden lingüístico particular que se pretende universal, desafectivizado y deserotizado, se aprende desde los orígenes en el mundo privado, pero cobra mayor fuerza en el mundo de lo público. Se convierte en aquella realidad externa que se eleva en las alturas sagradas de las leyes del mercado y del poder político, inconmovibles ante el dolor, el sufrimiento y la miseria humana que nos rodea y nos abraza desgarrándonos diariamente.

Esta realidad falocéntrica y logocéntrica se instaura mediante la palabra consensual, el habla común que se impone sobre el cuerpo, esa conectividad de signos que pretenden decir por encima de lo humano. La pobreza, la desesperanza y la frustración generalizada no son obstáculos para esta ley que se impone omnipotente, para esta racionalidad de muerte que controla el mundo actual. El deseo fálico, genitalizado, se erige monumento a la humanidad, pertenece y a la vez produce el orden prevaleciente. El poder fálico se fusiona con la racionalidad sagrada que legitima el poder de la riqueza, la fuerza material y la masculinidad, sobre la pobreza, la vulnerabilidad y la feminidad.

Esta relación entre lenguaje y constitución de la subjetividad de género conforma el eje central sobre el que se instaura la posición de las mujeres como sujetos marginales en las sociedades patriarcales. Al negársele la palabra a las mujeres, se les ha coartado tanto la libertad y el acceso al control sobre su cuerpo y sus potencialidades creativas, como el acceso al poder y al conocimiento. En la literatura sobre la mujer en América Latina encontramos esta relación contradictoria entre lenguaje y feminidad como manifestación de su posición con respecto al poder. No obstante el tomar la palabra no significa que las mujeres, al resistir frente a las formas de exclusión a las cuales están sujetadas, deban hablar bajo las mismas premisas que la racionalidad falogocéntrica impone socialmente.

Como una forma de escritura femenina, en la que lo semiótico fluye e inunda el orden simbólico, Clarice Lispector se resiste a hablar desde un lenguaje racionalizado e instrumetalizado. En su novela, La hora de la estrella, nos dice: “No soy un intelectual, escribo con el cuerpo. Y lo que escribo es una niebla húmeda. Las palabras son sonidos traspasados de sombras que se entrecruzan desiguales, estalactitas, encaje, música de órgano trasfigurada” (1977, p. 18). El lenguaje como música, proveniente de las aberturas del cuerpo, de la sensualidad de la carne, surge como incompletud, como experiencia vital que no se deja atrapar por la palabra neutral, desapasionada y deserotizada del lenguaje compartido socialmente. Luego nos dice: “Juro que este libro está construido sin palabras. Es una fotografía muda. Este libro es un silencio. Este libro es una pregunta” (ibid., p 18). Lo decible queda indisolublemente ligado con lo indecible, con lo no verbalizable. Por medio del silencio, de lo no hablado, del disimulo, del misterio en las palabras mismas, brota un lenguaje oscuro, múltiple y plural. Un lenguaje que no define, caracteriza o aclara lo que se afirma, sino que sugiere, insinúa o evoca posibilidades diversas e infinitas.

La autora pretende relatarnos la historia de una joven norestina del Brasil, pobre, desconocida, solitaria y huérfana, en medio del caos urbano de Río de Janeiro. Una mujer cuyo vivir es ralo e incompetente, sin habilidad para ser hábil, sin conciencia de sí, pero que sin embargo quería ser ella misma. Era un soplo de vida, comenta la autora: “Trataré de sacar oro del carbón” (ibid., p. 18). Hablar de la pobreza, la carencia y la ausencia que la exclusión social de una mujer pobre y emigrante trae consigo se convierte en el discurso de Lispector en una urgencia: “Lo que escribo es más que una invención, es obligación mía hablar de esa muchacha, de entre millares de ellas. Es mi deber, aunque sea un arte menor, revelar su vida. Porque tiene derecho al grito. Entonces yo grito” (ibid., p. 15). El derecho al grito, la queja y la resistencia frente a un mundo excluyente de forma cruel y despiadada, un derecho arrebatado a miles de personas, surge como una necesidad vital para la escritora:

