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miércoles, 31 de agosto de 2011

Atributo de eternidad*

Por: Carolina Guerra Ariza

“… árboles plantados allí por el viento hace mil años.”
Confieso que he vivido. Pablo Neruda


Y la diosa abrió sus pétreos labios por primera vez y de ellos no salió palabra [no existía aún, sólo existía un “rosal de aire imaginario”, sólo eso], no salió suspiro, ilusión o capullo… salió, flotando, circular y mínima, una burbuja, alegre y brillante… sutil. “Cómo puede existir una burbuja tan feliz…”, pensó la diosa, pero la burbujita ya se suspendía, ya bailaba y entonces los ojos amorosos de la diosa comprendieron su alegre condición etérea. Burbuja y semilla, semilla y burbuja, se alejó dichosa abandonando a su eterna madre y… el árbol nació.

Sobre el nacimiento del árbol nadie sabe nada, nadie sabe cómo ni por qué [sólo su madre no humana, no real, no irreal, tendida en algún lugar innominado en donde, tal vez, “crecía el tiempo”], mas cómo saberlo si no existíamos y ni aún el mundo que conocemos, redondito, azul, verde, marrón, girando, como todo lo redondo: complacido por su redondez… girando alegre y encantado por sus propios movimientos, divertido de flotar y, a veces, rebotar: no existía, no existíamos.

En medio de la nada estaba el árbol. ¿De qué color es la nada? ¿blanca? ¿negra? ¿policroma? de ninguno; es la nada y el árbol flotaba. Pasarían eones para que el árbol mostrara algún indicio de lo que llamamos “cambio”: algo empezó a brotar de sus raíces, impúdicamente al aire, “Entonces soy hembra”, pensó el árbol, y le permitió a su preñez ser… “Seré madre” continuó en sus cavilaciones mientras movía sus hojas en señal de plenitud, como cuando el viento lo hace con ellas [“bajaba el viento desde otros dominios”¡silencio! El viento no existía…] pero el viento no existía, ni aún el mundo, ni aún nosotros, era la nada y el árbol y el hijo que de sus raíces brotaba.

Contempló la lenta gestación de algo que no entendía [“cada cosa engendra a su semejante…” pensaba y veía aquello que ante sus ojos crecía:“germinaba la noche”]: no tenía hojas, no tallo, ni savia bruta o elaborada; era una minúscula esfera que se hinchaba, se hinchaba, se hinchaba… que se hinchó, se hinchó, se hinchó… más, y más, y más y más… el árbol era un manojo eufórico de madera, de verde, de esencia primigenia, de sustancia aborigen [como si el viento aun no creado ya se acercara: y de nuevo “bajaba el viento desde otros dominios”], no entendía, pero era feliz; era su hijo, era feliz.

Fruto de una burbuja engendró a otra, igual de redonda y alegre, igual de brillante, circular, móvil y flotante pero multiplicada por los eones que perduró la eterna contemplación de lo que se gestaba dentro de sus raíces, bajo sus raíces, al lado de sus raíces… hasta cuando ya no fue más la esfera bajo el árbol sino el árbol sobre la esfera… Y el árbol movió sus hojas lleno de todos los efluvios existentes [como si se tratara ya no del viento sino de la lluvia y, como sucede con ella, “traía la lluvia hilos celestes”] y el hijo por primera vez rió y el árbol por infinita vez fue feliz.

Pasarían otros tantos eones para que reconociéramos al hijo del árbol como nuestro hogar, para que comenzáramos a existir dentro del mundo que conocemos, redondito, azul, verde, marrón, girando, como todo lo redondo: complacido por su redondez… girando alegre y encantado por sus propios movimientos, divertido de flotar y, a veces, rebotar: existía, existíamos [en “las tierras sin nombres y sin números”].

¿Qué a dónde está hoy el árbol? Está en cualquier parte, quizá rodeado por millones de árboles parecidos a él: haciendo más espeso al Amazonas, en los bosques boreales, en el Congo o en México, quizá es el árbol que da sombra a algún refugio o es aquel que soporta la casa de juegos de chiquillos traviesos que lo hacen reír… lo que sí sabemos es que su larga raíz sostiene el corazón de su hijo que late fuerte cuando siente la devastación, que llora cuando lo entristece el afán de destrucción de los recién llegados: los humanos, que se cansa y continúa… que se cansa y envilece sin entender por qué… El árbol está allí, a la vista, sólo se requieren ojos acuciosos que, sin mayores pretensiones, opten por mirar.     



* Las citas, que se marcan por las comillas y las bastardillas, son tomadas del poema Vegetaciones de Pablo Neruda.

lunes, 29 de agosto de 2011

Las enseñanzas de Pachita, esa gran chamana mexicana

Por: Raúl Tortolero
elcarambola@yahoo.com

El nombre de Pachita inspira respeto. Ha quedado bien registrado en la mente de México como sinónimo de curación, salud, alivio, fe, energía, poder, medicina. A ella recurrían quienes fueron considerados desahuciados por los médicos convencionales. En definitiva, Pachita tenía secretos.

Conocía profundamente la estructura de la psique humana. Conocía a fondo los estratos más básicos, aquellos que están bien ocultos en el devenir de los días, pero que no por ello han desaparecido. Bueno, pues Pachita supo cómo remover lo que tenía que ser removido bien dentro de tales capas sedimentadas de la psiqué.

