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domingo, 5 de junio de 2011

REFLEXIONES EN TORNO A LA ERRADICACIÓN DE LA VIOLENCIA PATRIARCAL CONTRA LAS MUJERES EN MESOAMÉRICA

Intervención de Lily Muñoz en el panel “Violencias y Feminicidio en Mesoamérica”, II Encuentro Mesoamericano de Estudios de Género y Feminismos – Guatemala, 05 de mayo de 2011

Buenas tardes a todas. Una de las razones que nos llevó a realizar este panel, es la preocupación de muchas de nosotras por lo que parece ser una escalada de la violencia patriarcal contra las mujeres, y un aumento de la crueldad y del cinismo con el que se cometen estos crímenes en nuestros países, en medio de un clima de total impunidad, no sólo por parte del sistema de administración de la justicia, sino también por parte de una sociedad que ha asumido de tal forma la naturalización de la violencia patriarcal, que no es capaz de sancionar moralmente a los perpetradores, pero sí revictimiza a las víctimas, reproduciendo los discursos sexistas y amarillistas que día a día son difundidos por los medios de comunicación masiva.

En este contexto, me parece importante recordar que fueron las luchas de las organizaciones de mujeres, del movimiento de mujeres y del movimiento feminista en distintas partes del mundo, las que lograron que la violencia patriarcal contra las mujeres fuera reconocida como uno de los dispositivos de poder más contundentes del patriarcado, para mantener la dominación masculina y para garantizar la subordinación de las mujeres. Fueron esas luchas las que lograron que la violencia patriarcal contra las mujeres fuera reconocida como un problema social y político en todo el mundo; fueron esas luchas las que lograron colocar el problema en las agendas políticas de los gobiernos y de los organismos internacionales; fueron esas luchas las que lograron que el problema fuera incluido en las agendas de investigación de la academia.

Gracias a esas luchas es que hoy tenemos la posibilidad de estar aquí sentadas, ejerciendo nuestro derecho a pensar y a pensarnos, ejerciendo nuestro derecho a ser sujetas epistémicas, uno de los derechos que el patriarcado nos negó por largos siglos a las mujeres, construyéndonos con violencia epistémica, como seres frágiles, emocionales, no pensantes. Y al construirnos así, nos relegó al ámbito privado de su sistema, apropiándose de nuestros cuerpos, de nuestras mentes, de nuestros afectos, de nuestros deseos, de nuestra capacidad productora y reproductora. Y encima, naturalizó sutilmente toda esa violencia. ¿Qué puede ser más violento que un sistema que hace esto a la mitad de la humanidad?

Pareciera que nada, pero cuando una mujer se atreve a transgredir los límites que le han sido trazados desde antes de nacer, es fuertemente señalada por la moral masculina misógina y es castigada ejemplarmente a través de otros recursos menos sutiles del poder patriarcal, que es lo que hoy conocemos como “violencia contra las mujeres”, “violencia de género”, “violencia sexista” o “violencia patriarcal contra las mujeres”, como yo prefiero nombrarla, para resaltar su carácter estructural y sistémico y para nombrar simultáneamente las otras formas de desigualdad generadas por el patriarcado, como el racismo, el etnocentrismo, el clasismo, el colonialismo, la xenofobia, la lesbofobia y toda la lista interminable de opresiones que ya conocemos y vivimos en el día a día.

Ya muchas de esas expresiones más visibles de la violencia patriarcal han sido nombradas y explicadas desde los años 70 por distintos estudios de género y feministas, como la mal llamada “violencia doméstica” o “violencia intrafamiliar” y la violencia sexual en su gran abanico de manifestaciones. También hay estudios que dan cuenta de la violencia específicamente sexualizada que tropas militares y grupos paramilitares han ejercido sobre los cuerpos de las mujeres en los conflictos armados que se han librado en algunos de nuestros países, en el marco de la estrategia contrainsurgente y genocida implementada por nuestros Estados. Cabe mencionar que aunque los estudios existentes tienden a enfocarse en las violaciones sexuales a las mujeres, la violencia patriarcal en este contexto, también tuvo otras manifestaciones más sistemáticas y sostenidas, como la privación de la libertad, la esclavitud sexual y el trabajo forzado.

