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sábado, 30 de julio de 2011

REVISIÓN PSICOANALÍTICA DE LAS ESTADÍSTICAS SOBRE VIOLENCIA DE GÉNERO

 
Varios Autores
Manuel Menassa*; Sergio Aparicio**; Ruy Henriquez***; Magdalena Salamanca****

Estamos acostumbrados a escuchar, casi a diario, cómo las cifras sobre violencia de género se ven incrementadas, como su propio nombre indica, violentamente.

Desde el año 1995, la Organización de Naciones Unidas reconoció la violencia contra las mujeres como un problema global que limita las libertades y los derechos humanos de las mujeres. En 2002, la Organización Mundial de la Salud describe que, junto a la violencia física, se produce también violencia psicológica. El Consejo de Europa, en 2006, refleja que el 20-25% de las mujeres de la Unión Europea ha sufrido algún tipo de violencia física a lo largo de sus vidas, y que más del 10% ha sufrido una agresión sexual. Si la violencia incluye el acoso, la cifra se eleva hasta el 45%.

La piedra central de cualquier realidad es que seamos capaces de transformarla. Reconocer y transformar “nuestras verdades” son dos fundamentos de la interpretación psicoanalítica como acto. La violencia de género ha sido fotografiada y archivada en numerosas estadísticas. Al repasarlas, encontramos puntos comunes, lugares donde el “pensamiento oficial” nos lleva una y otra vez.

Así, se resalta que la mujer maltratada se encuentra, en ocasiones, abocada a permanecer en ese lugar, pues no tiene independencia económica o su autoestima se encuentra desfigurada por la culpa, llegando a creer erróneamente que merece ser maltratada. Otras veces se señala la dependencia emocional hacia el maltratador o el deseo de disimular la situación de violencia para no involucrar a los hijos en el drama familiar. También se estudian las variables culturales, la educación recibida y los antecedentes de maltrato en el medio social.

Hay tantos imaginarios como personas y, después de asignar un número a cada una de estas explicaciones, podemos preguntarnos: ¿Desde qué ideología se hacen las estadísticas? ¿Qué es lo que se puede hacer verdaderamente para transformarlas? El psicoanálisis nos enseña que la ideología es inconsciente. Así pues, las campañas de concienciación sobre la problemática no alcanzan a plantear completamente el verdadero asunto.

En la obra de Freud podemos leer que el hombre no es sólo una criatura tierna y necesitada de amor, que sólo osaría defenderse si se le atacara, sino, también, un ser entre cuyas disposiciones debe incluirse la agresividad.

Otro aspecto a tener en cuenta es el sentimiento inconsciente de culpa, que se halla emparentado con la necesidad de castigo. La culpa puede provenir de un deseo inconsciente y, cuando alcanza ciertas proporciones, el castigo sirve para calmarla.
El psicoanálisis considera el sentimiento de culpa constitutivo del sujeto psíquico. A través del tratamiento psicoanalítico se puede conseguir que la culpa inconsciente no dirija la vida del sujeto, haciendo innecesario el castigo.

La situación se complejiza si tenemos en cuenta el masoquismo y el sadismo, esto es, la crueldad hacia uno mismo y hacia los demás, como un ingrediente estructural en la vida de cada uno. Se puede civilizar la agresividad, pero no eliminarla. Aquí, como en otros aspectos, lo que determina el desenlace es una cuestión de cantidad.
Muchas de estas agresiones son ocasionadas cuando la relación ha terminado, un dato a destacar, ya que muchas de las víctimas de la violencia de género mueren a manos de sus ex-parejas.

Las agresiones y sus consecuencias (haya o no víctima mortal), provocan una serie de costes económicos a la sociedad, que ha de invertir en la asistencia y el desarrollo de medidas para combatir esta situación.

