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lunes, 18 de julio de 2011

Guerra contra el terror y geopolítica feminista

Joanne Sharp
jsharp@ges.gla.ac.uk
University of Glasgow [1](Reino Unido)

Resumen: El final de la guerra fría parecía prometer el final de una praxis geopolítica basada sobre la exclusión de la diferencia. Los teóricos hablaron de fluidez, hibridación y de un mundo en el que progresivamente disminuían las fronteras. Sin embargo, las consecuencias del 11 de septiembre mostraron claramente la persistencia de imágenes de un mundo peligroso donde el mantenimiento de las fronteras es vital para la seguridad. Mientras que este artículo se centrará inicialmente en la crítica de textos y de escritos de la geopolítica de la «guerra contra el terror» en el espíritu de una «geopolítica crítica», proseguirá hacia el planteamiento de una geopolítica feminista que ponga cuerpos y prácticas cotidianas en el centro de la geopolítica.

El final de la geopolítica de la guerra fría [2]
Hubo muchas opiniones sobre el final de la guerra fría. Algunos sostuvieron que estábamos viendo la aparición de un orden mundial verdaderamente distinto basado en la desterritorialización, la disolución de las fronteras, el movimiento de capital y gente a través del mundo a velocidades cada vez mayores como si los límites territoriales ya no importaran (por ejemplo Ó Tuathail y Luke, 1994). Otros temieron las consecuencias de la naturaleza compleja y fracturada de la geopolítica post-guerra fría. John Mearsheimer (1990) se adelantó a plantear que pronto extrañaríamos las certezas de la guerra fría. Sin embargo, los acontecimientos del 11 de septiembre hicieron ver claramente que estos dos imaginarios geopolíticos no debían -no podrían- ser separados. Como Sassen (s.f, sin paginar) ha argumentado:

“La globalización no solamente ha facilitado los flujos globales de capital, bienes, información y de agentes de negocios. También ha propiciado otra variedad de interacciones. Los escudos antibalísticos intercontinentales no pueden protegernos contra los secuestradores que dirigen aviones en vuelos nacionales contra edificios comerciales o militares. Los estados más poderosos no pueden escapar completamente del terrorismo de «bricolage» —bombas de clavos, artefactos nucleares rudimentarios, y armas biológicas hechas en casa. El crecimiento de la deuda, el desempleo, el deterioro de los sectores económicos tradicionales, han alimentado el crecimiento explosivo del comercio ilegal de gente dirigido en gran parte a los países ricos”.

Con los eventos del 11 de septiembre la celebrada desterritorialización de la geopolítica binaria de la guerra fría pareció echar reversa. George W. Bush ha convertido la territorialización del peligro y de la amenaza en una oposición binaria simple entre el bien y el mal:

“Cada nación, en cada región, ahora tiene que tomar una decisión. O están con nosotros, o están con los terroristas. A partir de este día, cualquier nación que continúe albergando o apoyando el terrorismo será mirado por Estados Unidos como un régimen hostil” (George W. Bush, 2001, sin paginar).

Neil Smith (2001) escribió que aunque el ataque contra el World Trade Center fue a la vez un evento profundamente local y global, fue reproducido en los EE.UU. como una tragedia nacional. Lo que quiero plantear es que el impacto del 11 de septiembre ha traído un reestablecimiento de una fijación mental de las fronteras entre los norteamericanos (si es que cualquier otro imaginario geopolítico se había abierto paso). Cualquier reconfiguración de la geopolitica que pudo haber ocurrido desde el final del la guerra fría se ha invertido con la clara sensación de los EE.UU. haciendo frente a un peligro «allá afuera». Bush fue inequívoco en su opinión global mundial: «eliminaremos el mal del mundo».

Uno de mis recuerdos más vívidos de la cobertura televisiva del ataque contra las Torres Gemelas fue una entrevista con un transeúnte (la cual, según lo que se conoce se repitió en conversaciones en todos los EE.UU.) El entrevistador preguntó a un hombre sobre qué debería hacer Bush ahora. El hombre contestó «bombardearlos». Cuando se le preguntó a quien se refería, el hombre simplemente contestó «a toda esa gente, necesitamos bombardear todos esos países».

En principio, allí había un verdadero, pero mal enfocado, sentido de peligro «exterior» pero pronto toda clase de narrativas emergieron para explicar esta situación. Quizás la reorganización geográfica más común en los EE. UU. Después del 11 de septiembre se basa en la tesis del Choque de Civilizaciones de Huntington (1993), que de manera desafortunada argüía que los patrones geopolíticos de la guerra fría serían reestructurados alrededor del conflicto cultural, más precisamente entre el oeste secular-cristiano y la cultura islámica, que veía como intrínsecamente incompatibles. Los acontecimientos del 11 de septiembre parecieron probar la teoría, a pesar de varias opiniones contrarias, incluyendo a Edward Said (2001) y a Huntington mismo, quien insistió que ésta era la acción de un pequeño grupo de extremistas más que de unos representantes del Islam en general. De un solo golpe, nos regresaron al discurso de la guerra fría de nosotros-ellos, interior-exterior, bien-mal... un mundo de fronteras maniqueístas.

