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lunes, 8 de agosto de 2011

Mujeres, condiciones laborales y discriminación

Por: Carmen Rosa Guerra Ariza*

La apertura al mundo laboral no ha sido una tarea sencilla para las mujeres, pensada en primera instancia no como sujeta en plenitud de sus derechos sino como una incapaz relativa, era la sociedad (iglesia/estado) la encargaba de establecer los roles que obligatoriamente debía asumir. La lucha entonces que se ha emprendido desde cada una de las mujeres que han querido desempeñar labores más allá de las indicadas por una suerte de “moral, buenas costumbres y el deber ser” ha estado cargada de prejuicios, señalamientos y claro está, discriminación.

Partiendo del ejercicio de entablar un diálogo con mujeres de distintas edades y con experiencias diversas en los roles en los que laboralmente se han desenvuelto en sus  vidas; establezco contacto con una mujer de 71 años a la que llamaré Graciela, una mujer de 53 años a la que llamaré Estela y una mujer de 25 a la que llamaré Amelia. La idea es indagar acerca de su inserción al mercado laboral, las ofertas de trabajo destinadas para mujeres y hombres, condiciones laborales existentes en sus respectivos entornos,  valoración del trabajo al interior del hogar y percepción de la situación laboral de las mujeres en la actualidad.

La finalidad entonces de un intercambio como el planteado, es analizar desde diversos locus de enunciación la evolución, no siempre afortunada del tratamiento brindado a las mujeres en un entorno tan competitivo y excluyente como el laboral, el cual en ocasiones se antoja construido y pensado con una lógica de apartheid.

Graciela

Graciela es de amplias palabras, explica en detalle cada historia, fluida en descripciones y una gran conversadora, a sus 71 años es pensionada, fue docente durante toda su vida, era una adolescente cuando comenzó a trabajar. Narra, que estudió interna en un colegio dirigido en ese momento por las Hermanas Terciarias Capuchinas, su formación como bachiller comercial garantizaba que una vez egresara podría trabajar como asistente contable, secretaria o docente. Dentro del pensum académico se encontraban asignaturas como taquigrafía, mecanografía, técnicas de oficina y puericultura.

Sin embargo, ella, Graciela, asegura haber disfrutado de una educación privilegiada que le permitió recibir casi simultáneamente con su grado, una notificación de nombramiento como docente en la escuela pública de su pueblo. Todavía no sabe cómo ni por qué sucedió aquello, con tan solo 15 años la experiencia de ser independiente económicamente era absolutamente excepcional.

Era la década de los 60`s, las mujeres de la Región Caribe colombiana, entorno de bellos amaneceres y árboles cargados de espléndidas cosechas de frutos tropicales, eran consideradas solteronas a los 30 años, y su prioridad era buscar un “buen matrimonio” con un “buen hombre” para poder ser una “buena esposa” y claro esto implicaba tener hijos o hijas y en ocasiones una vez contraídas las respectivas nupcias, dedicarse al hogar y con ello abandonar su independencia económica para pasar a depender de su esposo.

Al respecto menciona mi entrevistada que muchas de sus compañeras de estudio desertaron de sus trabajos como secretarias una vez decidieron casarse, con lo cual asumieron el rol de ama de casa, decisión que era presumible e incluso percibida como obligación una vez quedaban embarazadas o parían. El rol asumido por la mujer en ese entorno era preponderantemente de cuidado, atender a su esposo y a sus hijos o hijas era su prioridad. “Mis amigas pasaron de trabajar a ser mantenidas y ahora a esta edad todavía se arrepienten” comenta.

Se descartaba entonces la educación superior, muy a pesar de que ya se estaba obrando un cambio paulatino con el incremento de las mujeres “trabajadoras” retribuidas económicamente por ello. En ese momento eran los hombres quienes mayoritariamente accedían a la universidades; y esto se argumentaba de mil formas: la distancia y el recorrido que implicaba llegar hasta las ciudades en donde se encontraba el campus universitario, la carencia de comunicaciones avanzadas, el hombre de la familia era el que tenía la obligación de la manutención del hogar para lo cual debía capacitarse y estudiar, entre otras múltiples opciones esgrimidas. Abogados, ingenieros, médicos y posteriormente arquitectos egresaban con un puesto asegurado.