Disponía de gran energía personal y de un grupo de familiares y allegados que reforzaban sus operaciones. Pachita te llevaba a un nivel de conciencia en el que todo era posible. Mediante un camino u otro, enfocaba tu mente en la posibilidad absoluta de que fueras curado. Te devolvía la fe. Estar frente a ella quería decir reencuentro. Con tu fe extraviada, contigo mismo, con Dios.

Más allá del miedo

Tenía una congruencia tal, que podías sentirte seguro, no importando si tenía que abrir tu carne para cortar algo putrefacto y maloliente en su interior. No estaba exento el dolor, ni el miedo.

Las verdaderas curaciones no están desprovistas de estos sentimientos necesarios para dar un salto cualitativo en tu vida espiritual. Descrita de una forma llana, su sala de operaciones resulta más misteriosa que llena de luz. Operaba en lo profundo de tu psiqué. Funcionaba desde el misterio. Con sólo unas veladoras.

Con sus manos podía anestesiarte o inyectarte líquido, que ella llamaba balsámico. Su presencia era fuerte. Aún anciana y con los ojos nublados, no pasaba desapercibida. Cuando operaba era descrita como distinta, porque quien hacía las curaciones según ella misma y los ayudantes, era el espíritu de Cuauhtémoc, el último emperador azteca, quien no habiendo podido finalizar su misión por la invasión española, habría dejado inconcluso mucho camino de sanaciones y consultas.

Sabemos que en el antiguo México, todo hombre espiritual era a la vez médico, lo que ahora llamamos médico tradicional. Pero en aquel momento, como ahora, como hasta la fecha, a los médico tradicionales se les conoce también como “los que saben”, “hombre de conocimiento”, “hombre de poder”, o simplemente sabios.

En las ricas lenguas mexicanas esto queda mucho más claro que con la extraña pero popular palabra “chamán”. Pues bien, Pachita era una mujer de conocimiento, lo cual quiere decir que sabía los secretos principales de la vida y de la salud, del bienestar y del desarrollo, y por ello era consultada por innumerables pacientes sobre todos los temas que podamos imaginar.

Orgullo mexicano

Pachita fue un ser irrepetible. Desconozco quién o quiénes hoy día sigan sus enseñanzas y con qué seriedad o buena fe lo hagan, pero me queda claro que como Pachita no habrá dos. Esto no puede ser traducido como que no haya más médicos tradicionales fuertes, importantes y que estemos viviendo en México una suerte de orfandad. No es así.

Pachita es un camino de espiritualidad que dejó su ejemplo trazado. De ella podemos aprender que la fe no tiene efectivamente límites, que todos los problemas tienen soluciones, que muchos males nos vienen como consecuencia de nuestros propios desórdenes y que son una lección y una invitación para estar más cerca de un sendero de bien.

Es un orgullo que Pachita haya sido mexicana. Fue tomada en cuenta por altos personajes de la política y por gente de lo más humilde. No había distinción de clases sociales en ella. Todos acudían a su cobijo y sin tener que pagar mucho dinero eran recibidos y bien tratados. Pachita era un ser equilibrado. Era una mujer del pueblo.

Era realmente mal hablada, y podía llorar por una causa u otra, pero esto contrastaba porque era muy cariñosa con sus nietos, sus hijos y sus pacientes. A éstos frecuentemente los llamada “cariñosa, cariñoso, mi niño, mi chiquito”. Como toda buena doctora espiritual, podía ser muy dulce o muy dura. Depende lo que se ofreciera. Viajaba por tierra siempre, ya que, extrañamente, temía volar en avión.

Siempre Cuauhtémoc

Lo suyo era entrar en contacto con el espíritu de Cuauhtémoc, a quien dedicaba una oración o poesía, y una vez que el azteca hablaba a través de ella, la voz de la doctora se escuchaba más firme y gruesa, varonil. Cuauhtémoc saludaba entonces a todos los ahí reunidos en el nombre del Padre, de Dios, y aconsejaba a quienes lo necesitaban sobre sus problemas, para pasar a las consultas con los pacientes y más tarde a las operaciones más difíciles.

Retiraba “daños” que algunas veces se encarnaban en insectos o formas repugnantes, pútridas, que debían ser envueltas en papel negro y tiradas para no ser vueltas a ver jamás. Pachita también gustaba de recoger animales de la calle para curarlos, por lo que su casa parecía a veces un desfile de zoológico y el olor resultante de excremento no era muy agradable, dicen quienes estuvieron ahí para constatarlo.

Usaba ella siempre o muy frecuentemente un mismo vestido, como una niña que no desea usar otra cosa porque esa ropa le brinda poder y se siente muy a gusto. Usaba un mandil a veces. Y una especie de jorongo con campanitas en las puntas, o un cierto atuendo azteca para dar las consultas. Sus manos podían terminar bañadas de sangre, como las de sus ayudantes. Usaba alcohol, algodones, y un equipo de médicos en espíritu la auxiliaba para cortar, acomodar, coser y suturar.

