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martes, 28 de junio de 2011

Homosexualismos y fin de siglo

Por: Florence Thomas*

«Si es difícil vivir, es aún más difícil explicar nuestra vida».
Marguerite Yourcenar
«Gay is okey». Consigna homosexual

En los últimos 40 años de este siglo que agoniza, todos y todas fuimos testigos de fantásticas mutaciones de la sociedad moderna. Entre ellas, una de mayor significación e impacto es, muy seguramente, expresada por los encuentros entre hombres y mujeres en la intimidad, desde el cuerpo, el deseo y la palabra; en efecto, la revolución de la condición femenina por medio de su inaugural deseo de ser, de existir y de hablar ha transformado hondamente la manera como hombres y mujeres se encuentran y se juntan hoy, y ha provocado un cambio más radical a lo largo de estas cuatro últimas décadas, que durante los dos mil años que las precedieron. En relación con el amor y la sexualidad, las normas se trastocaron, muchos códigos se derrumbaron y nuevas  estrategias, cada vez más individuales, se multiplican a sabiendas de que todas pueden aspirar hoy a una misma legitimidad y a un mismo reconocimiento social, aun si todavía estamos lejos de aceptarlo, por lo menos en Colombia. 

No obstante, el camino está abierto; este camino hacia el derecho a ser y sentir lo que uno o una quiere ser y sentir; el derecho a existir y el derecho a que su palabra sea tomada en serio. Y, como ya lo anunciaba, si uno de los géneros sabe algo de esto, es el femenino. Esta mutación la ha luchado, la ha vivido, la vive todavía día tras día. El hecho de ser mujer, sicóloga y feminista, y en consecuencia interesarme por los movimientos sociales —específicamente el movimiento social de mujeres—, me otorga entonces, creo yo, alguna legitimidad para hablar de la cuestión homosexual. Por otra parte, feministas y homosexuales compartimos —o deberíamos compartir— muchas estrategias de lucha, tanto en el campo teórico como en la militancia cotidiana; en este sentido el movimiento gay y lesbiano nunca me ha sido indiferente, así que he tratado de seguir con alguna vigilancia su recorrido. Además creo que hoy en día nadie, quiero decir ningún ciudadano o ciudadana del mundo moderno, puede estar alejado de los gays y de las lesbianas. Su misma visualización colectiva en la cultura urbana por medio de una estética, de un destape paulatino pero seguro en los espacios públicos, en los medios, en las calles y en los bares, nos obliga a reflexionar sobre la cuestión homosexual porque ahí están: amigos o amigas, hijos o hijas, aunque podríamos decir —y sobre esto volveremos más adelante— que las homosexualidades se encuentran hoy en todas partes, menos en la familia... Pero ya nadie puede obviar del todo su existencia. Alimentan temáticas de cine, de teatro, de novelas, y de cada uno de los campos de la estética. Ahí están, querámoslo o no, sin importar si podemos responder a la pregunta de si nacieron o se hicieron homosexuales. Están, y al igual que para los heterosexuales el protagonista de su relación es el amor, el mismísimo amor con todos sus goces y estragos, su sexualidad, exactamente como la heterosexual, se ha construido subjetiva, histórica y culturalmente. 

Me alegro de que los gays y las lesbianas estén ahí; me alegro porque vuelven a dar sentido a muchas de las grandes cuestiones de la ciencia social en este fin de siglo, a muchos de los interrogantes sobre la modernidad y la posmodernidad; de nuevo le dan significado a la cuestión del poder y de las especificidades de la dominación simbólica que se ejerce todavía sobre las mujeres, y con más fuerza sobre ellos y ellas, los gays y las lesbianas; vuelven a cuestionar todos los ordenamientos históricos naturalizados a lo largo de los siglos; vuelven a cuestionar, tal como lo hicieron los movimientos feministas, lo incuestionable; nos ayudan a vivir en un mundo en el cual todo lo que pensábamos imposible se torna posible. En este sentido el movimiento social de mujeres y el movimiento gay y lesbiano nos devuelven la fe en las utopías. 

