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lunes, 2 de mayo de 2011

DEL FEMINISMO AL GÉNERO: UN LARGO CAMINO[1] (Primera Entrega)

En 1970, cuando la escritora norteamericana Kate Millet publicó Sexual Politics, considerada una de las obras fundacionales del feminismo en los Estados Unidos, en ese país la situación de las mujeres era de una abierta desigualdad: el salario promedio anual de los trabajadores blancos era $7,870 y $5,314 el de los trabajadores no blancos; $4,580 si se trataba de una mujer blanca y $3,487 si la trabajadora era no blanca[2]. La remuneración de las trabajadoras representaba el 58.2% de la de los varones; las mujeres eran sólo el 9% de todos los profesionales, el 7% de los médicos, el 3% de los abogados y el 1% de los ingenieros. Incluso en las actividades “tradicionales” las mujeres estaban en condición de inferioridad: aunque nueve de cada diez profesores de escuela primaria eran mujeres, ocho de cada diez directores de esas escuelas eran hombres. Igualmente, en la vida pública, su presencia era escasa: dos ministras en la historia, sub- representación en el Congreso y sólo 300 mujeres entre los 8,750 jueces[3].

Existe un problema que quedó sepultado por años en la mente de las mujeres americanas- aseguraba Betty Friedan en 1963, en la introducción de su libro “La Mística de la Feminidad”- es una extraña inquietud, un sentido de insatisfacción por la vacuidad de su vida de ama de casa, esposa y madre. A inicios de la década de 1960, cuando su investigación sobre amas de casa de los suburbios norteamericanos fue publicada, el destino de las mujeres hacia el matrimonio y el cuidado del hogar no parecía cuestionarse: amas de casa felices con un nuevo electrodoméstico poblaban la publicidad de las grandes y pequeñas empresas; la realización personal de estas mujeres escalaba a la plenitud con un refrigerador General Electric y niños sonrientes a la espera de su desayuno. Ellas, mujeres de clase media, tenían más educación que sus madres, y quizá se “sofocaban” en las cuatro paredes de sus hogares, aventuraban los análisis. De ahí que algunos colleges auspiciaran cursos específicos para la administración doméstica, mientras psicólogos intentaban fórmulas para una vida sexual más satisfactoria en el matrimonio y complejizaban abrumadoramente la tarea de ser madres con manuales de psicología infantil.

Abiertamente en contra del mito de la femineidad, Friedan alentaba a las mujeres de sectores medios a darle al matrimonio y a las labores domésticas su justa dimensión, a la par que insistía en la necesidad de un trabajo profesional y remunerado para ellas, así como una mayor presencia en el espacio público. Con el éxito de su libro de respaldo, Betty Friedan fundó, en 1966, la organización NOW (National Organization for Women) con el objetivo de luchar por los derechos civiles de las mujeres, y por una creciente representación en el mundo laboral y en las esferas políticas, posición que posteriormente fue conocida como una expresión del Feminismo Liberal. Si bien la plataforma de NOW fue aceptada por las miles de mujeres que se enrolaron en la organización, una actitud más analítica y menos concesiva al sistema se había ido fogueando entre las miles de universitarias y profesionales que adherían a la causa de los derechos de los afro-americanos en los años 1960[4]. Como aseguraba Kate Millett en su libro Sexual Politics, era innegable la naturaleza política de la relación entre las razas, implicando que, como derecho de nacimiento, una colectividad podía dominar a otra, también definida como dominada desde su nacimiento. Pero, en la medida que los cambios en la legislación respondían a las movilizaciones por los derechos civiles y se iban removiendo las barreras que colocaban a los negros americanos en los últimos asientos de los buses (por decirlo metafóricamente), se mantenía otra relación de dominio también derivada del nacimiento: aquella de los hombres sobre las mujeres. De la misma forma como esa minoría subordinada no podía solucionar su situación de postración a través de las instituciones políticas existentes, señalaba Millett, tampoco podrán hacerlo las mujeres a través de organizaciones políticas convencionales.

