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miércoles, 13 de julio de 2011

ALFONSINA

 
Kintto Lucas

Buenos Aires, 1938*.

El jueves 20 de octubre escribió su despedida: "Voy a dormir, nodriza mía, acuéstame./ Ponme una lámpara a la cabecera;/ una constelación; la que te guste;/ todas son buenas; bájala un poquito/ Déjame sola: oyes romper los brotes.../ te acuna un pie celeste desde arriba/ y un pájaro te traza unos compases/ para que olvides... Gracias... Ah, un encargo:/ si él llama nuevamente por teléfono/ le dices que no insista, que he salido...".

Y así se fue Alfonsina, con la tristeza al hombro y el mar en la mirada, con la ausencia en el alma y las olas en la piel, con lo pájaros en la memoria y el azul en la sangre, con la soledad en la palabra y el amor en el fuego de su cuerpo. Así, buscando una luna, que de tan alta parecía imposible de tocar. Sin embargo ella supo tocarla, bajarla al corazón del sueño y acariciarla.

Había nacido un mayo en Suiza, y de allí la trajeron a la Argentina, a San Juan, a Santa Fe... "A los ocho, nueve y diez años -dice-, miento desaforadamente sobre crímenes, incendios, robos, que no aparecen jamás en las noticias policiales. Soy una bomba cargada de noticias espeluznantes; vivo corrida por mis propios embustes; alquitranada en ellos; meto a mi familia en líos; invito a mis maestros a pasar las vacaciones en una quinta que no existe; trabo y destrabo; el aire se hace irrespirable; la propia exhuberancia de mis mentiras me salva...".

A los doce escribe sus primeros versos. "Es de noche: mis familiares ausentes -dice. Hablo en ellos de cementerios, de muerte. Doblo el papel cuidadosamente y lo dejo debajo del velador para que mi madre lo lea antes de acostarse. Resultado esencialmente doloroso: a la mañana siguiente tras una contestación mía levantisca, unos coscorrones frenéticos pretenden enseñarme que la vida es dulce".

Más tarde la recibe Buenos Aires, que no es hospitalaria, que tiene el cielo preso, que no tiene casi pájaros, donde las paredes son como rejas... "Las mamparas de madera -dice-, se levantan como diques más allá de mi cabeza. Barras de hielo refrigeran el aire a mis espaldas. El sol pasa por el techo pero no puedo verlo. Bocanadas de asfalto caliente entran por los vanos. La campanilla del tranvía llama distante".

Es un pájaro prisionero de una jaula y solo sus versos logran liberarla. Y así, se hace amiga de los poetas y escritores, y es criticada por los pacatos de traje gris y mirada oscura. Y se hace escribidora de sentimientos y palabras, amiga de silencios y nostalgias, de alma cantora y dolores que espantan. Y sus manos son alas que viajan por la imaginación del que la mira y la escucha, sus ojos dos fuegos que encienden su mirada y la hacen amar hasta perderse en el infinito de la magia, de la locura de dos cuerpos que se entrelazan cientos de veces en la cama. Y se entrega a esa fiesta, a esa batalla... y brinda todas la vertientes a esa humedad que quema y que refresca. Es ola ondulante-sensual-sensible antes de ser para siempre mar...

"En 1920 vino Alfonsina por primera vez a Montevideo -dice la poetisa Juana de Ibarbourou-. Era joven y parecía alegre; por lo menos, su conversación era chispeante, a veces muy aguda, a veces también sarcástica. Levantó una ola de admiración y simpatía. Recitaba muy bien. Y con su cabeza rubia, sus ojos azules, su estampa menuda, parecía un duendencillo gracioso, cuya comunicación con el público se estableció en seguida de un modo espontáneo e íntimo. Alfonsina, en ese momento, pudo sentirse un poco reina. Tuvo su corte. Tuvo sus cortesanos. Ella reía; jugaba; pero creo que también fue herida en el juego. Cuando el barco partió, llevándosela, Alfonsina dejó tras de sí una estela de simpatías profundas; y algo más; alguien, en el muelle, encendía pequeñas luces hasta que el barco no fue visible; y en la noche, Alfonsina debió verlas en forma de corazón".

Cuando llegó a la Argentina le escribió a un amigo diciendo: "Conocí la apoteosis, y ahora estoy sola, como desterrada, extrañando tanto que desearía volverme en seguida; pero ya no sé si las pequeñas luces de la noche volverán a recibirme en la mañana. En todo caso, temo que parezcan, ya, corazones que se están apagando"

Alfonsina supo sacudir el formalismo de los señores de gris que marcan la leyes... fue una ráfaga renovadora, una ráfaga que comienza a liberar la mujer, una chispa de luz en la monotonía de las letras. El 25 de octubre, su corazón no se apagó, su cuerpo se hizo ola-cielo-arena-constelación, y ella se transformó en mar... Y como luz se fue...

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Alfonsina Storni. Nació en Suiza, pero a los pocos años sus padres la llevaron a vivir en Argentina, primero en San Juan, y luego en Santa Fe. Al morir su padre abandonó los estudios y se dedicó a trabajar en una fábrica de sombreros. En 1911 publicó sus primeros versos en revistas rosarinas. Siendo muy joven quedó embarazada y se fue a vivir a Buenos Aires, donde trabajó como docente y realizó otras actividades para mantener a su hijo. Para escribir sus poemas, solía robar los formularios del telégrafo. Sus versos eran osados, diferentes, llenos de fuegos y tristezas. No solo arremetían contra el machismo sino que rescataban un amor más libre. Su escritura escandalizó a la sociedad que, intentó marginarla. Pero ella peleó y logró colocarse entre las grandes poetisas argentinas de la época, revolucionando el lenguaje. También ejerció el periodismo en los diarios La Nación, Nosotros y Caras y Caretas. En 1935 supo que tenía cáncer y comenzó a crear poemas que hablaban de una casa que la esperaba en el fondo de las olas. Se suicidó en Mar del Plata, internándose en el mar, en octubre de 1938. El día antes, había enviado al diario La Nación su despedida: el poema "Quiero dormir". Sus principales libros son: "La inquietud del rosal (1916); "Irremediablemente" (1919); "Languidez" (1921), que fue Premio Nacional de literatura; "Ocre" (1925); "Poemas de amor" (1926) y "El amo del mundo" (1927), en el que critica la discriminación a la mujer.


*Mujeres del siglo XX

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