Dentro de los EE. UU. se volvió imposible criticar las políticas de los EE.UU. y a Bush, o aún expresar cualquier sentido de comprensión de porqué los terroristas podrían albergar un resentimiento contra los EE.UU. El patriotismo y el americanismo alcanzaron niveles sin precedentes con aumentos significativos en la compra de banderas (Brunn, 2003:4-5).

También se esperaba que los medios llamaran «a unirse alrededor de la bandera». La administración de Bush ha celebrado reuniones a puerta cerrada con varias importantes personalidades de Hollywood en un esfuerzo «por realzar la opinión de los EE. UU. alrededor del mundo, de “enviar el mensaje” de lucha contra el terrorismo y movilizar recursos existentes, tales como satélites y cable, para fomentar una mejor comprensión global» (DerDerian, 2002, párrafo 25) - la formación de un complejo militar, industrial y de medios (DerDerian 2001). Y el mercado no ha tardado en unirse a la carrera. Además de la reproducción del juego de cartas [3] con las fotografías de los iraquíes más buscados por el gobierno de los EE.UU., las compañías han sido rápidas para explotar la atracción de los «otros». Una compañía de los juegos de computadora lanzó «los 10 más buscados» que:

“dirige la pericia militar del mejor agente de la CIFR [Agencia de persecución contra el crimen y captura de fugitivos] para la cacería de fugitivos de los EE.UU. listados en el sitio web del FBI, incluyendo el notorio líder de la red terrorista Al Quaeda, Osama Bin Laden y el depuesto líder de Irak, Saddam Hussein, con comentarios de Dan Rather, estrella de la cadena de televisión CBS, con imágenes licenciadas por CNN. En el juego, la música será proporcionada por los miembros del grupo So Solid Crew que también harán apariciones en el juego...Los invitamos a que tomen parte en el desafío patriótico y se una a las filas de la CIFR” (GameInfo, 2003).

La narración dominante en los EE.UU del territorio y de la identidad emerge de la arena formal de la política pero también a través de espacios en los medios (películas, revistas, juegos de computadora). Pero estas esferas no están separadas: el reconocido presentador de noticias brinda un efecto de realidad a los juegos, mientras que guionistas y directores de cine son consultados por el Estado sobre posibles escenarios de ataques terroristas. La reterritorialización de la cultura política americana está siendo recreada a través de la sociedad.

Rápidamente quedó claro que Al Qaeda no era el tipo de enemigo que EE.UU. había enfrentado antes. Éste no era un grupo atado a un territorio luchando por su soberanía, sino más bien una red de células. En lugar de emerger de los más pobres rincones del Tercer Mundo, lo que comentaristas como Robert Kaplan (2000) habían asumido en sus predicciones del fin del mundo como las nuevas amenazas contra «el mundo civilizado», los terroristas provenían de la clase media educada del Medio-Oriente o habían sido reclutados en mezquitas en países del Occidente. Consiguieron dinero a través de fraude con tarjetas de crédito y de especulación en la bolsa. Utilizaron teléfonos móviles para comunicarse. Ésta no era la geopolítica de costumbre.

Los EE.UU., por supuesto, sobrevivieron el Siglo XX sin presenciar, de primera mano, las muertes y los brutales niveles de destrucción experimentada en gran parte del globo. Como Neil Smith (2001) arguye, «ningún otro país ha sido tan inmune al terror que hizo del Siglo XX el más violento de la historia». La fantasía de protección que ofrecía el aislamiento ha sido totalmente obliterada. La seguridad del hogar ya no podía asegurarse, el peligro ya no estaba no solamente «allá afuera». Ningún programa armamentista, ninguna guerra de las galaxias ni ningún poderío militar global podían recuperar ese sentido de espectador seguro en el resto del mundo. La geografía imaginaria de espléndido aislamiento de los EE.UU. ha recibido un golpe contundente, pero el país lucha para reinscribir nuevas geografías imaginarias. Este error condujo a reacciones absolutamente ridículas a los eventos el 11 de septiembre, cuando comentaristas políticos y gente del común insistían en a necesidad de bombardear a alguien sin realmente saber a quién.

Por lo tanto, la respuesta de EE.UU. a tales eventos fue la clásica geopolítica territorial. Se montó una estrategia de invasión, seguida por la pronta ocupación e Afganistán. Bush y sus consejeros empezaron a construir un modelo de amenaza geopolítica, el eje del mal, que era puro discurso de la guerra fría. He aquí una alianza de estados amenazadores -«los otros» para la democracia americana- posiblemente en liga, esperando para atacar.