La relación de dominio y subordinación entre los sexos era ignorada, no reconocida y sin embargo institucionalizada en el ordenamiento social. Este sistema era una ingeniosa forma de ‘colonización interna’, más estable que cualquier segregación racial, más rigurosa que la estratificación de clases, más uniforme y sin duda, más duradera: el dominio sexual de los hombres sobre las mujeres era también la ideología más difundida en la cultura y la base del poder (Millett, 1971: 43). La explicación de la escritora de esta situación es el patriarcado, sistema universal y presente en todos los momentos de la historia. Basta recordar, subraya, que las Fuerzas Armadas, la industria, la tecnología, la universidad y las ciencias, las finanzas y la política, incluso la fuerza coercitiva de la policía están en manos de los hombres. El patriarcado, como institución, sería una constante que se filtra en cualquier organización política, social o económica, invadiendo incluso todas las religiones importantes. Para Millett, la ‘Política Sexual’ se asentaba en la ideología y las estructuras a través de tres factores: el carácter, que implica la formación de la personalidad humana a través de categorías sexuales estereotipadas (lo masculino y lo femenino; la dulzura y a agresividad); los roles sexuales, que son códigos de comportamiento, gestos y actividades que corresponden a cada sexo, y el status: en la medida que las mujeres aparecen ancladas en la naturaleza por la experiencia biológica de la maternidad[5], los hombres gozan de prestigio y atribuciones por su contribución a la actividad humana. Mientras el carácter corresponde al campo de la psicología, y los roles al de la sociología, el status es el componente político.

Millett fue una de las inspiradoras de la corriente del Feminismo Radical en los Estados Unidos, uno de cuyos manifiestos “The Politics of the Ego”, difundido en Nueva York en 1971, acuñó el slogan “Lo Personal es Político”, que se popularizó entre las feministas de todo el mundo. Para las radicales, el descontento de las mujeres no era producto de su neurosis o inadaptación, sino su respuesta a una estructura social que las dominaba y explotaba sistemáticamente: la división de clase básica es la división entre los sexos, y el motor de la historia, el esfuerzo masculino por asegurar el poder y control sobre las mujeres[6]. Pero Heidi Hartmann, una entre las muchas feministas socialistas, advirtió que las radicales no habían sido capaces de mirar la historia para analizar al patriarcado- ni observar su flexibilidad- así como tampoco lograban trasladar sus observaciones más allá de las fronteras del mundo occidental. Para el Feminismo Socialista, en cambio, el patriarcado en tanto conjunto de relaciones sociales no se asentaba exclusivamente en la familia, sino en estructuras con una base material: el control del hombre sobre la fuerza de trabajo de la mujer. Mientras las categorías marxistas eran ciegas a las desigualdades sexuales, el feminismo radical por sí sólo tampoco podía dar cuenta de la dinámica material de esta subordinación: así como se habría producido una colaboración entre patriarcado y capitalismo para subordinar a las mujeres, se debería avanzar en análisis más precisos sobre las formas que adoptaba el capitalismo en el empleo, la educación y en general la división sexual del trabajo, y cómo estos sistemas alimentaban y reforzaban la posición sojuzgada de las mujeres (Hartmann, 1980).

Reaccionando en contra de un extendido argumento por el cual las esferas de hombres y mujeres eran separadas pero complementarias y de igual valor, el Feminismo Socialista subrayó, en primer lugar, la desigualdad de las mujeres en la esfera privada y, en segundo lugar, que la mujer en la familia al trabajar para el hombre, reproduce también el capitalismo (Hartmann, 1980: 89). Aproximaciones de inicios de 1970, como el de la socialista italiana Mariarosa Dalla Costa (1980), habían puesto en el tapete la relación entre el trabajo doméstico y el capitalismo: vistas sólo como productoras de valores de uso, afirma Dalla Costa, las mujeres aparecen al margen de las clases sociales, sin que se aprecie su contribución a la reproducción de la fuerza de trabajo, ni los “ahorros” para el capital de este esfuerzo impago. El ama de casa tiene una importancia estratégica para el capital y por tanto, debería exigir un salario para sus tareas. En lugar de asumir una “doble jornada” con un empleo remunerado, la exigencia de un sueldo para las amas de casa, asegura Dalla Costa, permitiría a las mujeres organizar comunitariamente las labores domésticas incluyendo el cuidado de los niños; con un salario, las mujeres advertirían el significado social de su trabajo y podrían subvertir al capitalismo desde las organizaciones comunitarias[7]. El espíritu que animaba esta corriente del feminismo- como concluía una de sus seguidoras, la feminista británica Juliet Mitchell- era que, en contraste con las liberales que creían posible la igualdad social entre hombres y mujeres en el capitalismo (sin una revolución), y las radicales que opinaban que esa igualdad era imposible de alcanzar sin una revolución feminista previa, para las socialistas la opresión de la mujer era una parte central, pero siempre intrínseca, de la lucha revolucionaria para transformar el modo de producción dominante, de capitalista a socialista, y finalmente, comunista (Mitchell, 1978: 173).

