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martes, 3 de mayo de 2011

DEL FEMINISMO AL GÉNERO: UN LARGO CAMINO (Última Entrega)

El género se difundió como categoría de análisis en las Ciencias Sociales, desafiando ciertos (pre) conceptos que habían inundado algunas de las investigaciones en la década de 1970 y parte de la siguiente. Al dejar abierta la posibilidad de distintas formas de relación entre varones y mujeres, entre mujeres y mujeres y entre hombres y hombres, según sociedades y épocas históricas, se desbrozaron algunas precisiones en, por ejemplo, la situación de las mujeres según el ciclo de vida, su ubicación económica y el contexto étnico – cultural. Las relaciones de género fueron crecientemente reconocidas como expresión de una de las formas de desigualdad social, articuladas a otras jerarquías y desigualdades (De Barbieri, 1992).

Al igual que el recuento anterior, el género como perspectiva tiene también una historia en el discurso sobre el Desarrollo. Una evaluación de la primera década del Desarrollo (1961-1970) declarada por las Naciones Unidas, señalaba que no sólo era poco lo que se había logrado para las mujeres, sino que incluso las “prácticas” desarrollistas podrían ser contraproducentes para ellas. Existe consenso al identificar el libro de la economista Esther Boserup “El Rol de la Mujer en el Desarrollo Económico” (1970), como un hito en la revisión de las políticas de ayuda internacional que habían considerado la asistencia en nutrición / alimentación y los programas de planificación familiar, como las dos únicas áreas de atención a las mujeres, ambas con un carácter residual en el énfasis en crecimiento económico que pivoteaba la teoría y práctica del Desarrollo en los años 1960.

Basando sus observaciones en el África, Boserup señalaba que los roles sexuales en diferentes culturas no correspondían al esquemático papel de ‘mujer en la casa /hombre proveedor’ presente en la mente e historia de los planificadores de Occidente, sino que la actividad productiva de las mujeres en los países menos desarrollados no sólo era alta, sino que se estaba viendo afectada por la transferencia de tecnología y recursos destinados sólo a los hombres. Más aún, la autora subrayaba lo inadecuado de las herramientas para levantar información sobre las agricultoras, en la medida que se pensaba en ellas como “amas de casa” e, indirectamente, subsidiarias de los hombres cuyos ingresos aumentarían como producto de la tecnificación agraria. Ésta y otras conclusiones orientarían posteriormente una corriente dentro de la Cooperación Internacional, conocida como Mujer en el Desarrollo (WID, por sus siglas en inglés), que enfatizaría programas y proyectos para apoyar el rol productivo de la mujer en el Tercer Mundo, rechazando la perspectiva asistencial que había impregnado muchas de las acciones de sus organismos. Engarzadas en los debates que se procesaban en otros espacios, quienes en la década de 1970 abogaban por un enfoque WID, llamaban la atención sobre la naturaleza cultural y no biológica de la división del trabajo, y el imperativo de hacer acceder a las mujeres, en igualdad de condiciones con los hombres, a los beneficios del Desarrollo.

