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domingo, 24 de abril de 2011

Mujeres de palabra: mujeres que escriben (Primera Entrega)

Elena Poniatowska

¿Han visto ustedes en el zoológico a las leonas? ¿Ésas que se mantienen atrás lamiendo de su pata una invisible espina? ¿Ésas que parecen gatos callejeros, flacos, escaldados y pelones? Bueno, pues eso son las escritoras latinoamericanas, las leonas del zoológico, feas, opacas, con una que otra brizna de paja en el lomo vencido, las leonas, las que están siempre en segundo plano, las que quedaron como costales gastados después de la última cría, mientras que el león, pegado a los barrotes, haga lo que haga, con su espléndida cabellera de rey de la selva, es el que ruge, se impone y de un solo bocado se traga al mundo. El león en donde quiera que esté impone sus condiciones, la leona jamás. Carlos Fuentes alza su cabeza magnífica de león de la Metro Goldwin Mayer, sacude sus crines de oro, y saluda a otro león también coronado, a Mario Vargas Llosa que a su imagen y semejanza enseña unos dientes tan atractivos como el del gato de Cheshire cuya sonrisa veía Alicia en el país de las maravillas cada vez que se apagaba la luz.

Las escritoras son las comparsas de la literatura latinoamericana. Recuerdo haber leído en la revista francesa L'Express una lista de los Premios Nobel latinoamericanos, y la única que no aparecía era Gabriela Mistral. Salvo el caso de Isabel Allende, las mujeres que escriben muy pronto dejan de creer en sí mismas por falta de aliento. Nellie Campobello, única autora de la Revolución, escogió dedicarse a la danza, tarea que seguramente le resultó más gratificante que la de las letras y sin embargo fue ella quien hizo entrega de todo el archivo de Pancho Villa a Martín Luis Guzmán. Para Rosario Castellanos, la más completa de nuestras escritoras, las condiciones de vida no fueron muy distintas a las de Sor Juana Inés de la Cruz que trescientos años antes había escogido la clausura para poder ejercer su vocación.

A Rosario Castellanos también el mundo la defraudó. Al igual que Sor Juana Inés de la Cruz, tuvo que enfrentarse a una realidad para ella aterradora. La mujer no es igual al hombre, es inferior, por lo tanto no tiene la misma capacidad para pensar, mucho menos para crear. Así lo escribió en su tesis Sobre cultura femenina en la que prácticamente pide perdón por atreverse a ingresar a un mundo que le está vedado: el de la cultura. Trescientos años antes Sor Juana lo había escrito:

“¿En perseguirme, Mundo, qué interesas?
¿En que te ofendo, cuando sólo intento
poner bellezas en mi entendimiento
y no mi entendimiento en las bellezas?

Yo no estimo tesoros ni riquezas
y así, siempre me causa más contento
poner riquezas en mi pensamiento
que no mi pensamiento en las riquezas.

Y no estimo hermosura que, vencida,
es despojo civil de las edades
ni riqueza me agrada fementida,

teniendo por mejor, en mis verdades,
consumir vanidades de la vida
que consumir la vida en vanidades”.

La pequeña Juana de Asbaje leyó todos los libros de la biblioteca de su abuelo y sorprendió a los doctos y a los sagaces: "Empecé a aprender gramática, en que creo no llegaron a veinte las lecciones que tomé; y era tan intenso mi cuidado, que siendo así que en las mujeres -y más en tan florida juventud- es tan apreciable el adorno natural del cabello, yo me cortaba de él cuatro o seis dedos, midiendo hasta donde llegaba antes, imponiéndome ley de que si cuando volviese a crecer hasta allí no sabía tal o cual cosa que me había propuesto aprender en tanto que crecía, me lo había de volver a cortar en pena de la rudeza. Sucedía así que él crecía y yo no sabía lo propuesto, porque el pelo crecía aprisa y yo aprendía despacio, y con efecto, lo cortaba en pena de la rudeza; que no me parecía razón que estuviese vestida de cabellos cabeza que estaba tan desnuda de noticias, que era más apetecible adorno."