De lo natural a lo cultural o de la historicidad de las sexualidades 
Volver al paso de un orden natural a un orden cultural me parece importante cada vez que necesitamos recordar que la única naturaleza de los seres humanos es la cultura, o que recurrir a la ley natural —como lo hacen todos los detractores del feminismo o de las homosexualidades— no tiene sentido. No existe tal ley natural y hoy sabemos que, exactamente de la misma manera como no hay naturaleza femenina o naturaleza masculina, tampoco existe una ley natural del amor o de la sexualidad. Ni la masculinidad, ni la feminidad, ni el amor, ni el erotismo son naturales; todos estos conceptos son constructos culturales e históricos. Volver a la ley natural como principio de argumentación es retornar al orden de lo biológico, a la lógica del instinto, de la cópula del macho y de la hembra que no pueden sino reproducir ciegamente la especie, fuera de toda ética, fuera de toda historia y, por ende, sin ninguna posibilidad de transgresión, que es lo que posibilita la cultura, la ley y, en general, los dispositivos ideológicos de una sociedad. 

En efecto, desde que este extraño «mutante humano», en un proceso que duró millones de años, se levantó sobre sus dos piernas y empezó a habitar el mundo, ya no sólo perceptual y sensorialmente sino también en forma conceptual gracias a la liberación de la palabra, del símbolo y por tanto del deseo, nunca más volvería a someterse simplemente a la lógica del instinto o de la pura necesidad. Desde que el macho y la hembra cedieron el paso al hombre y a la mujer, seres hablantes, soñadores y constructores de futuro, seres de memoria y por consiguiente de amores difíciles y a menudo contrariados, la ley natural del instinto y de la cópula se volvió insuficiente para explicar la complejidad de lo humano, en particular en materia de sexualidad, de deseo, de erotismo, de placeres y de prácticas de sí, conceptos que pertenecen definitivamente a la cultura. 

Poco a poco, y a medida que se alejaban los puros determinismos biológicos en los cuales están encerradas todas las especies animales, la naturaleza de lo humano se volvió cultura y se creó un orden de interpretación ya no sólo biológico sino predominantemente simbólico. Un orden en el cual —en cuanto al tema que nos interesa hoy— ya no existe un objeto sexual específico a la necesidad, ni respuesta exacta a la demanda de amor, porque —como dice Michel Foucault— se problematizó el sexo en sexualidad, que es mucho más que sexo, porque pasar de éste a aquélla es pasar del acto puro, sencillo y aséptico, a la demanda, que es demanda de amor, a la relación que es palabra, interpretación, construcción de un otro o una otra de deseo, de un otro u otra fantaseado dentro de un contexto histórico y ético que son los que precisan, ordenan y disciplinan ahora nuestros encuentros. 

Significa por consiguiente que al perder la respuesta exacta a la demanda de amor, cualquier objeto sexual puede volverse objeto posible y que, en materia de opción sexual, la heterosexualidad representa sólo lo que ha sido más fuertemente normatizado y disciplinado por una cultura, o dicho en otras palabras, la actitud más comúnmente adoptada por presión cultural. Nos permite entonces recordar la historicidad de los dispositivos de la sexualidad gracias, entre otros, al monumental trabajo de Foucault sobre el tema. 

Sabemos hoy que cada época pensó, moldeó y codificó la sexualidad según esquemas a veces profundamente distintos; en este sentido Foucault nos recuerda que cuando nos preguntamos sobre la legitimidad de la homosexualidad, nos podríamos preguntar así mismo sobre la legitimidad de la heterosexualidad, sobre su invención y sobre los discursos que la construyeron e instalaron en cuanto realidad normativa. Por supuesto sabemos que el confort de la normatividad nos vuelve particularmente perezosos en el campo intelectual y por eso preferimos recurrir a una presunta ley natural. Pero en los Estados Unidos, país que tiene una larga tradición de movimientos y estudios gays y lesbianos, uno de los pioneros de estas investigaciones, Jonathan Katz, escribió La invención de la heterosexualidad, libro que fue seguido de numerosos trabajos articulados a esta idea de una «invención» o «construcción» histórica de la heterosexualidad. Además hoy la sexualidad, gracias a la contracepción y la interrupción voluntaria de la gestación, por cierto no legalizada todavía en nuestro país, es un fin en sí misma y se separó radicalmente de la reproducción. La heterosexualidad así evolucionó hacia una sexualidad no reproductiva, tal como la homosexualidad; en este sentido podríamos hablar de un lento pero seguro acercamiento en los modos de vida de los heterosexuales y los homosexuales, y preguntarnos de verdad cuál es la gran diferencia entre ellos, ellas y nosotros. 

