Páginas vistas en total

lunes, 31 de octubre de 2011

Cuando la víctima es una mujer

La edición 2011 de Carga Global de la Violencia Armada llama la atención sobre el ‘femicidio’, es decir, el asesinato intencional de una mujer. Las tendencias en materia de femicidios son particularmente difíciles de supervisar e interpretar debido a la escasez de datos. No obstante, el femicidio es un componente importante de la violencia armada, e incluye la violencia doméstica, es decir, la violencia perpetrada por cónyuges, y la violencia perpetrada por desconocidos. Este capítulo presenta una desagregación de la demografía de la violencia armada, y las formas en las que mujeres de distintas edades pueden convertirse en víctimas. En términos específicos, el presente capítulo concluye que:

1. En los 111 países y territorios estudiados, un promedio anual de 44.000 mujeres fueron víctimas de homicidios entre 2004 y 2009.

2. Aproximadamente 66.000 mujeres son asesinadas en forma violenta en el mundo cada año, lo que representa cerca de 17% de todos los homicidios intencionales.

3. Los femicidios generalmente ocurren en la esfera doméstica: en poco menos de la mitad de los casos, el perpetrador es la pareja actual o una ex pareja.

4. Los países que registran altas tasas de homicidios de hombres a menudo registran también altas tasas de femicidios.

5. Los altos niveles de femicidios a menudo van acompañados de un alto nivel de tolerancia de la violencia contra las mujeres, y en algunos casos son incluso el resultado de dicha tolerancia.

6. En países en los que la violencia se ha generalizado, la tasa de victimización de las mujeres supera ampliamente los niveles promedio de riesgo de violencia doméstica.

7. En algunos países con tasas de homicidios bajas, el porcentaje de víctimas mujeres es similar al de las víctimas hombres.

8. A menudo, los países y las regiones con tasas comparativamente altas de homicidios también registran tasas más altas de femicidios. En países con altos niveles de violencia interpersonal no sólo un gran número de hombres jóvenes son víctimas de asesinatos, sino también una cantidad considerable de mujeres y niñas.

Asimismo, un análisis comparativo más detallado del porcentaje de víctimas masculinas y femeninas permite identificar variaciones considerables: el análisis de los datos provenientes de 83 países demuestra que en países con tasas de homicidios relativamente bajas, como en Austria, Japón, Noruega o Suiza, el porcentaje de mujeres víctimas de homicidios, en comparación con el porcentaje de hombres víctimas, es mayor que en contextos más violentos.

En países en los que los homicidios son poco frecuentes, la proporción de víctimas mujeres y víctimas hombres se acerca al 1 a 1. En el extremo opuesto, los países con altas tasas de homicidios registran tasas de femicidios que representan sólo una mínima parte de los homicidios en los que los hombres son las víctimas, como en el caso de Brasil, Colombia, Puerto Rico, y Venezuela, en los que las probabilidades de que un hombre sea asesinado son más de 10 veces superiores a las de las mujeres. El uso de armas de fuego es menos frecuente en los femicidios que en los homicidios. Sin embargo, como en el caso de los homicidios en general, pareciera existir un vínculo entre las tasas de femicidios y el porcentaje de femicidios perpetrados con armas de fuego: las bajas tasas de femicidios van a menudo acompañadas de menores porcentajes de uso de armas de fuego.

En aras de lograr un mejor entendimiento de los factores determinantes de los femicidios, resulta esencial desagregar la información relacionada con los actores, las causas y las circunstancias de éstos. Las características específicas de los perpetradores son uno de los pilares de este sistema de clasificación. En la mayoría de los casos, los asesinos son de sexo masculino, y tomando en cuenta que los femicidios son generalmente perpetrados por familiares o personas cercanas a las víctimas, el perpetrador es a menudo susceptible de ser encontrado. Si bien las mujeres son también vulnerables al tipo de violencia perpetrada por desconocidos, en la mayoría de los casos el peligro reside en sus propios hogares.