Huérfana y revolucionaria

Pachita fue una mujer pobre, que se interesaba además en ahorrar dinero para montar un kinder, ya que decía que no se podía ya componer a “los cabrones” cuando ya eran grandes y estaban torcidos. Por eso ella insistía en enseñarles a los niños cosas positivas antes que erraran su camino. Se dice que de joven participó en la revolución mexicana (1910-1920), al lado de las huestes de Pancho Villa, de quien también se dice que tal vez fue amante.

Fue huérfana de ambos padres y un negro caribeño la adoptó y le enseñó cómo viajar en espíritu y establecer contacto con el astral y el mundo de los espíritus. Luego ese tutor se regresó a su tierra a morir, y Pachita quedó de nuevo sola a los 15 años. No se sabe si conoció o no a sus padres biológicos que por no estar casados, no pudieron cuidarla ante las presiones sociales.

Pachita era el sobrenombre de Bárbara Guerrero, una gran practicante de medicina tradicional oriunda de Parral, Chihuahua, nacida en 1900.

Las hazañas de sanación operadas por la señora son relatadas a través de distintas personas que la conocieron, entre ellas quizá uno de sus más fieles discípulos, el neurofisiólogo de la Universidad Nacional Autónoma de México, Jacobo Grinberg Zylberbaum, quien fue su ayudante varios años.

El aporte de Jacobo

Jacobo Grinberg escribió un libro sobre estas curaciones, intitulado “Pachita”, editado por Heptada en la serie “Los chamanes de México”.

De no ser por algunas divagaciones espirituales del autor, que son tan subjetivas que sólo podría entender él mismo, el texto es un gran testimonio del poder de la fe sobre la materia. Pachita efectuaba cirugías de todo tipo. Podía en un mismo día operar un problema del corazón, un pulmón con cáncer, huesos, caderas, páncreas. Y lo hacía a menudo con un cuchillo “de monte” oxidado, siempre apoyada por el espíritu de Cuauhtémoc y varios aprendices ayudantes.

Pachita diagnosticaba luego de auscultar con sus manos a sus pacientes. Cerraba los ojos y podía “ver” cuál era el problema. Entonces les recetaba remedios naturales o cambios en sus conductas, en sus rutinas.

Hace años, Pachita falleció. Fue una de las más notorias doctoras que ha habido en México. Algunos días de la semana consultaba en un departamento cercano a la Plaza Río de Janeiro, en la Colonia Roma de la ciudad de México.

Ahí fue donde la conocieron y visitaron muchos artistas, intelectuales y gente del pueblo. Sabemos de muchos casos que seguían sus indicaciones y mejoraban. Otros se acercaban a ella un poco arrastrados por sus amigos o familiares, que tenían más confianza o fe, pero que desobedecían o echaban en saco roto sus consejos y eso dificultaba su sanación.

Dos personas conocidas de distintos ámbitos de la cultura que estuvieron cerca de Pachita fueron el mencionado Jacobo Grinberg-Zylberbaum, y el cineasta y estudioso del tarot Alejandro Jodorowsky. El primero, tiempo después, hace ya años, desapareció sin dejar rastros. Nadie sabe si murió en un viaje, fue asesinado, fue secuestrado por aparatos de inteligencia o algo distinto.

Las últimas versiones de las indagatorias de la policía mexicana apuntaban a que la culpable de esa desaparición podía tratarse de una ex esposa de Jacobo. Esta mujer también habría desaparecido casi simultáneamente que él. Los familiares de Jacobo afirman que él estaba hoy en México y mañana en la India o en Alemania, que se movía por el mundo con soltura. Pero también aseguran que nunca se hubiera ido por su propia voluntad dejando sola a su hija, que por ahora debe ya ser una adulta.

Sea lo que sea, dejó escrito todo lo que tenemos que conocer de Pachita. El otro personaje que habla de Pachita en sus libros es Jodorowsky. Finalmente, décadas más tarde, el artista se fue acercando al ámbito espiritual y terapéutico, hasta llegar a concebir lo que hoy denomina como psicomagia y psicochamanismo. De ese tamaño fue la influencia de Pachita.

Incluso Carlos Castaneda, el popular escritor radicado en Los Ángeles, hizo referencia a Pachita en alguno de sus libros. Supuestamente habría consultado a su maestro Don Juan sobre las curaciones de la señora, a lo que habría seguido una explicación del “brujo” yaqui en torno a que lo que sucedía es que ella era capaz de “mover el punto de encaje” del paciente, con lo que se facilitaba el movimiento libre de energía y la consiguiente curación.

Todo esto, claro, está muy explicado en la terminología de Castaneda, de quien ya hablaremos más tarde en un artículo especial, donde desglosamos su parte relevante, la de las escuelas guerreras, que el señor retoma de muchas tradiciones (no es su invento), y su parte Walt Disney esotérico, donde además jamás menciona a Dios, al amor, y toda su “magia” no cura ni un catarro, por lo que resulta bastante inútil y un gran negocio.

Pachita, junto con la extraordinaria, humilde, poética, fluida, lúdica María Sabina, y el exótico y místico llamado Niño Fidencio, son los médicos tradicionales más conocidos de este país. Ha habido y hay muchos más, pero por distintas razones, sobre todo de publicidad, de comunicación, no han trascendido tanto como los anteriores, lo cual no les quita ni un centímetro de grandeza. Pero eso no importa, porque cada obra es sagrada y cada curación es un testimonio de la majestuosidad del espíritu.