Cuenta Graciela que comenzó a trabajar dictando clases a alumnas que en ocasiones eran mayores que ella “era una niña” dice. Su padre, como era de esperarse, se opuso tajantemente a su colocación laboral, sin embargo cedió al pensar que sería una situación pasajera y porque su “padrino lo convenció”.

Ella trabajó hasta cumplir 65 años, edad de retiro obligatorio según lo establece la legislación colombiana, afirma que no se sintió nunca discriminada y que su trabajo era respetado, “debía ser porque hacía las cosas muy bien”. A los 32 años tuvo su primera hija de un total de tres, sus embarazos no fueron impedimento para continuar con el ejercicio de sus funciones y no tuvo problema alguno por las ausencias que implicaban las respectivas licencias de maternidad.

Estela

A sus 53 años, Estela, “abogado” de la Universidad Nacional de Colombia, recuerda como era su vida como estudiante de provincia en la capital del país. Con una sonrisa me recibe amablemente en su oficina, ella ejerce como abogada litigante específicamente en procesos administrativos. La fotografía de su único hijo con su nieto me recibe al entrar, así comienzo mi entrevista esperando entender cuáles fueron las circunstancias vividas por esta mujer y cómo inicia en el ejercicio de su profesión.

Su ingreso a esta actividad no fue el más sencillo, según señala Estela estudiar lejos de su hogar no fue una experiencia fácil, el largo trayecto terrestre, la imposibilidad de una comunicación fluida por la carencia de internet y celulares, y la tardanza en el envío del dinero para su manutención se cuentan dentro de los ítems de las que podríamos llamar dificultades que tuvo que afrontar.

Sin embargo afirma que fue una experiencia inolvidable que le garantizó la posibilidad de prepararse profesionalmente para “poder tener un mejor futuro”. Comenta Estela que en su promoción se contaban una mayoría masculina; para entonces las mujeres estaban accediendo cada vez más a las universidades ya que eso mejoraba la remuneración que recibían si se comparaba con el salario de una secretaria o enfermera.

Según mi interlocutora, hace 30 años los hombres preferían estudiar medicina, veterinaria, ingeniería, arquitectura, economía, agronomía, odontología o derecho;  las mujeres optaban por las profesiones que comúnmente desempeñaban, es decir licenciaturas, enfermería y secretariado bilingüe a las cuales se suman carreras como sicología, medicina, odontología, contaduría y derecho.   

Una vez culmina sus estudios profesionales, Estela retorna a su ciudad de origen en donde comienza a trabajar con su padre, abogado con 40 años de experiencia y gran credibilidad, esta situación le allana el terreno y le permite iniciar su carrera como abogada litigante.

En su historia Estela no deja de mencionar a mujeres de su entorno, familiar o de su círculo íntimo de amigas que desertaron de la universidad por un embarazo no deseado o que una vez se graduaron, decidieron casarse y con ello cerrar las puertas a su desarrollo personal y profesional. Así mismo menciona, bajando la voz, los casos de mujeres que han sido víctimas de acoso sexual y laboral, circunstancia por la cual decidieron renunciar.

En lo concerniente a sus rol como madre manifiesta que no fue una decisión fácil, su embarazo a los 25 años hizo que pensara seriamente en la necesidad de dedicarse al hogar, incluso en varias oportunidades su esposo se lo sugirió como una opción para garantizar el cuidado y la educación de su hijo Eduardo. Contrario a esto, Estela decide que es absolutamente necesario para ella continuar con su vida laboral y así poder especializarse. De esta forma la contratación de una persona que le ayudara y la incondicional colaboración de su madre posibilitaron que su intensión se hiciera realidad. 

En este instante de la conversación, se apresura Estela a explicar que no por ello fue una “mala madre”, todo lo contrario, afirma “mi hijo recibió el amor de mi madre y mío, tuvo dos mamás”. En este contexto este tipo de determinaciones todavía se objetaban socialmente, por considerarse reprochable que la mujer no asumiera la obligación de la  crianza de sus hijos; sin embargo las dinámicas económicas de la época implicaban la necesidad de una doble entrada salarial al hogar para el cómodo sostenimiento del hogar.

