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jueves, 1 de septiembre de 2011

Tramposa caballerosidad (II)


Por: Carolina Sanín

A dos semanas de publicada la primera parte de esta columna, el asunto que la motivaba, a saber, la agresión física del director técnico de la Selección Colombia de fútbol contra una mujer, está tan trasnochado como el clamor que la opinión pública levantó entonces supuestamente en defensa de las mujeres víctimas de abusos.

Hace dos semanas dije que sospechaba que ese clamor no procedía de un avance en el reconocimiento de los derechos de las mujeres sino que tan solo satisfacía el deseo de los colombianos de verse en un espejo que les devolviera una imagen de caballerosidad. Ahora creo que la indignación nacional por la agresión física no solo no fue una excepción al machismo de los colombianos sino que ratificó ese machismo. El que los opinadores defendieran a una víctima que no hablaba por sí misma (la agredida nunca acusó y ni siquiera apareció) y no pidieran una descripción de las circunstancias (¿el director técnico le dio a la mujer patadas de fútbol, o le dio una cachetada? ¿qué relación tenían el agresor y la agredida?, ¿qué dijo ella, qué dijo él?, ¿qué hizo ella (pues, aunque mujer, seguramente es capaz de hacer algo)?, etc. indica que estaban haciendo un simulacro, o mejor, un disimulo; que estaban viendo la oportunidad de decir algo sin articular nada, de dar un grito para oírlo ellos mismos sin tener que oír la voz de ningunas víctimas ni tener que formular una defensa de ninguna idea. El país mostró solidaridad con una víctima irreal que, con su irrealidad, cancela a las víctimas reales en lugar de representarlas.

A lo largo de la pedrea de la opinión pública contra Hernán Darío Gómez, no se cuestionó en ningún momento el consuetudinario machismo nacional. En la circunstancia de que Gómez, un hombre casado, estuviera de fiesta con una señora, ¿quién vio una ocasión para hacer una crítica a la aceptada costumbre local de la infidelidad masculina y la “moza”? En la circunstancia de que la agredida no haya aparecido, ¿quién se atrevió a conjeturar que, en caso de aparecer ella, el marido la castigará ferozmente, y a comentar, con ello, sobre la sumisión de las colombianas y el estúpido sentido del honor de los colombianos?

Los caballerosos de ambos sexos se dieron por satisfechos con el enunciado de que un hombre golpeó a una mujer. Punto. Y se dieron por justos con la conclusión de que un hombre no le puede pegar a una mujer nunca, porque la fuerza física de un hombre siempre es superior  la de una mujer (lo cual, además, no es absolutamente cierto). No discuto el argumento de la superioridad relativa. En principio es condenable que un hombre le pegue a una mujer, igual que es condenable, en principio, que un profesor seduzca a su alumna, o que un jefe insulte a un subalterno, o que un niño confiese sus faltas a un adulto investido de autoridad divina en un confesionario. Pero la justicia, en todos esos casos, reclama que se reconozca el derecho a contar la historia y que se analicen los detalles. El adagio machista de “ni con el pétalo de una rosa”, de cuyo poder castrador habría mucho que decir (¿en serio? ¿con las espinas no pero con los pétalos tampoco?), no sólo no defiende a las mujeres sino que las distorsiona. (Por cierto, es también grave que una mujer le pegue a un hombre abusando de la desventaja relativa que le da al hombre el mandato del pétalo de la rosa).

La opinión pública colombiana se levanta ante una circunstancia que pone en evidencia la debilidad de las mujeres, y en cambio solo ocasionalmente observa las injusticias que se cometen contra el principio de igualdad entre mujeres y hombres (la diferencia de salarios, por ejemplo, o la diferencia en la edad de jubilación, otro caso de tramposa caballerosidad). Creo que el énfasis debería ponerse en la inferioridad relativa sólo cuando el reconocimiento de ésta redunde en el reconocimiento de la igualdad.

Tomado de: http://www.elespectador.com/impreso/opinion/columna-294829-tramposa-caballerosidad-ii

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