21 de junio de 2006

Fuente: www.geocities.com/elcarambola

Tomado de:
http://colombia.indymedia.org/news/2006/06/45227_comment.php#123037

domingo, 28 de agosto de 2011

Oriane, Tía Oriane

Por: Marvel Moreno*

A María la asombró la casa de tía Oriane, pero sólo empezó a inquietarla cuando escuchó los primeros ruidos. Era una casa grande y silenciosa rodeada de un jardín sembrado de acacias. A lo largo de los corredores se alineaban salones y dormitorios cerrados desde hacía muchos años, con muebles que dormían sobre figuras de polvo y jirones de telarañas. Sin saber por qué, María se sentía tentada a caminar en puntillas. Por todas partes había retratos y espejos. Había gobelinos y alfombras de arabescos repetidos sin fin, y una ventana con vidrios de colores parecida al vitral de una iglesia. María no recordaba haber estado alguna vez allí ni haber visto antes a su tía. Sabía que una vez al año, la víspera de San Juan, su abuela viajaba a visitarla. Sabía que esas visitas no eran del agrado de su abuelo. Y sospe­chaba que de haberse encontrado en vida su abuelo cuando llegó la carta de tía Oriane invitándola a pasar con ella las vacaciones de julio, nunca habría venido. Sin embargo a María le había gustado tía Oriane. Desde el primer día. Tenía un aire tranquilo y unos ojos pálidos que la miraban con indulgente nostalgia. Siempre parecía contenta de verla. Siempre sonreía cuando ella entraba a la habitación donde pasaba las tardes dibujando figuri­tas junto a una ventana que daba al mar.

Los dibujos de tía Oriane atraían a María, se adormecía mirándo­los. Había una magia en aquella infinita reiteración de formas, un anzuelo en el lápiz que subía y bajaba como la aguja de un tejido. Su tía seguía invariablemente el mismo orden trazando primero hileras de círculos, y dentro de cada círculo una cruz. Luego sus manos aleteaban sobre las hojas y círculos y cruces desaparecían bajo una trama de líneas que se unían formando diminutos rombos. María iba a su habitación al atardecer y se quedaba a su lado mirándola dibujar hoja tras hoja hasta que entraba la noche y la vieja Fidelia subía para anunciar la cena. Podía pasar horas enteras junto a tía Oriane. Le agradaba su quietud, el silencio que había siempre a su alrededor. Le agrada­ban sus manos, fugaces como las pelusas que el aire empujaba sobre las acacias del jardín. Había descubierto además que su tía y ella se parecían: las dos tenían la manía de no pisar nunca las junturas de las baldosas. Compartían el gusto por las frutas heladas y la flor del ilang-ilang. A veces sorprendía en tía Oriane sus mismos ademanes, un cierto modo de ladear la cabeza, una forma cauta de sonreír. Pero sólo hojeando el álbum de foto­grafías comprendió hasta qué punto el parecido entre las dos iba más lejos.

Su tía se lo enseñó una tarde de lluvia, una de esas tardes que dejaban correr juntas jugando interminables partidas de ludo. Porque le había hablado del tiempo de antes y quería mostrarle cómo se vestía entonces la gente. Tía Oriane sacó el álbum de un armario y lo abrió sobre sus rodillas. En sepia y nubladas, las imágenes habían empezado a desfilar ante sus ojos y se habían sucedido confusamente hasta llegar a una niña vestida de organza. Por un instante María creyó verse a sí misma. Reconoció con estupor sus trenzas, su figura, incluso su encogido recelo frente a la cámara. Tía Oriane había sonreido —parecía encontrar aquello lo más natural del mundo— y sin pronunciar una palabra había vuelto a correr las hojas desempolvando amigos y parientes anóni­mos mientras María tenía la impresión de revivir una escena ya pasada, de haber mirado alguna vez el álbum detrás del hombro de su tía sin reparar en las fotos y con la misma modorra que la iba envolviendo como si una mano le rozara los párpados. Al doblar una página las uñas de tía Oriane rasguñaron suavemente la cara de un hombre, una cara triste que parecía reflejada en el agua.

—¿Quién era? —preguntó María.
Su Tía cerró la tapa del álbum.
—Sergio —dijo—. El único hermano que tuvimos tu abuela y yo.
—Yo creía que había muerto de niño —comentó María.
—No me extraña —dijo Tía Oriane mirando el tablero de ludo—. Tu abuela le hace trampas al pasado. ¿Vienes a ju-gar?