Como consecuencia del 11 de septiembre, ha habido sugerencias para que los estadounidenses se preparen para «la inevitable eliminación de ciertas libertades civiles» (Mitchell, 2003:4). La Ley Patriótica de los EE.UU. (aprobada rápidamente y casi sin ninguna deliberación) «reduce el poder de las cortes a la revisión de las acciones ejecutivas para mantener individuos y organizaciones bajo vigilancia, limitar sus actividades, buscar, capturar, o detener individuos» (Young, 2003: 226). El tratamiento en Guantánamo de prisioneros de guerra arrestados en Afganistán ha sido ampliamente criticado por comentaristas, grupos de derechos humanos y Estados en todo el mundo. Estas limitaciones de derechos han afectado a los que no son norteamericanos, o que no parecen norteamericanos. Hay muchos ejemplos de árabes, o gente de apariencia árabe, que son atacados por civiles, señalados por los medios o que reciben trato indebido por agentes de policía. Smith (2001) se pregunta por qué no hubo llamados de atención para cuidarse de hombres cristianos blancos de apariencia sospechosa después que Timothy McVeigh fuera condenado por la bomba en Oklahoma. Esto demuestra una vez más la importancia de lo exterior, lo diferente, y lo estéticamente marcado en la construcción de imaginaciones geográficas (y especialmente imaginaciones nacionales).

Pero, esta no es una tendencia exclusiva de los EE. UU. La nueva legislación antiterrorista del Reino Unido menoscaba los derechos de los individuos al debido proceso, aumenta los niveles de vigilancia e incluso se propuso la expedición de tarjetas de identificación. En Alemania, hasta hace poco tiempo, la vigilancia era vista con hostilidad por sus ciudadanos: en los años 80, hubo manifestaciones contra el perfil automatizado de terroristas e inclusive contra el censo. Sin embargo, inmediatamente después del 11 de septiembre, hubo un cambio de actitud, había una mayor aceptación para mayores medidas de la vigilancia, incluyendo TV de circuito cerrado. En una encuesta tomada inmediatamente después del 11 de septiembre, el 95% de los alemanes estaban en favor de una seguridad más estricta en los aeropuertos, el 80% estaba a favor del restablecimiento de controles de frontera y el 67% a favor de la vigilancia de video en calles y plazas (Zehfuss, 2003: 516).

Pero irónicamente, tales opiniones, tales cambios en la vida cotidiana y en el sentido de ciudadanía, son los resultados deseados por Bush y por Bin Laden. Considerando el reestablecimiento de líneas claras de juicio en los EE. UU., DerDerian (2002) se pregunta:

“¿Adonde colocaría tal punto de vista a fervientes buscadores de la verdad y serios enemigos del relativismo y de la ironía tales como Bin Laden? ¿Terrorista enemigo pero aliado epistemológico?”

Entonces, ¿cuáles son las alternativas?

¿Una geopolítica feminista?
Algunas comentaristas feministas han denunciado la falta de mujeres en la geopolítica y en las relaciones internacionales. Cynthia Enloe (1989) sugiere que las mujeres han sido removidas de las narraciones de la política internacional que tradicionalmente han descrito confrontaciones espectaculares entre estados poderosos liderados por grandes estadistas, de los discursos y los actos heroicos de la elite, y del conocimiento especializado de los «intelectuales del manejo del Estado». ¿Pero, es posible una geopolítica feminista, o la arquitectura de las discusiones geopolíticas la reducen a una forma masculinista de razonamiento? ¿Es posible una forma de pensar acerca del territorio y de la pertenencia sin recurrir a una identidad basada en la construcción de fronteras, geografías del interior y del exterior, y en la exclusión de lo diferente?

Los cuerpos de las mujeres están intrínsecamente inscritos en las relaciones internacionales, sin embargo lo son frecuentemente en niveles mundanos o cotidianos. Por lo tanto, las mujeres a menudo son silenciadas en los textos del discurso político. Los lugares de las mujeres en política internacional no tienden a ser en el campo de las decisiones, sino como trabajadoras y nómadas internacionales, como imágenes en publicidad internacional, y como «víctimas» que han de ser protegidas por las fuerzas de paz internacionales. Sin embargo, como Cynthia Enloe (1989, 1993) ha insistido por mucho tiempo, esto no significa que las mujeres no tengan ningún papel en la reconstrucción de los órdenes internacionales; simplemente sucede que su agencia está oculta de la tradicional mirada geopolítica. ¿Cómo sería de diferente la geopolítica internacional sin estas imágenes de feminidad y de flujos internacionales de trabajadores y de refugiados?