El apretado recuento anterior intenta graficar la intensa búsqueda de las causas de una situación de desigualdad entre hombres y mujeres, la gravitación de los debates en la militancia y el activismo, y una permanente tensión en las filas feministas entre el logro de dignidad, poder y control de las mujeres sobre sus cuerpos y vidas, y simultáneamente, para algunas, la búsqueda de un orden económico y social más justo[8].

En cierta manera, se podría argumentar que la teoría alimentaba la militancia (feminista) y lo hacía, apasionadamente. Pero la academia había tomado también en sus manos el estudio sobre la mujer, paliando el papel casi subsidiario que había tenido la producción del conocimiento respecto del activismo político. Una corriente analítica importante se había inscrito en la indagación de las estructuras, ideologías y prácticas sociales que condicionaban el ser mujer, lejos ya de la creencia que su condición se debía a la biología, e indirectamente retomando un viejo debate entre naturaleza y cultura. En 1972, Ann Oakley había subrayado la distinción entre el sexo del individuo y el género, que era una construcción cultural, más allá del sexo biológico; la investigación de Oakley sobre la socialización de los niños, posó la mirada en la familia y en la escuela como los más importantes constructores sociales de los roles de género, que complementaban las dinámicas sociales más amplias donde se inscribía la subordinación de la mujer[9]. Su trabajo señalaba la necesidad de desarrollar una explicación social a la conducta humana y el rol de la cultura y las instituciones sociales en la formación de dicha conducta.

Aunque quizá con un énfasis excesivo en la conformación de los roles de género como patrón explicativo de la desigualdad de las mujeres, el camino marcado por Oakley, entre otras investigadoras, abrió paso a enfoques más críticos, como el de Gayle Rubin: si la raíz de la opresión femenina es el dominio innato del hombre a las mujeres, habría que eliminar a los hombres, afirma Rubin con ironía, y si es el voraz capitalismo, esperaríamos hasta que el socialismo llegue. Llamando la atención sobre lo limitado de las aproximaciones vigentes, en 1975 la autora subrayó que el marco de “modo de reproducción” para analizar la subordinación de las mujeres dicotomizaba la producción con la economía y la reproducción con el sistema sexual, restando riqueza a sus interrelaciones. De la misma forma, el concepto de “patriarcado”, en su intención de distinguir el sexismo de otras fuerzas sociales, podría anular una reflexión crítica sobre la forma como cada sociedad organiza sus sistemas sexuales. Parafraseando a Marx[10], Rubin se preguntaba ¿Qué es una mujer domesticada? Una hembra de la especie. Sólo se convierte en doméstica, esposa, prostituta, mercancía de intercambio, conejita de Playboy en determinadas relaciones. A esa parte de la vida social, Rubin la denomina el sistema sexo – género: el conjunto de disposiciones por el que una sociedad transforma la sexualidad biológica en productos de la actividad humana, y en el cual se satisfacen esas necesidades humanas transformadas (Rubin, 1986: 97). La forma como la gente satisface sus necesidades sexuales, en que se propaga la especie y se norman las atribuciones de cada género, están socialmente determinadas. El ensayo de Rubin fue una invitación a examinar la producción económica así como la producción del hombre mismo, en tanto determinantes de un orden social en un país o en una época concreta; incluso dejando abierta la posibilidad de encontrar sistemas sexo – género más igualitarios que otros, y cuestionando la inmutabilidad de la opresión femenina.

