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lunes, 25 de abril de 2011

Mujeres de palabra: mujeres que escriben (Segunda Entrega)

Elena Poniatowska

De México, la escritora más completa, la más destacada después de Sor Juana Inés de la Cruz, es, desde luego, Rosario Castellanos que dice en uno de sus únicos poemas felices:

“Aquí tienes mi mano,
la que se levantó de la tierra,
colmada como espiga en agosto.
Aquí están mis sentidos
de red afortunada,
mi corazón, lugar de las hogueras,
y mi cuerpo que siempre me acompaña.

He venido, feliz como los ríos,
cantando bajo un cielo de sauces y de álamos
hasta este mar de amor hermoso y grande.

Yo ya no espero, vivo”.

A Rosario Castellanos, poeta, novelista, ensayista, periodista, también el mundo la defraudó. Trescientos años después, las circunstancias de Rosario Castellanos no serán muy distintas a las que hicieron que Sor Juana Inés de la Cruz escogiera el convento de las Jerónimas para poder dedicarse a la pasión de su vida: escribir, estudiar, leer. Nacida en Comitán, Chiapas, en 1925, Rosario Castellanos muy pronto habrá de indignarse en contra de la explotación de los chamulas que caminan silenciosos y furtivos. Blanca, casi transparente, con unos grandes ojos negros, Rosario Castellanos será siempre una flor de invernadero, sus manos y sus pies pequeñísimos, frágiles, hacían exclamar a Miguel Ángel Asturias:

"¡Pero qué manitas de Maya!" Cronista de un mundo de explotados, Rosario es a su vez explotada en una sociedad que aún no protege ni respeta a las mujeres; en una sociedad en la que la mujer es sólo una "esclava del señor," una "hágase en mí según tu voluntad."

Rosario Castellanos no vive la vida, la padece. Mientras el hombre se lanza, ella conoce
la rutina, los oficios pequeños, la renuncia. Si para el hombre, el amor no suele ser sino el momento en que se enamora, para la mujer el amor es la inmanencia, la entrega, la selección de un modo de vida durable hasta la muerte: concebir a los hijos y criarlos. Para el hombre, el matrimonio no es un fin en sí; la mujer permanece en los patios interiores, apaga las antorchas, termina la tarea del día. Cuando es joven, hace la reverencia, baila los bailes y se sienta a esperar el arribo del príncipe. Cuando es vieja, aguarda a que le den la orden de que se retire.

Rosario le dice al hombre:

“Inclinada a tu orilla siento cómo te alejas
trémula como un sauce contemplo tu corriente
formada de cristales transparentes y fríos.
Huyen contigo todas las nítidas imágenes,
el hondo y alto cielo,
los astros imantados, la vehemencia
ingrávida del canto.
Con un afán inútil mis ramas se despliegan
se tienden como brazos en el aire
y quieren prolongarse en bandadas de pájaros
para seguirte a donde va tu cauce.
Eres lo que se mueve, el ansia que camina
la luz desenvolviéndose, la voz que se desata.
Yo, soy sólo la asfixia quieta de las raíces
hundidas en la tierra tenebrosa y compacta”.

En la infancia de Rosario está la clave de su vocación de escritora. Rosario tuvo un
hermano menor, Benjamín, y todos los mimos y las caricias de sus padres fueron para él, por ser el hijo varón. Rosario deseó su muerte y cuando murió, la niña se sintió culpable. Benjamín Castellanos -a quien ella llama Mario en su novela Balún Canán- aunque ausente, siguió siendo el preferido, sus padres se encerraron sobre sí mismos con su dolor y la dejaron a solas con su nana chamula. Rosario oyó a su padre decir, cuando murió Benjamín: "Ahora ya no tenemos por quién luchar".

“Tal vez cuando nací alguien puso en mi cuna
una rama de mirto y se secó.
Tal vez eso fue todo lo que tuve
en la vida, de amor”.