El presente capítulo resalta que si bien existe una cantidad creciente de datos disponibles para identificar la escala y distribución de los femicidios y la violencia contra las mujeres, existen también brechas importantes en la información, especialmente en lugares como África y Asia. No obstante, el diseño de estrategias efectivas de prevención y reducción de la violencia depende justamente de la disponibilidad de información fiable y válida sobre la violencia en función del género, edad, relación con el perpetrador y el instrumento utilizado.

Tomado de: http://www.genevadeclaration.org/fileadmin/docs/GBAV2/GBAV2011-Ch4-Summary-SPA.pdf

domingo, 30 de octubre de 2011

61 cifras caprichosas


Por: Yeniter Poleo

Obtener números sobre la presencia de las colombianas en los diversos campos del hacer y del saber es una tarea compleja debido más a la falta de interés institucional que a la discriminación positiva. Estos son algunos de los indicadores que sorprenden.

1. De 774 personas que pilotan aviones en Avianca, 50 son mujeres. Allí la representación femenina está en 3286 en una planta laboral de 8412 empleos.

2. En 5 de los comerciales de productos de limpieza transmitidos por los canales privados nacionales, solo mujeres se encargan de lavar ropa, loza, limpiar pisos y restregar baños.

3. En los actuales billetes colombianos solo el de $10.000 muestra una imagen femenina (Policarpa Salavarrieta). Ha habido otros dos casos: en 1976, el de $2 tuvo otra efigie de La Pola; en 1992, una indígena embera caracterizó el de $10.000.

4. Entre las 10 principales estatuas de Cali, solo hay una dedicada a un personaje femenino: La Negra del Chontaduro.

5. La primera generala de Colombia se llama Luz Marina Bustos, ascendida en 2009, quien forma parte de las 10.000 oficiales de la Policía Nacional de Colombia (152.000 hombres visten el uniforme).

6. En la Feria de las Flores de Medellín participan 133 silleteras de un total de 420.
7. El informe Forensis 2010 de medicina legal señala que hubo 15.457 homicidios, 1229 contra mujeres. Evidencia el reporte que entre los casos plenamente identificados, 34% de las colombianas halló la muerte debido a la violencia intrafamiliar (el conflicto armado ocupó el segundo lugar, 21,73%).

8. Entre los 20 monumentos más citados de Barranquilla, 2 rinden homenaje a sus mujeres: la estatua de Estercita Forero y la de Shakira.

9.  Jugadoras de 15 departamentos participarán en el Campeonato Nacional de Fútbol Colombiano Femenino que se disputará a partir de noviembre.

10. La Sociedad Colombiana de Cirugía Plástica, Estética y Reconstructiva advierte que no existen cifras oficiales sobre estos procedimientos, pero una extrapolación de datos les permite afirmar que ellas fueron pacientes en 80% de casi 70.000 intervenciones en el último año.

11. De las 102 curules en el Senado colombiano, las mujeres ganaron 18 pero solo 16 están activas.

12. En la sección Colombia al 100% del más reciente Festival Internacional de Cine de Cartagena de Indias se exhibieron 10 películas. En el grupo hubo una sola directora, Mónica Borda con La vida era en serio.

13. 21 mujeres fueron elegidas para integrar la actual Cámara de Representantes (total de cargos: 166), pero solo 15 se encuentran activas según los registros de la institución.

14. Scooter (100cc) se llama la categoría femenina creada en 2009 dentro de las competencias deportivas de motociclismo. Reporta Fedemoto que en el país hay 15 colombianas rivalizando en ese rubro.

15. 106 mujeres trabajan en la Bolsa de Valores de Colombia (50%) y están a cargo de 2 vicepresidencias (de 4) y ocho gerencias (de 17).