No sólo es importante el escribir nuevamente las acciones de la mujer dentro del debate geopolítico pero también el preguntarse por su ausencia en primera instancia. El primer movimiento para tratar críticamente la marginalización de ciertas voces en el registro de acontecimientos geopolíticos vino de Ó Tuathail (1996) cuando él implementó la noción de «ojo anti-geopolítico». Esta «anti-geopolítica» representa una visión geográfica del mundo, corporeizada [4] y situada, que evita lo que Donna Haraway (1988) ha llamado «el truco de Dios» que permite al espectador estar en todas partes y en ninguna parte a la vez. El ojo antigeopolítico de Ó Tuathail ve el mundo desde un punto de vista fácilmente reconocible, es una posición que toma la responsabilidad de su representación desde alguna parte. Las geografías políticas producto de un ojo antigeopolítico acentúan la proximidad de la moral y la ira: no es distanciado ni desapasionado, justo ni irónico, pero se enfurece ante la injusticia, la explotación y la subyugación, quiere ver un cambio. Ó Tuathail (1996) presenta los apasionados informes de Maggie O’Kane sobre la guerra en Bosnia como una alternativa situada, moral y subjetiva al distante ojo que lo ve todo del practicante de la geopolítica tradicional. Los informes de ella subrayan la agencia y los actos de la gente, y la materialidad de la violencia. Ella discute las geografías imaginadas y las representaciones por medio de las cuales una región gana su identidad política, y a través de las cuales se ha configurado el conflicto, pero también las acciones de la gente (actos heroicos y represión violenta). Los impactos no son solamente palabras o discursos sino también dolor, pena y muerte.

El reescribir acciones de mujeres (y otras voces marginadas) como parte del pensamiento geopolítico o, como Ó Tuathail sugiere, un desplazamiento hacia el ojo anti-geopolítico, representa un movimiento hacia el reconocimiento de la  corporeización inherente e inevitable de procesos geográficos y relaciones geopolíticas a diversas escalas (Dowler y Sharp, 2001). Para reescribir las experiencias cotidianas de individuos como parte de sucesos geopolíticos más amplios, los académicos están relacionando la escala de sus investigaciones de lo global y nacional con lo local. En la discusión anterior referente a los sucesos del 11 de septiembre y sus consecuencias queda claro que la geopolítica no está limitada al discurso sino que está corporeizada siempre y por todas partes: en los manifestantes a quienes se les prohíbe protestar en centros comerciales, en las personas de «apariencia árabe» que son observadas o se les interroga en ciudades y aeropuertos del mundo occidental, y en los hombres, mujeres y niños que son el blanco de ataques militares en Afganistán e Irak. Examinar el mundo mediante la escala del cuerpo ha alterado la comprensión de la geografía del espacio, «como ha quedado claro que las divisiones espaciales –ya sea en el hogar o en el lugar de trabajo, a nivel de ciudad o de nación-estado- también se ven afectadas por y reflejadas en las prácticas corporeizadas y en las relaciones sociales vividas» (McDowell, 1999:35). Esta posición aboga por la necesidad de pensar en los cuerpos como sitios de actuación vital plena y no como simples superficies de inscripción discursiva. Los discursos no simplemente se escriben sobre los cuerpos como si estos ofrecieran superficies en blanco de topografías iguales. Por el contrario, estos conceptos y formas de ser son tomados y utilizados por la gente quienes les dan significado en los diferentes contextos globales en los que funcionan. De esta forma las mujeres y otras figuras marginadas aparecen nuevamente dentro de la visión de la geopolítica crítica.

Esto no quiere decir que se sugiera que para entender geografías e identidades nacionales e internacionales es necesario abandonar el discurso. Todo lo contrario, hay que verlo de una manera más amplia que sea menos dominada por la representación y más referida a prácticas reales. Las geografías políticas se pueden considerar como emergiendo de prácticas y discursos textualizados que dibujan a la gente como sujetos. Atrapadas en diversas formas de tráfico internacional, las mujeres son especialmente vulnerables a la racialización y a la erotización de sus cuerpos y de su trabajo. La seguridad nacional define a los cuerpos de las mujeres como necesitados de protección, pero ésto es a menudo definido desde una posición masculinista [5]. Los cuerpos de las mujeres literalmente se convierten en una parte de hacer «lo internacional». En el conflicto de Kosovo, por ejemplo, la OTAN fue a la guerra y, como resultado, terminó protegiendo una de las estructuras más patriarcales en Europa.

Para comenzar a pensar en términos de una geopolítica feminista, es necesario pensar más claramente sobre las bases del discurso geopolítico en la práctica (y en el lugar que ocurre) para conectar la representación internacional a las geografías de la vida cotidiana; para entender las maneras en que lo nacional y lo internacional se reproducen en las prácticas mundanas que damos por sentadas, y «para reconocer la interconectividad de las formas de violencia que no siempre reconocemos como conectadas o para el caso, como formas de violencia» (s.f. Sassen).

