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sábado, 18 de junio de 2011

La violencia del neoliberalismo


Nalú Faría*

Siempre asustan los datos sobre la violencia hacia las mujeres, sobre la violencia doméstica sexual, que de hecho es la expresión más dura y quizá más triste de la opresión de las mujeres. Sabemos que es fruto de las relaciones desiguales y de poder entre hombres y mujeres, la cual expresa de la forma más contundente las contradicciones de esa relación de poder.

Porque en general, la violencia es ejercida por quienes están más próximos a las mujeres: las parejas, los padres, los amigos, los compañeros de trabajo. Es también un terreno donde nos sentimos constreñidas permanentemente y que nos impone un sentimiento de peligro, por lo tanto, la necesidad de estar en permanente vigilia.
De hecho, la violencia fue siempre muy naturalizada. No siempre nos damos cuenta, en determinados momentos, que estamos siendo víctimas de violencia machista. Por eso es importante comprender, desde el feminismo, lo que es la violencia, toda vez que las mujeres somos consideradas cosas, objetos de posesión y de poder de los hombres y por lo tanto inferiores y desechables.

Como todos los otros aspectos de la opresión a las mujeres, la violencia sexual no es un hecho histórico, al contrario, fue construido socialmente y tiene su base material en la división sexual del trabajo, sostenida en la construcción de una cultura patriarcal y misógina, que descalifica a las mujeres. La cultura occidental -cultura misógina- en la que estamos insertadas, está estructurada a partir de representaciones duales con símbolos tales como los de Eva y María.

Las mujeres hemos sido consideradas profanas y virtuosas conforme nos movemos en el terreno que esa cultura nos asigna. Por lo tanto, somos calificadas como puras o impuras según cumplimos o no el rol de la feminidad, de la maternidad -considerado nuestro rol principal-. Con estas representaciones nos asignan que debemos ser intuitivas, sensibles, cuidadoras, delicadas, amables, cariñosas y por tanto buenas amas de casa. Las manifestaciones de violencia en general son justificadas porque no estamos cumpliendo bien nuestro rol. Como cuando los hombres golpean a las mujeres justificándose con el argumento de que no han cumplido bien su trabajo doméstico, o cosas del estilo. Igualmente, cuando frecuentamos los espacios públicos, se presume que estamos disponibles sexualmente y con eso se justifica el asedio o varias otras expresiones utilizadas con este fin.

El feminismo fue el movimiento social que tomó la iniciativa de denunciar esta violencia y de luchar contra ella, de traer al espacio público lo que se vive en el espacio privado, como parte de nuestro destino. Y fue justamente a partir del feminismo que construimos también este concepto del peligro.

La globalización neoliberal es sexista, racista y homofóbica, y la expansión imperialista es fruto de un desbalance en la correlación de fuerzas entre dominantes y oprimidas/os, que luchan por su liberación. Adicionalmente, asistimos a una hegemonía conservadora que defiende explícitamente las relaciones de explotación de género, de clase y de raza y que justamente incrementa aún más las formas de dominación y de violencia hacia las mujeres.

También es visible como este sistema neoliberal patriarcal contraataca a nuestras luchas y a nuestras conquistas, en parte desde la aparente asimilación de aspectos del discurso feminista por parte de los poderes, utilizados para una mayor explotación y opresión bajo apariencias sutiles. Por ejemplo, el sistema utiliza el lenguaje de quienes luchamos por el derecho al trabajo asalariado para decir que si las mujeres son libres para vender su fuerza de trabajo se la puede utilizar indiscriminadamente. O sea, que las mujeres debemos estar disponibles todo el tiempo y por tanto no hay límite de jornada en nombre de la flexibilidad. Además, las condiciones laborales actuales revelan formas de violencia insospechadas; el control sobre los tiempos para ir al baño es un ejemplo, y hasta existen maquilas o empresas donde se obliga a las mujeres a usar pañales para que no tengan que hacerlo.

Esta recuperación del capitalismo, que parecía estar incorporando parte del discurso de los derechos de las mujeres, impactó a muchos de los movimientos, pues aparentemente habíamos conseguido conquistas. En Brasil, a inicios de los años 90, cuando alegábamos que no queríamos ser objeto de las propagandas sexistas, nos decían que eso estaba cambiando y que los hombres también hacen propagandas desnudos. Quince años después podemos ver lo que ha significado en el incremento de la utilización del cuerpo de las mujeres como mercancía.

En otras palabras, la violencia hacia las mujeres está estrechamente conectada con la consolidación del modelo, tanto por la expansión de la mercantilización como por la propia catalogación de las mujeres como mercancías, para explotación y para consumo. Esto está vinculado también con la imposición de un modelo actual de la feminidad y de un patrón de belleza, pretendiendo que sólo si cumplen con ese patrón podrán incluso obtener un mejor trabajo.

El asedio sexual es un componente en las relaciones de trabajo, para mantener a las mujeres con miedo, divididas entre ellas. Hace 25 años, yo trabajaba con mujeres sindicalistas de fábricas y eran permanentes las quejas de que los jefes asediaban a las mujeres. Percibimos que no son solo las mujeres de niveles bajos, sino también las mujeres que han logrado puestos más altos que son víctimas del asedio sexual.