Con la difusión del concepto de género, los temas del desarrollo y las mujeres parecieron complejizarse y también radicalizarse, dando paso al denominado enfoque de Género y Desarrollo (GAD, por sus siglas en inglés). Un ejemplo que grafica esta afirmación son las reflexiones del Taller de Subordinación de la Mujer del Instituto de Estudios del Desarrollo de la Universidad de Sussex, publicadas en 1979 con la intención de reorientar el debate WID[12]. En el documento se señala que: (1) cualquier estudio sobre Mujer y Desarrollo, no puede identificar el problema de educación, fertilidad, producción económica de las mujeres en ellas mismas, sino en las relaciones sociales entre hombres y mujeres; (2) estas relaciones son socialmente construidas y por tanto, adoptan formas específicas en cada sociedad y momento de la historia; (3) las relaciones entre hombres y mujeres no son necesariamente armónicas y sin conflicto. Los activistas del Desarrollo siguen pensando en la complementariedad de roles y en la cooperación entre ellos, lo cual llevaría a la posición errada que las políticas del Desarrollo serán beneficiosas para ambos sexos, aun si se dirigen sólo a los hombres. El documento, resumido por Ann Whitehead, una integrante del taller, subraya que con las actividades de las agencias internacionales de cooperación al desarrollo se están exportando no sólo tecnologías y uso intensivo del capital, sino también esquemas occidentales de los roles de las mujeres. Llama, así mismo, a abandonar el modelo no – conflictivo de las relaciones de género y, por el contrario, a adoptar uno de oposición y conflicto entre hombres y mujeres, que oriente las acciones de Desarrollo[13]. Para muchas de las críticas de la corriente WID, este enfoque había fallado por centrarse excesivamente en los estereotipos sexuales cuando lo que se necesitaba era una teoría del poder masculino y los intereses de género en conflicto (Kabeer, 1994: 37).

Como argumentan Jane Jaquette y Kathleen Staudt[14], WID y GAD se llegaron a ver como dos modelos opuestos, dos “verdades” sobre cómo aproximarse a las mujeres y el desarrollo, cuando en la práctica respondían a dos momentos de la política internacional: los años 1970 animados por los debates de un Nuevo Orden Económico Internacional y una cierta perspectiva neokeynesiana, y fines de los años 1980, con la instalación del liberalismo económico y la apertura de mercados. Entre ambas situaciones, la generalización de políticas de ajuste estructural que evidenciaron sus efectos en la vida de poblaciones (más) empobrecidas, la privatización de los servicios que recayó en los hombros de las mujeres quienes debieron proveerlos comunitariamente, y el ingreso masivo de mujeres al mercado de trabajo precario. La pobreza aumentó en el mundo, y las mujeres estuvieron sobre-representadas en sus filas. Pero en el Sur también se habían generado organizaciones populares de mujeres y ONG feministas y redes de activistas. WID parecía responder más al igualitarismo liberal del feminismo del Norte de los años 1970, mientras que GAD era un enfoque estimulado por un feminismo postcolonial y el crecimiento del movimiento de mujeres en el Sur[15].

En efecto, la perspectiva de género, para algunas investigadoras, parecía conciliar la vieja tensión entre el feminismo y las inquietudes de cambio social al facilitar, por ejemplo, una aproximación a las formas como el capitalismo mundial pueden intensificar la subordinación de las mujeres[16]. Igualmente para algunas activistas / promotoras del Desarrollo, el marco de las relaciones sociales y el núcleo del poder en el corazón de la discriminación les permitió buscar intersecciones entre el género y otros patrones de organización social y económica. Estas exploraciones podrían haber suscitado dos tendencias diferenciadas en el tiempo: de una comprensión de las relaciones entre los sexos, moldeadas por la sociedad y las fuerzas económicas, surgió la ambigüedad con que algunas instituciones públicas y privadas de Desarrollo insistieron posteriormente en un trabajo por y para hombres y mujeres, considerando que ambos eran explotados y sometidos a patrones de socialización castradores. Pero el género, en segundo lugar, también fue un concepto que reclamó profundizar los contextos culturales en donde estas relaciones se expresaban, lo cual abrió el camino a una proliferación de ‘acciones de resistencia’ que empataron la crítica al modelo “occidental” del Desarrollo, con el respeto a las expresiones “culturales” y propias de vínculos entre hombres y mujeres. En otras palabras, si hombres y mujeres recrean sus papeles y ubicaciones en determinados contextos culturales y sociales, la búsqueda de aspectos comunes de discriminación femenina se vio entrampada con las mil flores de la interculturalidad.