Tal vez fue al otro día que empezaron los ruidos. O un poco después: María lo olvidaría con los años. Ya casada, cuando el tiempo no era más un chispear de instantes sino el lento transcu­rrir de días iguales, observando jugar a su hija en el jardín de una casa donde un marido cualquiera la había confinado, María intentaría recordar en qué momento había oído los ruidos por primera vez, si al día siguiente de haber hojeado el álbum o más tarde, cuando Fidelia anunció que un desconocido había entrado a la playa y recogía caracoles mirando descaradamente hacia la casa. Pero no podría precisar el recuerdo. Y lo vería alejarse de su mente con una secreta angustia, vago, cada vez más vago, asociado solamente a aquel columpio escamado de herrumbre que había descubierto un día en el jardín de tía Oriane, y que años atrás antes de que la lluvia y el sol lo maltrataran irremedia­blemente, había estado pintado de azul. Porque los ruidos apare­cieron la mañana que desenterró el columpio valiéndose de un palo y empezó a desprender la costra de barro que cubría las cadenas. Fue entonces, limpiando una argolla, cuando le pareció sentir a su espalda un crepitar de ramas secas. Después oyó un crujido. Volteó a mirar y sólo encontró el muro del jardín, las inmensas acacias abiertas en flores amarillas: así que imaginó una iguana correteando al sol y sin pensarlo más siguió limpiando el colum­pio. Pero un momento después volvía el ruido. María se levantó lentamente mirando a su alrededor, y casi enseguida, lo mismo que si hubiera sido ahuyentado por algo, un toche salió de los mato­rrales y revoloteó aturdido frente a ella antes de remontarse como un hilo de luz al cielo.

Así, de ese modo impreciso, los ruidos llegaron al jardín de tía Oriane. No se detuvieron allí: fueron invadiendo la casa gradual­mente adentrándose a lo largo de corredores y pasillos. Se oían de pronto bajo la escalera, detrás de las cortinas; corrían por el cielo raso confundidos con la brisa y el sisear de las aca­cias. No obstante, a medida que aumentaban perfilándose en soni­dos inequívocos, María les iba restando realidad. A veces la sobrecogían y huía ciegamente por los corredores o se quedaba muy quieta con el cuerpo encogido por un nudo de miedo. Pero eran demasiado inquietantes para ser aceptados y María tenía un limbo donde confinaba las cosas que no quería admitir: en él dormitaban anodinamente brujas y lloronas, y con el tiempo, allí fueron exiliados los ruidos.

Terciados de ilusión los ruidos se volvían vulnerables, podían ser exorcizados. María ensayaba trucos, tanteaba sortilegios, pensaba un día que conteniendo la respiración en el momento de oírlos los haría retroceder. Y retrocedían. Eran soluciones momentáneas: los ruidos resucitaban siempre y en su breve ensueño aprendían a burlar el exorcismo. Aún entonces podía apoyarse en la realidad, suponer corrientes de aire y ratones hambrientos, y hasta elaborar una complicada historia en la que Fidelia, celosa bruja llena de rencor, la asustaba adrede para vengarse de ella. Hablarle a tía Oriane era impensable: en el fondo María no estaba segura si los ruidos existían solamente en su imaginación y sobre todo, la idea de que su tía la creyera una niña la llenaba de vergüenza. Pero un día, aquel columpio que estaba tirado en el jardín amaneció suspendido de una acacia, y con el corazón enco­gido, María corrió a buscar a tía Oriane.

La encontró en el comedor, limpiando una bandeja de plata, y desde la primera frase que dijo advirtió en sus ojos un tranqui­lo escepticismo. A medida que hablaba la expresión de tía Oriane se volvía risueña y un poco ausente como si estuviera escuchando una vieja mentira y María tuvo de pronto la impresión de hundirse en la irrealidad.

—El columpio está ahí —dijo casi para sí misma—. Puedes verlo.
Su tía asintió con un ligero movimiento de la mano.
—Y he escuchado ruidos —insistió María en voz baja.
—No me sorprende —dijo tía Oriane sonriendo—. Esta casa es muy antigua.
María la miró perpleja.
—Son ecos —explicó su tía—. Vienen y van. Es muy lindo oírlos.
—¿Ecos?
Tía Oriane se alzó de hombros.
—No lo sé explicar —dijo—. Los ruidos y las voces dejan huellas en el aire... y es como si el aire no saliera nunca de las casas viejas.
La voz de Tía Oriane pareció enredarse entre sus ojos y María parpadeó.
—Lo del columpio no debe inquietarte —le oyó decir suavemente—. A lo mejor fue un capricho de la vieja Fidelia. Siempre hace cosas raras —añadió tocándose la sien con la punta de los dedos.
—Le preguntaré —dijo María.
—Y lo negará —aseguró tía Oriane.

Sin embargo, María no tuvo necesidad de hablarle a Fidelia. La propia Fidelia escogió aquel momento para entrar al comedor mirándolas a las dos con un encono inexplicable. María se dispuso a escuchar atentamente esperando oír discusiones, regaños, pro­testas, cualquier cosa distinta a aquel monólogo que siguió y que no pudo entender ni entonces ni más tarde, todas las veces que intentó reconstruirlo mientras jugaba en la habitación de su tía, cuando ya había trasladado allí sus juguetes y tía Oriane había desocupado para ella la gaveta de un armario. Porque Fidelia comenzó por quejarse de su presencia en la casa culpando a su tía de haber despertado lo que para el bien de todos debía dormir, y luego había hecho alusión a algo ocurrido muchos años antes, algo asociado con la muerte de alguien en el mar, y había seguido intercalando reproches y alusiones de un modo obscuro hasta que tía Oriane la interrumpió para ordenarle una infusión de toron­jil. Pero aunque aquella salida la impresionó favorablemente —la lisura de las viejas criadas debía sobrellevarse con humor— María no había dejado de advertir la acusación implícita en la actitud de Fidelia, y sus palabras le hicieron recordar las disputas que sus abuelos habían sostenido tantas veces sobre tía Oriane y el tono caviloso que había notado en su abuela cuando fue a despe­dirla a la estación del bus y le dijo que no hiciera demasiado caso a lo que hablara su hermana porque los años nublaron ya su mente. Fue ese recelo que parecía suscitar tía Oriane lo que indujo a María a pasar los días a su lado pensando que si era ella la autora de los ruidos conseguiría vigilarla y si no lo era lograría de todos modos evadir su asedio, porque los ruidos, advirtió sólo entonces, no entraban nunca a su habitación.