Uno de los datos más destacados por las encuestas examinadas para este trabajo es que un alto porcentaje de las mujeres muertas, refiriéndonos en este caso a nuestro país, son mujeres extranjeras. Hay que tener en cuenta que la densidad de la población inmigrante ha aumentado considerablemente la última década.

Las encuestas no sólo clasifican sino que, además, como toda acción estadística, las encuestas discriminan datos. Pero lo importante es, más que discriminar datos, abrir la cuestión, es decir, que tanto a los españoles como a las personas de otras nacionalidades, residan donde residan, les pasa que tienen tendencias sádicas y tendencias masoquistas (celos, envidia, etc.) por ser humanos.

Podríamos preguntarnos, entonces, ¿por qué algunos seres humanos tienen esa manera de relacionarse y otros no? Desde este punto de vista, el psicoanálisis tiene mucho que decir, ya que estudia al sujeto psíquico en relación a su deseo. El psicoanálisis es una ciencia de efectos, no de causas, esto significa que desde el último efecto, la palabra, se pueden reconstruir las causas.

El deseo, una vez articulado en palabras, puede ser interpretado y, por tanto, producir autoconocimiento y autotransformación, siendo ello producto efecto de la interpretación psicoanalítica. Todos tenemos deseos sádicos, masoquistas, lo que nos diferencia a unos de otros es la manera de renunciar a dichos deseos.

El goce, aquello que nos diferencia de los animales y al que entramos a través de la palabra, nos condena de por vida. La peculiaridad del ser humano es que goza con todo, con cualquier cosa.

En una relación de pareja, sea cual sea su clase social, nivel cultural, económico o raza, puede llegar a producirse el maltrato, cuando la víctima pierde toda identidad frente al agresor y éste, al convertirse en su dueño, llega al homicidio. Muchas veces escuchamos frases que podemos calificar de románticas “Eres mía”, “hazme tuya”, “soy toda tuya”... pero que, en el fondo, nos traen una muestra anticipada de un rasgo que, al exagerarse, puede terminar en una situación de maltrato. Y no es por pronunciar la frase que se produce el hecho, pero esa situación de posesión idílica, si se convierte en una realidad, otorga al agresor el poder de llegar a matar. El objeto de deseo pasa a ser un objeto en propiedad: hay mujeres que dejan de trabajar porque el marido lo dice o dejan de relacionarse con la gente en general, incluso con sus familiares, o renuncian a salir a la calle.

Una relación de pareja es una relación de dos, bilateral, donde uno se relaciona con el otro de manera diferente a como éste se relaciona con el primero. Cuando dos personas se piensan que son una, entonces, en la realidad puede pasar de todo.

A las cruentas estadísticas del maltrato familiar han de añadirse también las que competen a los maltratadores, la parte más señalada como culpable pero, al mismo tiempo, la menos analizada de la cuestión.

Habría que distinguir entre lo que es el maltrato y lo que es el asesinato. Aunque las cifras indican que un alto porcentaje de maltratos desembocan en asesinatos, la gran mayoría de los maltratos no concluyen necesariamente con la muerte de uno de los cónyuges. Podría decirse, entonces, que el problema de la violencia de género es más amplio que el de las mujeres asesinadas por sus parejas.

Los tratamientos psicoterapéuticos propuestos para los acusados de maltratos se han mostrado en gran parte ineficaces. La clave habría que buscarla en que, en tales tratamientos, se han tomado en cuenta sólo las condiciones morales o socio-culturales de los sujetos implicados, pero no su implicación psíquica, es decir, su implicación inconsciente en el problema.

Un sujeto que lleva a cabo un acto de violencia contra su pareja, por arranques incontrolables de celos, o que goza haciéndola sufrir, no es simplemente un ignorante o un machista. Uno de los argumentos que más se escucha sobre los maltratadores es que, para este tipo de violencia, no existen clases sociales o niveles culturales. Esto significa que hay una sobredeterminación inconsciente, hasta ahora no considerada, que sólo el psicoanálisis es capaz de tener en cuenta.