Amelia

Me encuentro con una mujer joven, con 25 años recién cumplidos, ágil, delgada y vivaz, sus gestos son rápidos y reflejan sus ansias por experiencias nuevas.  A Amelia la cito en un café, egresó hace dos años de la Universidad Popular del Cesar, es socióloga y su experiencia laboral es contada; su estado civil reciente: unión marital de hecho.

Estudió en un colegio público y se gradúa a los 16 años, iniciando de inmediato sus estudios superiores. Una vez culminada esta etapa se ve avocada a la búsqueda de un trabajo con el cual podrá garantizar su especialización y posterior maestría. Considera que no ha contado con buenas oportunidades.

Amelia ha tenido dificultades para obtener un contrato que le permita iniciar su experiencia profesional específicamente en su área de estudio; manifiesta que su edad, su cualificación, su falta de experiencia y su estado civil están truncando su desarrollo laboral.

El anecdotario de entrevistas y postulaciones de Amelia es impresionante, en una de sus primeras entrevistas le manifestaron que necesitaban un o una profesional con cinco años de experiencia, en otra le informaron que era necesaria una especialización en formulación de proyectos para lograr un contrato de tres meses; e incluso le dijeron que pese a que no la contrataban, no tenía motivos para preocuparse porque “una mujer tan joven y bella de seguro consigue trabajo rápido”.

Asombrada dice que en la más reciente entrevista le preguntaron si pensaba “encargar pronto” aludiendo a la posibilidad de que Amelia decida quedar embarazada. Así las cosas se describe en este diálogo una serie de discriminaciones: mujer/joven/bella/embarazada/maternidad.

Considera mi entrevistada que las mujeres actualmente pueden estudiar lo que su vocación y dinero les permitan, sin embargo señala que no es justo que todavía se pretenda que las mujeres asuman solas o en un alto porcentaje la crianza de los hijos y el cuidado en general del hogar.

Observa Amelia que en los cortos contratos que ha tenido, sus jefes han intentado que ella desarrolle labores de secretaria, ejemplos de lo anterior son las solicitudes de elaboración de cartas sobre asuntos que no le competían, las reiteradas peticiones de tintos y vasos de agua y las petición expresa de que arreglara el archivo. Sumado a lo anterior los llamados de atención públicos y la desautorización de decisiones tomadas en el ejercicio de sus funciones hacían que Amelia se sintiera irrespetada.

De la evolución/involución

El haber tenido la oportunidad de conversar con mujeres con diferencias generacionales latentes fue un ejercicio que obligatoriamente me permitió evidenciar las diversas y en ocasiones difíciles situaciones afrontadas por las mujeres en ese llamado “mundo laboral”. El hecho mismo de que se tuviese que luchar por un derecho intrínseco a todos y todas como sujetos y sujetas, de derechos muestra la ausencia de un análisis desde la otredad, desde las necesidades, especificidades y diferencias de las mujeres en la implementación estricta del derecho al trabajo.

Teniendo en cuanta lo anterior, resulta oportuno destacar los siguientes aspectos:

Hace 70 años:
1. El ingreso de la mujer a escenarios laborales en primera instancia estuvo conectado con el histórico rol de cuidado desarrollado por las mujeres en lo privado.
2. En Colombia y específicamente en la Región Caribe se entendían como situaciones excluyentes la vida laboral, el matrimonio y la maternidad.
3. El ser mujer en gran medida implicaba niveles elevados de dependencia al padre y/o al esposo.
4. Las posibilidades reales de las mujeres para acceder a la educación superior en Colombia eran restringidas.
5. La percepción del matrimonio como elemento indispensable en la vida de una mujer se encontraba profundamente arraigado en los criterios sociales y en las lógicas colectivas locales.
6. El rol de ama de casa se presumía con el matrimonio.