Tía Oriane aceptó con buen humor las innovaciones que María introdujo en el orden minucioso de sus jornadas. No manifestó la menor contrariedad cuando le propuso dejar abierta la puerta que comunicaba los cuartos donde dormían y con tal de no dejarla sola la despertaba temprano para que fuera a pasear con ella a lo largo de la playa. A aquella hora, envuelto todavía en la bruma, el mar era sólo una franja de plata cruzada por pájaros solita­rios que emitían un chillido destemplado en el cielo antes de descender en línea oblicua y hundir el pico en el agua, alejándo­se después, casi sobre la cabeza de María, con un pez que se debatía desesperadamente. A veces el pez lograba escapar y caía a sus pies, palpitante y frío. María lo cogía con la punta de los dedos y lo arrojaba al mar y el olor del mar quedaba entonces todo el día en su mano: más áspero, más denso que el de las chuvas y caracoles negros que resonaban en el bolsillo de su delantal mientras caminaba despacio para seguir el paso de su tía, oyéndola hablar de los viejos tiempos, de cuando era niña y cabalgaba con Sergio por esa misma playa, y en las noches de luna la arena brillaba como si cada grano escondiera un alfiler de cristal. No eran cristales sino algas fosforescentes, explicaba Tía Oriane sonriendo. Pero durante años Sergio y ella habían creído en la existencia de un tesoro oculto al otro extremo de la playa, bajo la roca donde el mar se agitaba estallando en oleadas de espuma y de vez en cuando aparecía, recortada contra la prime­ra claridad del día, la figura del desconocido que asustaba a Fidelia.

—Ese tesoro —comentó una vez María—, a lo mejor existió. Tía Oriane pareció reflexionar hundiendo su bastón en el hueco de un cangrejo.
—Las cosas existen si tú crees en ellas —dijo después de un rato.

A la roca nunca iban. Su tía no soportaba el resplandor del sol en los ojos y se devolvía a mitad de camino. Entonces marchaban de prisa porque tía Oriane insistía en tomar el desayuno a las ocho en punto de la mañana. Incluso si no entendía sus caprichos María se amoldaba a ellos con una cierta complicidad. A fuerza de imitarla descubría gradualmente el sortilegio de los actos repe­tidos, cómo aquel pasado del que tía Oriane hablaba era recreado cada día frente al servicio de plata, el mantel de lino, los bollos de mazorca recién sacados del horno. Así había sido y así sería mientras la plata reluciera en la mesa y Fidelia sirviera el desayuno recobrando su perdida dignidad detrás de un uniforme almidonado.

Más allá del comedor se abría el jardín hirviendo de calor y zumbidos, y más al fondo, oculta por una maraña de arbustos polvorientos, la rotonda donde tía Oriane pasaba una parte de la mañana cuidando los cinco rosales que crecían milagrosamente a la sombra de las trinitarias. Desde allí se oía el rumor del mar y trepando el muro podía verse la playa, casi siempre desierta, a no ser que el desconocido la rondara como una silueta gris perdi­da entre el resplandor de la arena. Tía Oriane se ocupaba de la rotonda y desatendía el jardín por la misma razón que había salvado tres habitaciones de la casa dejando el resto en el abandono de telarañas y lagartijas. Detrás de aquel olvido María percibía el designio de una oscura venganza que cobraba forma cada día cuando su tía llenaba de cayenas el gran salón presidido por el retrato de su padre, porque él las odiaba, le había expli­cado sonriendo. El retrato de aquel hombre de mirar airado, con el smoking cruzado por una banda de seda púrpura y dos condecora­ciones prendidas a la solapa, recibía el sol de frente y estaba ya tan desteñido que algún día, decía tía Oriane, sólo sería un fantasma de cuadro entre los fantasmas de una casa sin dueño. Esperando la desolación que en el fondo de su alma deseaba para aquel lugar —y que llegaría tres años después de su muerte cuando el mar ganó la playa y más tarde el jardín, y lentamente destruyó la casa—, tía Oriane aprisionaba el pasado conservado tenazmente en el gran salón y el comedor, pero sobre todo, en aquella habi­tación del segundo piso que había elegido para ver correr las tardes dibujando figuritas en las hojas de un cuaderno. Allí, donde los ruidos nunca habían entrado, María aprendería a recrear la vida de Tía Oriane cuando la ociosidad de las horas pasadas junto a ella la llevó a descubrir el sorprendente mundo de sus armarios.