De los testimonios recogidos sobre los casos de maltratos, muchos de ellos hacen referencia a la intermitencia entre el amor y la violencia, es decir, de una ambivalencia afectiva latente en la pareja. Dicha ambivalencia afectiva está ligada, para los sujetos neuróticos, a su objeto amoroso, que de alguna manera se ha convertido en tabú para ellos, implicando simultáneamente un componente sagrado y un componente amenazante o impuro. Se puede decir que, para estos sujetos, la mujer en general tiene un carácter tabú y, por tanto, ambivalente, y que las relaciones que establece con ella han de ser siempre fundamentalmente incestuosas. Esto significa que el sujeto va a establecer relaciones de maltrato con las diferentes parejas que tenga.

No se trata simplemente de un macho herido en su sensibilidad por la supuesta libertad de la mujer o de un macho dominante defendiendo lo que considera suyo. Se trata de un asunto mucho más complejo. Los celos, componente normal de la vida anímica y afectiva de todo sujeto, suponen en los maltratadores una escala de grados anormalmente intensa, que va desde los celos concurrentes o normales, hasta los celos delirantes, pasando por los celos proyectados.

En cada uno de estos estratos, se juega en el celoso un componente homosexual que cuestiona inconscientemente al sujeto y que le hace atribuir a su pareja, por intolerable, su propio deseo en juego. Los denominados celos proyectados nacen, tanto en el hombre como en la mujer, de las propias infidelidades del sujeto o del impulso a cometerlas, que al reprimirse se hacen inconscientes y, por tanto, atribuyen a su pareja de sus propias fantasías de infidelidad, sometiéndola a un control férreo de sus actos.

El mismo sujeto puede padecer, con variable intensidad, los distintos tipos de celos mencionados. Es lo que sucede en los celos delirantes, que también nacen de tendencias reprimidas a la infidelidad, si bien los objetos de las fantasías son de carácter homosexual. Como tentativa de defensa contra un poderoso impulso homosexual, podrían ser descritos (en el hombre) por medio de la siguiente fórmula: No soy yo quien le ama, es ella.

Junto a la degradación del objeto erótico, como elemento en juego de las relaciones de los sujetos implicados, se hayan también presentes tanto el sadismo como el masoquismo. Instancias, ambas, participantes en la composición anímica de todo sujeto. La agresividad, necesaria en diferentes medidas, en prácticamente cualquier actividad humana, incluido el mismo coito, constituye en el maltratador una sobrecarga de intensidad asociada, no con una infancia de maltratos, como se cree, sino con una fase de la sexualidad infantil en la que el sujeto se haya estancado. Las teorías sexuales infantiles de la fase sádico-anal constituyen, para estos sujetos, la única concepción que tienen de la sexualidad. No se trata de sujetos enfermos o degenerados, sino de sujetos cuya libido está detenida en una forma primitiva de gozar.

Una de las mayores contradicciones que se nos presenta, en los casos de violencia de género, es la dificultad en la mujer de abandonar la situación de maltrato. Esta situación queda ligada a otra persona, el maltratador, y en la mayoría de los casos, este sujeto es, o ha sido, pareja sentimental de la víctima. Más de 70 mujeres perdieron la vida a manos de la pareja o ex pareja en 2008.

Observamos cómo el agresor se comporta reiteradamente de una manera violenta con la víctima y, a pesar de ello, la víctima se siente atrapada en esa relación. Las razones sociales, económicas, culturales, religiosas, legales y/o financieras, la ideología de la víctima, su pensamiento sobre el amor, sus prejuicios, las frases que sostienen preceptos sobre cómo amar, son algunos de los factores que se aducen para explicar la permanencia de la mujer en esa relación de maltrato.