A partir de los años 90, algunas teóricas feministas apoyadas por el movimiento de mujeres y el movimiento feminista, lograron visibilizar al femicidio como el crimen más cruento del patriarcado, que al igual que los otros crímenes del sistema, es cometido contra las mujeres “por el sólo hecho de ser mujeres”. Uno de los resultados de la lucha por visibilizar este crimen, ha sido la tipificación jurídica del delito en algunas de nuestras legislaciones y en el caso de Guatemala, la aprobación de la Ley contra el femicidio y otras formas de violencia contra la mujer, en abril del 2008.

Más recientemente, algunas mujeres feministas han tratado de mostrar que en el contexto neoliberal globalizante, el sistema ha permitido el surgimiento de nuevas formas de violencia patriarcal contra las mujeres, como en el caso de la violencia sexual ejercida contra mujeres migrantes en nuestra región y como en el caso de las expresiones de violencia que se derivan del problema del tráfico y la trata de mujeres y niñas con fines de prostitución forzada y otras formas de explotación sexual, que representan jugosas ganancias para las redes nacionales y transnacionales del crimen organizado y para sus socios del narcotráfico en contubernio tácito -y en algunos casos explícito- con funcionarios públicos de nuestros países.

Otra de las expresiones actuales de la violencia patriarcal contra las mujeres en Mesoamérica es la violencia institucional ejercida por las fuerzas de seguridad y grupos paramilitares en contra de los territorios y del territorio político cuerpo de las mujeres indígenas y campesinas en procesos de desalojo y represión a luchas por los recursos naturales, como los casos mexicanos de las mujeres de San Salvador Atenco y la masacre de Acteal, donde 32 mujeres fueron asesinadas por grupos paramilitares. En Guatemala también hay varios casos que todavía no han sido suficientemente documentados, siendo uno de los más recientes el del Valle Polochic.

En 1988 Liz Nelly propuso la noción de continuo para explicar el nexo que existía entre las distintas expresiones de la violencia sexual (violación, hostigamiento sexual, pornografía y abuso físico a las mujeres y a las niñas). En años recientes, varias feministas han ampliado estratégicamente la utilización de esta noción, para mostrar cómo las distintas expresiones de la violencia patriarcal contra las mujeres forman parte de un mismo dispositivo de poder del sistema.

Personalmente, considero que cuando hablamos de construir estrategias para la erradicación de la violencia patriarcal contra las mujeres, debemos partir de un análisis complejo que visibilice el contínuum de este problema estructural y sistémico, el hilo que conecta sus distintas manifestaciones en nuestro contexto, porque sólo cuando dejamos de tratar las distintas expresiones de la violencia patriarcal contra las mujeres como hechos aislados y tratamos de encontrar el mínimo común denominador que hay entre ellos, el sustrato del cual todos se nutren, podemos entender el problema como un recurso de dominación del poder patriarcal.

En Mesoamérica y en Latinoamérica, llevamos varios años estudiando el problema de la violencia patriarcal contra las mujeres, denunciando sus consecuencias en las vidas de las mujeres y luchando por la erradicación de este flagelo, desde distintos frentes. Se ha logrado visibilizar el problema; se han realizado procesos de sensibilización de género para personas funcionarias públicas relacionadas con el problema; se ha contribuido a la formulación de políticas públicas de prevención y atención al problema; se ha contribuido a la creación de nuevas leyes que buscan sancionar a los perpetradores; se ha presionado por la creación de instituciones públicas específicas para atender y dar seguimiento al problema; se han generado procesos de capacitación ad hoc en diversos espacios sociales; se han logrado difundir discursos con “perspectiva de género” entre distintos sectores sociales; se han implementado programas de educación no sexista; se han construido herramientas útiles a las organizaciones y movimientos que velan por el cumplimiento de los derechos de las mujeres; se han creado programas y acciones de prevención y atención a las sobrevivientes de la violencia patriarcal; se ha acompañado el acceso de algunas de las víctimas o de sus familiares al sistema de justicia; etc.

En mi opinión, todo ese trabajo ha sido y sigue siendo insuficiente para erradicar la violencia patriarcal contra las mujeres en Mesoamérica. Y creo que esa insuficiencia está relacionada con el hecho de que la mayor parte de estrategias y acciones que nos hemos planteado, responden a la urgencia que demanda la gravedad del problema y eso nos ha impedido pensar en estrategias de largo aliento. Y pensar en estrategias de largo aliento, supone entender que el problema de la violencia patriarcal contra las mujeres, es un problema sistémico, por lo tanto, no se va a resolver dentro del mismo sistema, que de manera perversa nos hace algunas supuestas concesiones dentro del marco de la democracia liberal, como el recurso a los derechos humanos y el acceso a la justicia penal, haciéndonos creer que con ello estamos transformando el mundo, cuando todas esas son también herramientas del sistema patriarcal, que lo producen y lo reproducen.