16. De 34 emisiones filatélicas (2010-2011) realizadas por la red postal 4-72, 3 fueron dedicadas a personalidades femeninas: Teresa Pizarro de Angulo (creadora del Concurso Nacional de Belleza); Brigitte Adelsohn de Kaplan (filatelista); y la serie Heroínas de la Independencia (incluyó 10 nombres).

17. El nunca bien ponderado Esmad (Escuadrón Móvil Antidisturbios) eligió entre 400 policías a 55 mujeres para entrenarlas e integrarlas a su plantel en 2010.

18. La Federación Nacional de Cafeteros representa a 553.000 mil familias; el grupo de mujeres constituye 47% de estas (cerca de 900.000 mujeres).

19. Entre 2001 y 2010 se entregaron 31.073 títulos universitarios en Medicina, la mayoría a mujeres (16.345), según el Observatorio de Educación Laboral. Solo 3 colegios médicos (de 19 registrados en la Federación Médica) tienen presidentas: Tolima, Santander y Sucre.

20. La Fuerza Aérea Colombiana no suministró el dato de cuántas oficiales han sido entrenadas para pilotar aeronaves; sin embargo, es público que en el año 2000 egresaron de la Escuela Militar de Aviación las primeras 7.

21. En 36 ocasiones se ha entregado el Premio Nacional de Periodismo Simón Bolívar en la categoría Vida y Obra. En 1983 lo compartieron Elvira, Plinio, Consuelo y Soledad Mendoza; en 1995 se entregó en conjunto a Álvaro Castaño y Gloria Valencia de Castaño. Las ganadoras individuales han sido Margarita Vidal Garcés (2003) y María Elvira Samper (2010).

22. El Grupo Éxito emplea a 33.375 personas, más de la mitad son mujeres (17.412)

23. Mientras en el Senado se discutía sobre volver a prohibir la interrupción del embarazo, la realidad es que 400.000 colombianas eligen este procedimiento cada año (aunque menos del 1% ejerce su derecho en condiciones legales).

24. Desde 1995 ha aumentado la jefatura de hogar en manos de mujeres (24%). Según la Encuesta Nacional de Demografía y Salud (ENDS), en 2010 el índice tiene otros 10 puntos.

25. Entre las primeras 25 empresas (públicas y privadas) que aparecieron en el sondeo anual de Comfecámaras, 2 están dirigidas por mujeres: Empresa de Energía de Bogotá y Fogafin.

26. 14 gerentes ha tenido el Banco de la República. Ninguna mujer hasta ahora.

27. En el último reporte anual del Inpec, la población carcelaria se ubicó en 76.761 personas, de las cuales 4851 son reclusas.

28. Entre los 5 nombres de figuras más populares del stand up comedy colombiano, se incluye uno solo femenino: Alejandra Azcárate.

29. No existe un registro exacto de cuántas mujeres se forman en empresas de vigilancia, pero una proyección señala a 3 por cada 15 estudiantes.

30. 20 títulos figuran en el catálogo virtual de editorial Panamericana, sección Grandes Maestros. Frida Kahlo y la polaca Tamara de Lempicka son las únicas incluidas.

31. En 5 de los comerciales que anuncian marcas de automóviles en canales de televisión nacional, 5 muestran al hombre frente al volante.

32. La encuesta sobre fraude en las empresas de Colombia (KPMG, 2011) indica que este delito suele cometerlo alguien entre 20 y 30 años, con antigüedad promedio de 3 años en la compañía y “casi la misma probabilidad de que sea varón o mujer”.

33. 17 caricaturistas publican en los 2 diarios más importantes del país. En el grupo hay 2 mujeres, Consuelo Lago (Nieves) y Adriana Mosquera (Magola), ambos trabajos son visibles en El Espectador.

34. Radio Taxi Aeropuerto y su marca Taxis Libres tienen cerca de 40.000 personas afiliadas como taxistas, de las cuales 44 son mujeres.

