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miércoles, 31 de agosto de 2011

Atributo de eternidad*

Por: Carolina Guerra Ariza

“… árboles plantados allí por el viento hace mil años.”
Confieso que he vivido. Pablo Neruda


Y la diosa abrió sus pétreos labios por primera vez y de ellos no salió palabra [no existía aún, sólo existía un “rosal de aire imaginario”, sólo eso], no salió suspiro, ilusión o capullo… salió, flotando, circular y mínima, una burbuja, alegre y brillante… sutil. “Cómo puede existir una burbuja tan feliz…”, pensó la diosa, pero la burbujita ya se suspendía, ya bailaba y entonces los ojos amorosos de la diosa comprendieron su alegre condición etérea. Burbuja y semilla, semilla y burbuja, se alejó dichosa abandonando a su eterna madre y… el árbol nació.

Sobre el nacimiento del árbol nadie sabe nada, nadie sabe cómo ni por qué [sólo su madre no humana, no real, no irreal, tendida en algún lugar innominado en donde, tal vez, “crecía el tiempo”], mas cómo saberlo si no existíamos y ni aún el mundo que conocemos, redondito, azul, verde, marrón, girando, como todo lo redondo: complacido por su redondez… girando alegre y encantado por sus propios movimientos, divertido de flotar y, a veces, rebotar: no existía, no existíamos.

En medio de la nada estaba el árbol. ¿De qué color es la nada? ¿blanca? ¿negra? ¿policroma? de ninguno; es la nada y el árbol flotaba. Pasarían eones para que el árbol mostrara algún indicio de lo que llamamos “cambio”: algo empezó a brotar de sus raíces, impúdicamente al aire, “Entonces soy hembra”, pensó el árbol, y le permitió a su preñez ser… “Seré madre” continuó en sus cavilaciones mientras movía sus hojas en señal de plenitud, como cuando el viento lo hace con ellas [“bajaba el viento desde otros dominios”¡silencio! El viento no existía…] pero el viento no existía, ni aún el mundo, ni aún nosotros, era la nada y el árbol y el hijo que de sus raíces brotaba.

Contempló la lenta gestación de algo que no entendía [“cada cosa engendra a su semejante…” pensaba y veía aquello que ante sus ojos crecía:“germinaba la noche”]: no tenía hojas, no tallo, ni savia bruta o elaborada; era una minúscula esfera que se hinchaba, se hinchaba, se hinchaba… que se hinchó, se hinchó, se hinchó… más, y más, y más y más… el árbol era un manojo eufórico de madera, de verde, de esencia primigenia, de sustancia aborigen [como si el viento aun no creado ya se acercara: y de nuevo “bajaba el viento desde otros dominios”], no entendía, pero era feliz; era su hijo, era feliz.

Fruto de una burbuja engendró a otra, igual de redonda y alegre, igual de brillante, circular, móvil y flotante pero multiplicada por los eones que perduró la eterna contemplación de lo que se gestaba dentro de sus raíces, bajo sus raíces, al lado de sus raíces… hasta cuando ya no fue más la esfera bajo el árbol sino el árbol sobre la esfera… Y el árbol movió sus hojas lleno de todos los efluvios existentes [como si se tratara ya no del viento sino de la lluvia y, como sucede con ella, “traía la lluvia hilos celestes”] y el hijo por primera vez rió y el árbol por infinita vez fue feliz.

Pasarían otros tantos eones para que reconociéramos al hijo del árbol como nuestro hogar, para que comenzáramos a existir dentro del mundo que conocemos, redondito, azul, verde, marrón, girando, como todo lo redondo: complacido por su redondez… girando alegre y encantado por sus propios movimientos, divertido de flotar y, a veces, rebotar: existía, existíamos [en “las tierras sin nombres y sin números”].

¿Qué a dónde está hoy el árbol? Está en cualquier parte, quizá rodeado por millones de árboles parecidos a él: haciendo más espeso al Amazonas, en los bosques boreales, en el Congo o en México, quizá es el árbol que da sombra a algún refugio o es aquel que soporta la casa de juegos de chiquillos traviesos que lo hacen reír… lo que sí sabemos es que su larga raíz sostiene el corazón de su hijo que late fuerte cuando siente la devastación, que llora cuando lo entristece el afán de destrucción de los recién llegados: los humanos, que se cansa y continúa… que se cansa y envilece sin entender por qué… El árbol está allí, a la vista, sólo se requieren ojos acuciosos que, sin mayores pretensiones, opten por mirar.     



* Las citas, que se marcan por las comillas y las bastardillas, son tomadas del poema Vegetaciones de Pablo Neruda.

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