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martes, 26 de abril de 2011

Mujeres de palabra: mujeres que escriben (Última Entrega)

Elena Poniatowska

En el convento, sus hermanas la interrumpen, entran a su celda, le impiden trabajar, tocan y cantan en la celda vecina. Dos criadas se pelean y escogen como árbitro a Sor Juana.

Una amiga la visita haciéndole muy mala obra con muy buena voluntad. Las horas que destina a su estudio después del trabajo de la comunidad, son las mismas que sus hermanas escogen para venirle a estorbar. Sor Juana vive el drama de una mujer que tiene que disculparse por amar el estudio.

"Una prelada muy santa y muy cándida que creyó que el estudio era cosa de Inquisición me mandó que no estudiase. Yo la obedecí unos tres meses que duró el poder ella mandar, en cuanto a no tomar el libro, que en cuanto a no estudiar absolutamente, como no cae debajo de mi potestad, no lo pude hacer, porque aunque no estudiaba en los libros, estudiaba en todas las cosas que Dios creó, sirviéndome ellas de letras, y de libro toda esa máquina universal. Nada veía sin reflejo; nada oía sin consideración, aun en las cosas más menudas y materiales".

Sor Juana también ayuda en la cocina, porque Dios está en los pucheros, como dijo Santa Teresa, y se pone a filosofar al aderezar la cena y descubre, mientras guisa, secretos naturales: cómo un huevo se fríe en la manteca o en el aceite y por lo contrario se despedaza en el almíbar; y viendo todo esto, afirma que si Aristóteles hubiera guisado, mucho más hubiera escrito.

Después de tres meses, se levantó el castigo y Sor Juana pudo volver a su biblioteca de cuatro mil volúmenes. Pero el gusto no le duró mucho; Sor Juana se sintió enferma y su médico le vedó toda lectura. Más tarde, al ver su quebranto, le permitió volver a sus amados libros. Sin embargo, Sor Juana ya muy adolorida y mortificada porque era mucha la malevolencia, la envidia, la persecución en su contra, cedió a la presión del convento y dos años antes de su muerte donó al obispo su nutrida biblioteca y sus instrumentos de matemáticas y de música para que los vendiera en beneficio de los pobres y, así, por la mezquindad de los religiosos, se perdió la obra de una vida que nos hubiera servido de documento sobre el movimiento intelectual del siglo XVII.

Ya sin su biblioteca, Sor Juana pretendió desviarse hacia el misticismo, pero era demasiado cerebral, demasiado intelectual, razonaba demasiado para creer a pie juntillas y su espíritu y su sabiduría predominaron siempre sobre la fe ingenua. Sor Juana castigó su pasión por las letras con silicios, con tal dureza que su confesor dijo:

“Es menester mortificarla para que no se mortifique mucho, yéndole la mano en sus penitencias para que no pierda salud y no se inhabilite, porque Sor Juana no corre en la virtud sino vuela”.

Sor Juana en realidad volaba hacia la muerte y cuando hubo una epidemia de tifo en el
convento se dedicó a cuidar a sus hermanas -estas mismas hermanas que tanto la habían molestado- quienes la contagiaron, haciéndola morir el 17 de abril de 1695. Sor Juana vivió cuarenta y cuatro años, cinco meses, cinco días y cinco horas.

Rosario Castellanos murió en la forma más absurda, al tratar de conectar una lámpara en su casa de Tel Aviv. La descarga eléctrica la mató y falleció solita a bordo de la ambulancia que la llevaba al hospital. Nadie la vio, nadie la acompañó. Al irse, se llevó su memoria, su risa, todo lo que ella era, su modo de ser río, ser adiós y nunca. En Israel, le rindieron grandes honores. En México, la enterramos bajo la lluvia, la convertimos en parque público, en escuela, en lectura para todos, la devolvimos a la tierra. En el fondo, Rosario siempre supo que iba a morir; entretejió el hilo de la muerte en casi todos los actos de su vida, los cotidianos y los literarios. Había en ella algo inasible, un andar presuroso, un tránsito que iba de la risa al llanto, del corredor a la mesa de escribir, un ir y venir de sus clases en la facultad de Filosofía y Letras al Instituto Kairós, una premura, un ansia que punzaba sin mañana y sin noche. Muchas veces avisó que se iba a morir:

“Yo no voy a morir de enfermedad
ni de vejez, de angustia o de cansancio.
Voy a morir de amor, voy a entregarme
al más hondo regazo.
Yo no tendré vergüenza de estas manos vacías
ni de esta celda hermética que se llama Rosario.
En los labios del viento he de llamarme
árbol de muchos pájaros”.