Con el patrón del sistema sexo / género de Rubin se generaron una serie de precisiones en los análisis de la situación de la mujer que intentaron neutralizar la universalidad lapidaria del patriarcado y su criticada a-historicidad. El género, como concepto, fue emergiendo en los Estudios de la Mujer para aludir a la organización social de las relaciones entre los sexos, rechazando de plano el determinismo biológico. Que el concepto puede ser aplicado desde varias disciplinas fue una de las propuestas de la historiadora Joan Scott quien, en un difundido ensayo, sugiere la exploración a través del tiempo de los sistemas de género y los órdenes simbólicos que producen lo masculino y lo femenino, no sólo en la familia sino también en el mercado de trabajo, la escuela y la política[11]. Scott se refiere a los temores de despolitizar los estudios de la mujer con la introducción de la categoría de género- una estrategia para ganar cierta legitimidad en los medios académicos renuentes al feminismo- pero al mismo tiempo subraya las oportunidades que el concepto ofrece para deconstruir el esencialismo presente en algunas de esas aproximaciones (Scott, 1997). Para la historiadora, el género está definido a partir de dos proposiciones interrelacionadas aunque analíticamente distintas: (a) el género es un elemento constitutivo de las relaciones sociales basadas en las diferencias que distinguen los sexos; y (b) el género es una forma primaria de relaciones significantes de poder; es el campo dentro del cual o por medio del cual, se articula el poder. No es el único campo, pero parece ser una forma persistente de facilitar el poder (control y acceso a recursos materiales y simbólicos) en las tradiciones occidentales, judeo-cristianas e islámicas, al estructurar la percepción y la organización, concreta y simbólica, de la vida social.
En lo que se refiere a la primera parte de su definición, el género en tanto factor constitutivo de las relaciones sociales, Scott identifica cuatro elementos interrelacionados:

• Símbolos culturalmente disponibles que evocan representaciones múltiples, a menudo contradictorias (María /Eva); mitos de oscuridad y luz, la purificación y la contaminación. Para los historiadores, afirma Scott, son por ejemplo importantes las preguntas de cuáles son las representaciones simbólicas que se evocan, cómo y en qué contextos.
• Conceptos normativos que interpretan los significados de los símbolos, limitando o conteniendo sus posibilidades metafóricas. Estos conceptos se expresan en doctrinas educativas, religiosas, legales y políticas que afirman categóricamente lo que significa ser varón y mujer. Estas posiciones suelen presentarse como las únicas posibles y, también como producto de un consenso social y sin conflictos. Al respecto, Scott coloca los ejemplos de la ideología victoriana sobre la domesticidad y los grupos fundamentalistas religiosos contemporáneos.
• Organizaciones e instituciones sociales más allá de la familia y de las relaciones de parentesco, como el mercado de trabajo segregado por sexo, la educación y la política.
• La identidad subjetiva en la que, pese a la importancia del psicoanálisis, su pretensión de universalidad es más un aliciente para profundizar las formas como se construyen las identidades genéricas en función de ciertas organizaciones sociales y representaciones culturales específicas (Scott, 1997: 21-22).

Nota
Capítulo tomado de: Barrig, Maruja “Los Discursos sobre la Mujer Andina desde los operadores de proyectos de Desarrollo Rural”, tesis para optar el grado académico de Magíster en Política Social con Mención en Gestión de Proyectos Sociales. UNMSM. Escuela de Post Grado. Facultad de Ciencias Sociales. Lima, 2004.

Referencias Bibliográficas
- Alvarez, Sonia (1999) “Feminismos Diversos y Desplazamientos Desiguales”. Universidad de California en Santa Cruz. Manuscrito.
- Baden Sally & Goetz Anne Marie (1998) “Who Needs [sex] when you can have [gender]? Conflicting discourses on gender at Beijing”. En: Baden & Goetz eds. Feminist Visions of Development. Gender, Analysis and Policy. Routledge: Londres Pp. 19-38.
- Dalla Costa, Mariarosa & James, Selma (1980) “El Poder de la Mujer y la Subversión de la Comunidad”. México: Siglo XXI Editores.
- De Barbieri, Teresita (1992) “Sobre la Categoría Género: Una introducción Teórico – Metodológica”. En: Fin de Siglo y Cambio Civilizatorio. Isis Internacional. Ediciones de las Mujeres No.17. Santiago
21 Es frecuente escuchar, entre funcionarias públicas que rechazan abiertamente los postulados feministas (?) asegurar que ellas abordan su trabajo con una “perspectiva de género” (Álvarez, 1999).
- Hartmann, Heidi (1980) “Un Matrimonio mal avenido: hacia una unión más progresiva entre marxismo y feminismo” Revista Zona Abierta Nº 24. Marzo – Abril 1980. Madrid. Pp. 85- 113.
- Kabeer, Naila (1994) “Reversed Realities. Gender, Hierarchies in Development Thought”. Londres: Verso.
- Millett, Kate “La Política del Sesso” (1971) Milán: Rizzoli Editori.
- Mitchell, Juliet (1978) “La Condizione della Donna”. Turín: Einaudi.
- Moser, Caroline (1991) “La Planificación de Género en el Tercer Mundo: Enfrentando las Necesidades Prácticas y Estratégicas de Género”. En: Guzmán, Portocarrero & Vargas, compiladoras Una Nueva Lectura: Género en el Desarrollo. Lima: Ediciones Flora Tristán- Entre Mujeres. Pp. 55 – 124.
- Moser, Caroline (1995) “Planificación de Género y Desarrollo. Teoría, Práctica y Capacitación”. Lima: Ediciones Flora Tristán - Entre Mujeres.
- Rubin, Gayle (1986) “El Tráfico de Mujeres: notas sobre la economía política del sexo”. En: Revista Nueva Antropología, Volumen VIII, Nº 30. Noviembre 1986. México. Págs. 95-145.
- Ruiz Bravo, Patricia (1990) “Promoción a la Mujer, cambios y permanencias 1975 –1985”. En: Portocarrero, Patricia, editora. Mujer en el Desarrollo. Balance y Propuestas. Lima: Ediciones Flora Tristán – IRED.
- Sen, Gita & Grown, Caren (1987) “Development, Crises and Alternative Visions. Third World Women Perspectives”. Nueva York: Monthly Review Press.


