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sábado, 6 de agosto de 2011

Que el Estado no se meta en decisiones de vida o muerte

Gioconda Belli
 
Debo hablar con la autoridad que me concede ser madre de cuatro personas; tres mujeres y un hombre, y haberme visto en una situación de esas en que la medicina debe intervenir para salvar a la madre. Cuando mi hijo Camilo anunció que quería nacer yo apenas estaba por cumplir los seis meses de embarazo. Al anunciarse el parto con la ruptura de la fuente, los médicos -sabiendo que el niño moriría si nacía- decidieron retrasar el nacimiento lo más posible. Pasé diez días en el hospital con una infección tremenda que los doctores controlaron con antibióticos jugándose, para salvar al niño, la posibilidad de que mi cuerpo ya no pudiera controlar la infección y yo me viera en serio peligro. Recuerdo perfectamente que, al cabo de este tiempo, cuando el parto volvió a presentarse, yo rogaba en mis adentros que me sacaran al niño. Sentía que me estaba muriendo y pensaba en que quería salvarme. Si no se podía salvar ese niño, ya vendrían otros después. No pensaba así por ser cruel y sin corazón. Yo amaba al muchachito en mis entrañas, pero a mis 26 años, no me quería morir. Recuerdo perfectamente al médico en la sala de operaciones, donde me tuvieron que intervenir con una cesárea, diciendo al sacar a Camilo: «El niño está muerto. Pero esta operación la hicimos para salvar a la madre». Me dio una gran tristeza oír esto, pero en ningún momento me pareció equivocado que hubieran decidido salvarme a mí. Yo tenía dos hijas que me necesitaban, un marido que me quería, una experiencia de vida de 26 años, un país que amaba, poemas que escribir... tenía tantas promesas que cumplir -como dice el poema de Robert Frost- tenía tantas millas que andar antes de echarme a dormir. 


Quiso la vida y mi enorme suerte que el muchachito que el médico creyó que estaba muerto, estuviese vivo; que, a pesar de estar cianótico, infectado y pesar sólo dos libras, el niño tuviese tal gana de vivir -siempre pienso que yo se la contagié- que vivió, y hoy es un joven de veintidós años cuyas ideas e inquietudes, me enorgullecen. Pero fue la selección natural, su fortaleza, digamos que Dios para los creyentes, la que venció a la muerte en su caso. En mi caso fue la intervención médica.

Sé que este no es el típico caso del aborto terapéutico, pero la similitud es la misma: Es la ciencia médica decidiendo que la vida de la madre debe ser salvada. El médico me dijo que en mi caso quizás se habían arriesgado un poco porque yo era joven y consideraron que podría resistir la infección. Si yo hubiera tenido treinticinco años, me dijo el doctor, ellos no habrían dudado en intervenir antes y no correrse el riesgo. Comprendí lo que me dijo plenamente cuando, aún a mis veintiséis años, casi me muero después del parto. Los meses de recuperación fueron lentos y dolorosísimos.

He relatado esta historia personal para ilustrar cuán difíciles y duras son estas situaciones en que nos vemos, tanto las mujeres embarazadas como los médicos. Estos casos existen y no son producto de la conciencia «enfebrecida» de las feministas. Son situaciones donde la madre, sea cual sea la decisión que tome, se merece el supremo respeto y apoyo de la sociedad y los servicios médicos, EL ESTADO NO DEBE INTERVENIR. El Estado no tiene ninguna función en decisiones de vida o muerte que atañen al más profundo sentido de libertad personal de cada mujer. Si una mujer católica decide que su fe la obliga a sacrificarse y a no tener un aborto terapéutico, ella está en su perfecto derecho, pero EL ESTADO NO PUEDE IMPONERLE A TODAS LAS MUJERES DE UN PAIS NI SU CRITERIO, NI LOS MANDATOS DE UNA RELIGION.

Sería un atropello obligar a las mujeres pobres y sin recursos -porque las que tienen posibilidades, a la hora llegada, salvarán sus vidas- a morirse en nombre de los dictados de una moral basada, fundamentalmente, en dogmas religiosos que, a mi juicio, carecen del más elemental sentido de amor y consideración para con la mujer. NADIE, mucho menos EL ESTADO puede legislar arbitrariamente sobre asuntos de vida o muerte como éste. La única que debe tener la facultad de decidir sobre su vida, es la mujer cuya vida está en peligro. Ella es la única que sabe cuántos hijos dejará detrás, cuánta vida dejará detrás, cuál es su obligación más urgente. Ella es la que debe hacer la decisión de acuerdo a su conciencia y a la opinión médica. PENAR A LOS MEDICOS Y A LAS MUJERES es una atrocidad. Es una crueldad y un atropello profundo a la libertad de las madres nicaragüenses. Las mujeres que podemos ser o somos madres, los hombres que tienen esposas e hijas, debemos oponernos a una ley que se inmiscuiría en NUESTRA privacidad, en nuestros hogares. Los nicaragüenses no podemos permitir que se haga política con nuestros derechos más elementales.

Procesiones, gobernantes bien alimentados, obispos, no son autoridad en esta materia. Además de que el Estado nicaragüense es laico, los prelados de la Iglesia Católica, con todo respeto, son todos hombres. Hombres célibes, además, que jamás se verán, ni se han visto en esa situación, pues no tienen esposas, y jamás procrearán hijos.

No permitamos que este gobierno sacrifique esta íntima libertad nuestra para ganar indulgencia por todos los pecados de latrocinio y corrupción con los que tendrán que lidiar cuando lleguen a la puerta de sus cielos. Nota: Mi hijo Camilo nació en San José, Costa Rica -donde yo estaba exiliada- en el Hospital México del Sistema de Seguridad Social.

Tomado de: http://sololiteratura.com/gio/gioartqueelestado.htm
Agosto 31, 2000

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