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jueves, 21 de julio de 2011

La mujer no nace, se hace o de la diferenciación sexista en la educación

 Is@
(Le Monde Libertaire)

Simone de Beauvoir no creía escribir bien. Desde su nacimiento, había aparecido la diferenciación sexista educativa. Puso en marcha un proceso de integración de normas ligadas al sexo que duró toda su vida.

El color de la ropa, la elección de los juguetes, el lugar del bebé en el grupo familiar, en la escuela, las capacidades y rasgos de carácter no son los mismos según se trate de niño o de niña.

"En cuanto a la muchacha, se la sigue mimando, se le permite vivir en las faldas de su madre, el padre la pone sobre sus rodillas y le acaricia el pelo; se la viste con vestidos dulces como los besos, se es indulgente ante sus lágrimas y caprichos, se la peina con esmero, se divierte uno con sus gestos y coqueterías

Las niñas se expansionan jugando con muñecas, con juegos de cocina, con planchas que planchan mejor que las demás y cosas similares.

En cuanto a la literatura infantil, se encuentran los buenos cuentos tradicionales del tipo de Cenicienta o Blancanieves con otros de fantasías sexistas. No me resisto al placer de contaros la historia de Duvet, Pistacho y Fanny. Fanny, la coneja, está triste. Su casa está vacía. Ella, que desearía tanto un bebé, no logra tenerlo. Un día, Pistacho, su marido, tiene una gran idea: ¿Y si vamos a buscar un bebé "regalado", uno de esos bebés de los que los padres no pueden ocuparse? Ese será Duvet.

Mamá coneja

Fanny llega entonces a casa de Madame Brioche en busca de Duvet, y le dice: "Madame Brioche, desearía ser una mamá coneja. Desearía tener conejitos, los amaría toda mi vida, los cuidaría, los sacaría de paseo, y nos contaríamos nuestros secretos". Y Pistacho, también quiere conejitos para "discutir, jugar y pelearse todos juntos". Dicho de otro modo, para el señor las alegrías de la paternidad, para la señora, las de la intendencia. Todo un programa al que se unirán las jovencitas lectoras cuando funden sus familias.

Cuando llegan a la escuela maternal (nombre muy significativo), las niñas, ya modeladas, se encuentran, si no tienen hermanos, ante el mundo implacable de la mixtura. Se divertirán en un rincón con sus muñecas y sus comiditas. Desarrollarán sus capacidades motrices sin manchar sus bonitos vestidos, si no quieren recibir reprimendas de sus madres, que se han pasado la tarde anterior planchando con esmero. Ellas tendrán el placer de utilizar el baño antes que los niños; el aprendizaje de la higiene es precoz en ellas, y muy drástico. Y cuando Papá Noel pasa por la escuela, les ofrece, con suerte, un peluche o un libro, y con menos suerte, una cocinita o una muñeca, con el fin de hacerles comprender que la igualdad educativa tiene sus límites y hay que respetarlos.

A medida que ellas crecen, se amplía su feminidad. Juegan en el patio de la escuela a la goma o al avión, recibiendo de vez en cuando un balonazo de los chicos, que necesitan espacio para rivalizar con Zidane u otro ídolo futbolístico. Ellas tienen unos cuadernos muy ordenados, son mucho más cuidadosas que los chicos, guardan el material cuando se les dice, experimentan el placer de dejarse tocar las piernas por los compañeros, no son buenas en matemáticas puesto que la irracionalidad forma parte de la naturaleza femenina. Es normal, y no demasiado grave, que tengan fracaso escolar: es porque sus madres no se ocupan de ellas lo suficiente. Si tienen problemas de atención, su feminidad las empuja a la hipoactividad, pues la agresividad hiperactiva es cosa de los chicos.

Si son tan desvergonzadas como para unirse a los chicos para jugar, les servirán de cabeza de turco en caso de fallo en un partido, por ejemplo. De todas maneras, ellas no son más que chicos frustrados y el chico de verdad no tiene interés en jugar con niñas, no vaya a ser que pierda su virilidad.

Chicas modeladas

Una vez han llegado al colegio, su formato está establecido. La mayor parte de ellas son nulas en matemáticas y en todas las asignaturas científicas, no hacen gimnasia con los chicos, su debilidad física está admitida como algo intrínseco a su feminidad. Se preparan para convertirse en muchachas adecuadas leyendo Girl o cualquier otro periódico del estilo, y se preguntan cómo podrá bastarles con jornadas de 24 horas, con las tareas tan pesadas que han de desarrollar: según las revistas, si siguen todas las recetas de belleza, les espera un duro trabajo. Que no se desesperen: cuando hayan conseguido conquistar al príncipe azul, se casarán y vivirán formidablemente bien su feminidad entre el trabajo y las tareas caseras y educativas, papel que es de su exclusiva propiedad.

Rizando el rizo

"Es esencial que la personalidad social de cada individuo evolucione de manera que se corresponda con su sexo biológico, es decir, el muchacho debe tener costumbres de muchacho, y las niñas, costumbres de niñas. La normalización de los sexos tiende a preparar a los niños para su cometido de futuros padres. Esta normalización, aunque biológicamente determinada, se desarrolla en función de comportamientos indiferenciados en la primera infancia. Por ejemplo, los chicos aprenderán que no deben pelearse con su hermana, pero sí con los demás chicos de su edad si no quieren que se les trate de afeminados. Las chicas deben aprender que una jovencita como debe ser no se sube a los árboles, aunque lo hagan los chicos; éstos han de comprender que, después de cierta edad, los hombres no juegan con muñecas. Los chicos deben aprender que las lágrimass no son una reacción adecuada en una situación conflictiva, si bien no se insiste en que las niñas las eviten. Éstas deben aprender también a cruzar las piernas al sentarse, mientras que tales precauciones son innecesarias para los chicos. Esta lista podría prolongarse hasta el infinito: bastará con evocar estas modificaciones progresivas en los comportamientos impuestos para lograr la normalización de los sexos, modificaciones que llevan a frustraciones más o menos grandes. En algunos casos, las tendencias a rebelarse contra la represión de las formas de comportamiento original siguen visibles entre los adultos".

Esto ha sido escrito en 1980. ¿Ha evolucionado la situación? Francamente, muy poco: como institutriz y madre de dos niñas y de un niño que soy, puedo certificar la exactitud de lo dicho en este artículo (mis hijos son la excepción que confirma la regla, ejem, ejem).

Y no he hablado de la educación de las niñas en los países del Tercer Mundo. No obstante, quiero decir que el 24 por ciento de las niñas no ha ido jamás a la escuela primaria, y el 48 por ciento de ellas de ellas no pisará la escuela secundaria.
Pero ¿qué más da? No hace falta demasiada formación intelectual para ser una buena ama de casa.

Chicas, acudid al trabajo si queremos acabar con el mito del eterno femenino.

¡Arriba, mujeres esclavas, rompamos nuestras cadenas, adelante, adelante, adelante!

Tomado de: http://www.nodo50.org/mujerescreativas/La%20mujer%20no%20nace.htm 
Imágen: Patrick Billaudé

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