Antes de nada, debemos aclarar tajantemente que las mujeres no provocan ni merecen el maltrato. Es aconsejable diferenciar que, en la clínica y en un cierto número de casos, las mujeres maltratadas se auto-inculpan y se auto-reprochan los hechos acontecidos. La relación entre lo acontecido y la culpa que sienten no es coherente, pero sí explicable mediante el concepto de culpa inconsciente.

La culpa inconsciente no tiene que ver con hechos cometidos en la realidad objetiva. Un sujeto ejemplar puede padecer un elevado sentimiento de culpa inconsciente y, sin embargo, como apuntamos, ser una persona de impecable conducta. La culpa inconsciente está en relación con un hecho fantaseado, más que con un hecho real, por ello se produce dicha contradicción en la mujer maltratada. Hay veces que el discurso de la mujer exonera al maltratador y llega incluso a auto-inculparse de lo sucedido. Encontramos frases como, “me pega porque me quiere”, “soy yo la que siempre hago todo mal, él no es malo”.

En la actitud de algunos niños, es fácil observar que sus conductas están encaminadas a recibir, por parte del adulto, un castigo, y al conseguirlo se vuelven apacibles y tranquilos.

La culpa inconsciente está en relación al complejo de Edipo. El niño, frente al camino de hacerse un sujeto social, se encontrará como primer vínculo con lo humano la relación con los padres. Ésta es una relación ambivalente, donde el amor y el odio se mezclan en el niño para con los padres o sustitutos, produciéndose de esta primera relación del niño con “el mundo”, el sentimiento de culpa inconsciente.

La culpa inconsciente es un sentimiento humano, la mayoría de las veces intolerable para el sujeto. Tanto es así, que hay ocasiones, en la clínica, que observamos que cierta cantidad de personas realizan acciones para recibir un castigo, ya sea en un medio laboral, como hacerse echar del trabajo; social, mediante el acto delictivo y su posterior castigo; o personal, mediante la elección de relaciones perjudiciales para el propio individuo.

El sentimiento de culpa inconsciente no se puede anular, pero sí es posible tolerarlo, es posible decidir nuestras acciones más allá de la culpa inconsciente.

Tristemente, el año 2008 puede ser el año donde se supere la cantidad de asesinatos en lo que a la violencia de género se refiere, es un momento de reflexión, de reformulación de la “Ley de medidas de Protección Integral contra la Violencia de Género”. Los avances que se vienen realizando durante los últimos años en nuestro país, aunque notables, no son suficientes. Los objetivos próximos desde el Ministerio de Igualdad son mejorar los sistemas de prevención, detección temprana de los casos de violencia, en sensibilización, información e implicación social de toda la ciudadanía para lograr un contexto de seguridad más responsable.

Es evidente que la atención psíquica resulta esencial para el afrontamiento de esta situación por parte de la víctima y por parte del agresor. En este ámbito, también debemos mejorar.

El psicoanálisis es de gran ayuda para la atención de estos colectivos y ofrece instrumentos teóricos indispensables y eficaces para la lectura social del fenómeno.

Bibliografía
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Menassa, A. (2008): “Importancia del sentimiento de culpabilidad en el maltrato de género” en Extensión Universitaria. Revista de Psicoanálisis, Nº 98.
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Menassa, A., Rojas, P. (2008): Aportaciones del psicoanálisis para un posible abordaje de la violencia familiar, Ponencia Congreso Virtual de Psiquiatría Interpsiquis.
Menassa, A., Rojas, P. (2007): Aspectos psíquicos en la incapacidad laboral, Ponencia Congreso Virtual de Psiquiatría Interpsiquis.
Menassa, A., Rojas, P. (2006): Determinantes psíquicos del mobbing con respecto al agresor, Ponencia Congreso Virtual de Psiquiatría Interpsiquis.
Menassa, A., Rojas, P. (2005): Observaciones psicoanalíticas sobre el maltrato, Ponencia Congreso Virtual de Psiquiatría Interpsiquis.

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