Si bien los estudios que reposan en un análisis de género son abundantes y académicamente solventes, el traslado del concepto a la práctica concreta del desarrollo es sumamente problemático. No parece estar en cuestión porqué las mujeres pobres deben ser destinatarias de programas de desarrollo: si éste incluye el mejoramiento de las condiciones de vida, la eliminación de la pobreza, el acceso a un empleo digno y la reducción de la desigualdad social, ellas constituyen la mayoría de los pobres, subempleados y desfavorecidos en casi todas las sociedades. En segundo lugar, el trabajo de las mujeres es clave para la sobrevivencia y reproducción de los seres humanos, por el procesamiento de alimentos, la crianza de los niños, su cuidado por la salud y salubridad. Finalmente, en tercer lugar, el trabajo de las mujeres en el comercio y los servicios está extendido incluso en las industrias avanzadas y de exportación: el impacto del Desarrollo sobre la tecnología, los ingresos y las condiciones de trabajo es de interés de las mujeres y de las economías que dependen del empleo y comercio exterior (Sen & Grown, 1987: 23-24).

Si en esa dirección apuntan algunas de las razones que justifican dirigirse a las mujeres, la pregunta siguiente es cómo hacerlo. La economista británica Caroline Moser, reconocida como una de las más entusiastas difusoras del género en la planificación del Desarrollo, ofreció a miles de activistas de agencias, ONG e instituciones públicas algunas herramientas para convencer a los operadores hombres. En su opinión, los planificadores de las agencias de cooperación fallan al ignorar que hombres y mujeres son diferentes y tienen necesidades distintas, emanadas de sus diversas posiciones; no son un grupo homogéneo. Fallan también al atribuir a las mujeres sólo un papel de madres y amas de casa, ignorando su rol productivo y también sus actividades comunitarias. Vuelven a fallar cuando, al asumir que las mujeres del Tercer Mundo son básicamente amas de casa, piensan que tienen un tiempo elástico para realizar las tareas adicionales que le son propuestas por los activistas del Desarrollo (Moser, 1991).

Para Moser, las políticas de los donantes se han movido de una aproximación asistencial a las mujeres del Tercer Mundo, a otra que ha promovido acciones anti –pobreza (vía proyectos productivos), a otra que resalta la “eficiencia” de las mujeres organizadas para auto-prestar servicios comunitarios en el contexto del Ajuste Estructural. Pero, asegura, a fines de los años 1980 se abrió paso otro enfoque, denominado “empoderamiento” e impulsado por feministas del Sur que, reconociendo las desigualdades entre hombres y mujeres, pone énfasis en que las mujeres experimentan la opresión de manera desigual según su clase social, raza y posición actual en el orden económico internacional. Esta aproximación del GAD apelaría a incrementar la capacidad de las mujeres para influir en cambios globales a través de una redistribución del poder a todos los niveles (1991: 103 –1205)[17]. Unido a este análisis, Caroline Moser propone un esquema de planificación que distinga las necesidades prácticas de género- que surgen de las condiciones concretas de vida de las mujeres- de las necesidades estratégicas de género, que derivarían de su subordinación hacia los hombres[18], siendo estas últimas las que desafían los patrones de género convencionales, por ejemplo, en la división sexual del trabajo, en el control de las decisiones familiares, en la igualdad de participación en los procesos políticos.

Siendo el tinglado convincente, el cómo trasladarlo al terreno es un desafío. Caroline Moser reconoce que la planificación de género es un proceso tanto de naturaleza política como técnica, que debe asumir el conflicto en el camino y cuyos resultados, al intentar una transformación profunda en patrones culturales, son difíciles de operativizar: cómo anticipar metodologías operacionales para eliminar la subordinación y lograr la emancipación de la mujer, por ejemplo. Rechazando la práctica del blue print en la planificación- que anticipa impactos y productos tangibles- Moser sugiere que la planificación de género debe centrarse en la negociación, el debate y en el reconocimiento que cambios de largo plazo como las relaciones entre hombres y mujeres, requieren de voluntad política de los planificadores y también de los destinatarios (Moser, 1995: 132 – 147).