La literatura latinoamericana es vasta y nueva, tan vasta y nueva como el gran continente que aún no acaba de descubrirse. Todavía hoy seguimos adorando al sol y, aunque nos juegue malas pasadas, es un Dios fuerte el que le rendimos tributo. Muchas veces debieron los antiguos mexicanos llenarse de pavor al ver que sus dioses del fuego, del aire, de la fertilidad, de la lluvia, del agua, de la guerra, eran reemplazados por un solo dios, que no sólo no ejercía sus poderes sino moría en la cruz como una pobre cosa. A las escritoras –toda proporción guardada- nadie les ha cambiado su calendario, y el centro de su sistema solar sigue siendo el hombre, y las reglas de su vida las que dicta la sociedad patriarcal. La literatura de las mujeres latinoamericanas aún no se descubre a sí misma; una variedad infinita de géneros nos esperan en el futuro. Tan vasto como es el continente, tan vastas son nuestras posibilidades. A la tierra venimos a conocer nuestros rostros, nos dice la filosofía náhuatl. Tal parece que conocer nuestro rostro ha sido el paulatino descubrimiento de la literatura de las mujeres; pero aún nos falta convertir la propia literatura en un vehículo subversivo. Cuando las mujeres en el arte son subversivas, lo son por índole propia, por naturaleza, como en el caso de Frida Kahlo, de Pita Amor, pero libres o rebeldes, la comunidad humana no les ayuda a realizarse.

A Pita Amor siempre le costó trabajo adaptarse al mundo, siempre fue la voz que se aísla en la unidad del coro, en el seno familiar y en el internado en Monterrey que no aguantó y en donde no la aguantaron. Fue la más chica de siete Amores que todo lo perdieron en la Revolución. Nunca pudo salirse de sí misma para amar realmente a otro: la única entrega que supo consumar fue la entrega a sí misma. Demasiado enamorada de su persona, los demás le interesaron sólo en la medida en que la reflejaban; no fueron sino una gratificación narcisista.

Desde muy joven, Pita Amor pudo participar en la vida artística de México gracias a su hermana mayor, fundadora de la primera Galería de Arte Mexicano en nuestro país. En esta galería acondicionada en el sótano de la casa de los Amor, expusieron José Clemente Orozco, David Alfaro Siqueiros, Diego Rivera, Julio Castellanos, el Dr. Atl, Juan O’Gorman, Rufino Tamayo, María Izquierdo y la joven Pita pudo tratarlos. Se hizo amiga de Juan Soriano, Cordelia Urueta, Roberto Montenegro, Raúl Anguiano, Frida Kahlo, Antonio Peláez y todos la pintaron. Los años 20, los 30 fueron extraordinariamente fecundos para México: surgieron novelistas y poetas, el muralismo atrajo a muchos artistas extranjeros y hubo una enorme efervescencia en torno a lo mexicano y a nuestro llamado Renacimiento. Vinieron a México André Breton y Antonin Artaud, Henri Cartier Bresson y Paul Strand, Edward Weston y Tina Modotti, Eisenstein y Trotsky, Frances Toor, Anita Brenner, Hart Crane, Carleton Beals, William Spratling, Pablo O’Higgins, Jean Charlot y mucho más. Miguel y Rosa Covarrubias se pusieron a recorrer la república desenterrando piezas precortesianas y Lupe Marín, un día en que Diego Rivera no le dio para el gasto, le sirvió a la hora de la comida una riquísima sopa de tepalcates.

En medio de sus idas al cabaret de la época, el Leda, Pita Amor produjo de pronto y ante el azoro general, su primer libro de poesía: Yo soy mi casa. Don Alfonso Reyes inmediatamente apadrinó a Pita al declarar: "...Y nada de comparaciones odiosas, aquí se trata de un caso mitológico".

“Grandes letreros luminosos con mi nombre -dice Pita- anunciaban mis libros y mi bella cara se difundió en tarjetas postales. (...) Frente al éxito a mí me preocuparon siempre más mi belleza y mis turbulentos conflictos amorosos.

Porque yo -que he sido joven - y soy joven- porque tengo la edad que quiero tener, soy
bonita cuando quiero y fea cuando debo.

Y soy joven cuando quiero y vieja cuando debo.

Yo que he sido la mujer más mundana y más frívola del mundo, no creo en el tiempo
que marca el reloj ni el calendario.

Creo en el tiempo de mis glándulas y de mis arterias. La angustia hace mucho que la
abolí. La abolí por haberla consumido.”

Resulta contradictorio pensar que esta mujer que no cejaba en su afán de escándalo y salía desnuda bajo su abrigo de pieles al Paseo de la Reforma y se abría el abrigo al gritar entre los automóviles: Yo soy la reina de la noche regresara en la madrugada a su departamento y escribiera sobre la bolsa del pan y con el lápiz de las cejas:

“Dios invención admirable
hecha de ansiedad humana
y de esencia tan arcana
que se vuelve impenetrable.
¿Por qué me dices que no
cuando te pido que vengas?
Dios mío, no te detengas
¿o quieres que vaya yo?”

Pita Amor fue de escándalo en escándalo sin la menor compasión por sí misma. En un programa de televisión, cuajada de joyas y sobre todo con un escote que hizo protestar a la Liga de la Decencia que la censuró diciendo que no se podía recitar a San Juan de Dios, enseñando los pechos, Pita Amor se puso a decir sus Décimas a Dios que fueron el delirio.

“Casa redonda tenía
de redonda soledad:
el aire que la invadía
era redonda armonía
de irrespirable ansiedad.

