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martes, 12 de julio de 2011

¿Una posibilidad aún ajena?

Florence Thomas*

Para las mujeres, la felicidad es una idea nueva. Y cuando nombro la felicidad no me estoy refiriendo a una noción filosófica compleja y difícil de definir. No, me estoy refiriendo a la posibilidad de una vida libre de temores, de miedos, de maltratos, de angustias y de dolores. Para las mujeres son raros los momentos privilegiados de la vida cuando el yo se encuentra en armonía con la idea que se hace del mundo.

Esta debe ser la felicidad para ellas: la idea de un mundo en el cual puedan vivir con algún grado de tranquilidad y de serenidad para enfrentar la cotidianidad. Y ese mundo soñado es aún algo nuevo después de siglos de maltratos. Siglos en que la historia de las mujeres fue una historia de esclavitud y de cadenas tan reales como mentales, de hogueras, de violaciones, de abusos y de humillaciones. Tuvieron que aguantar amos, dueños y potestad de hermanos, padres y maridos. Fueron rifadas, compradas, cambiadas por fanegadas o rebaños, usadas, quemadas, satanizadas, burladas, santificadas, invisibilizadas y, sobre todo, fueron silenciadas.

¿Hace parte del pasado? Tal vez, pero quiero recordar que aún hoy, terminando la primera década del siglo XXI, y según datos de la última encuesta de Profamilia (ENDS 2010) y de organismos internacionales, el hogar en Colombia es el lugar menos seguro para las mujeres. También se sabe que sus principales asesinos son muy a menudo sus propios compañeros, maridos o ex compañeros o ex maridos.

Tenemos aterradoras noticias de estos sucesos diariamente en la prensa. Sin hablar de otras múltiples clases de violencias contra las mujeres. Es legítimo preguntarse, entonces, si para muchas puede existir alguna idea de felicidad, más aún cuando las encuestas que indagan de manera superficial sobre la felicidad de los países venden la idea de que Colombia está en los primeros lugares.

Y, sin embargo, al mismo tiempo, podría afirmar que la búsqueda de la felicidad es hoy una posibilidad que se está encarnando en la vida de las mujeres cada vez con más fuerza, gracias a las consecuencias de esta revolución pacífica que ocurrió durante el curso del siglo XX en la mayoría de los países occidentales. Una revolución inacabada, por supuesto, que logró cambiar hondamente la condición femenina y permitió a las mujeres convencerse de que tener derecho a la felicidad no solo era posible, sino que su reivindicación, por medio de una obstinada lucha por derechos y políticas públicas que los hagan efectivos, era legítima.

A medida que recuperamos la palabra, el saber y nuestro cuerpo; a medida que alguna autonomía e independencia económica nos hacen más ciudadanas, es decir, a medida que se nos reconoce alguna autoridad, la idea de una felicidad posible adquiere sentido. Aprendimos a romper el silencio, a tomar la palabra, a hacer valer nuestra participación y a abrir caminos que nos llevarán poco a poco a una humanidad reconciliada.

Un camino difícil, lleno de obstáculos y resistencias, pero esto ya no nos asusta. Lo sabíamos, y a veces tropezamos con nuestras fragilidades, con nuestra poca fe en nosotras mismas, con nuestras contradicciones a cuestas, pero caminamos, a nuestro ritmo y a sabiendas de que este camino hace parte del nuevo mapa de la humanidad, un mapa lleno de senderos que nos llevan paulatinamente a una mejor vida, a una vida más consciente y reactiva ante las violencias que aprendimos a denunciar. Estamos reescribiendo lo que significa hoy devenir mujer, ya no desde la legitimación del sufrimiento, sino desde un nuevo y genuino afán de felicidad.

* Coordinadora del grupo Mujer y Sociedad

Tomado de: eltiempo.com/mayo de 2011
Imágen: Patrick Billaudé

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