Siendo el de Caroline Moser, entre otros, el marco ofrecido para la planificación y el diseño de acciones ‘con perspectiva de género’ y no obstante los argumentos sobre lo irreconciliable de los enfoques WID y GAD, ambos son coincidentes en sus propuestas de micro-proyectos de corto y mediano plazo: acceso al crédito para las mujeres, mejorar sus niveles educativos, buscar reformas legales. La diferencia parecía estribar en las estrategias: una más centrada en la acción colectiva de las mujeres y en que la auto-confianza que se genere a través de cualquier tipo de proyectos, tenga la semilla para el desafío de las ideologías e instituciones que las subordinan. En otros casos, se trataría de articular estas actividades- que atenderían las ‘necesidades prácticas de las mujeres’- en una suerte de rompecabezas que vaya construyendo las bases de su empoderamiento. Por los balances en curso sobre esta nueva propuesta, parecería que el enfoque GAD tampoco parece haber sido muy eficaz en generar un enfoque anti-capitalista que transforme la agenda neoliberal, como era la promesa de algunas de sus impulsoras[19].

El género, como categoría de análisis se tradujo a la práctica del desarrollo como un marco para comprender y modificar las desiguales relaciones entre hombres y mujeres, que eran advertidas como una traba para expandir los recursos de las agencias y organismos de cooperación, de manera homogénea, en la población destinataria de las acciones. Se convirtió, hacia la década de 1990, en un elemento rector de las políticas de organizaciones bilaterales y multilaterales, pese a que el enlace entre el concepto y la práctica concreta en el campo, como ya se mencionó, no aparecía del todo consolidado. Mientras se multiplicaban las investigaciones y ensayos cobijados por el marco general de las relaciones sociales de género, resemantizado como “perspectiva de género” en los proyectos y programas del Estado y las organizaciones no gubernamentales, se convirtió en requisito para los donantes. La revisión de algunos proyectos de desarrollo de la cooperación internacional dirigidos hacia las mujeres entre 1975 – 1985 concluye que, pese a haberse transferido a las mujeres adiestramiento, capacitaciones y facilidades para organizarse, éstos contribuyeron escasamente a cambiar la distribución del trabajo doméstico y que, en algunos casos, se había aumentado el trabajo femenino y de las niñas; muchas veces los errores habían sido deficientes diagnósticos, o marcos temporales poco realistas para el logro de las metas (Sen & Grown, 1987). Para una aplicación correcta en terreno de los esquemas fundantes de la ‘perspectiva de género y desarrollo’ se tenía que lidiar con el “conflicto”, desbaratando arraigadas presunciones de roles diferentes pero iguales, pero sobre todo, con el espinoso asunto de (re) distribución del poder de ambos, destinatarios y ejecutores; en ese sentido, los balances están por hacerse[20].

En Perú, las organizaciones no gubernamentales (ONG) de mujeres o aquellas que integraban en algunos de sus planes de acción a la población femenina fueron en ascenso desde 1975, expresándose fundamentalmente en los distritos populares limeños con paquetes de proyectos de capacitación y apoyo a la organización femenina barrial. Las pobladoras habían mostrado su capacidad de gestión comunal en el nacimiento de sus asentamientos y solidaridad con las movilizaciones populares de la década de 1970, rasgos de su identidad que serían la base del posterior surgimiento de los comedores comunales hacia 1979. En respuesta a las necesidades de esos sectores, primero en Lima y luego en otras ciudades del país, las ONG desarrollaron acciones y proyectos que fueron cubriendo una gama de intereses, desde asesoría organizativa, educación en derechos, apoyo a actividades de generación de ingresos y otros. La inquietud de las profesionales de ONG por la organización de las mujeres se ensambló, de un lado, con las líneas de política institucional de las agencias de cooperación privadas que recomendaban priorizar a la población femenina como destinataria de proyectos y, del otro, con la visibilidad y gravitación de las mujeres en sus barrios El asentamiento de este nuevo discurso y práctica, no fue sencillo. En una investigación realizada en 1986 sobre unas 60 ONG limeñas, Patricia Ruiz Bravo encontró que las tensiones entre estas organizaciones surgían por el feminismo de unas y la aversión al término de otras; el compromiso con el mundo popular, sus carencias materiales y un marco oscilante entre la izquierda y la Teología de la Liberación se advertía como contrapuesto a una visión que abordara las expresiones patriarcales en la vida cotidiana de la pareja, la sexualidad y la socialización (Ruiz Bravo, 1990: 219).