Hace 50 años:
1. Se amplían las opciones para la mujer en cuanto a la oferta de carreras existentes.
2. Se incrementa la presencia de la mujer en las universidades.
3. Se inicia un paulatino aumento de acceso al mercado laboral de las mujeres en otras profesiones otrora exclusivamente desempeñadas por hombres.
4. La labor de la crianza de los hijos y cuidado del hogar continúa siendo un trabajo casi exclusivo de la mujer, con lo cual las que podemos denominar “mujeres de apoyo” como la abuela, eran indispensables para posibilitar la continuidad laboral de la mujer
5. El ingreso fortalecido de la mujer al mercado laboral implicó el nacimiento de graves situaciones como el acoso sexual y laboral en cabeza de quienes fungían como jefes.
6. El embarazo de una mujer podía causar su deserción educativa y profesional.

Actualmente
1. Existen una amplia gama de discriminaciones cruzadas que impiden el acceso de las mujeres al mercado laboral: mujer-joven-bella-embarazada.
2. La no contratación por embarazo o la posibilidad de embarazo es una realidad que impide que las mujeres puedan desarrollarse laboral y personalmente con plena libertad.
3. La exigente súper cualificación hace que la colocación laboral de las mujeres sea cada vez más compleja.
4. La actual legislación laboral en Colombia, no garantiza ni mucho menos protege el derecho al trabajo de las mujeres, los contratos de prestación de servicios, las cooperativas y demás estratagemas creadas para restarle responsabilidades al empleador han traído consigo la exacerbación de circunstancias desfavorables en contra de las mujeres.
5. Se observa la perpetuación de criterios machistas en los procesos de selección laboral, redundando eventualmente en contra de las mujeres.

Mujer y derechos laborales

Pese a que las entrevistas desarrolladas permiten mostrar una panorámica de las circunstancias de las mujeres en las diferentes décadas analizadas, no se abarcan en el presente documento las situaciones de miles de mujeres que vieron truncado su deseo de estudiar o trabajar por el simple hecho de ser mujeres o que se vieron forzadas a estudiar una determinada profesión y desempeñar determinadas labores porque las mismas eran socialmente aceptadas y exigidas  para ellas.

Muchos factores trasversalmente deben ser analizados para comprender la evolución y acceso real a posibilidades laborales dignas para las mujeres; variables como la oferta educativa y la calidad de la misma, las condiciones económicas, el entorno, la etnia, y otro sinnúmero de aspectos son determinantes para  definir el pleno ejercicio de los derechos laborales en cabeza de la mujer.

Sumado a lo anterior, realidades como una legislación laboral tendiente a beneficiar, favorecer y garantizar los intereses del empleador, terminan desconociendo normativas de carácter internacional de protección a los Derechos Humanos y los derechos laborales históricamente reivindicados por trabajadoras y trabajadores como un derecho fundamental, situaciones ambas reconocidas constitucionalmente en Colombia.

En la actualidad las mujeres colombianas pueden ingresar a la universidad, sin embargo el Estado no garantiza plenamente el acceso a la educación básica, intermedia y superior, siguiendo estándares de integralidad en la prestación de un servicio que al ser reconocido como derecho debería ser ampliamente salvaguardado. Podemos y formamos una fuerza indispensable para el mercado laboral hoy, sin embargo no se han asumido las medidas afirmativas necesarias para garantizar un ingreso igualitario y proporcional, con una remuneración sin miramientos de género y con protecciones especiales por condiciones como la preñez, o situaciones como el acoso sexual o laboral. Tenemos la opción de trabajar sin embargo la doble jornada laboral genera un desequilibrio que impide nuestro desarrollo profesional a plenitud. Por último, las mujeres seguimos a la fecha asumiendo el rol de “ama de casa” sin que esta actividad se refleje en el producto interno bruto de la nación o sea tenida en cuenta como una labor relevante para la economía del Estado.

Se trata entonces de entender que son las garantías en derecho las que permitirán que mujeres como Amelia, vista como la representación de las mujeres que desean lograr su independencia económica y con ellos su independencia emocional a través de su desarrollo profesional, laborar, personal; las que otorgarán a la postre posibilidades de una igualdad sustantiva, esa que consuetudinariamente miles de mujeres en el mundo hemos venido demandando.  

*Abogada, especialista en derecho constitucional con énfasis en derechos humanos y mujeres, Valledupar, 7 de agosto de 2011

Tomado de: http://colombia.indymedia.org/news/2011/08/122901.php

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