“Como la norestina, hay millares de muchachas diseminadas por chabolas, sin cama, ni cuarto, trabajando detrás de mostradores hasta la estafa. Ni siquiera ven que son fácilmente sustituibles y que tanto podrían existir como no. Pocas se quejan y, que yo sepa, ninguna reclama porque no sabe a quien. ¿Ese quién existirá?” (ibid., p. 15)

La explotación económica se fusiona con la dominación social y la sujeción de los deseos que quedan ocultos en los lugares más recónditos de la subjetividad humana. Las formas diversas de exclusión social se ejercen por medio de espacios que coexisten y se contraponen generando una infinidad de posibilidades de resistencia y subversión. La sujeción que se ejerce contra las mujeres, contra los pobres y contra grupos culturales específicos es, a la vez, una huella de las posibilidades de lucha frente a las relaciones de poder que buscan condenar a los otros al silencio, la ausencia y la negación de sus experiencias vitales. La ausencia de la palabra, lo enigmático y lo inexplicable en la realidad de las mujeres pobres, indígenas o campesinas son presencia de su fuerza, sus potencialidades y su poder innegable. Su especificidad como género, clase o etnia es mistificada a partir de una polarización que encierra en definiciones unilaterales e indivisibles que niegan la pluralidad o diversidad cultural (ver Spivak, 1990). Hablar de lo femenino implica referirse a las especificidades de las mujeres pertenecientes a culturas, etnias, clases sociales y países diferentes. No existen mujeres en abstracto, fuera de la historia y de los contextos sociales particulares. La dominación y la negación que se ejerce sobre lo femenino, no afecta por igual a todas las mujeres. Depende del lugar que ocupen en las relaciones de poder, de la posición de la mujer en la sociedad y en el mundo.

En América Latina la heterogeneidad es un rasgo encarnado en nuestras raíces más profundas, hablar de la identidad latinoamericana como una experiencia unitaria, como una realidad homogénea, clara y transparente, implicaría negar la enorme diversidad de geografías, culturas, etnias y manifestaciones de los pueblos del continente. La pluralidad se convierte en condición misma de nuestros orígenes coloniales. El mestizaje constituye la experiencia, aunque a menudo negada y repudiada, que marca nuestras relaciones, nuestros cuerpos y nuestra realidad compartida. La conquista y la colonia determinaron esta multiplicidad de manifestaciones socioculturales, políticas y económicas, mediante formas de opresión y destrucción incalculables. Nos legaron una realidad profundamente rica y diversa, pero en la que prevalecen niveles de pobreza, sufrimiento y violencia avasallantes. Este descubrimiento nos vuelve de nuevo la mirada hacia los orígenes comunes durante la conquista y la colonia, hacia aquel mestizaje persistente e ineludible que atraviesa todo el continente hasta hoy en día:

“Porque América entera, le guste o no a quienes alardean de pálidos blasones de hidalguía, se amasó con tres grandes troncos: el indígena, el europeo y el africano. Identidad en proceso, inacabada e inconclusa, tanto más traumática y confusa cuanto que ha sido sistemáticamente deformada por la historia oficial” (Lobo, 1997, 10).

En esta historia, a las mujeres pertenecientes a los sectores populares les ha tocado vivir tanto el dolor por la explotación económica y la dominación étnica como indígenas, negras o mestizas, como la opresión por ser mujeres, seres bárbaros, inferiores e irracionales. El desarrollo del mestizaje se produjo a partir de la violación y el abuso sexual a menudo brutales, sistemáticos y legitimados por las relaciones de poder producto de la conquista y la colonia. La humillación que las mujeres han sufrido desde hace quinientos años en América Latina está marcada por esta triple estructura de dominación, en la que dependencia, pobreza y feminidad se entrelazan coexistiendo en forma inseparable. Igualmente es significativo explicitar las formas de resistencia y el papel innegable de las mujeres en las luchas que se han desarrollado frente a las relaciones de poder, a pesar de que la historia oficial se ha encargado de negarlas sistemáticamente. La pasividad, la sumisión y la impotencia como rasgos únicos de la realidad de las mujeres latinoamericanas, no constituyen más que una expresión del despojo de la palabra y la escritura que han sufrido como género, como clase y como etnia (ver Aquino, 1992). Son mitos que la historia oficial se ha encargado de producir, mistificando sistemáticamente las experiencias de las mujeres. La capacidad de lucha y defensa de sus intereses, de la tierra, de la alimentación de sus familias, del derecho a la vida y la dignidad, constituyen condiciones permanentes de nuestra historia. Se nos ha silenciado la palabra, pero no la fuerza y el coraje.