Sor Juana es un fenómeno que apareció en el Siglo XVII y sigue siéndolo en el Siglo XX; cubre tres siglos y es aún el mayor poeta mexicano según Octavio Paz. Después de Sor Juana, nuestro continente se cubre de poetas, de mujeres que lloran su desamor y se comparan al sauce que ve huir el agua del río, todas hablan de su ser mujer, la propia Gabriela Mistral grita “un hijo, yo quise tener un hijo tuyo y mío,” y antes, en 1910, la uruguaya Delmira Agustini, declaró en El libro blanco que el único que importa es el hombre y que ella se considera un perro a los pies de su amo que por cierto la mató. La mexicana Josefina Murillo, la Alondra del (río) Papaloapan, murió de asma a los treinta y ocho años y escribió:

“Amor, dijo la rosa es un perfume,
amor es un suspiro dijo el céfiro,
amor, dijo la luz es una llama,
oh cuánto habéis mentido,
amor es una lágrima”.

Las escritoras de hoy abandonaron la literatura de confesión y Rosario Castellanos produce dos novelas, Balún Canán y Oficio de tinieblas llamadas por la crítica "indigenistas" como se llamó también a la obra de José María Arguedas y a la de Miguel Ángel Asturias. En México, también Elena Garro nos brinda su magnífica Los recuerdos del porvenir en que una piedra al sol se constituye en la memoria del pueblo de Ixtepec, Luisa Josefina Hernández una pléyade de novelas entre las que destaca Nostalgia de Troya, Josefina Vicens El libro vacío, Inés Arredondo cuyo mundo interior es obsesivo, uno de los mejores cuentos de la literatura mexicana La sunamita, Julieta Campos, varias novelas y un gran ensayo: “¿Qué hacemos con los pobres?” Silvia Molina nos regala a Campeche y así hasta llegar a las más recientes: María Luisa Erreguerena con su sugerente El día en que Dios se metió a mi cama, Aline Pettersen, Maria Luisa Mendoza, Julieta Campos, Angelina Muñiz Huberman, Cristina Pacheco, Esther Seligson, hasta las más jóvenes Bárbara Jacobs, Beatriz Novaro y su novedosa Cecilia todavía, Sara Sefchovich y su Demasiado amor, Margo Glantz y sus Geneaologías, Rosa Nissan que –al seguir el camino abierto por Margo Glantz- desafía a la colonia Israelita con su frescura y su ingenuidad. Rosa Beltrán incursiona con fortuna en la novela histórica, Paloma Villegas retrata fiel y lúcidamente a una generación, Sabina Berman es la extraordinaria autora de “La Bobe” y “Un grano de arroz,” Ángeles Mastretta que conoce con su Arráncame la vida el éxito y la traducción a muchos idiomas y Laura Esquivel, la autora de Como agua para chocolate, única novela latinoamericana que permaneció 18 meses en la lista de los libros más vendidos del New York Times Book Review. Carlos Fuentes declaró que la mejor escritora mexicana es la joven Cristina Rivera Garza autora de “Nadie me verá llorar” y de otros textos deslumbrantes.

Muchas escritoras se me quedan en el tintero (sobre todo las más nuevas), entre ellas mi admirada contemporánea Carmen Rosenzweig que alguna vez escribió que sentía que iba llegar a rosa por el lento crecimiento de sus espinas.

De que el continente latinoamericano está produciendo a mujeres que rompen las amarras y tienen mucho que contar, de que se ha dejado atrás el nouveau- roman, de que las escritoras chicanas Sandra Cisneros, Ana Castillo, Cherríe Moraga se han liberado antes que las del cono sur puede verse en la pléyade de mujeres que ahora escriben y no hacen precisamente literatura de confesión, escritoras notables: Rosario Ferré, Ana Lydia Vega de Puerto Rico que se han beneficiado como las chicanas de vivir en una situación límite, debatirse entre dos culturas, afirmarse a partir de la negación, vencer prejuicios raciales y sociales, aceptarse y darse a respetar cuando todos se empeñaban en destruirlas, llegar al fondo del país-paisaje de su cuerpo y escribir en forma desenfadada, escritoras que juegan con el idioma, lo hacen suyo, lo engarzan en un collar original y suntuoso y lo devuelven como una prenda de su invención.