[1] El breve resumen siguiente se basa en una selección, quizá arbitraria, de algunas de las posiciones fundacionales del feminismo-principalmente norteamericano- difundidas en la década de 1970; se consignan sólo con la intención de sugerir las huellas desde las cuales se difundió el género como categoría de análisis: Kate Millett “La Política del Sesso” Rizzoli Editori, Milán 1971 [Sexual Politics, 1970]. Shulamith Firestone “La Dialettica dei Sessi. Autoritarismo Maschile e Societá tardo-capitalista”. Guaraldi Editrice, Florencia, 1976 [The Dialectic of Sex. The case for Feminist Revolution, 1970]. Ann Oakley “Sex, Gender and Society”. Temple Smith, Londres 1972. Heidi Hartmann “Un Matrimonio mal avenido: hacia una unión más progresiva entre marxismo y feminismo” Revista Zona Abierta Nº 24. Marzo – Abril 1980. Madrid. Págs. 85- 113 [The Unhappy marriage of Marxism and Feminism: towards a more progressive union, 1979]. Carla Lonzi “Escupamos sobre Hegel y otros escritos” Editorial La Pléyade, Buenos Aires 1975 [Sputiamo su Hegel e altri scritti, 1972]. Mariarosa dalla Costa y Selma James “El Poder de la Mujer y la Subversión de la Comunidad”. Siglo XXI Editores, México 1980 [The Power of Women and the Subversion of the community, 1973]. Gayle Rubin “El Tráfico de Mujeres: notas sobre la economía política del sexo” en Revista Nueva Antropología Volumen VIII, Nº 30. Noviembre 1986. México. Págs. 95-145 [The Traffic in Women: Notes on the ‘Political Economy’ of sex, 1975]. Juliet Mitchell “La Condizione della Donna” Einaudi Ed., Turín 1978 [Woman’s Estate, 1966]. Betty Friedan “La Mistica della Femminilità” Edizioni di Comunitá, Milán 1982 [The Feminine Mystique, 1963]. Barbara Sinclair Deckard “The Women’s Movement. Political, Socioeconomic and Psychological Issues” Harper & Row Publishers. Nueva York, 1979.
[2] Revista TIME. Chicago, 31 de Agosto de 1970. Historia de Portada: The Politics of Sex. Kate Millett of Women’s Lib.
[3] Revista TIME, Ob. Cit. Pág. 11.
[4]Para algunas analistas, la masiva participación de mujeres blancas, fundamentalmente universitarias, en las movilizaciones de inicios de 1960 a favor de los derechos de los afro - americanos fue uno de los factores desencadenantes del feminismo de la segunda mitad del siglo XX. Ellas encontraron que el movimiento de los derechos civiles era dominado por hombres que arrinconaban a las mujeres a “tareas de apoyo”: mimeógrafo y servir café. Sara Evans hace un recuento de esa experiencia en “Personal Politics. The Roots of Women’s Liberation in the Civil Rights Movement & the New Left”, Vintage Books, Nueva York, 1980. Las feministas italianas que habían intervenido activamente en los partidos de la nueva izquierda y en la efervescencia europea desencadenada por Mayo del 68, se alejaron de esa militancia para crear sus propios núcleos de mujeres: se habían cansado de ser el “Ángelo del Ciclostile” (Ángel del Mimeógrafo) en alusión a un calificativo que Benito Mussolini había regalado a las italianas de la pre-guerra: “Ángelo del Focolare” (Ángel del Fogón).
[5] Shulamith Firestone, feminista norteamericana de la década de 1970, realizó un análisis de la ‘dialéctica el sexo’, considerada por ella como una dialéctica histórica fundamental: la base material del patriarcado es la reproducción de la especie, a cargo de las mujeres. La mujer habría quedado fijada en un estado primitivo de sujeción a la naturaleza y su vida está determinada por la biología. Consecuente con su análisis, Firestone ve como alternativa una utopía tecnológica para la reproducción de la especie humana, que libre a las mujeres de esta tiranía impuesta por la naturaleza (Firestone, 1976).
