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jueves, 9 de junio de 2011

La ceguera de género de la economía


Norma Sánchiz*

La preocupación de las feministas por el examen de género en la economía es reciente. En los años 70 y particularmente en los 80 se empezó a analizar el impacto diferencial de las políticas según el género. Con la implementación de las políticas de ajuste estructural, los análisis se fueron complejizando, no solo se trataba de ver, por ejemplo, cómo la apertura comercial incidía, o influía en las formas de inserción de hombres y mujeres en el mercado de trabajo, sino de ver cómo esas políticas impactaban a cado uno de estos grupos.

Se empezó a poner en evidencia, cómo las construcciones de género podían sostener, viabilizar o condicionar la implementación de determinadas macro políticas y de determinados modelos.

Por ejemplo, la reproducción social que realizan las mujeres en sus casas y comunidades sostiene el funcionamiento del mercado, aunque no se valorice ese trabajo y ni siquiera se le considere como tal. Los recortes de los servicios sociales del Estado no hubieran sido posibles o tendrían costos todavía mayores si no hubiera sido gracias a este trabajo no remunerado que realizan las mujeres en el cuidado de la niñez, de los enfermos, de los ancianos y que desde una perspectiva feminista se denomina "economía del cuidado".

Lo que en forma genérica y un poco vaga se denomina "economía feminista", es una corriente -de ninguna manera homogénea y mucho menos estructurada o sistemática- de feministas que desde su disciplina empezaron ha aportar con análisis y herramientas para repensar la economía, para establecer la relación entre economía y género, para incorporar la categoría de género como categoría descriptiva y de análisis en los estudios económicos. Este aporte es sumamente valioso para quienes venimos de otras disciplinas, para el activismo en general.

Es importante tener, ante todo, una actitud crítica para poder develar las relaciones de género y la ceguera hacia las relaciones de género que tiene la economía en sus distintos niveles. El primer gran acometido entonces es poner en evidencia esta ceguera.

Podemos iniciar pensando qué pasa con la microeconomía, con los programas de gobierno que de una manera u otra se dirigen al conjunto de la población o a sectores específicos.

El tema de los programas de micro crédito es uno de los que tenemos que analizar y discernir las condiciones y maneras como se está abordando la temática de género.
Los programas de micro crédito se han multiplicado en la región de una manera impresionante, sobre todo desde los años 90, en buena medida como una herramienta para paliar los efectos perversos de las políticas neoliberales, que arrojaron a tantos sectores de la población a la pobreza. Las mujeres son protagonistas y principales destinatarias de estos programas, que las eligen específicamente a ellas como grupo meta del discurso que utilizan, para compensar las inequidades en el sistema bancario formal -que generalmente las discrimina- con el supuesto de abrir nuevas oportunidades para ellas y para el bienestar de sus familias.

El discurso explícito es que tener acceso al crédito eleva la autoestima de las mujeres y las coloca en una posición más igualitaria dentro de su familia y de la comunidad. Vale también la pena revisar algunos supuestos subyacentes en algunos programas. En general, estos programas parten de la necesidad de garantizar una sustentabilidad financiera, es decir, de mantener un fondo rotatorio permanente que pueda seguir otorgando créditos y ampliando créditos sin necesitar de otras inyecciones externas de partidas gubernamentales o agencias externas. Para ello hay que garantizar un buen análisis y un cuidadoso seguimiento para garantizar el retorno, eso, tiene costos de operación bastante altos. Esto lleva a que muchos de estos programas tengan tasas de interés del mercado un poco superiores o muy superiores la normal. Con el mismo criterio de garantizar la sustentabilidad, se elige a mujeres, porque es sabido que en todo el mundo son las más confiables y mejores pagadoras aún en los niveles de pobreza extrema.

Se suele complementar este enfoque con el pretexto del alivio a la pobreza. El discurso revaloriza el rol de las mujeres para garantizar el bienestar de su familia, para dar un buen uso a los recursos de que se disponen. Se supone que esto va a beneficiar a la familia y las mujeres son los mejores canales para llevar el bienestar a sus hijos y al resto.