En líneas generales, el concepto de género, asumido por las activistas feministas latinoamericanas, mostró sus bondades al diluir las connotaciones irritantes que para algunos sectores sociales tenía el feminismo. La adhesión de las activistas a la idea de que el género estructura, no solamente las relaciones entre mujeres y hombres, sino toda la vida social, facilitó la elaboración de una agenda feminista para la vida pública y no sólo una “agenda de políticas para las mujeres”. Esa aproximación confirió legitimidad y mayor capacidad para la negociación con gran variedad de instituciones, incluyendo agencias de cooperación y el Estado[21]. En vista de los prejuicios generalizados contra el feminismo, la adopción de un nuevo lenguaje creó también el potencial para el establecimiento de alianzas con otros movimientos sociales, como sindicatos y organizaciones comunitarias, que habían visto la lucha por los intereses de las mujeres como individualista y dispersiva (Álvarez, 1999). Pero para algunas activistas del desarrollo, la inclusión de la “perspectiva de género” en la agenda de las organizaciones públicas y privadas fue casi una derrota para el movimiento de mujeres, pues al trasladarse a la práctica, limó los aspectos más sustantivos de la discriminación de las mujeres- pudiendo incluso negar las desventajas pre-existentes de la población femenina destinatarias de proyectos- y neutralizó sus contenidos políticos (Baden & Goetz, 1998).

Nota
Capítulo tomado de: Barrig, Maruja “Los Discursos sobre la Mujer Andina desde los operadores de proyectos de Desarrollo Rural”, tesis para optar el grado académico de Magíster en Política Social con Mención en Gestión de Proyectos Sociales. UNMSM. Escuela de Post Grado. Facultad de Ciencias Sociales. Lima, 2004.

Referencias Bibliográficas
- Álvarez, Sonia (1999) “Feminismos Diversos y Desplazamientos Desiguales”. Universidad de California en Santa Cruz. Manuscrito.
- Baden Sally & Goetz Anne Marie (1998) “Who Needs [sex] when you can have [gender]? Conflicting discourses on gender at Beijing”. En: Baden & Goetz eds. Feminist Visions of Development. Gender, Analysis and Policy. Routledge: Londres Pp. 19-38.
- Dalla Costa, Mariarosa & James, Selma (1980) “El Poder de la Mujer y la Subversión de la Comunidad”. México: Siglo XXI Editores.
- De Barbieri, Teresita (1992) “Sobre la Categoría Género: Una introducción Teórico– Metodológica”. En: Fin de Siglo y Cambio Civilizatorio. Isis Internacional. Ediciones de las Mujeres No.17. Santiago
- Hartmann, Heidi (1980) “Un Matrimonio mal avenido: hacia una unión más progresiva entre marxismo y feminismo” Revista Zona Abierta Nº 24. Marzo – Abril 1980. Madrid. Pp. 85- 113.
- Kabeer, Naila (1994) “Reversed Realities. Gender, Hierarchies in Development Thought”. Londres: Verso.
- Millett, Kate “La Política del Sesso” (1971) Milán: Rizzoli Editori.
- Mitchell, Juliet (1978) “La Condizione della Donna”. Turín: Einaudi.
- Moser, Caroline (1991) “La Planificación de Género en el Tercer Mundo: Enfrentando las Necesidades Prácticas y Estratégicas de Género”. En: Guzmán, Portocarrero & Vargas, compiladoras Una Nueva Lectura: Género en el Desarrollo. Lima: Ediciones Flora Tristán- Entre Mujeres. Pp. 55 – 124.
- Moser, Caroline (1995) “Planificación de Género y Desarrollo. Teoría, Práctica y Capacitación”. Lima: Ediciones Flora Tristán - Entre Mujeres.
- Rubin, Gayle (1986) “El Tráfico de Mujeres: notas sobre la economía política del sexo”. En: Revista Nueva Antropología, Volumen VIII, Nº 30. Noviembre 1986. México. Págs. 95-145.
- Ruiz Bravo, Patricia (1990) “Promoción a la Mujer, cambios y permanencias 1975 –1985”. En: Portocarrero, Patricia, editora. Mujer en el Desarrollo. Balance y Propuestas. Lima: Ediciones Flora Tristán – IRED.
- Sen, Gita & Grown, Caren (1987) “Development, Crises and Alternative Visions. Third World Women Perspectives”. Nueva York: Monthly Review Press.