Matt Sparke (1998) ha explicado cómo este proceso operó en la construcción de un sujeto político en particular: Timothy McVeigh, el bombardero de Oklahoma [6]. Las acciones de McVeigh solamente pueden ser entendidas por medio de un examen de la forma en que la identidad política se conformó a lo largo de su propia biografía. McVeigh fue sujeto del discurso norteamericano del dentro-fuera, de la seguridad y del valor de la cultura e identidad americana, y de las amenazas de esos otros más allá de las fronteras que buscan la destrucción de EE.UU. Él fue inscrito en estas prácticas discursivas como consumidor de la cultura norteamericana durante toda su vida pero también, en su parte más extrema, su experiencia militar en la guerra del Golfo; de hecho fue condecorado por sus acciones en el conflicto y se consideraba a sí mismo como patriota. A su regreso a EE.UU., McVeigh aparentemente desarrolló la idea de que el país había perdido su senda. Era un personaje solitario que se sentía marginado por la sociedad dominante que a su vez era incapaz entender la situación en que se encontraba. Sin embargo, al ser reconstruida a partir de las narrativas de masculinidad de guerrero solitario de las películas de Rambo, esta subjetividad reforzó su sentido de patriotismo. Con las representaciones norteamericanas de geografía global que él había experimentado, era poca la diferencia entre «convertir a la gente que trabaja para el gobierno federal en lacayos del aparato del Estado del mal y convertir a los iraquíes en lacayos del aparato de un Estado malvado» (Sparke, 1998: 202).

Sparke demuestra cómo las representaciones de la Guerra del Golfo se han desarrollado -de una manera muy específica- en la vida de esta persona. El análisis de los discursos significativos en esta historia puede sugerir que el peligro siempre yacería fuera de los límites del los EE. UU. Pero la descripción casi etnográfica de Sparke muestra cómo la producción de imágenes geopolíticas y su impacto real en la vida cotidiana de la gente ha sido rehecha, en este caso, para producir resultados diferentes. Una ampliación de los intereses de la geopolítica, desde las palabras y acciones de miembros de la administración estatal hasta lo que puede considerarse como una etnografía de las relaciones internacionales, ofrece interesantes posibilidades para el entendimiento de las complejas geografías locales corporeizadas que reconstruyen la nación y la geografía de las relaciones internacionales.

Entonces, es necesario considerar otras reterritorializaciones y exponer las líneas de relación y de causalidad entre ellas en el contexto de cambios políticos recientes.

Podemos empezar con el espacio cotidiano. Don Mitchell argumenta que los derechos al espacio público siempre están en disputa, siempre en un proceso de configuración: siendo negociado y desafiado. Pero en la estela del 11 de septiembre él notó una reinscripción particularmente fuerte del control del Estado y de «expertos» que discuten sus visiones de ciudades seguras y ordenadas. Esta reinscripción del espacio público como seguro y ordenado tiene implicaciones sobre quiénes pueden estar entre el público y cómo pueden utilizarlo:

“No puede haber ningún lugar para la desordenada espontaneidad de la política, del no orquestado juego de la diferencia que Iris Marion Young y otros afirman es tan necesario para el desarrollo de un espacio público justo” (Mitchell, 2003: 229).

 Hay casi una percepción de que el espacio público es un «lujo» que un país «en guerra» no puede permitirse:

“El sueño de la ciudad perfectamente ordenada, entonces, es exactamente el sueño en el cual la ciudad se enajena completamente de sus residentes, colocados bajo total control: es una fantasía autoritaria, totalitaria inclusive” (Mitchell, 2003: 230).

A nivel de la geopolítica de cuerpos individuales, ha habido entonces una reterritorialización. Las geografías cotidianas de los musulmanes en Occidente han sido quizás las más claramente afectadas. Inicialmente había violencia en los EE. UU. contra gente de «apariencia árabe» y ataques contra lugares de culto y de otros lugares claramente religiosos lo que dio lugar a un mayor sentido de miedo a largo plazo. Mei-Po Kwan (2002) ha demostrado que las mujeres musulmanas en ciudades de los EE. UU. han tenido que cambiar su uso de la ciudad como resultado de un miedo creciente a ser atacadas: sus geografías urbanas de los espacios seguros y peligrosos de la vida cotidiana han tenido que ser reconfiguradas.

La reciente decisión del gobierno francés que prohíbe el uso en escuelas públicas del velo en las cabezas de las muchachas musulmanas -al igual que cruces grandes y otros símbolos religiosos- aparentemente ha reinscrito el cuerpo del ciudadano como espacio neutral, «manteniendo una distancia entre todo lo espiritual o afiliaciones de comunidad en la arena pública, volviendo así todo lo mismo e igual en la vida cívica» (Lévy, 2004:5.2). Es significativo que a pesar de los varios objetos religiosos mencionados, es el velo el que ha despertado tanto interés y debate. Esta es la imagen del Oriente exótico, seductivo que por tanto tiempo ha cautivado la imaginería occidental, el deseo de averiguar lo que hay tras el velo y al mismo tiempo el deseo de liberar a la mujer de lo que se percibe como adoctrinación religiosa o el ejercicio de poder patriarcal. De nuevo, hay una batalla por el territorio de los cuerpos de las mujeres - lo secular contra la religión. ¿Pero dónde están las mujeres en este debate? Muchas lo reclaman como parte de su propia identidad, más como símbolo de la hermandad global de las musulmanas que como una muestra patriarcal, algo que, para algunos, ha llegado a ser más importante desde el 11 de septiembre. Como explicaba una mujer musulmana británica, «de muchas maneras yo vi el hijab como un acto de la solidaridad con las mujeres musulmanas alrededor del mundo» (Aziz, 2004).