Han logrado mucho antes que el resto de las mujeres de América Latina, aun en medio de las peores restricciones, lo que todas buscamos, ser dueñas de nuestra vida y de nuestro cuerpo. Para la escritora mexicana escribir es un sub producto de su situación social. Para la chicana escribir significa vencer su situación social. Para la latina, escribir es crearse un mundo propio.

Bien puede decirse que en América Latina se ha ido de la literatura de confesión, del diario, de las descripciones intimistas, los estados de ánimo, la exaltación de los sucesos cotidianos, el amor, el romanticismo y la nostalgia a la literatura de la pobreza porque son las mujeres las que hablan de las minorías en América Latina, como lo hace Marta Traba en su novela Conversación al sur, Luisa Valenzuela en sus cuentos sobre represión y tortura De noche soy tu caballo o María Luisa Puga en su notable Las mariposas.

Las escritoras latinoamericanas venimos de países muy pobres, muy desamparados. Nuestra pobreza no es la del indigente, el clochard bajo los puentes de París, el homeless de Los Ángeles y ahora de Nueva York; no, la pobreza en América Latina es la de la indiferencia; no hay nadie ante quién pararse y decir: "No he comido, hace días que no como" porque eso no importa. El hambre se va haciendo terrosa, se esparce extenuada sobre las cosas de la tierra y en cierta forma, esta hambre penetra en las páginas y las contagia. Somos nuestros propios paisajes. Escribimos como lo hacemos por ser latinoamericanas. Gioconda Belli no puede escribir sino del amor y de Nicaragua y de la libertad y de Nicaragua. No hay aun en nuestros países escritoras proletarias pero si hay textos de tradición oral que han sido recogidos por sociólogos como el “Juan Pérez Jolote” del doctor en antropología Ricardo Pozas.

Dentro de la cultura de la pobreza se atesoran bienes inesperados. Para Jesusa Palancares, la protagonista de la novela Hasta no verte Jesus mío, asomarse por la ventana de su cuarto y ver el cuadrángulo de cielo estrellado era ya una gracia sin precio y sin explicación posible, un regalo suntuoso. Todo el cuarto adquiría una calidad gratuita, el cielo estaba de más como una gracia sorpresiva. Jesusa vivía siempre a la orilla del precipicio, por lo tanto el cielo estrellado por su ventana era un hecho milagroso, algo así como lo real maravilloso de que habla Alejo Carpentier al referirse a América Latina.

María Sabina, quien murió hace años, atrajo a su humilde choza en Huautla de Jiménez, Oaxaca a sabios como Gordon Wasson y Roger Heim quienes gracias a la ceremonia de los hongos alucinantes, cultivaron varias especies haciendo un nuevo descubrimiento para la ciencia al entregarle nuestra materia prima al doctor Alberto Hofmann en Basilea, Suiza. Hofmann es nada menos que el descubridor del LSD. En la ceremonia de los hongos con María Sabina, los hongos amargos se ingieren con chocolate. El hongo macho y el hongo hembra, la parejita los niños santos, las personitas como ella los llama dan conocimiento y la hacen entonar cantos chamánicos que mucho tienen que ver con aquello que las mujeres sentimos cuando somos jóvenes y nadie, ni la familia, ni el marido, ni la sociedad nos ha mediatizado: esa fuerza explosiva con la que amanecemos y salimos a pisar el día antes de que las formas aprisionen nuestro ímpetu, no, no, no, no, no, tú no, no hagas, no digas, no, qué dirán, a ti no te toco ni modo, no, confórmate, antes de poder mecernos con María Sabina y repetir tras de ella: "Soy la mujer libre que está debajo del agua" y canturrear tomadas de su mano:

“Porque soy el agua que mira,
Porque soy la mujer sabia en medicina,
Porque soy la mujer yerbera
Porque soy la mujer de la brisa
Porque soy la mujer del rocío.

Vengo con mis trece chuparrosas

Soy mujer que mira hacia adentro
soy mujer que mira hacia adentro
soy mujer que mira hacia adentro
soy mujer de luz,
soy mujer de luz
soy mujer día
soy mujer que truena
soy mujer Cristo
soy mujer Jesucristo
soy mujer estrella grande
soy mujer estrella cruz
soy mujer luna”.

