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jueves, 18 de agosto de 2011

Pandemia silenciosa

Por: Arlene B. Tickner

Es difícil saber qué es más repugnante: el hecho de que el Bolillo Gómez, referente simbólico para millones de colombianos (masculinos), le haya pegado a una mujer; las declaraciones hechas por el vicepresidente de la Federación de Fútbol, entre otros, en el sentido de que el director técnico de la selección Colombia fue víctima de falsos moralistas; la afirmación de Liliana Rendón de que “si mi marido me casca, por algo será”; o las entrevistas que llovieron después a la senadora, que dejan un incómodo sabor de legitimación mediática.

Todo indica que un episodio que debe ser fuente de “vergüenza patria” terminará con la ratificación (inadmisible) del Bolillo” en su cargo. Lo que urge es un debate nacional sobre el estado de la violencia de género en Colombia, cuyos objetivos inmediatos deben ser visibilizar el problema y construir consensos en torno a su inadmisibilidad.

La violencia de género es a la vez la forma más generalizada de violación de los derechos humanos en el mundo y la que goza de mayor aceptación social, lo cual dificulta conocer sus verdaderas dimensiones. Al tiempo que refleja la desigualdad entre hombres y mujeres, también la refuerza. Por ejemplo, la incidencia de VIH entre mujeres africanas se explica principalmente en función de la violencia sexual y la asimetría de poder en el hogar, factores que dificultan la negociación del sexo seguro.

A pesar de ser uno de los crímenes menos reportados y que las cifras no ofrecen un diagnóstico exacto sobre el problema, los estudios que existen permiten hacer algunas observaciones generales. Un trabajo pionero de la Organización Mundial de la Salud (2005) sugiere hasta un 60% de las mujeres (dependiendo de su origen) han sido víctimas de la violencia doméstica. Por su parte, el Informe Internacional de Violencia contra la Mujer en Relaciones de Pareja (2010), realizado por el Centro Reina Sofía de España, evalúa la frecuencia del feminicidio —el asesinato femenino cometido por los hombres— en más de 40 países alrededor del globo.

Ocho de los primeros diez países en número de feminicidios por cada millón de habitantes son latinoamericanos, siendo El Salvador, Guatemala, Colombia y Honduras el primero, segundo, cuarto y quinto, respectivamente. En general, este tipo de crimen se presenta cuatro veces más en las Américas que en Europa, con excepción de Lituania y Estonia. España presenta niveles más bajos que la media europea. Y en lo que respecta a los feminicidios cometidos por la pareja, Colombia registra un aumento de más del 50% desde 2000. Según la ONG Sisma Mujer, en 2009 fueron asesinadas 128 mujeres por sus parejas, mientras que fueron reportados más de 54.000 casos de maltrato físico.

Colombia ha ratificado cuantos acuerdos internacionales existan sobre la violencia contra la mujer, los cuales se suman a una ley aprobada por el Congreso en 2008, pero aún no reglamentada. Fortalecer el cumplimiento con los compromisos ya existentes, mejorar los sistemas de recolección de datos y de monitoreo, así como combatir aquellas actitudes que por comisión o omisión perpetúan esta pandemia silenciosa constituyen lo mínimo que puede esperarse de un Estado (y una sociedad) que quiere ser visto por el mundo como “moderno”, “democrático” y “civilizado”.

Tomado de: http://www.elespectador.com/opinion/columna-292210-pandemia-silenciosa 16 de agosto de 2011

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