Como muchos comentaristas extranjeros han observado, hay una tendencia en aumento entre las mujeres en el Medio-oriente para «volver» a utilizar el velo. Es algo que me ha intrigado durante el trabajo que hice en Egipto recientemente. Había asumido, considerando el bagaje de mi política feminista occidental, que esto se debía a fuerzas reaccionarias que ven a las mujeres como símbolos de la nación, y por ende como depositarias de la imagen tradicional. Pero algunas de las mujeres más independientes y capaces que he conocido y con quienes he trabajado usan el velo. La opinión occidental que yo había heredado de la mujer modernizada contra el instrumento pasivo de la tradición se vio desafiada. Parece que hay muchos «funcionamientos de género» en las sociedades egipcias que pueden resultar en la misma imagen. Sin duda hay algunos para los que el regreso al uso del velo representa una resistencia a los valores de Occidente; pero Sherifa Zuhur (1992) en su investigación en Egipto descubrió que otros utilizan la imagen de la mujer velada para negociar los espacios públicos del trabajo, para presentar una imagen no amenazadora para los trabajadores varones, y al mismo tiempo trasgrediendo la división público-privada, un uso estratégico del vestuario para brindar mayor libertad a las mujeres y al mismo tiempo manteniendo la imagen de buena mujer. A otras mujeres que conocí, les parecía una cuestión de moda, poniendo tanta atención a la escogencia del color y del material del velo como al resto del atuendo.

Las mujeres egipcias no responden de cualquier manera a la geopolítica global, al orientalismo y a las culturas anti-islámicas de Occidente. Pero este contexto global debe negociar procesos locales y nacionales también. Es una geopolítica de procesos de diferentes escalas - geopolítica global del orientalismo, tensiones nacionales entre fuerzas seculares modernas y poderes religiosos, combinándose en los procedimientos de mujeres individuales en sus tentativas de manejar y de negociar sus vidas diarias.

Pero ciertamente el uso del velo no puede significar la misma cosa en todas partes. La hermandad de las mujeres tiene una geografía. Mientras que el hijab puede ser un símbolo del orgullo de formar parte de la hermandad musulmana en lugares donde hay la opción hacerlo o donde esto representa un acto de desafío o una clara declaración, en otros lugares las mujeres pueden no tener la opción de hacer o no tal declaración. En dichos lugares emerge una política de la identidad muy diferente, donde el territorio de los cuerpos de las mujeres está sujeto a diversas fuerzas. Un posible resultado claro del ejemplo francés es que aquellos que quisieran que sus hijas continuaran usando el velo (y los que pueden permitirse el lujo) las enviarán a escuelas musulmanas especiales, por lo tanto reforzando las divisiones entre las comunidades en el futuro, y más claramente aún, inscribiendo territorios de pertenencia y de exclusión.

El uso de imágenes de género en imaginarios de geografías internacionales tiene que hacerse con sumo cuidado. Arundhati Roy (2002) dice, «se está haciendo creer que el propósito de la guerra era derribar el régimen Taliban y liberar mujeres afganas de sus burkas. ¿Nos están pidiendo que creamos que los infantes de marina de EE.UU. están en una misión feminista?» Pero ella enfatiza que hay otros lugares donde tratan a las mujeres muy mal (incluyendo al aliado de los EE. UU. Arabia Saudita, pero también en Asia del Sur) y entonces, «¿deben ser bombardeados? ¿Deberían ser destruidas Delhi, Islamabad y Dhaka? ¿Es posible bombardear el fanatismo fuera de la India? ¿Podemos bombardear todo hasta obtener un paraíso feminista?» El bombardeo de Afganistán continuó con este «objetivo feminista», a pesar de las súplicas de la Asociación Revolucionaria de Mujeres de Afganistán (RAWA) para detener el bombardeo. Para ellas, solamente «una sublevación total» del pueblo afgano, «puede prevenir la repetición y la recurrencia de la catástrofe que ha acaecido sobre nuestro país» (citado en Chomsky, 2002).

A pesar de toda la retórica feminista, a pesar del aparente éxito inicial de las acciones militares en Afganistán, «el espectáculo de celebraciones ha mostrado sobre todo hombres y niños celebrando en las calles» (Hyndman, 2003:10). ¿Dónde están todas las mujeres? ¿Dónde está la preocupación por su acceso al espacio público?

Mujeres en los EE. UU. se hacen la misma pregunta: ¿Dónde están todas las mujeres? Tickner (2002: 335) observa que a pesar «del nombramiento de la primera mujer de la administración de Bush como consejero de seguridad nacional, nuestras pantallas de TV después 9/11 estaban llenas de hombres (sobre todo blancos) a cargo de informarnos acerca de la “nueva guerra de América” tanto en el país como en el extranjero». El lenguaje del heroísmo ha sido importante para la narración sobre el 11 de septiembre en EE.UU. y es un lenguaje de género. A pesar de las contribuciones de mujeres al esfuerzo de rescatar a gente de los restos de las Torres Gemelas, a pesar de los mejores actos de las mujeres en el cuerpo de bomberos de la ciudad de Nueva York, la imagen del heroísmo público era de hombres. La imagen de héroes era sólo de hombres de tal manera que un grupo de mujeres del cuerpo de bomberos decidió recoger sus experiencias de los eventos del 11 de septiembre en un libro que parecía ser la única manera de que su versión de los hechos, de sus actos heroicos, pudiera ser narrada y pudiera ser escuchada. El género es un legitimador importante de la guerra y es central para la seguridad nacional: «nuestra aceptación de una sociedad “re-masculinizada” durante épocas de guerra e incertidumbre aumenta considerablemente» (Tickner, 2002:336).