Asimismo, según las características asociadas a la feminidad: las mujeres tienen que demostrar sensibilidad en el trabajo, comunicabilidad, estar siempre sonriendo. Pero vemos que en este incremento de la feminización, cada vez más se coloca a las mujeres como seres no pensantes, como se observa en las propagandas, en la televisión, donde las mujeres están todo el tiempo desnudas o bailando.

Esa expansión en la mercantilización se expresa en forma diversa según la situación de raza, clase, etnia o religión.

Otro aspecto del aumento de la violencia en este modelo, es la práctica del tráfico sexual de las mujeres y el incremento de la prostitución. El tráfico de mujeres es la tercera de las más poderosas mafias. Se dice que tres cuartas partes de las mujeres que son traficadas no saben que están yendo hacia los países del Norte para prostituirse o trabajar en la industria del entretenimiento. En cuanto al incremento de la prostitución, hemos visto dentro de nuestros países cómo la industria del turismo sexual utiliza a las mujeres para obtener lucro.

Aún más, la impunidad que pesa sobre las prácticas de femicidio moderno habla por sí misma de la poca importancia que acuerdan los poderes a los asuntos de violencia contra las mujeres. En Ciudad Juárez (Chihuahua, México), desde el 94 empezaron a aparecer mujeres muertas y con fuerte connotación de violencia sexual. Las jóvenes que mueren son en su mayoría trabajadoras de las maquilas, de entre 14 y 19 años, que son secuestradas entre 3 y 5 días para luego ser asesinadas.

Existen varias organizaciones que luchan para dilucidar estos crímenes, pero hasta ahora no hay un juicio y menos aún una sentencia. La policía y los organismos judiciales de México no hacen la investigación y el Estado es cómplice de ese proceso, pues jamás lograron comprobar un crimen.

En este nivel hay una cuestión muy antigua, que es la violación de las mujeres en situaciones de guerra o de incremento de la militarización. Como la militarización y la guerra son parte de ese modelo, las mujeres siguen siendo víctimas de violencia en esas situaciones.

En nuestro Continente, en esta era de neoliberalismo, ha prevalecido la visión de resolver estos problemas a través del desarrollo de políticas públicas. Pero bajo el modelo neoliberal lo que prevalece es el estado mínimo y las sujetas/os fueron reducidas a la condición de clientes, beneficiarias, o hasta portadoras de una patología social, entonces, las políticas han sido focales y habrá que ver si hay una visión de emancipación o de cumplimiento de derechos.

Desde hace algunos años, disminuyó considerablemente la capacidad del Movimiento de Mujeres para responder con radicalidad a esos retrocesos. Redujimos el debate y la lucha por la mudanza ideológica y se fue rebajando el contenido crítico de nuestras propuestas. Es así como cada vez más la violencia doméstica sexual fue incluso nombrada como violencia intrafamiliar. Las propuestas de atención a las mujeres víctimas de violencia transitaron de una visión de garantizar la autonomía y la autodeterminación de las mujeres, hacia la necesidad de atender la violencia en función de los costos económicos que acarrea. Es decir, la argumentación de que cuando las mujeres son golpeadas, faltan al trabajo y aumentan los gastos en salud.

A partir de eso, la tarea urgente es vincular e interrelacionar la lucha contra la violencia con la lucha global contra el modelo capitalista neoliberal que también es machista, racista y homofóbico. Esto incluye mudanzas estructurales, tanto en términos de políticas públicas, como en el análisis de lo que está pasando en el cotidiano y del aumento de la pasividad y de la naturalización de la violencia.

Hay que enfrentar las edificaciones de la diferencia y facilitar el debate sobre lo que queremos ser como mujeres, qué identidades queremos tener. Porque hasta hoy, nuestra identidad está mezclada con aspectos que no queremos mantener, que también deseamos cambiar. La identidad que tenemos es en parte una identidad impuesta, en la cual no logramos decidir cómo queremos ser.

En la Marcha Mundial de las Mujeres empezamos la campaña contra la violencia sexista y contra la pobreza. Una de las metas de esta lucha es propiciar un debate sobre la violencia de una forma más amplia. De hecho, participamos cada vez más en espacios de convergencia y articulación en nuestro continente, estamos involucradas como mujeres en varias campañas como la Campaña Contra el ALCA, la Campaña Contra la Militarización, pero no llevamos hacia esos espacios el debate concreto de la violencia contra las mujeres. A veces predomina el convencimiento de que la lucha para la erradicación de la violencia se va ha hacer desde el protagonismo, desde la autoorganización. Pero no vamos a lograr la erradicación de la violencia sin cambios estructurales, sin cambios en la cultura y si no logramos que el conjunto de los movimientos sociales incorporen esta lucha, hasta llegar a que la sociedad considere inaceptable la violencia hacia las mujeres.

*Marcha Mundial de las Mujeres. Investigadora, educadora y activista brasileña. 
**Síntesis de la ponencia presentada en la Conferencia "Hacia la erradicación de la violencia sexista", I Foro Social Américas, julio 2004, Quito, Ecuador
***Mujeres en resistencia experiencias, visiones y propuestas. Irene León Ed.

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