[12] Ann Whitehead “Some Preliminary Notes on the Subordination of Women” en el Boletín del Institute of Development Studies – University of Sussex. Volumen 10, Nº 3, 1979. Págs. 10 – 13.
[13] Whitehead, Ob. Cit. Pág. 11.
[14] Jane Jaquette (Occidental College – California) y Kathleen Staudt (University of Texas, El Paso) “Women, Gender and Development”. Abril 2004. Ensayo Inédito.
[15] Jaquette & Staudt, Ob. Cit. pág. 4.
[16] Múltiples investigaciones se realizaron sobre las empresas de ensamblaje de artefactos electrónicos y las obreras, así como sobre las trabajadoras en las Zonas Francas.
[17] Moser apoya la explicación de este enfoque en la propuesta de una red feminista del Sur creada en 1984 por mujeres de Asia, África y América Latina denominada DAWN (Development Alternatives with Women for a New Era). En uno de sus manifiestos fundacionales, DAWN argumenta: “We want a world where inequality based on class, gender, and race is absent from every country, and from the relationships among countries. We want a world where basic needs become basic rights and where poverty and all forms of violence are eliminated. Each person will have the opportunity to develop her or his potential and creativity, and women’s values of nurturance and solidarity will characterize human relationship [..] Meeting the basic rights of the poor and transforming the institutions that subordinate women are inextricably linked and can be achieved through the self-empowerment of women” Gita Sen & Caren Grown “Development, Crises and Alternative Visions. Third World Women’s Perspectives. Monthly Review Press, Nueva York 1987. Págs. 80 –81.
[18] La autora utiliza la distinción conceptual de Maxine Molyneux sobre los intereses prácticos y estratégicos de género, explicados a partir de la revolución sandinista y sus discursos acerca de las nicaragüenses (Maxine Molyneux “Movilization without emancipation? Women’s interests, state and revolution in Nicaragua” Feminist Studies, Volumen 11, Nº2, 1985).
[19] Jaquette & Staudt, Ob. Cit. pág. 33.
[20] Por experiencia profesional, puedo inferir que muchos de los proyectos “con perspectiva de género” pueden ser exuberantes en buena voluntad pero defectuosos en lidiar con los poderes establecidos. Los hombres de la población destinataria pueden estar en contra que se dirijan proyectos específicos hacia las mujeres: una promotora de una ONG cuzqueña comentó que las habían botado con palo de una comunidad campesina pues los varones consideraban que por acción de la ONG, las mujeres se habían vuelto rebeldes en la casa. Otra ONG que impulsó la organización de mujeres tejedoras para la fabricación de chompas para su venta, también en una comunidad campesina, vieron languidecer el proyecto cuando, al finalizar la primera etapa advirtieron que, al ser las destinatarias mujeres quechuahablantes con limitaciones familiares para salir de su comunidad, y sociales para comerciar -en español- sus productos en una feria regional, fueron los esposos quienes cargaron con las chompas, las vendieron y se quedaron con la mayor parte del dinero.
[21] Es frecuente escuchar, entre funcionarias públicas que rechazan abiertamente los postulados feministas (?) asegurar que ellas abordan su trabajo con una “perspectiva de género” (Álvarez, 1999).

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