[6] Un sinnúmero de grupos feministas radicales apareció en los Estados Unidos y Europa en la década de 1970, cuyas tácticas diferían del conservador NOW y algunas de cuyas posiciones extremas los llevaron, por ejemplo, a abstenerse de participar en las movilizaciones por la despenalización del aborto. Como señala uno de los manifiestos del grupo italiano La Rivolta, liderado por Carla Lonzi, si las mujeres abortaban era porque quedaban encinta y quedaban embarazadas por haber aceptado el acto y modelo sexual impuesto por el macho patriarcal (Lonzi, 1975).
[7] Esta propuesta sobre el trabajo doméstico se adaptó décadas después, transformándose en una demanda feminista para calcularlo e incluirlo en el Producto Bruto Interno de los países.
[8] Estas tensiones no se circunscribieron a los países del Norte. En una de las primeras reuniones de feministas latinoamericanas- Copenhague 11-13 de Julio 1980- una de las resoluciones aseguraba que: “Consideramos la lucha de la mujer incorporada al proceso de liberación de nuestros pueblos, contra las dictaduras militares y en una perspectiva anti-capitalista y anti-imperialista / Creemos que la revolución socialista es una condición necesaria pero no suficiente para la liberación de la mujer, recordando al respecto que en los países socialistas existentes, el problema de la opresión de la mujer, hasta el día de hoy no ha sido totalmente resuelto”. Y en el Perú, que fue anfitrión del II Encuentro Feminista Latinoamericano y del Caribe en 1983, la Comisión de Ideología para la organización de sus talleres, argumentaba la elección del patriarcado como marco de los debates en los siguientes términos: Nos interesa conocer qué características cobra el sistema patriarcal en países como los nuestros, qué elementos de nuestras culturas tradicionales facilitan nuestra opresión, qué elementos del sistema capitalista –imperialista las refuerzan, cuál es la relación entre la explotación de clase y la opresión de sexo.(Propuesta de la Comisión de Ideología para II Encuentro Feminista. Mimeo. Diciembre 1982). A lo largo de los años 1980 y parte de la siguiente década, los Encuentros- iniciados en Bogotá en 1981- aparecieron atravesados de conflictos entre los énfasis de una militancia que desbroce el patriarcado como raíz de la opresión y el activismo anti-capitalista. Una historia parcial de estas tensiones se encuentra en el artículo de Nancy S. Sternbach, Marysa Navarro y otras: “Feminisms in Latin America: From Bogotá to San Bernardo” en The Making of Social Movements in Latin America, Sonia Álvarez y Arturo Escobar, eds. Westview Press, Colorado 1992. Págs. 207 –239.
[9] Otra influyente investigación sobre el papel de la escuela en moldear comportamientos “adecuados” de niñas y niños que posteriormente serían considerados como innatos fue publicada en 1973 por la profesora Elena Gianini Belotti “Dalla Parte delle Bambine. L’Influenza dei condizionamenti sociali nella formazione del ruolo femminile nei primi anni di vita” (Feltrinelli, Milán 1978). El libro tuvo 24 ediciones entre 1973 y 1978, vendiendo cerca de 300 mil copias.
[10] Rubin cita la pregunta de Carlos Marx: ¿Qué es un esclavo negro? Un hombre de raza negra; sólo se convierte en esclavo en determinadas relaciones (C. Marx “Wage - Labor and Capital”, International Publishers, Nueva York, 1971, pág. 28)
[11] El ensayo de Joan Scott “Gender: A Useful Category of Historical Analysis” fue publicado en American Historical Review Nº 91, 1986, págs. 1053-1075.

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