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viernes, 22 de julio de 2011

“No necesito una promesa para enamorarme” [No need a pledge to fall in love]


Por: Mujeres Creativas

“El nombre o el cuerpo,
¿qué es lo más íntimo?”

Tao Te Ching, Lao Tse

Quisiera desanclarme conceptualmente del amor convencional. Quisiera desarmar ese relato que nos vuelve seres sufrientes, o más bien, quisiera llegar al fondo del sufrimiento amoroso. Sin embargo sostengo que no hay Un Fondo, es decir no hay un único y solo fondo. Desde donde lloremos será el lugar de nuestro particular y exclusivo fondo.

Cuando se ha abandonado el proyecto patriarcal de amor, cuando el matrimonio no nos representa y posiblemente la maternidad tampoco; y aunque nuestro relato inculcado desde niña ("llegará tu hombre, tendrás hijos con él") se duela, de algún modo cuando hemos avanzado en nuestra construcción de mujer "autónoma", intentando separarnos del relato patriarcal, lo que queda es la opción de amar sin promesas.

La cultura patriarcal nos impuso un amor que hace promesas, un amor que no se concibe sin compromiso. Pero ese compromiso se vuelve siempre una media verdad si se le abstrae el compromiso con qué. A través del matrimonio, como institución social que encuadra la vida en pareja, lo que se hace es dirigir unidireccionalmente la voluntad de dos biologías y las proyecta hacia un telón de fondo que, reproducción de por medio, termina en un enclaustramiento vital de dos seres que limitan, de esa forma, su relación con el mundo.

Para hacer visible, en términos materiales, esa promesa que se realiza al contraer matrimonio, se utilizan los anillos como una forma de constatar que el cuerpo del otro/a es un territorio de nuestra pertenencia. Es casi un atávico "marcar territorio", es visibilizar la "pertenencia" voluntaria de esa promesa que se invocó. Las culturas machistas y exacerbadamente patriarcales, harán del llevar un anillo en el dedo, (como señal de estar casado) un requisito casi subliminal para la aceptación de hombres y mujeres "normales", una vez cumplida cierta edad. La ausencia de dicha señal o marca, sembrará las dudas: "por algo no se ha casado"...

Tal vez la respuesta sea muy simple, en nuestro caso: no necesitamos una promesa para enamorarnos. En otras palabras, no necesitamos la meta final del matrimonio para sentir a un otro/a con todo nuestro ser; no necesitamos otro nombre, el del marido, que cubra nuestro cuerpo. El reconocimiento del nombre propio para la mujer, (que en este lado del mundo es la herencia del nombre del padre, y en pocos casos el de la madre), representa la línea de filiación identitaria para la mujer. En este sentido tampoco nos es dado autonombrarnos o elegir nuestros nombres.

Pero enamorarse sin necesidad de promesas o compromisos es para nosotras, un elegirnos, antes que nada, a nosotras mismas. ¿Cómo comprometer nuestra identidad a tal punto que nuestro flujo vital se vea unívocamente referido a un solo ser: el marido? Somos seres complejos y transidos de miles de micro gestos que conforman una esquiva identidad. Somos fruto de nuestra vida, y todo aquello que impregnó de marcas nuestro ser, kaminando, es imposible que "calce" en un solo-otro ser.

Estoy, en este texto, intentando desexorcizar el relato, mi relato, del amor patriarcal, el que conlleva la creencia de que se "llega", al fin, a "puerto seguro", cuando se ha encontrado a "el individuo/a" con quien "querremos estar ‘toda la vida’". Y me encuentro que en la desconstrucción de este relato hay que ser muy fuerte para no transar con nuestra verdad que de tan bajita y silenciosa se vuelve, a veces, minúscula y la perdemos.

¿Por qué no transar? ¿Por qué plantearlo en términos de tranza? Pienso que es por la parte que nos toca a las mujeres en este capitalismo patriarcal omnipresente. Bastará remontarse a los simbolismos del matrimonio más antiguos cuando la mujer guardaba un ajuar. Es importante este elemento ya que trae a nuestro discurso el concepto de "guardar para". Es importante considerar que aquello que se guarda es "lo noble". La mujer guarda "nobleza" (cosas y utensilios de calidad) para su vida conyugal, con un hombre noble, por cierto. ¿Y por qué el privilegio de "lo noble"? Mi creencia es que se debe a, una vez más, la negación del tráfico con la vida; la negación de todo aquello que la vida va de algún modo u otro "manoseando". "El tráfico" es la negación de "lo noble". Recuerdo cuando mi abuela me aconsejaba "mijita, no se eche al trajín"... inevitablemente la atracción por la vida fue más fuerte, y la opción del cuerpo que seguía su camino, en aquél tiempo, fue sentir más que valer (1).

Otro simbolismo antiguo del matrimonio era la dote, este dejaba aún en peor pie a las mujeres, en tanto enfatizaba que se trataba de una unión no entre iguales, sino entre una que necesitaba un "refuerzo" material para valer y un otro que aceptaba esa equiparación por medio de la materia y lo cuantioso.

Sin embargo, a lo que íbamos es que nunca se pueden clausurar todos los puentes para abrir sólo una puerta; que no es posible cimentar una relación, estrecha, entre dos seres, sobre la exclusividad, sobre el limitar nuestra circulación de afectos y deseos, para dirigirla unívocamente en base a una promesa de mantenernos fijos en una identidad y en una referencia que indudablemente se vuelve frágil y constantemente vulnerable por la vida.

Hay pareja cuando hay comunión, cuando hay un ámbito de cosas en común. Pero ese ámbito común se vuelve material y restringido cuando se habla de matrimonio patriarcal, cuando se habla de objetivar todo nuestro mundo particular de significaciones y sentidos en un sólo vínculo: imposible.

Los otros/as que vagan por el mundo son siempre ajenos. ¿Cuándo podríamos hablar de seres propios? Me parece imposible hablar de una propiedad en ese sentido, en tanto nuestro mundo de simbolismos y sentidos es particular, aun cuando se puede compartir y encontrar más o menos resonancia de tales o cuales emociones; y, siendo particular, es inacabable, es inagotable, no es endosable a un solo ser, que reclame nuestra exclusividad. ¿Estamos hablando de una "imposibilidad del amor turco" (2)? No quisiera hablar de imposibilidad pero sí de una gran dificultad de un amor duradero y exclusivo, materializado en un matrimonio, cuyas promesas de por medio nos encuadren en una vida en pareja sin mayor movilidad.

Notas:
(1) Es importante señalar que el relato de "lo noble" va de la mano del relato del valer: hay seres que "valen" y otros que "no valen". "Lo noble", es lo valioso en el relato del carácter, "El noble" es el que hace valer lo que vale. En este sentido es gráfico mencionar lo de "ser de buena madera"...
(2) Le hago un guiño al poema de Luisa Castro: Y debo preguntarme dónde estarás ahora...

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