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domingo, 18 de septiembre de 2011

Vidas reales versus vidas probables

Por: Florence Thomas*

La etimología de la palabra pedofilia nos cuenta que viene del griego paidós, niño, y philos, amigo, y significa entonces "amigo de los niños". Ahora bien, los sacerdotes pedófilos tienen una fatal manera de ser amigos de los niños e incluso de las niñas: abusan de ellos, confunden caricias con toquecitos nada santos y su mal amor hacia los niños o las niñas se vuelve una atracción sexual incontenible.

Hoy, la palabra 'pedofilia' se refiere exclusivamente al abuso sexual de un niño o de una niña por parte de un adulto. En este caso, el adulto del cual hablamos es un eclesiástico que ha hecho votos de castidad. Y de nuevo, según afirmaciones de la prensa mundial, la Iglesia está salpicada por el escándalo de pedofilia en sus diversos rangos. De hecho, hace años que regularmente, y en muchos países, salen a la luz historias vergonzosas de abusos sexuales cometidos por miembros de la Iglesia Católica.

Historias que generan las mismas discusiones alrededor del celibato obligado de estos hombres, los mismos arrepentimientos ante las víctimas, infame y velozmente convertidos en millones de euros o dólares de compensación. Mucho encubrimiento y tolerancia y muy poca "mea culpa" ante la dimensión del problema a nivel mundial. Esto probablemente hace parte de la solidaridad de género y del clero. Porque pocos, por no decir ninguno, se han tomado el trabajo de examinar verdaderamente las implicaciones de conductas de pedofilia hacia niños o adolescentes, como si la vida de los menores nada les importara. Y, sin embargo, son muchas vidas trastornadas para siempre, sufrimientos silenciados y secuelas a veces imborrables al menos de tener la posibilidad de años de terapia.

En fin, mucha benevolencia e indulgencia para algunos sacerdotes que contrasta de manera insostenible con la dureza, severidad e inclemencia de los juicios de la Iglesia hacia todo lo relacionado con los derechos sexuales y reproductivos, y muy particularmente con el recién inaugurado derecho al aborto para niñas o mujeres violadas, malformación del feto incompatible con la vida o salud de la mujer gestante en peligro.

Y seamos precisos: un niño víctima de abuso es una vida real abusada. Un embrión o un feto abortado son vidas probables, vidas en devenir que tendrán que sortear muchos albures para llegar a feliz término.

Sí, son vidas reales versus vidas probables. Y, sin embargo, parecería que a gran parte del clero le importan mucho más las vidas probables que las vidas reales. Ya Simone de Beauvoir, en 1949, en su obra magistral El segundo sexo afirmaba que la sociedad que se mostraba siempre tan obstinada en la defensa de los derechos del embrión se desinteresaba de los niños tan pronto nacían. Y esta reflexión bien se podría referir a ustedes, señores obispos, señores curas y prelados. Dejen de juzgar tan temerariamente a las mujeres violadas que deciden abortar, a las mujeres que ustedes obligan a arriesgar su salud o su vida por no permitirles un aborto, a las mujeres que deciden ser madres desde el deseo y el amor e interrumpir voluntariamente su embarazo porque saben que todo niño, toda niña, tiene derecho a una vida digna y a un desarrollo en las mejores condiciones posibles.

Las mujeres saben también que la única vacuna para la felicidad de un niño o de una niña tiene nombre: se llama amor y deseo de ser madre. Sí, pongo en la balanza un acto de pedofilia frente a la interrupción voluntaria de un aborto. Y les pregunto: ¿qué es más grave: derrumbar una vida real o impedir una vida en devenir, una vida probable? Responder a esta pregunta me parece pertinente y urgente para la sociedad.

*Coordinadora del grupo Mujer y Sociedad

Licencia del artículo: Copyright - Titular de la Licencia de artículo: eltiempo.com/Sección: Editorial – opinión/Fecha de publicación: 13 de abril de 2010.

Fotografía tomada de la web, página de libre circulación, autor o autora desconocido o desconocida.

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