Todas las cosas que Tía Oriane había poseído alguna vez estaban en aquellas gavetas, envueltas en papeles de seda con un remoto olor a cananga, intactas, como si el tiempo no hubiera logrado trasponer los pequeños cerrojos dorados que abrían estuches y cofres desenhebrando una historia entretejida con juguetes y vestidos, capas, cintas, abanicos y flores olvidadas entre libros de versos. María desenvolvía los recuerdos de su tía con la misma fascinación que habría sentido al levantar la tapa de una caja de sorpresas. Podían aparecer cosas extrañas, amuletos y horribles figuritas de trapo. O podía haber algo velado a la vista. Porque casi todo parecía tener un doble fondo: una muñeca encerraba otra, un dado se repetía siete veces dentro de él mismo, un joyero revelaba casillas invisibles presionando botones ocultos entre arabescos. Tía Oriane le había dado a entender que debía descubrir las claves por sí sola pero la observaba sonriendo mientras ella escudriñaba sus gavetas y de pronto, con un gesto casi imperceptible, le sugería que había elegido la llave indica­da o la hacía volver sobre un objeto que había dejado de lado para buscarle su artificio. A veces María descubría dibujos y retratos de su tía, una insólita tía Oriane de cabellos sueltos y vestidos transparentes que corría descalza por la playa. Y figu­ras de cobre: grandes pájaros cuyas alas se abrían sobre mujeres desnudas. Y láminas donde hombres parecidos a animales acechaban a pastoras o las perseguían bailando alrededor de los árboles. Aquellas cosas la turbaban. Y la turbaba más aún la reacción de tía Oriane que entonces no hacía caso de ella y se inclinaba sobre sus dibujos con el mismo aire travieso que tenía su abuela cuando le proponía adivinanzas o la retaba a alcanzar la bolsa de almendras que agitaba en el aire. María entreveía en su actitud un desafío y se obstinaba en examinar cada cosa hasta encontrarle su secreto. Había que barajar los naipes de cierta manera y abrir los abanicos de golpe y mirar las estampas al trasluz. Las ilus­traciones de los libros variaban si eran observadas desde lejos. Los estuches japoneses se convertían en diminutos teatros al rozar una superficie: surgían parejitas que se hacían reverencias entre un revoloteo de sombrillas y abanicos; pero si la superfi­cie se rozaba en sentido contrario las mismas parejitas apare­cían desnudas y acostadas bajo los árboles de un jardín.

Caprichosos, inquietantes, los objetos de tía Oriane cautivaban como las manos de un ilusionista. Creando el ensueño alejaban de la realidad, sugerían su olvido. Habían sido inventados para un instante: porque la primera impresión que producían no volvía a repetirse nunca, debían ser mirados una sola vez y relegarse luego entre papeles de seda a la gaveta de un armario. Pero dejaban entonces un vacío que las cosas corrientes no podían llenar. Cuando María cerró el último estuche tuvo la sensación de haber perdido algo. Durante días vagó sin saber qué hacer por la habitación de tía Oriane; ya no podía distraerse con libros de cuentos ni muñecas: se sentía diferente, descubría el aburrimien­to. Su tía pareció advertirlo.

—Tú te aburres —le dijo una tarde—. ¿Por qué no sales a jugar afuera?

Los ruidos seguían al acecho. María lo supo apenas llegó a la planta baja y oyó una bola de cristal rodando por las baldosas. La bola —o el sonido que una bola podía producir— corrió a lo largo del pasillo, bajó saltando las escaleras, y avanzó candoro­samente hasta pararse a su lado. María no se movió, ni siquiera intentó mirarla: de repente los ruidos se le antojaban distintos despertando en ella la misma excitación que le producían los estuches de tía Oriane. Y con ese gesto, o esa, ausencia de gesto, traspasó la línea invisible que hasta entonces la había separado de ellos.

Nunca más durmió con la puerta abierta ni volvió a subir a la habitación de su tía. Andaba de un lado a otro recorriendo la casa o salía a caminar por la orilla del mar hasta que el desco­nocido surgía en la roca rompiendo el hilo de sus sueños. Los ruidos iban siempre detrás de ella. Eran imprevisibles como el chisporrotear de una bengala o el zumbido de una cometa alzándose en el viento, o conocidos, casi familiares, como los pasos caute­losos que la seguían a donde fuera. A pesar de su inquietud María no hacía nada por evadirlos. Los provocaba incluso: porque había notado que aparecían únicamente cuando estaba sola. Jugaba en los corredores donde Fidelia no pasaba nunca y bajaba al mar por atajos que nadie transitaba: se burlaba de los pasos que la seguían imitándolos: a veces fingía dirigirse a la habitación de tía Oriane o se escondía, y en su exasperación los ruidos hacían tanto alboroto que Fidelia salía al jardín murmurando maldiciones y exorcismos.