Ilegitimidad, clandestinidad y discreción 
Esta nueva mirada (nueva para nosotros, porque es importante recordar que sobre la cuestión y los estudios homosexuales las universidades colombianas y la sociedad en general se muestran tan reticentes hoy como lo fueron frente a los estudios feministas hace algunos años) nos explica en parte por qué hoy se habla frecuentemente de Queer Studies o Estudios Queer para designar los estudios que buscan desnaturalizar las categorías tradicionales de la sexualidad. Queer, palabra que significa originalmente «raro», «anormal», «extraño», se utiliza entonces para designar todas las sexualidades. Todas: gays, lésbicas, bisexuales, travestis, transexuales, heterosexuales, son queer; todo lo que podía parecer natural también es queer. Nosotros y nosotras, los tan sanos heterosexuales, también somos queer por el simple hecho de que no somos ni más ni menos naturales que los homosexuales. Esto, por supuesto, no nos autoriza a soñar todavía.  Si esta mirada que nos centra en la historicidad de todos los dispositivos de la sexualidad y nos permite relativizar la posición de las homosexualidades, la forma particular de dominación simbólica que conoce la comunidad homosexual, gay y lésbica, es aún muy arraigada y resistente, más en un país como el nuestro en el cual apenas existe un movimiento organizado militante y en el que cualquier existencia legítima, pública y reconocida es todavía prácticamente imposible a pesar de alguna visualización que  aceptamos y toleramos, siempre y cuando ésta se quede en el campo de la discreción. 

Y como lo muestra el sociólogo francés Pierre Bourdieu, en uno de sus trabajos sobre la cuestión, la discreción solicitada a la comunidad gay es exactamente la violencia simbólica. La discreción consiste en recordarles hasta el cansancio a los y las homosexuales que sigue existiendo una sexualidad legítima dominante, y unas sexualidades ilegítimas toleradas. En general es cuando los gays y lesbianas reivindican visibilidad, que vuelve a solicitárseles, en el mejor de los casos, discreción o disimulación. Sin embargo Christine Delphy, en un artículo titulado «El humanitarismo republicano en contra de los movimientos homo», opina lo siguiente: 
«La discreción es la doble vida, la clandestinidad en tiempo de paz. Pero ¿sí puede existir tiempo de paz para mujeres y hombres que viven siempre al acecho y en peligro, que temen ser desenmascarados o desenmascaradas, estigmatizados o estigmatizadas, cuando no agredidos tan pronto son desenmascarados? Y, puesto que nadie se esconde cuando nada tiene que disimular, los y las homos terminan por creer que están haciendo algo mal. La discreción es también estar solo; es mentir un poco, mucho, en acción, en omisión. Aun a sus amigos, a sus amigas. La autoestima no resiste mucho a este tratamiento. Vivir en el miedo, en la mentira, en la soledad, en el desprecio de sí. Esto es lo que imponen a los y las homos los liberales progresistas que piden discreción». 

Todos nosotros, tan progresistas, tan liberales y especialmente tan sanos heterosexuales, es lo que les pedimos día tras día a los gays y a las lesbianas. 
Y ni hablar de las familias, puesto que si el discurso público cambia, éstas siguen siendo el lugar de más resistencia y fuente de más dramas; anunciar una sexualidad diferente a sus padres sigue siendo una catástrofe, un cataclismo de enormes proporciones. La familia continúa siendo el escenario, el lugar de más violencias simbólicas por ser todavía portadora y reproductora de los valores más tradicionales de la sociedad; en relación con la familia, la homosexualidad significa, más que en ningún otro lugar, aislamiento y soledad. Como lo expresa de manera tan contundente Frederic Martel en su libro Lo rosado y lo negro, todos los homosexuales tuvieron un día la experiencia de «no sentirse en casa en su casa». La familia y, en menor grado hoy, la sociedad obligan a una verdadera esquizofrenia de las prácticas de vida de los homosexuales. Algunos no lo soportan y cortan todos los puentes familiares para vivir en guetos; otros se enferman o adoptan comportamientos sexuales de enormes riesgos. Sin embargo, nada de esto figura como temas de estudio ni para la sicología ni para la sociología, por lo menos en nuestras universidades. 