La seguridad entonces –hacer el territorio seguro para aquellos que pertenezcan a él- es importante no solamente por su impacto como estrategia política internacional, pero también como influencia en relaciones de género. La seguridad presenta una visión Hobbesiana del mundo que sugiere que las «relaciones humanas están siempre al borde del desorden y de la violencia» (Young, 2003:225). Como tal, según lo mencionado anteriormente, se requieren limitaciones a la libertad personal: «hemos aceptado un trato: usted subordina sus acciones a nuestro juicio de lo que es necesario, y nosotros prometemos mantenerlo a salvo» (Young, 2003:226), una posición que Iris Marion Young considera como la de una familia patriarcal. La división de lo internacional (la esfera de la anarquía no regulada) y el estado (el espacio protegido y seguro del hogar) es hacer un paralelo entre lo público y lo privado. Lo privado es supuestamente la esfera segura; lo público es peligroso y es aquí donde las mujeres están fuera de lugar e incluso están vistas parcialmente como culpables si son atacadas. Geógrafas feministas tales como Pain (1991) y Valentine (1989) han sugerido que no obstante esta imagen, si es dentro del espacio privado del hogar donde las mujeres enfrentan el mayor peligro, entonces es posible también que este sea el caso para la nación. De hecho, en Marzo de 2004, Amnistía Internacional declaró que la violencia contra las mujeres debe ser un tema más significativo para los gobiernos alrededor del mundo que la guerra contra el terror:

“La violencia contra mujeres es una atrocidad contra los derechos humanos. Del campo de batalla al dormitorio, las mujeres están en riesgo. Los gobiernos están fallando en su tratamiento del «terror» verdadero que millones de mujeres enfrentan cada día en el mundo”. (Khan citado por Amnistía Internacional 2004).

Pero el aumento de la seguridad del Estado y la violencia patriarcal están relacionados. Simon Dalby (1994:531) sugiere que:

“Así como algunas feministas desafían la ideología de la familia que afirma que los espacios privados son «seguros» debido a la presencia de un varón protector, mientras que los espacios públicos son peligrosos para las mujeres [...] es posible extender estos argumentos al decir que los Estados realmente no protegen a todos sus ciudadanos (domésticos) mientras que proporcionan protección contra los peligros de la anarquía más allá de los límites del Estado”.

¿Territorios Feministas?
Hyndman (2003:3) sostiene que la geopolítica feminista «trata de desarrollar una política de seguridad en múltiples escalas, incluyendo la del cuerpo (civil)». Esta posición enfrenta a la versión militarizada, limitada que postula una identidad que necesita la protección del peligro presentado por un otro diferente y externo. Quiere sobrescribir los mapas convencionales del territorio y de pertenencia para sacar a flote las conexiones y los vínculos invisibles ocultos adentro.

Aunque haya un reconocimiento de la construcción social de límites en esta visión, no significa que las escritoras feministas y postcoloniales hagan caso omiso de los impactos materiales de las enunciaciones diarias de estas construcciones sociales: éstas tienen verdaderas consecuencias en las vidas de la gente alrededor del mundo. Respondiendo a la aseveración de Virginia Woolf : «como mujer no tengo país. Como mujer no quiero ningún país. Como mujer mi país es el mundo entero», Adrienne Rich (1986:212) explica cómo este sueño feminista de hermandad es inalcanzable. Ella insiste en que:

“Como mujer yo tengo un país; como mujer yo no puedo desasociarme de ese país simplemente condenando su gobierno o diciendo tres veces «como mujer mi país es el mundo entero». Dejando las lealtades tribales a un lado, e incluso si las naciones-estados ahora son apenas pretextos usados por los conglomerados multinacionales para servir sus intereses, yo necesito entender cómo un lugar en el mapa es también un lugar en la historia dentro del cual yo, como mujer, judía, lesbiana, feminista soy creada y estoy intentando crear”.

En estas «notas hacia una política de la locación», Rich insiste que el ser mujer (womanhood) está específicamente construido en lugares diferentes, como resultado de muchas geografías (y geografías históricas), desarrollando relaciones locales y globales de colonialismo, comercio, exploración, lucha... Las oportunidades, las experiencias, las expectativas y las acciones de Rich están limitadas y a la vez se hacen posibles por sus múltiples posicionamientos dentro de diversos «envases» de poder, siendo tal vez el más significativo el del Estado-nación del que ella es ciudadana.