Pero esta perspectiva también encubre algunas falacias, pues en general se dice que se incorpora la perspectiva de género porque muchos organismos internacionales o los bancos que prestan los dineros piden que exista este componente, luego entonces, esta perspectiva se traduce generalmente en decir "bueno las mujeres no ven que está el género, las mujeres son beneficiarias, son la población meta a la cual nos estamos dirigiendo" pero, más allá del acceso, no se incorpora ninguna perspectiva crítica sobre las construcciones de género masculinas y femeninas, ni sobre las relaciones de poder entre los géneros.

Sin embargo, diversos estudios han puesto en evidencia que, aunque son las mujeres que solicitan el crédito, en realidad son los hombres los que deciden su uso -en algunos casos, inclusive los usan para su propio beneficio y las mujeres necesitan procurar otros recursos para poder devolver las cuotas.

Por lo tanto, hay que preguntarse si realmente existe una relación automática entre acceder a un crédito y el empoderamiento de las mujeres. Por otro lado, se les utiliza como canales de satisfacción de las necesidades de su familia, desconociendo sus propias necesidades, la carga de trabajo reproductivo que limita muchas veces su actividad productiva o conduce a tener doble jornada de trabajo con niveles de autoexplotación. Es decir, se considera a las mujeres como agentes del bienestar de la familia, pero difícilmente se les considera como agentes de su propio bienestar.

Los programas de micro crédito pueden ser una gran ayuda, una importante herramienta para las mujeres y para las familias que están en situación de pobreza, pero para su implementación requieren medidas que garanticen el empoderamiento real de las mujeres. Y ahí hay una oportunidad para que como feministas podamos hacer un seguimiento, un monitoreo y preguntar qué tipo de concepción de género está por detrás del programa que se está implementando.

¿Qué pasa con la ceguera de género en la macro economía? América Latina atraviesa problemas que no son nuevos pero que se han agudizado adquiriendo una dimensión muy importante en los últimos tiempos. Podemos tomar algunos de estos grandes problemas e identificar algunos de los impactos específicos sobre las mujeres. El primero de ellos: la crisis del trabajo remunerado que arroja hoy por hoy a enormes sectores de la población al desempleo, que es equivalente a exclusión social, y ausencia no solo de ingresos sino también de beneficios sociales, y también arroja a otro gran sector de la población a un empleo flexible, precario, de bajos salarios, mal pagados.

Además, pese a los cambios profundos en el mercado del trabajo, todavía persiste un patrón idealista de las imágenes tradicionales que remiten al hombre como el principal proveedor del conjunto de la familia, con un trabajo formal a tiempo completo por la mayor parte de su vida, con beneficios sociales que pueden hacerse extensivos a su familia y, por otro lado, mujeres que -a cargo fundamentalmente del trabajo no remunerado y reproductivo- pueden participar también del mercado de trabajo pero generalmente como trabajadoras secundarias y con salarios complementarios.

Este modelo ideal no tiene nada que ver con las prácticas reales. El trabajo asalariado es cada vez más informal, más flexible, sin protección social, las mujeres son, cada vez más, las principales proveedoras de los hogares. Pero, con la existencia de este patrón, se ven doblemente perjudicadas: por un lado consideradas como trabajadoras secundarias acceden a los puestos de trabajo más precarios y peor pagados, además con una carga creciente de trabajo no remunerado, a medida que los Estados recortan los programas sociales, que no las hacen sujetas de beneficios sociales.

Otras de las realidades contundentes de esta etapa histórica son los flujos migratorios. La literatura de los últimos años señala el incremento notable de los flujos migratorios de las mujeres dentro de las migraciones en todo el mundo y particularmente en América Latina, tanto que, desde algunas perspectivas y estudios se habla de una feminización de la supervivencia y de una transnacionalización de los encadenamientos de cuidado. Es decir que las mujeres salen de sus países de residencia para insertarse en los servicios del país receptor.

Esto tiene una incidencia impresionante en América Latina, como es el crecimiento de las remesas que envían los y las inmigrantes desde los países receptores a los países de origen. En el 2003, el monto de las remesas fue superior a la inversión extranjera directa más la ayuda para el desarrollo.