Y a propósito de esto es interesante anotar que los estudios gays y lésbicos conocen más o menos la misma historia que los estudios feministas. Muchas interrogaciones son las mismas, muchas resistencias vienen de los mismos lugares y se expresan casi de igual manera. El feminismo todavía figura como una especie de sarampión contagioso y subversivo, y el homosexualismo como otra enfermedad vergonzosa que bien podría estar en el mismo saco de las plagas de fin de siglo. Incluso desde la universidad, desde el saber académico, los muros de contención a estas temáticas son de una solidez a toda prueba, o casi... y si tenemos hoy una maestría en estudios de género en la Universidad Nacional (por supuesto nos tocó llamarla así para no asustar a los patriarcas del saber... si la hubiéramos llamado «Estudios feministas», nos habría tocado luchar siete años más, ¡y teníamos afán!), ¿por qué no pensar entonces que pronto, dependiendo de la fuerza del movimiento social de gays y lesbianas, podrán abrirse módulos o cursos relacionados con los estudios gays? 

Se trata, ni más ni menos, de hacer progresar el saber en cuanto realidades que existen y siempre existieron, pero que fueron desconocidas o subestimadas por la investigación. Y contrariamente a lo que puede pensarse, no se intenta crear una cultura gay o lésbica, pues ésta siempre existió. Se trata entonces de hacerla visible para el saber por medio de estudios históricos, sociológicos, antropológicos o sicológicos, a sabiendas de que este campo de investigación y de reflexión se refiere al conjunto de saberes sobre la sexualidad en una cultura dada y su profunda interrelación con los discursos jurídicos, políticos, médicos, pedagógicos, estéticos. Interesarse por la sexualidad es interesarse obligatoriamente por las homosexualidades y por todos los discursos relacionados con ella, de la misma manera como interesarse por la historia de la humanidad era obligatoriamente interesarse por las mujeres y visualizar su particular condición histórica; sin embargo, hubo que esperar varios siglos para que el feminismo y el movimiento social de mujeres lograran fracturar un saber patriarcal autosuficiente y sordo a una realidad que habitaba en su mismo corazón desde siempre: lo femenino. Y si mal no recuerdo, esta historia es por dar valor y tenacidad a los gays y a las lesbianas. La lucha es dura y larga, pero en este fin de siglo de escenarios y sujetos inesperados, el camino está ya entreabierto tanto para las mujeres como para los gays y las lesbianas, aunque —obviamente— tendrán que superar muchos obstáculos; a este respecto la organización Amnistía Internacional publicó recientemente un informe sobre violencias y persecuciones contra los gays y las lesbianas en todos los países del mundo en el que concluye que ellos y ellas representan una comunidad en peligro. Los problemas por resolver son muchos y entrañan enormes retos: preguntarse sobre el sentido de la comunidad gay, sobre su guetización o no guetización, su militantismo, sus luchas políticas, académicas, jurídicas, de visualización, sus luchas afectivas desgarradoras, prácticas de sí novedosas; todos estos deben ser temas de sus agendas de trabajo... Pero para no desanimarlos, sepan que en la última «gay pride», realizada en París el verano pasado, desfilaron cerca de 200.000 gays y lesbianas reclamando, entre otras consignas, el reconocimiento social y jurídico de las uniones homosexuales. Actualmente la ministra de Justicia francesa está preparando un nuevo contrato de unión social, abierto a todos y todas los homosexuales, el cual se estudiará en el Congreso en los próximos meses (los homosexuales de los países nórdicos ya obtuvieron los mismos derechos que las parejas heterosexuales casadas). Salir del closet vale la pena. 

De la admiración, solidaridad, envidia y... algo más  
Desde una óptica feminista, los homosexuales —y hablo ahora de los homos hombres— nos interpelan tal vez porque nos dan una esperanza frente a la posibilidad de una masculinidad diferente. Claro que ahí voy a soñar despierta, porque la amplitud y complejidad de las sexualidades nos impide una única caracterización de los gays, y sé que dentro del movimiento o del conjunto de los gays encontramos desde homosexuales que nos reconcilian con el género humano —y paradójicamente con una cierta masculinidad—, hasta homosexuales supermachos y tenazmente misóginos. André Gide nos recuerda a este propósito que «la homosexualidad, exactamente como la heterosexualidad, comporta todos los grados, todos los matices: desde el platonismo hasta la suciedad, desde la abnegación hasta el sadismo, desde la salud gozosa hasta la morbosidad, desde la simple expansión hasta todos los refinamientos del vicio». Y por supuesto, desde mi militancia de feminista, no podría solidarizarme con toda la gama de los homosexualismos o transexualismos; no podría solidarizarme con un grupo que reproduce, dentro de la variedad de los gays, lo más execrable de una cultura patriarcal misógina, desde el insoportable orgullo de ser un penetrador, y sólo un penetrador, reproduciendo finalmente todos los estragos de la heterosexualidad para la cual penetrador y penetrada perpetúan la dominación simbólica del uno sobre la otra, o el otro, en el caso del homosexual penetrador. ¡No me pidan lo imposible! En este sentido nunca seremos suficientemente prudentes con la terminología y con la tentación de reducir la complejidad de las homosexualidades, en un conjunto homologador que nombra sin reparo al homosexual. ¿Cuál homosexual? 