Las fronteras no se pueden desaparecer simplemente con el deseo.

Y no todas las feministas lo desearían. Gloria Anzaldúa (1987) resalta la importancia del lugar y de la identidad en la resistencia a poderes globales dominantes. Plantea una celebración problematizada de la identidad basada en la impureza, la mezcla y la diversidad en lugar de la singularidad; un reconocimiento de la importancia de la frontera históricamente específica entre México y EE. UU. la cual ha sido su hogar. La ambivalente geografía de Anzaldúa reconoce la constructividad de identidad pero también la realidad de divisiones históricamente construidas tales como las fronteras nacionales. La frontera es una realidad vivida: no sólo una línea en el mapa, sino que se inscribe una y otra vez sobre su cuerpo.

To live in the Borderlands means you […]
are neither hispana india negra española
ni gabacha, eres mestiza, mulata, half-breed
caught in the crossfire between camps
while carrying all five races on your back
not knowing which side to turn to, run from;
...
...
To survive the Borderlands
you must live sin fronteras
be a crossroads.
…1,950 mile-long open wound
dividing a pueblo, a culture,
running down the length of my body,
staking fence rods in my flesh,
splits me splits me
me raja me raja

The U.S.-Mexican border es una herida abierta where the Third World grates against the first and bleeds (Anzaldúa 1987:194;195;2;3) [7].

Seguridad y hogar significan cosas muy diferentes en una comunidad tan diversa e hibridizada ¿qué sentido tiene excluir la diferencia aquí?

Para comenzar a pensar en una alternativa geopolítica feminista es necesario abandonar formas de identidad basadas en oposiciones binarias y límites (un lenguaje de «o»), y en cambio pensar en la multiplicidad (un lenguaje de «y»). Esto significa repensar «la seguridad», aquello que parece ser lo más importante de defender actualmente. Beeson y Bellamy (2003: 346) disputan la versión realista del Estado y propenden por una comprensión de la seguridad basada no en Estados sino en los seres humanos: «la seguridad humana». Esto implicaría proteger a la gente contra la pobreza, la desnutrición y del mismo Estado, además de las usuales amenazas «exteriores» percibidas por los realistas. Como ellos mismos argumentan:

Las prácticas de seguridad neo-realistas se afirman sobre una conceptualización del orden internacional que permanece centrado en límites soberanos y en claras distinciones entre el «uno mismo» y «el otro». Lo que demuestra el 11 de septiembre es que no solamente esos límites son teórica y prácticamente inseguros, sino que también lo es la política de seguridad basada en ellos” (Beeson y Bellamy, 2003: 353).

Notas
[1] Department of Geographical and Earth Sciences.
[2] La autora quiere agradecer a Ulrich Oslender por haberle sugerido escribir el presente artículo.
[3] A los soldados de los EE.UU. en Irak les dieron juegos de cartas con las fotografías de los aliados de Saddam Hussein, «Los enemigos más buscados de América».
[4] En el original se utiliza el verbo «embody», que se tiende a traducir como «incor-porar», aunque es más correcto «encarnar» en ciertos contextos, pero en ciencia social contemporánea (Foucault, Butler, Haraway, etc.) es más apropiado «corporeizar» (Nota del traductor).
[5] La autora usa el término «masculinist» en inglés. Con esto no se refiere tanto a una posición «sexista», sino a una «enfocada desde lo masculino». Nos parece interesante introducir esta noción como «masculinista», aunque el término no existe en español (nota del editor).
[6] En la mañana de Abril 19 de 1995, McVeigh estacionó un carro lleno de explosivos fuera de las oficinas gubernamentales en Oklahoma. La explosión destruyó una tercera parte de la estructura de siete pisos. Inicialmente se pensó que la explosión era producto de un ataque de terroristas islámicos pero pronto quedó en evidencia que era obra de un cristiano americano. McVeigh, que condujo el carro y detonó la bomba, fue ejecutado por el crimen mientras que su cómplice Terry Nichols está sirviendo cadena perpetua.
[7] Vivir en la zona de frontera significa que [... ]
no eres hispana india negra española
ni gabacha, eres mestiza, mulata, una mezcla
atrapada en el fuego cruzado llevando
cinco razas a cuestas sin saber para dónde dar la
vuelta, o hacia dónde correr;
...
...
Para sobrevivir la zona de frontera
debes vivir sin fronteras
ser una encrucijada.
...
...
una herida abierta de 1.950 millas de largo
dividiendo un pueblo, una cultura,
que recorre la longitud de mi cuerpo,
clavando cercas en mi carne,
me parte me parte
me raja me raja
...
...
La frontera mexicano-americana es una herida
abierta donde el Tercer Mundo se raspa con
el primero y sangra.


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Tomado de: “Tabula Rasa”. No.3. Enero-diciembre de 2005. Bogotá, D.C. Pp. 29-46. Traducido del inglés por Mauricio Pardo.

Imágen: Deja Vu, Santiago Carbonell.

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