Es innegable que las remesas son hoy el principal sostén en muchos países, en Ecuador por ejemplo, son el principal puntal de los paliativos al alivio a la pobreza. A pesar de ello y de la envergadura de este fenómeno de la circulación de la mano de obra y los réditos del trabajo, estos se dan en su mayor parte en condiciones de ilegalidad, de informalidad y de explotación y los análisis económicos no los están tomando seriamente en cuenta. Consecuentemente, por supuesto, tampoco se analiza en esta temática la perspectiva de género.

Otro factor que está incidiendo de forma muy notoria en América Latina y es de larga data pero ahora muy contundente, es la pobreza. Desde 1997 no se ha logrado avanzar nada en cuanto a la erradicación de la pobreza en el continente, por el contrario, en los últimos años creció levemente la pobreza y la indigencia. Las mujeres son mayoría en los hogares pobres de todos los países de la región. Las jefas de hogar, tanto de hogares pobres como no pobres ganan menos que los varones, pero además cuando la pobreza se agudiza, las mujeres se ven recargadas de una manera muy particular, porque a partir de sus responsabilidades domésticas necesitan buscar formas innovadoras de ahorro, recurriendo muchas veces a reemplazar los productos que compraban en el mercado por lo que ellas mismas pueden hacer a costa de su trabajo no remunerado.

Esto repercute en las oportunidades de inserción en el mercado de trabajo, en la participación en la vida de la comunidad y la vida política y reduce su tiempo de descanso y recreación.

Estos son temas conocidos por la mayoría de nosotras, pero es importante poner en evidencia que estas implicaciones tan fuertes y claras de género, por lo general, no son tomadas por las políticas macro económicas que permanecen ciegas a las diferencias de género. La formulación de estas políticas no atiende estas especificidades y mantiene una supuesta neutralidad, asumiendo que todos los agentes económicos, todos los sujetos sociales son iguales y tienen iguales oportunidades: este es el modelo neoliberal en curso.

Además de develar la ceguera de género, también es necesario desentrañar la profunda desigualdad que conllevan las políticas en curso. Este es el segundo gran acometido: develar la inequidad en la política macro económica. Las feministas hemos planteado obstinadamente demandas de equidad, de igualdad de oportunidades, de respeto de las diferencias, a contra marcha de la historia, sobre todo de la historia de las últimas décadas, donde se ha puesto en evidencia las características hiperconcentradoras de las economías latinoamericanas. Lo hicimos inclusive en los años de la supuesta racionalidad del modelo exitoso, del discurso hegemónico que hacía sentir como impropia, fuera de lugar, imposible, ingenua, cualquier crítica o planteamiento alternativo. Así planteamos que las decisiones económicas encubren un juego de intereses que tiene efectos diferenciales entre géneros, sectores sociales y países. No suele quedar explícito, cuando se toma una medida económica, a quiénes se está perjudicando, y mucho menos, quiénes se están beneficiando con esa medida.

Se oculta el carácter ideológico de las decisiones macro económicas, los compromisos que están asumiendo, los valores que están defendiendo, las relaciones de poder que favorecen.

La dinámica social se asienta en un equilibrio inestable entre intereses contrapuestos de diferentes sectores sociales, y ¿cuál es la herramienta que se utiliza desde el esquema hegemónico?, para contener la protesta, para controlar el conflicto social, el discurso agita el peligro de que un proceso de conflictividad social puede ahuyentar las inversiones u obligar a relocalizar empresas en lugares menos conflictivos, con consecuencias terribles de desempleo y de crisis para el conjunto de la economía. La volatibilidad del capital ejerce un efecto de chantaje para paralizar y dejar prisioneras a sociedades y gobiernos.

La apertura de las economías, tendió a debilitar a las instituciones democráticas y la representación política, que se volvió incapaz para mediar en el conflicto social y entre los intereses en pugna. Pero inversamente, la debilidad del debate político y de la institucionalidad democrática fue la que viabilizó la implementación salvaje de las políticas aplicadas en el continente durante los 90.

¿Cuáles son las alternativas desde el feminismo?, las feministas persistimos en nuestra denuncia contra el fundamentalismo económico, que pretende asentar sus medidas en un supuesto realismo de carácter técnico, soslayando su ideología y sustrayéndolo del debate político. El tercer acometido es, entonces, develar esta necesidad de debate político, de los contenidos sociales y políticos que están detrás de las definiciones macro económicas.