La relación entre los procesos de constitución del sujeto sexuado o sujeto de género, de las estructuras de clase y de la división internacional del trabajo, permite encontrar en los procesos de reproducción simbólica condiciones que se entrelazan de forma compleja e inseparable. Las relaciones de poder se consolidan, gracias a la imposición generalizada en las relaciones sociales, del miedo, el odio y el rechazo hacia lo extraño o extranjero, hacia la otredad como amenaza para el orden dominante. En América Latina, el mestizaje, la pobreza y la feminidad constituyen condiciones de marginalidad, que por sus múltiples cualidades peligrosas deben ser controladas mediante barreras que puedan bloquear su potencialidad subversiva. La pluralidad cultural y la multiplicidad étnica, como elementos propios, son negados, discriminados y oprimidos en función de una supuesta homogeneidad cultural dominante. En el imaginario social colonial y ahora neocolonial se impone una identidad uniforme mediante las relaciones de poder prevalecientes en todos los niveles de la vida social. Mediante la imposición de las formas de reproducción cultural, organización política y producción económica del capitalismo dependiente en un mundo en proceso de globalización, la otredad encarnada por los pobres, los indígenas, los campesinos, los negros o las mujeres se sigue demonizando de forma creativa pero virulenta. El miedo y como consecuencia la hostilidad ejercida sobre lo diferente a esta racionalidad del progreso, sometida actualmente a la eficiencia tecnológica y al éxito económico, son aspectos comunes que legitiman la persecución y la violencia sistemática que caracteriza la realidad actual de los sectores populares, de los grupos étnicos o de las mujeres.

¿Qué es lo que tanto terror y rabia genera, como para legitimar, en la conciencia individual y colectiva, tanta violencia, destrucción y muerte en nuestras sociedades latinoamericanas y en el mundo globalizado? La resistencia de la vida contra una racionalidad de muerte que se impone de forma cada vez más irracional. Las luchas imparables por la sobrevivencia, por la justicia, por el derecho al placer y a la risa, a la dignidad, la autovaloración y el respeto por la diferencia son condiciones vividas como oscuras y siniestras, asociadas con el caos. El desarrollo latinoamericano dominado también por la racionalidad del éxito económico que ha sustituido al mito del progreso y del bien común para todos, está en función de una racionalidad de muerte (Hinkelammert, 1993). La desigualdad creciente e imparable, la indiferencia cínica frente al dolor de las mayorías, la construcción de diques sociales que protegen esta lucha descarnada en favor de la producción de riqueza para nuestras minorías dominantes y para los países del capitalismo avanzado son condiciones que marcan nuestra cotidianidad. Todo lo que se oponga a esta forma de concebir el progreso y el éxito, constituye algo caótico, realidades oscuras, profundas e irracionales, experiencias líquidas que se desbordan como flujos incontrolables que deben ser contenidos a cualquier costo y con cualquier medio. Flujos destructivos, que representan lo bestial, lo demoníaco, lo infernal, aquello cuya liberación aterra.

No obstante, frente a esta visión pervertida de lo diferente, podemos afirmar, de acuerdo con Theweleit (1977) que lo que no fluye, lo que no se mueve, más bien es aquello que está muerto. La vida es movimiento, es una corriente que fluye sin rumbos o destinos fijos, como el agua. El cuerpo humano está compuesto de objetos parciales que conllevan flujos diversos: sangre, lágrimas, menstruación, esperma, sudor, heces, orina. Flujos que no limitan su fluidez y movimiento ellos mismos, sino que son contenidos u obstaculizados por fuerzas internas y externas. La pulsión sexual, bajo el principio del placer, se expresa como el deseo de una vida libre de ausencias o carencias, como una corriente de placer que recorre nuestro cuerpo. Los seres humanos viven mientras estos flujos corporales están en movimiento. Si sus líquidos se secan los cuerpos mueren. La sexualidad es esta fuerza interior que tiende a la búsqueda del goce, de la satisfacción y de la libertad. Pero que por su misma potencialidad de explosión, liberación y fluidez, en condiciones de represión excedente, es profundamente amenazante y sistemáticamente prohibida (ver Marcuse, 1971). La sexualidad patriarcal es menos masculinidad que sexualidad para la muerte, es producción de una realidad que destruye la vida. La frustración social del deseo se convierte en una fuerza destructiva, en una pulsión de muerte históricamente construida.