Ahora bien, creo, o más exactamente, quiero creer, que el camino de la mayoría de ellos va en contravía de la más clara opción heterosexual del patriarcalismo que, como nos lo mostró de manera tan contundente Elizabeth Badinter, impone como regla inevitable de una educación machista la que repite de mil maneras distintas a los varoncitos que ser hombre es, ante todo, no ser mujer, y que para lograrlo es necesario mutilarse lo más posible de su feminidad, alejándose del mundo de lo femenino y asegurando finalmente su virilidad «teniendo mujer», que es la mejor manera de no ser mujer. En otras palabras, ser macho es ser heterosexual, pues consiste en haber enterrado en lo más hondo de su ser su feminidad, esta tan dulce feminidad hecha de caricias, juegos y olores del patio de atrás de su pequeña infancia. Ser macho es nunca más revelar esta enorme y contradictoria atracción por el mundo de lo femenino, y la solución más radical a esta imprescindible ambivalencia es la heterosexualidad, es decir, tener mujer para no ser mujer. 

Los homosexuales tienen el valor de desordenar y subvertir el disciplinamiento de la sexualidad oficial, recordándonos a todos y a toda nuestra bisexualidad; nos recuerdan que fue la cultura la que presionó a los varones para seguir el camino de una masculinidad definida por una serie de marcadores culturales que sirven a un orden profundamente patriarcal. En el cuerpo del otro, el homosexual ama y desea un conjunto de signos que simplemente no responde a los estereotipos determinados por una cultura. Aman una mirada —la de un hombre—, una expresión —la de un hombre—, un olor —masculino—, el grano de una piel —de hombre—; aman un discurso, un momento, un silencio... Imaginemos el escenario: están los dos sobre la cama, después de hablar durante horas de todo lo posible e imaginable; de repente, uno de los dos empezó a acariciar al otro, suavemente, despacio, en silencio. No podían fingir más: había que hacerlo, simplemente. Luego, agotados pero felices, se durmieron en seguida. Nunca se habían sentido así, tan bien... Si inventé este escenario no fue para convencerlos de que esta situación es exactamente igual a un escenario heterosexual, pues no hay nada más distinto que el mundo masculino y el mundo femenino; por consiguiente, no me atrevería a comparar la química amorosa homosexual con la heterosexual. No obstante, sí creo que son escenarios equivalentes en los cuales los cuerpos hablan, el deseo circula y el amor, simplemente, es el amor.  Admiro el valor de los gays en este camino porque, a diferencia de los heterosexuales, les faltan códigos, normas y un orden cultural que prevé instituciones que dan movimiento a sus amores y que no puede afincarse en la generación de un hijo o una hija. Francisco Alberoni, en su libro Enamoramiento y amor, dice al respecto: 
«El que ama a un joven siente que su amado, un día, puede desear a una persona del otro sexo y, sobre todo, querer un hijo que él no puede darle. La presión de la cultura, el hecho de estar siempre acosado, en el fondo, por el otro sexo, el hecho de no poder dar un hijo, hace que el enamoramiento homosexual tienda a menudo a permanecer como tal, como enamoramiento, sin lograr convertirse en amor sereno, duradero». 

Y amo también a estos gays que tienen una mirada distinta sobre las mujeres, que nos hacen sentir  que hay una posibilidad para la amistad entre hombres y mujeres y que son capaces de ver en la mujer a una amiga y no sólo el eterno refugio materno o un abismo, una madre o una puta, la una demasiado potente y la otra demasiado infernal. He sentido a veces, con homosexuales asumidos y gozosos, amigos míos, esta otra mirada sobre lo femenino, y he apreciado con ellos una amistad fresca y sincera, cosa tan difícil de encontrar en hombres heterosexuales. 

