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miércoles, 13 de julio de 2011

OLGA

Kintto Lucas

Río de Janeiro, 1936*

Para ella la cárcel es solo la imagen del silencio. El silencio la cara de los días. Los días son como el aire, caminan y no se sabe a dónde van. Caminan y ella se cree que marchan hacia un rinconcito de un pequeño país de maravillas, donde anida una almita media risueña que algunos llaman justicia, y sin embargo no, al final terminan desviándose... Es que el aire a veces sabe equivocarse, o peor que eso, el aire se mete en un país donde las almas son parte del olvido, o peor todavía, el aire deja de soplar que es como decir que la dolor queda ahí... o sea aquí...

Y los días, estos días que faltan para que ese navío, que espera en el puerto, se la lleve rumbo a un campo de concentración, también pueden equivocarse. O peor todavía, pueden olvidar que el camino hacia esa almita, muchas veces se quiebra por el hacer y deshacer de unos hombres de latas y uniformes que, saben empollar la tristeza entre sus cuevas. Como el tal Adolfo, como el tal Benito, como el tal Getulio...

Una hora de hace algún tiempo ella supo dejar su Alemania para venirse a amanecer en el Brasil. Supo seguir a Luis Carlos rumbo al viento por los senderos de este país. Y pelear con él y su Columna a los señores del café y del azúcar, siendo vida en cada paraje caminado. Supo ser agua en los brazos de ese coronel chiquito y sin latones, que la metió de raíz en la América. Supo sembrarlo en su cuerpo y cosecharlo en los ojos del sudor.

Pero ahora, los soldados de don Getulio llegan a la cárcel donde está detenida para llevarla. Los hombres de la Gestapo esperan en el puerto. Los presos se amotinan. Entre ellos, un escritor de rostro serio y mirada triste llamado Graciliano, escribe sus memorias de la cárcel. Ella, con su panza grande como un mundo, no permite una masacre y se entrega sabiendo lo que le espera...

Mientras el barco la lleva de vuelta a su país, que en realidad no es de nadie, ella se hace todas las preguntas del mundo: "¿Dónde estamos? ¿En el fondo de una cueva? ¿En el centro de un huracán? ¿En el calor de este Brasil? ¿En el frío de esa Alemania? ¿En la esperanza nacida en octubre de 1917? ¿Dónde estamos? Ni en un fruto. Ni en una raíz. Ni en una semilla. Yo creo que estamos en un mundo desterrado de las aguas, de la sal...".

Pero a pesar del océano que la lleva a la cámara de gas, ella se niega a dejar de soñar. Y se convence que siempre existirán pequeños rincones donde cobijar los sueños, o sea las cambios. Y se imagina que tal vez algún día, esos pequeños rincones se hagan país. Aunque ahora sabe que las revoluciones se hacen mirando para abajo, trabajando duro y con pocas palabras. Sabe también, que se hacen con imaginación, con solidaridad y los grandes sacrificios que imponen los ideales. Y sabe, sobre todo, que para las revoluciones no alcanza con una realidad injusta, hace falta también que los pueblos crean y confíen en la ideas y en los hombres. Luego mira el mar y dice: "sé que hay mucho que inventar para que eso ocurra, pero vale la pena esperar el día".

Gracias al mar, y a pesar de él, los ojos de Olga van hacia el futuro. Es que la vida siempre puede más que la equivocación del aire, o de los días. La vida viene con todas sus almas en el corazón, con todos sus corazones en las manos, con todas sus manos en la piel. La vida llega, se acurruca sobre su mirada y se hace imagen en el tiempo...

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Olga Benario Prestes. Nació en Alemania en una familia judía. Fue militante comunista desde muy joven. En 1935, el Comintern la destacó para acompañar a Luis Carlos Prestes en su intento por liderar una revolución en Brasil. Durante la marcha de la "Columna Prestes", que recorrió miles de kilómetros a lo largo del país, los dos se enamoraron y llegaron a Río de Janeiro casados. La rebelión fue sofocada y ellos fueron presos en cárceles distintas. Ella, embarazada, fue entregada por el gobierno de Getulio Vargas a la Gestapo de Adolfo Hitler. En 1942 fue ejecutada en una cámara de gas en Bernburg.

*Mujeres del siglo XX

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