De la mano de su nana Rufina, la niña se puso a descifrar las cosas de la tierra y a apuntarlas para que se le quedaran grabadas. En la escuela fue siempre estudiosa y sus
compañeras la buscaban para que les explicara lo que no entendían. Dolores Castro, amiga de infancia, cuenta que era una niña tan delgada y tan frágil que la directora la eximió de la gimnasia y del deporte, y cuando en 1939, la familia Castellanos, ya sin tierras -expropiadas por la Reforma Agraria-, se trasladó a México; también en la Secundaria le prohibieron correr, jugar a la pelota, de suerte que durante el recreo Rosario se quedaba leyendo. Tampoco iba a fiestas, se excusaba diciendo que iría con mucho gusto en cuanto en-gor-da-ra. En Tuxtla, en la revista El estudiante se publicaron sus primeros poemas. Pero el hermano muerto, Benjamín, la hizo regresar siempre a esos primeros años en Comitán, Chiapas. Sus dos novelas se sitúan en Comitán, sus cuentos Ciudad Real también, y el tema de la soltería y de la vergüenza que significa no pescar a un hombre es recurrente a lo largo de toda su obra, como lo es el de una sociedad muy estratificada, muy jerarquizada en que los indios están siempre al servicio de losblancos.

Una mañana, en Chiapas, unos visitantes se extrañaron al ver que un campesino iba montado con su haz de leña a lomo de burro mientras su mujer caminaba tras él, con su leña en los hombros. Cuando le preguntaron por qué la mujer iba a pie, respondió: “-- Es que ella no tiene burro”.

Rosario llegó muy pronto a la certeza de que ninguna mujer en su patria tenía burro ni por equivocación y aunque Rosario más tarde habría de casarse, de tener un hijo, ella misma le contó a la escritora Beatriz Espejo que desde niña se refugió en la soledad y supo que escribir disminuía esa sensación.

Dijo textualmente: "Mi experiencia más remota radicó en la soledad individual; muy pronto descubrí que en la misma condición se encontraban todas las otras mujeres a las que conocía: solas solteras, solas casadas, solas madres. Solas en un pueblo que no mantenía contacto con los demás. Solas soportando unas costumbres muy rígidas que condenaban el amor y la entrega como un pecado sin redención. Solas en el ocio, porque ése era el único lujo que su dinero sabía comprar. (...) Me evadí de la soledad por el trabajo, esto me hizo sentirme solidaria con los demás en algo abstracto que no me hería ni me trastornaba como más tarde iban a herirme el amor y la convivencia".

“Da vergüenza estar sola. El día entero
arde un rumor terrible en su mejilla
pero la otra mejilla está eclipsada.
La soltera se afana en quehacer de ceniza,
en labores sin mérito y sin fruto;
y a la horas en que los deudos se congregan
alrededor del fuego, del relato,
se escucha el alarido
de una mujer que grita en un páramo inmenso
en el que cada peña, cada tronco
carcomido de incendios, cada rama
retorcida, es un juez
o un testigo sin misericordia.
De noche la soltera
se tiende sobre el lecho de agonía.
Brota un sudor de angustia a humedecer las sábanas
y el vacío se puebla
de diálogos y de hombres inventados.

Y la soltera aguarda, aguarda, aguarda.

Y no puede nacer en su hijo, en sus entrañas,
y no puede morir
en su cuerpo remoto, inexplorado,
planeta que el astrónomo calcula
que existe aunque no lo ha visto.

Asomada a un cristal opaco, la soltera
astro extinguido, pinta con un lápiz
en sus labios la sangre que no tiene.

Y sonríe ante un amanecer sin nadie”.

Sor Juana murió joven, a los cuarenta y cuatro años, Rosario a los cuarenta y nueve; Sor Juana murió bella, su retrato lo dice, murió joven, antes de exponerse al ultraje de ser vieja y cuando elogiaron el único retrato que conocemos de ella, que la muestra en su celda con su hábito de jerónima y su pluma en la mano, escribió:

“Éste que ves, engaño colorido
que del arte ostentando los primores
con falsos silogismos de colores
es cauteloso engaño del sentido;
éste, en quien la lisonja ha pretendido
excusar de los años los horrores
y venciendo del tiempo los rigores
triunfar de la vejez y del olvido,
es un vano artificio del cuidado,
es una flor al viento delicada,
es un resguardo inútil para el hado,
es una necia diligencia errada,
es un afán caduco y, bien mirado,
es cadáver, es polvo, es sombra, es nada".