Con el tiempo los ruidos se integraron a sus sueños. Dejando atrás las fantasías de su infancia empezó a imaginar que todo advertía su presencia, que las cosas cobraban vida a su paso. Las porcelanas le sonreían, los retratos la miraban, nada ocurría por azar: adrede la brisa llevaba a su ventana flores de acacia y el mar dejaba en la playa las piedras que prefería. Porque en el aire y en el mar estaban ellos, sombras obscuras, figuras enluta­das vagando entre los árboles, siluetas de jinetes con capas negras como las que había en los armarios de tía Oriane. Escondi­dos en las cosas sin deseo distinto que el de verla, buscándola. Ella tenía algo que nadie más tenía, sus ojos brillaban, sus trenzas reflejaban el sol. Si lo soltaba, su pelo le rodaba a la cintura y le envolvía los brazos como una caricia. Quería pare­cerse a las jovencitas de los gobelinos y llevar vestidos vaporo­sos y colocar sobre su frente rosarios de flores. Para que ellos la vieran: siempre la miraban, había infinitas Marías reflejadas en sus ojos. Por eso llevaba ahora sus mejores delantales y se buscaba ansiosamente en los espejos; por eso de noche se desnuda­ba a obscuras: giraba las porcelanas contra la pared y corría las cortinas hasta que ningún rayo de luz se filtraba por los posti­gos.

Era de noche cuando temía soñar. Las sombras que imaginaba iban llegando de los rincones y se confundían sigilosamente en una sola. Los ruidos cesaban, entonces sus sueños se volvían distin­tos. Parecían aletear en la obscuridad esperando a que empezara a dormirse para acercarse a ella, sugiriéndole siempre lo mismo con imágenes que saltaban a su mente como piezas de un rompecabe­zas. María los eludía sin buscar explicaciones, con un vago desasosiego, y sin buscar explicaciones los dejó aproximarse la víspera de su partida.

Aquella noche volvió a llover. Se había sentido toda la tarde el olor de las acacias y la algarabía de chicharras en el jardín, pero la lluvia llegó bien entrada la noche cuando Fidelia reco­rría el pasillo apagando las luces. Desde su cama María empezó a oír borbotear el agua por los canales del tejado, la garganta cerrada ante la idea de partir y dejar a tía Oriane en su ensueño de figuritas para reencontrar aquel mundo de su abuela en el que cada cosa respondía a un nombre y había avena al desayuno y rosas de plástico en los jarrones. Sentía deseos de correr al cuarto de su tía y besarla sin decirle nada, vagar por los corredores arrastrando telarañas bajo la mirada cómplice de los espejos, descender ahora que el reloj del vestíbulo anunciaba gravemente la medianoche, así, descalza, caminando en puntillas mientras el viento bamboleaba el columpio y oía con inquietud el crujido de las argollas oxidadas. Entre las acacias surgía ya una sombra, un rumor de hojas quebradas, una especie de ternura que le subía a los brazos y lentamente su figura empezaba a recortarse en la noche, avanzaba hacia ella y sonreía. Le decía que no sintiera miedo, que no iba a hacerle daño, la tomaba de la mano y en una ráfaga de brisa subían a las acacias, la envolvía en sus brazos y le ponía flores amarillas en el pelo, sentía ganas de llorar y se abrazaba con fuerza a la almohada, pero él reía, le apartaba el cabello de la frente, decía que había vuelto a encontrarla y corrían a la orilla del mar. Sobre la arena escribía su nombre, la rociaba de espuma y se alejaba, volvía cabalgando un caballo negro, al pasar junto a ella la montaba a su lado, iban más allá de la playa, más allá del mar, sus brazos la oprimían, sentía sus brazos como un aro de luz alrededor del cuerpo. Abrían el álbum, las páginas corrían, él tocaba la punta de sus dedos y ella huía pero la brisa la devolvía a sus brazos que la apretaban con fuerza, y su cabeza se inclinaba buscando sus labios. Volvían los largos árboles metidos en la noche, su mano apenas la rozaba y el columpio se estiraba al cielo, le pedía que la empujara más arriba para que sus trenzas brillaran y su vestido de organza se abriera al viento. En el fondo del mar recogían caracoles, él ponía guijarros en su frente y le llenaba la falda de corales, sentía el calor de su cuerpo al resbalar junto a una acacia, la brisa no se oía, la lluvia arañaba apenas los cristales, había algo inaprensible en el cuarto, algo cruzaba sigilosamente la obscuridad mirándola, y mirándola avanzaba hacia ella. El corazón le dio un vuelco: había oído el roce de aquellos pasos en la alfombra y de repente supo que los oía por primera vez y para ahogar un grito se tapó la cara, por un instante pensó huir, correr hacia el cuarto de su tía, correr adonde fuera. Pero una corriente cálida desnudaba su cuerpo, entreabría sus manos, su piel se recogía, sonriendo abría los ojos, aquella cara triste y de algún modo remota se acercaba a la suya, su voz la envolvía, como un soplo de aire su voz la envolvía hasta que de pronto no fue más su voz sino un grito colérico, el sol en la ventana y Fidelia gritando que el desconocido había entrado a la casa.

*Nació en Barranquilla en 1939 – París 1995. Residió en París, donde la editorial Femmes publicó su colección de cuentos Algo feo en la vida de una señora bien. Su novela En diciembre llegaban las brisas (1987) fue traducida a varias lenguas. La obra de esta autora rescata el pensamiento y el rol de la mujer en la sociedad típica de las clases altas en el Caribe colombiano, y en general en toda América Latina. Por tal razón, muchas de sus obras han sido catalogadas como feministas y como el tránsito progresivo entre una sociedad patriarcal al rol igualitario de la sociedad del siglo XXI. Desde otra perspectiva su obra se encuadra dentro del realismo mágico característico de otros autores como García Márquez, aunque desde un abordaje propio de la élite social a la pertenecía.
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