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lunes, 15 de agosto de 2011

Pegarle a una mujer

Por: Héctor Abad Faciolince

Un deportista sabe o debería saber mejor que nadie las diferencias de fuerza bruta que hay entre hombres y mujeres.

A nadie se le ocurre poner juntos a los hombres y a las mujeres en las competencias de levantamiento de pesas, de lucha libre, de atletismo… Creo que ni siquiera hay boxeo femenino; no digamos boxeo de hombres contra mujeres. En ningún deporte olímpico compiten unos con otras. Una vez intentaron meter a las hermanas Williams en un torneo masculino de tenis, pero incluso los jugadores profesionales peor clasificados les ganaban 6-0. Solamente en el ajedrez, que es un juego en el que interviene más el cerebro que los músculos, ha habido mujeres que compitan de igual a igual con los hombres (la húngara Judit Polgar consiguió estar entre los diez mejores ajedrecistas del mundo, hombres y mujeres).

Las diferencias anatómicas entre machos y hembras, sobre todo en lo que se refiere a la estatura y a la masa muscular promedio, no son un invento machista ni una herencia cultural: son una herencia biológica y un dato genético de nuestras diferencias de género. Que un hombre amenace, grite o le pegue a una mujer es más grave que la misma acción de una mujer contra hombre. ¿Por qué? Pues por la sencilla razón de que los hombres, en general, tienen mucha más fuerza y pueden hacer más daño.

Piensen en un ejemplo muy común: una pelea en un colegio. Si la pelea es entre dos tipos, se despierta, sobre todo en los demás hombres, un sentimiento de excitación animal. Corren chorros de hormonas y de adrenalina; unos gritan, ¡reviéntelo!, otros azuzan con un ¡dale!, al uno o al otro. La masa que los rodea son como tiburones que olieron sangre: se deleitan en la riña. En este caso, aunque pelear siempre esté mal, se siente que la pelea es justa, en el sentido de que es entre iguales. Si en cambio es un hombre el que le pega en el colegio a una mujer, o uno de bachillerato a un niño de primaria, la indignación es general e instintiva. ¿Por qué? Por la desigualdad. La famosa frase “Te voy a dar en la cara marica”, no está bien: pero si la amenaza hubiera sido contra una mujer, habría sido monstruosa.
   
El Bolillo, Hernán Darío Gómez, fue futbolista profesional. Es decir, fue un atleta. Y como entrenador de una selección es alguien que -por gordito que esté- debe mantenerse más o menos en forma. Así como no es lo mismo recibir un puñetazo de un hombre que de una mujer, tampoco es lo mismo recibir una patada de un poeta que de un futbolista. Eso hace que su acto de agresión (en el que hubo incluso patadas, según los testigos) sea más grave y más censurable. Que antes se haya tomado una botella de aguardiente -o media, si la otra media se la tomó su acompañante- no le resta gravedad a su agresión. Seguramente esta no es la primera vez en la vida que el “profesor” se emborracha, y si la borrachera lo vuelve más agresivo, habría tenido que dejar de beber hace mucho tiempo.
   
Se le abona al entrenador que pidió disculpas públicas. Admitió su error. Eso hace más ridículas las afirmaciones de uno de los miembros de la Federación de Fútbol, que dijo que estaban juzgando al profe por un chisme callejero. Pues no: ese chisme callejero lo confirmó el mismo protagonista al admitir la agresión. Los defensores del Bolillo, al hablar, lo hunden más. Las declaraciones de la senadora Liliana Rendón no pudieron ser más estúpidas: “Si mi marido me casca, yo me la gané”, le dijo a Yamid Amat. Por bruta que sea la senadora, creo que entendería la diferencia de género si un hombre le pegara a una de sus niñas. Lamento tener que poner ejemplos tan personales y cercanos, pero por muchas reacciones de esta semana, da la impresión de que muchos colombianos no han entendido ni quieren entender que hay cosas absolutamente intolerables. La tolerancia tiene límites. Y nunca se puede admitir que un hombre le pegue a una mujer. Nunca. Hizo bien el Bolillo en renunciar. No puede dirigir un equipo, después de lo que hizo.

Tomado de: http://www.elespectador.com/impreso/opinion/columna-291671-pegarle-una-mujer

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