Las mañanas eran noches,
las noches desvanecidas
las penas muy bien logradas
las dichas muy mal vividas.

Y de ese ambiente redondo,
redondo por negativo,
mi corazón salió herido
y mi conciencia turbada,
un recuerdo he mantenido:
redonda, redonda nada”.

A tres siglos de distancia, Rosario Castellanos pudo escribir lo mismo que Sor Juana: pide perdón a la sociedad hostil y masculina por atreverse a ingresar al mundo de la cultura y son tantos los obstáculos que le ponen que cae exhausta antes de llegar a la meta. Antes de cumplir los cincuenta años, Sor Juana renuncia al estudio y regala su biblioteca, Rosario es víctima de la soledad, Guadalupe Amor se desquicia, Inés Arredondo, extraordinaria narradora enferma y muere, los libros de Elena Garro no son los de antes ni están a la altura de su primera aparición, la de Los recuerdos del porvenir novela, y El hogar sólido, teatro.

Y no son las únicas. A lo largo de la literatura femenina y me refiero a autoras de la generación de Rosario Castellanos, las mujeres son solteras o suicidas. Baste nombrar a la poetisa argentina Alejandra Pizarnik, a Alfonsina Storni la uruguaya que entró caminando al mar y cuyo cuerpo devolvieron las olas a la playa, a Antonieta Rivas Mercado quien se pega un tiro en la sien frente al altar mayor de Notre Dame con la pistola de su amante José Vasconcelos, a Violeta Parra la que le cantó Gracias a la vida, a Julia de Burgos, la feminista puertorriqueña autora de un poema premonitorio acerca de aquellos que mueren con un número amarrado al tobillo y cuyos cuerpos jamás son reclamados. Muere Julia de Burgos en una calle de Nueva York, yace desnuda sobre una plancha de mármol, cuerpo desconocido en el depósito de cadáveres, como desnuda murió la poetisa costarricense Eunice Odio encontrada en su tina en México tres días después. El suicidio femenino no se limita a las escritoras latinoamericanas. Más al norte, Sylvia Plath, la poetisa norteamericana muere al introducir su cabeza en el horno de la cocina al igual que Virginia Woolf metió piedras en las bolsas de su suéter para llegar más pronto al fondo del agua, en Inglaterra. La brasileña Clarice Lispector se quemó la mano y parte de la cara fumando en la cama. Fue un accidente pero era también una forma de paliar la angustia en la cual vivía. Nélida Piñón testigo de esa angustia la acompañó muchas veces en sus caminatas solitarias a cualquier hora del día y de la noche.

Marta Traba alguna vez declaró: "Quisiera ser un hombre, pero un negro y un obrero. Eso equivaldría a ser mujer." Las escritoras son también contestatarias sino del régimen al menos de su régimen interior. Viven en función de su escritura y sin embargo, todavía hoy, nunca dejan de sentirse culpables -la culpabilidad es la mejor arma de tortura- culpables de no reunir ese atadijo de cualidades llamadas femeninas, la dependencia del hombre, la dulzura, la inocencia, el azoro ante la maldad humana, las artes culinarias.

Las mujeres escritoras dieron su vida en una proporción mucho mayor que la de los escritores. Y no es que fueran desequilibradas, vivían en una sociedad desequilibrada, hostigadora, hostil a la mujer. Temían incluso declarar que escribir era su oficio como si este aniquilara su capacidad de ser mujer y las convirtiera automáticamente en alguna clase de esperpento. Natalia Ginzburg, la escritora italiana alguna vez declaró: “No estoy analizando si soy buena o mala escritora, lo único que afirmo es que ése es mi oficio”.

Cuando las mujeres se den cuenta de que una mujer es un ser extraordinario, lleno de gracia y de armonía, como un árbol, una ola de mar, entonces escribirán. Cuando sepan que una mujer lleva a todo el universo en su seno, el sol, el cielo, los campos y las ciudades, cuando acepten que tienen dentro de sí algo maravilloso y estén dispuestas a decirlo, a gritarlo, entonces abrirán las compuertas, nos darán su intimidad con la tierra, consigo mismas, sin tapujos, sin hipocresía; no temerán perder el hombre, puesto que se habrán ganado a sí mismas y si la sociedad las rechaza es que ellas se habrán rechazado primero; entonces fluirá el agua que aún no fluye, no sólo el líquido amniótico que hace vivir al feto sino toda esa agua que proviene de fuentes desconocidas, insospechadas, la catarata se nos vendrá encima con toda su violencia, todo lo que las mujeres han guardado dentro de sí durante siglos de represión y también, por qué no decirlo, de indolencia.

Tomado del libro: Patricia González Gómez-Cásseres y Alicia V. Ramírez Olivares (Editoras).  Confluencias en México, palabra y género. BUAP. Puebla, México, 2007.
Fuente: Fuente: La Falda de Huitaca. No. 3. Universidad del Norte. Barranquilla.
Tomado de:
http://www.uninorte.edu.co/publicaciones/falda_huitaca/edicion3/uno/piedras.pdf

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