La literatura latinoamericana oscila entre la supervivencia de sus habitantes siempre expuestos al hambre, y el milagro que significa estar vivo en un mundo tan lleno de calamidades y en una sociedad tan poco preparada para enfrentar los retos que los norteamericanos han convertido en el slogan “time is money.”

En su libro Las posibilidades del odio, María Luisa Puga es un mendigo a quien le falta una pierna, lo único que tiene para defenderse en la vida es su muleta de madera oscura con la punta cubierta por una tira de hule negra y gastada, su muleta a la cual le dedica todos los días un buen rato de caricias suaves e idénticas. ¿Cómo pudo María Luisa Puga meterse en la piel de un mendigo, cómo pudo moverse entre sombras, torpes, malolientes y quejosas? ¿Cómo supo lo que significa comer para un muerto de hambre? Simple y llanamente porque María Luisa es una escritora latinoamericana y como tal pertenece al continente del hambre. Si su mendigo es africano, María Luisa se ha entrenado a verlo en México y nos describe así su hambre: "El hambre y él eran lo mismo. Nunca no había sentido hambre, y había acabado por acostumbrarse. A tal punto que ya no pensaba en comer. Cuando por la noche en su callejón mascaba lentamente su pedazo de pan, o a veces las papas cocidas y frías que le dejaba en la bolsa, se le apelotonaban en la garganta (por más que masticaba largo rato). Muchas veces se dormía con la comida en la boca. Con la fruta le iba mejor. El jugo se le escurría por todos lados y le traía recuerdos viejos, inalcanzables. Pero todo lo comía muy lentamente, con un callado pavor". En Las mariposas María Luisa Puga cuestiona la existencia de un guerrillero que no sabe ya si está vivo, que ha llevado una vida caótica, accidental, que no ha tenido más destino ni más pasado que el autobús del que acaba de bajar, que sólo se sabe vivo porque de pronto le sube de adentro un llanto enorme, vasto que nace desde antes de él y lo abraza como si estuviera esperándolo. Un poco a la manera de Camus. Marta Traba en su Conversación al Sur, se alía a las Madres de la Plaza de Mayo llamadas Las Locas, y En cualquier lugar analiza e intenta poner en su lugar la tragedia que han vivido en América Latina, los que lucharon en su
país contra la dictadura, los guerrilleros en la clandestinidad y los exiliados.

Al ser minoría ellas mismas, las escritoras de América Latina se han aliado a las minorías. Son ellas quienes se involucran, denuncian, se indignan y, como decimos vulgarmente, se la juegan. Marta Traba fue perseguida y expulsada; a Luisa Valenzuela le cayó la policía tres días después de haber salido de su país, al igual que les cayó a los escritores Rodolfo Walsh y Haroldo Conti, que fueron asesinados; Alicia Partnoy -demasiado joven para tanto sufrimiento- publicó en Estados Unidos The little school, La escuelita, sobre esa nueva forma de tortura que es la desaparición; Elvira Orphée en su libro La última conquista de El Ángel declara que la tortura le parece una de las grandes abominaciones del hombre.

Pobrecita de América Latina que no está viviendo precisamente su siglo de las luces. La realidad que describen muchas escritoras es la de los oprimidos, la de aquellos contra quienes se ejerce la violencia, ya sea política, ya sea la del hambre en el que viven las grandes mayorías de nuestros pueblos. La conciencia social la adquieren muy pronto escritoras de la talla de una Rosario Castellanos que, al igual que Gabriela Mistral, fue maestra y al igual que ella se preocupó por la situación de los oprimidos.

Tomado del libro: Patricia González Gómez-Cásseres y Alicia V. Ramírez Olivares (Editoras).  Confluencias en México, palabra y género. BUAP. Puebla, México, 2007.

Fuente: Fuente: La Falda de Huitaca. No. 3. Universidad del Norte. Barranquilla.

Tomado de:
http://www.uninorte.edu.co/publicaciones/falda_huitaca/edicion3/uno/piedras.pdf

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