La feminidad ha sido asociada en la historia de la cultura occidental con la sexualidad y, por lo tanto, con lo perverso y demoníaco, como en la época de la brujas. Por eso no creemos que sea casual que, actualmente, su realidad se encuentre entretejida con la realidad de la pobreza y la diversidad cultural. Condiciones que también han sido convertidas, dentro del discurso dominante que surge desde la época colonial, en metáforas de la monstruosidad, la bestialidad y la barbarie. Imaginario social sobre el cual se ha legitimado la violencia sobre estos sectores sociales, incluyendo la complicidad de ellos mismos en su propia opresión.

La cultura del terror en la que nos encontramos encerrados, debe ser demolida, no se puede hablar de progreso o éxito mientras la muerte se siga imponiendo sobre la vida. La heterogeneidad que caracteriza la realidad latinoamericana, la riqueza y pluralidad social, cultural y étnica constituyen la manifestación más valiosa que la historia nos ha legado. En momentos en que el racismo y la xenofobia se imponen en el mundo, nuestra diversidad puede convertirse en una anticipación utópica frente a la intolerancia y el terror que se experimenta hacia lo vivido como extraño o extranjero. Igualmente, la heterogeneidad que caracteriza lo considerado femenino en nuestras sociedades patriarcales, las experiencias innombrables, profundas e intemporales, la realidad acuática del goce corporal, de la imaginación y de la creatividad, de la risa satírica, pueden constituirse en posibilidades subversivas para una realidad que nos asfixia. De acuerdo con Kristeva (1974a), escuchar develando lo silenciado y reprimido, lo nuevo e incomprensible, rechazando todos los roles y separaciones abismales que nos encierran, puede ser una alternativa, una utopía esperanzadora.


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Notas
 ++ Roxana Hidalgo, psicoanalista costaricense. Investigadora del Instituto de Investigaciones Sociales de la Universidad de Costa Rica.
* Publicado En Revista Pasos Nro.: 113.
1 De acuerdo con Derrida, la dirección principal del pensamiento occidental se podría calificar como logocéntrica, debido al predominio que el Logos – en tanto la palabra, el habla y la razón, asociada con el lenguaje – ocupa como presencia metafísica desde la Grecia antigua. Con respecto a la íntima relación entre el logos y lo masculino en la Antigüedad afirma Salarosa (1998): “Tanto lo humano, lo masculino, como lo griego eran condicionantes necesarios para estar en posesión del logos. Éste, con sus implicaciones de cohesión y de ordenación política junto con el valor militar puesto de manifiesto en la guerra, constituía un instrumento característico eficaz y necesario para marcar los límites de lo civilizado y mantener a raya su polo opuesto: el territorio caótico, balbuceante y peligroso de lo animal, lo femenino y, por ende, lo bárbaro.” (29) Asimismo el falocentrismo hace referencia a un sistema ideológico en el cual el falo se convierte en el símbolo principal del poder, se constituye en el origen mismo del dominio, La fuerza y la potencia masculinas que se imponen sobre la energía y la potencia femeninas consideradas inferiores. Laurin (1964) caracteriza lo fálico en la Antigüedad de la siguiente forma: “En aquella lejana época, el falo en erección simbolizaba la potencia soberana, la virilidad trascendente, mágica o sobrenatural y no la variedad puramente priápica del poder masculino, la esperanza de la resurrección y la fuerza que puede producirla, el principio luminoso que no tolera sombras ni multiplicidad y mantiene la unidad que eternamente mana del ser” (citado por Laplanche/Pontalis 1968, 137). La conjunción entre el logocentrismo y el falocentrismo se suele denominar, a partir de Derrida, falogocentrismo.

Tomado de: http://www.revistapolis.cl/polis%20final/9/otredad.htm
Fuente: Revista Polis No. 9. Santiago.

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