Rosario se veía a sí misma con ese mismo desencanto, y de joven hizo siempre todo lo posible por parecer una monja. Una noche -relata Alaíde Foppa-, se fue la luz en la facultad de Filosofía y Letras y Rosario sintió que un muchacho la tomaba del brazo para ayudarla a bajar la escalera. Su reacción inmediata fue: "Cuando vuelva la luz y vea que soy yo, me va a soltar". Su inseguridad y su poca fe en su aspecto físico se trasluce en su poema Autorretrato

“Yo soy una señora: tratamiento
arduo de conseguir, en mi caso, y más útil
para alternar con los demás que un título
 extendido en mi nombre en cualquier academia.

Así pues, luzco mi trofeo y repito:
Yo soy una señora. Gorda o flaca
según las posiciones de los astros,
los ciclos glandulares
y otros fenómenos que no comprendo.

Rubia, si elijo una peluca rubia.
O morena, según la alternativa.
(En realidad, mi pelo encanece, encanece).

Soy más o menos fea. Eso depende mucho
de la mano que aplica el maquillaje.
(...)

... Soy mediocre
lo cual, por una parte, me exime de enemigos
y, por la otra, me da la devoción
de algún admirador y la amistad
de esos hombres que hablan por teléfono
y envían largas cartas de felicitación.
Que beben lentamente whisky sobre las rocas
y charlan de política y de literatura.

Amigas... hummmmm... a veces raras veces
y en muy pequeñas dosis.
En general, rehuyo los espejos.
Me dirían lo de siempre: que me visto muy mal
y que hago el ridículo
cuando pretendo coquetear con alguien.
Soy madre de Gabriel, ya usted sabe, ese niño
que un día se erigirá en juez inapelable
y que acaso, además, ejerza de verdugo.
Mientras tanto lo amo.
(...)

Sufro más bien por hábito, por herencia, por no
diferenciarme más de mis congéneres
que por causas concretas.
Sería feliz si yo supiera cómo.
Es decir, su me hubieran enseñado los gestos,
los parlamentos, las declaraciones.
En cambio, me enseñaron a llorar. Pero el llanto
es en mí un mecanismo descompuesto
y no lloro en la cámara mortuoria
ni en la ocasión sublime ni frente a la catástrofe.

Lloro cuando se quema el arroz o cuando pierdo
el último recibo predial”.

También el corazón de Sor Juana fue violento, escapó al control de su inteligencia y sus poemas no sólo son "humanos", como habría de reprochárselo Sor Filotea, sino amorosos:

“En dos partes dividida
tengo el alma en confusión:
una esclava de la pasión,
y otra a la razón medida”.

Siempre fue celosa, defendió y comprendió a los celosos, a los despechados; supo desde el principio que los celos perfeccionan el amor:

“¿Hay celos? Luego hay amor.
¿Hay amor? Luego hay celos”.

Cuando uno ama, no la aman a uno, desde el siglo XVII hasta nuestros días.

“Al que ingrato me deja, busco amante;
al que amante me sigue, dejo ingrata;
constante adoro a quien mi amor maltrata;
maltrato a quien mi amor busca constante”.

Después de los años de vida en la corte, Sor Juana escoge la clausura; primero las Carmelitas Descalzas cuya orden le resulta demasiado rigurosa y finalmente el Convento de San Jerónimo en el que muere.

Tomado del libro: Patricia González Gómez-Cásseres y Alicia V. Ramírez Olivares (Editoras).  Confluencias en México, palabra y género. BUAP. Puebla, México, 2007.

Fuente: Fuente: La Falda de Huitaca. No. 3. Universidad del Norte. Barranquilla.

Tomado de:
http://www.uninorte.edu.co/publicaciones/falda_huitaca/edicion3/uno/piedras.pdf

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