La búsqueda de alternativas al fundamentalismo económico no puede reducirse a elaborar propuestas técnicas, que otra vez funcionarían como recetas universales para cualquier tipo de sociedad y que volverán a tener un carácter fundamentalista.

Más bien, es necesario democratizar el proceso de toma de decisiones macro económicas, abrir un amplio debate sobre la redistribución y sus mecanismos posibles involucrando a diversos sectores sociales. Debemos rescatar el modelo de desarrollo de las manos exclusivas de los técnicos, de los especialistas y de los niveles de gobierno. Hay que hacer visible el conflicto social y los intereses que están por detrás de las decisiones. Es necesario, en definitiva, situar la cuestión en la esfera de la política, incorporando los temas del poder y las relaciones de poder entre sectores sociales y entre países como categoría central.

También hace falta cuestionar ciertos mitos y propuestas. Derechos tan básicos como erradicar el hambre, dependen más de la voluntad política de distribución de una sociedad y de un gobierno, que de la disponibilidad de los recursos naturales o de la producción de alimentos efectiva. Si no fuera así, no se justifica que haya hambre en un país como Argentina que produce alimentos para 10 veces más que la población que tiene. El acceso a recursos naturales como el agua o los alimentos deberían estar sujetos al control social para garantizarlos -aun cuando no haya medios para comprarlos-, porque sostener un nivel de vida digno y con las mínimas necesidades básicas satisfechas es una cuestión de derechos humanos.

El neoliberalismo ha mostrado su fracaso, está en crisis, pero tiene todavía larga vida, persistirá posiblemente por mucho tiempo sobre todo porque no es fácil construir propuestas alternativas ni reemplazarlo por otro modelo rápidamente.

La creación de alternativas verdaderas requiere de un proceso de construcción de pensamiento crítico involucrando de manera democrática a amplios sectores sociales y diversos intereses. Esto significa trabajar por lo menos en dos niveles o dimensiones simultáneamente. Por un lado y en lo inmediato, incrementar la capacidad de denuncia, de presión, de monitoreo, de incidencia de la sociedad civil en los Estados y en los organismos internacionales, para que recuperen y aumenten su capacidad regulatoria sobre los flujos de capital, sobre el control de las grandes empresas y de los grupos más influyentes, para equilibrar la distribución de recursos y poder entre distintos sectores sociales. Por otro lado, en otro nivel o dimensión, es necesario ir generando un contrapoder capaz de formular nuevos paradigmas que coloquen en un lugar central la equidad, los derechos humanos y la justicia social y de género.

Los desafíos que enfrentan hoy los movimientos sociales - y particularmente voy a hablar del movimiento de mujeres-, requiere pensar con qué recursos contamos y creo que podemos identificar por lo menos dos recursos con los que contamos.

El primero es el creciente protagonismo de las mujeres en la vida social, política y económica de nuestras sociedades, tanto en la economía no remunerada del cuidado como en la creciente participación en el mercado laboral, y en los espacios de los movimientos sociales y en la política. Esto implica sustituir una visión victimizante de las mujeres para exigir un reconocimiento de las contribuciones al crecimiento económico, radicalización de la democracia, reducción de la pobreza, al manejo sustentable de los recursos naturales, entre otros.

El segundo recurso proviene de las contribuciones y herramientas que nos pueden estar brindando algunas corrientes de pensamiento, como la economía feminista para el conjunto del activismo y otros campos de actividades para poder apropiarnos de ellas, enriquecer y fortalecer nuestro discurso y nuestras argumentaciones. Estos recursos disponibles nos permitirán enfrentar el gran desafío de contribuir definitivamente a la construcción de un nuevo paradigma de desarrollo.

Nadie como las mujeres de América Latina sufrieron los efectos perversos del modelo y las políticas neoliberales. No podemos sustraernos de esta oportunidad que se abre en este momento para cuestionarlo, para pensar en conjunto y para participar con el resto de los movimientos sociales en la construcción de alternativas.

** Socióloga, feminista argentina, miembro de la Red Internacional Género y Comercio.
**Síntesis de la ponencia presentada en el panel "Alternativas económicas feministas", I Foro Social Américas, julio 2004, Quito, Ecuador.

Tomado de: Mujeres en resistencia experiencias, visiones y propuestas. Irene León Ed.

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