En cuanto a las lesbianas, estas mujeres separadas por fin de la costilla de Adán, estas rebeldes radicales que tienen el enorme coraje de afirmarse sin reactivar su valor en la mirada o el deseo de un hombre y sin instalarse en el eterno registro de la demanda, me parecen admirables. Admirables por su fuerza frente a la castración, por su desmitificación del pene erecto como única promesa para la mujer. Admirables porque luchan de manera transparente y radical contra todas las narrativas de la cultura en las cuales el patriarcado obstaculiza de mil maneras, desde las más burdas y vulgares hasta las más sutiles, el reconocimiento y la autoridad femeninos. Sí, las admiro porque luchan sin tregua contra la agotadora mundialización de la realidad de los hombres; ellas, desde mi feminismo conciliador y a menudo tan contradictorio, me interpelan muy especialmente. Las lesbianas son así porque las otras mujeres hacen sentido en ellas, porque por fin las mujeres se vuelven signos en el espacio simbólico y de este modo modifican todos los referentes, todos los códigos y la red de signos diseñada por un sistema androcéntrico. 

Así mismo, su propuesta de desorden simbólico es ante todo una propuesta sexual. Afirman un erotismo de piel, mucho menos genital, mucho más sensual; un erotismo de tacto y no de táctica, de palabras y no de silencios —hablo de los silencios masculinos del amor— .Afirman un erotismo de senderos misteriosos y no de caminos conocidos de antemano; un erotismo que pasea, que circula para  durar más, que se distrae y se encuentra con playas desconocidas, aldeas misteriosas, veredas perdidas que son nuestra patria oculta o por lo menos exiliada por una sexualidad oficial tan masculina; un erotismo sin afanes ni soluciones precisas, sin lugar preciso a dónde llegar; un erotismo que busca «olasmos» y no orgasmos (que, definitivamente, es un concepto masculino), olasmos que no se verán truncados por una eyaculación siempre anticipada. Sí, ellas deconstruyen todos los cánones de la sexualidad oficial, esta sexualidad que se construyó desde un cuerpo masculino, articulada a la erección, la acción, la penetración, la genitalidad y la muerte. Esta sexualidad de hoy que necesita Viagra para no agonizar... De verdad la propuesta lesbiana pone en tela de juicio toda la gramática sexual, enreda las referencias fantasmáticas  y, subvirtiendo todo, simplemente invita al viaje, a la aventura....  

Creo que, aun si es difícil confesarlo en un mundo tan androcéntrico, muchas mujeres envidian la sexualidad de las lesbianas. Yo, sin ser lesbiana, pues siento que el disciplinamiento cultural de mi deseo ha sido tan magistral que no tengo ya el valor suficiente para desordenarlo, confieso que envidio profundamente su erotismo que, de hecho, no puedo sino intuir, con el riesgo evidente de equivocarme. Lo único que puede salvarme en esta descripción de la erótica lésbica es ser mujer, sentir como mujer, reconocerles autoridad a las mujeres, creer en sus  palabras  y reconocerme como una crítica existencial del sistema y la lógica en la cual me tocó vivir; además de cualquier manera comparto, como casi todas las feministas, muchos elementos de lucha con ellas, entre otros esta construcción de un devenir femenino que no transita obligatoriamente por la maternidad, que se inaugura como sujeto de deseo, que construye nuevos espacios de solidaridad entre las mujeres, estos espacios para el «entre ellas», para el «nosotras», para la «sororidad» (y no la fraternidad) después de miles de años de rivalidad. Un devenir femenino que busca transformar lo simbólico, la escritura, la palabra, la imagen y la representación de lo femenino. 

Feministas y lesbianas se emancipan de las ideas de docilidad, de pasividad y de conformismo generalmente atribuidas a lo femenino. Ellas aún representan lo no pensado de lo real, ese no pensado que está empezando a ser pensado. Es decir gays y lesbianas, como familias homosexuales, como contratos de unión con los mismos derechos que cualquier contrato heterosexual, como derechos de adopción y tantos otros que tienen todavía que luchar, ya que sólo será por esta vía que, poco a poco, podrán acceder al más fundamental de los derechos: el derecho a la indiferencia. Y esto es pensar lo no pensado. 