Y con esto no quiero decir que no deba librarse esta lucha, sobre todo si las mujeres sobrevivientes así lo deciden, pero si hablamos de erradicar la violencia patriarcal, debemos recordar lo que Audre Lorde afirmó en 1983: “No se puede derribar la casa del amo con las herramientas del amo”. Por lo tanto, desde mi perspectiva, erradicar la violencia patriarcal contra las mujeres supone que recuperemos el potencial crítico y transformador del pensamiento feminista y que estemos dispuestas a pensar y a actuar desde una posición auténticamente transgresora del sistema.

Ya no podemos invertir los pocos recursos que tenemos en investigaciones y procesos formativos que nos trasladan una mirada fragmentaria, unilateral y estática de la realidad, y que en consecuencia, asumen el pragmatismo resignado como horizonte. No tenemos por qué seguir adecuando nuestras agendas de investigación y de acción a las agendas surreales de la cooperación internacional, ni tenemos por qué seguir aceptando el lenguaje “políticamente correcto” que nos impone, porque entre la “participación ciudadana” y la “perspectiva de género”, hemos perdido la perspectiva en la lucha y hemos asumido una nueva forma de colonialismo. No podemos permitir que la competencia por los fondos siga enfrentando a las organizaciones y fragmentando a los movimientos sociales en nuestra región. No podemos seguir enfrascadas en la discusión de falsos dilemas como si el Estado cumple o no cumple con los compromisos firmados a favor de las mujeres, o si los hombres están dispuestos a repensar su masculinidad y a dejar los privilegios de los que han gozado por largos siglos; mucho menos podemos seguir enfrentadas por debates teóricos innecesarios, como si  lo más correcto es hablar de femicidio o de feminicidio, mientras cientos de mujeres siguen siendo asesinadas año tras año en nuestros territorios.

Es momento de atrevernos a pensar estratégicamente, y enfocar nuestros esfuerzos en la construcción de conocimientos y estrategias políticas que apuesten por la construcción de un nuevo orden civilizatorio, como diría Margarita Pisano. Y pensar un nuevo orden civilizatorio, pasa necesariamente por inventar nuevas lógicas de poder que nos permitan a las mujeres la recuperación de nuestra dignidad desde la creación de condiciones de posibilidad para repensarnos, para reinventarnos, para recrear nuestra mismidad y para decidir cómo queremos relacionarnos con la otredad, desde otro lugar. Pensar estratégicamente es dejar de exigir al Estado lo que no puede darnos y empezar a identificar entre nosotras a nuestras cómplices, aquellas con las que vamos a construir nuestros sueños civilizatorios de futuro. Pensar estratégicamente es dejar de apostar por pequeños proyectos de investigación y de acción y empezar a trazarnos programas transnacionales de largo aliento con una clara apuesta transgresora, que se ubique en los campos de lucha medulares del sistema, sin olvidarnos de incluir el desmantelamiento de imaginarios sociales hegemónicos que constituyen los nudos de la dominación masculina, como el imaginario del amor, el de la heterosexualidad obligatoria, el de la familia, el de las identidades, etc., etc., etc. Y la apuesta transgresora significa también salirnos de los marcos del pensamiento falogocéntrico y entender que todas esas discusiones pasan necesariamente por nuestros cuerpos, como los territorios políticos primigenios donde debe librarse la lucha, y eso supone la utilización de herramientas propias y la creación de espacios propios, que nos permitan tomar suficiente distancia del sistema patriarcal y de sus trampas cognitivas y políticas.

Pensar estratégicamente, es finalmente, aprender a conjugar el corto, el mediano y el largo plazo, para acabar con la dispersión de esfuerzos y orientarlos hacia una misma dirección, es decir, la transformación radical del sistema que lo produce y lo reproduce, que lo permite y lo legitima. Creo que si logramos todo esto, entonces sí podemos afirmar con toda propiedad que estamos luchando por la erradicación de la violencia patriarcal contra las mujeres y que estamos construyendo una nueva civilización.

Muchas gracias.

Tomado de: http://www.fire.or.cr/index.php/noticias-todas/acciones-movilizaciones-logros-desafios/401-panel-violencias-y-feminicidio-en-mesoamerica-realizado-en-el-marco-del-ii-encuentro- mesoamericano-de-estudios-de-genero-y-feminismos-.html

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