Finalmente, para volver a los gays y las lesbianas como movimiento social, me parece importante que se acerquen al movimiento social de mujeres, específicamente a las feministas, que tienen ya una experiencia recorrida en organizaciones, en luchas políticas y jurídicas, en producción teórica y en estrategias de inserción social y política. Deploro a menudo la insolidaridad de los homosexuales, sobre todo de los homos masculinos, con las reivindicaciones del movimiento feminista, como si nuestras luchas no fueran a menudo muy similares; incluso podríamos mencionar su insolidaridad con sus hermanas de lucha: las lesbianas.  Deploro que no entiendan que el feminismo también representa una ocasión histórica de lucha contra una dominación simbólica, contra un poder patriarcal heterosexual que nos concierne tanto a homosexuales como a feministas; movimiento feminista, movimiento gay y movimiento lésbico luchamos por la apertura de otros encuentros relacionales, afectivos y eróticos; por otra escritura, por otra palabra, por darle nuevas posibilidades a este mundo que agoniza. Deploro el machismo exacerbado de algunos grupos de homosexuales, afortunadamente no mayoritarios. 

Como decía al principio, no me pidan lo imposible, y sobre todo no me pidan entrar en contradicciones con mis luchas y mi militancia. No apoyaré ni me solidarizaré nunca con los homos supermachos y penetradores, ni con ninguna ideología ni grupos excluyentes. Pero sí me siento muy solidaria con los bisexuales, los gays, las lesbianas, los transgéneros que entendieron que todo lo que es bueno para las mujeres es bueno para la humanidad entera, así como también con los homosexuales que incluyen en sus reivindicaciones las luchas de otros grupos vulnerables y golpeados por una historia patriarcal, heterosexual y burguesa. 

Pero no terminaré con una nota pesimista sino recordando reflexiones de Michel Foucault, quien declaraba en una entrevista en el año 1981 que «la homosexualidad era una ocasión histórica para reabrir virtualidades relacionales y afectivas». Foucault no veía la homosexualidad como una especie humana singular, sino como una posición marginal, estratégicamente privilegiada, a partir de la cual sería posible inventar nuevas formas de relaciones consigo mismo y con los otros. «Ser gay es ser en devenir», diría un poco más tarde, en 1982. De alguna manera él nos proponía esforzarnos en devenir gay o lesbiana en el sentido de  posicionarse en una dimensión que permite que nuestras escogencias sexuales tengan efecto sobre el conjunto de nuestra vida, haciendo de ellas verdaderos creadores de nuevos u otros modos de vida. Esforzarse por devenir gay significaba para el gran filósofo, entonces, rechazar modos de vida impuestos, oponer resistencia a la regulación sexual y, al mismo tiempo, transformar nuestras opciones sexuales en operadores de un cambio de existencia. De alguna manera devenir gay significa des-anclar y abrir el espíritu.
 
Los gays y las lesbianas son portadores de una enorme capacidad transformadora, pues ellos y ellas nos incitan a cultivar en cada uno de nosotros, en cada una de nosotras, la voluntad de ir más allá y de actuar sobre nuestro propio futuro. Necesitamos a los gays y a las lesbianas para entrar al nuevo milenio con una voluntad clara de reencontrarnos con todas las potencialidades de lo humano, sabiendo que no hemos explorado todavía ni la décima parte del camino. 

Bibliografía 
Alberoni, Francisco, Enamoramiento y amor, Gedisa, 1984. 
Varios, Les études gay et lesbiennes, París, Ed. Centre Pompidou, 1998. 
Revue Esprit, No 11, Novembre 1996. 
Foucault, Michel, La voluntad de saber. 
Le Monde, varios artículos. 
Revista Gaceta No 12, Bogotá, Colcultura, 1991. 
Conferencia pronunciada en el III Seminario Nacional sobre Ética, Sexualidad y Derechos Reproductivos, organizado por Cerfami. Medellín, 13 y 14 de agosto de 1998. 
   
*Florence Thomas. Psicóloga de la Universidad de París. Coordinadora del Grupo Mujer y Sociedad de la Universidad Nacional de Colombia. Autora, entre otros libros, de Los estragos del amor (1994) y Conversación con un hombre ausente (1997)

Tomado de: http://revistanumero.com/19homo.htm

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