35. En las últimas 4 elecciones para el Senado, solo una mujer ha logrado ser la más votada: Ingrid Betancourt (1998).

36. Entre las 23 instituciones financieras afiliadas a Asobancaria, solo Helm Bank y Bancamía tienen presidentas.

37. De los 20 parques más nombrados de Medellín, solo hay 2 que hacen referencia al género femenino: el Astorga, que se llama Isabel Cristina Restrepo Cárdenas desde 2008, y el parque La Presidenta.

38. El plan editorial de Santillana consiste en 77 títulos para 2011 en todos sus sellos, entre los cuales se cuentan 26 autoras nacionales e internacionales.

39. Bavaria cuenta con 71 maestros cerveceros, de los cuales 4 son mujeres.

40. La junta directiva de Corferias tiene 7 integrantes principales, entre quienes se cuenta la vicepresidenta María del Rosario Sintes y una invitada especial, Consuelo Caldas.

41. En las juntas directivas de las 9 seccionales de la Sociedad Colombiana de Cardiología, hay 26 cargos; 25 son ocupados por hombres (una excepción en Magdalena).

42. Más mujeres (5233) se han graduado en artes plásticas y visuales entre 2001 y 2010 (4292 hombres). Sin embargo, la mayoría masculina volvió a predominar en la selección para Artecámara de Artbo 2011 (ellas son 3 de 21).

43. En 32 periodos, la Cámara de Representantes ha tenido dos presidentas: Nancy Jiménez (1999-2000) y Zulema Jattin (2004-2005).

44. La India Catalina (1974) figura entre las 5 estatuas de mayor referencia en Cartagena de Indias.

45. Desde 1953, Colombia ha tenido 15 Contralores generales de la República. Apenas en 2010 se pronunció por primera vez el título de Contralora General (Sandra Morelli).

46. En 12 museos públicos de Colombia, hay 8 directoras. El Mambo (privado) también se suma a la mayoría femenina en la gestión cultural.

47. En la actualidad hay cuatro ministras (de 14 carteras): Ambiente, Cultura, Educación y Exteriores.

48. De una muestra de 16 revistas editadas en Colombia en diferentes ámbitos (farándula, actualidad, finanzas, cultura), 9 tienen directoras.

49. En 110 años el Nobel de Literatura se ha otorgado a 107 escritores. De ellos, solo 12 han sido mujeres. Y de ellas, solo 1 latinoamericana.

50. De las 3 salas que forman la Corte Suprema de Justicia, 2 están a cargo de magistradas (Casación Penal y Casación Laboral).

51. Entre 18 gremios de buses y taxis que forman el Consejo Superior del Transporte, 5 tienen presidentas (Atransec-Perei-ra, Asotranscal-Manizales, Conalter-nacional, Utrans-Medellín, Acootranscol-Bogotá).

52. La dirección de Fertilidad de Profamilia en Bogotá indica que no hay registros totales sobre fertilización in vitro, pero calculan que se aplica de 1500 a 2000 mujeres al año. No es posible saber cuántas parejas heterosexuales ni homosexuales participan.

53. La Encuesta Nacional de Demografía y Salud (ENDS) evidenció que en 2010 hubo 7000 nuevos casos de cáncer de mama y 5600 de cáncer de cuello uterino en Colombia.

54. Una investigación del programa Séptimo Día calculó que 15.000 colombianas trabajan como modelos en video chats eróticos, nacionales e internacionales.

55. Las estudiantes han sido mayores beneficiarias de créditos en Icetex desde 2004 (en 2010 lograron 55% del total), aunque la tasa de desempleo está en 9% para ellos y 15,6% para ellas. Entre la población ocupada, 67,5% son hombres (Alta Consejería Presidencial para la Equidad de la Mujer).

56. Datos de Oxfam y otras ONG señalan que entre 2001 y 2009 se usó en Colombia la violencia sexual contra mujeres como estrategia de guerra en casi 500.000 ocasiones, es decir, 151 casos diarios (sin embargo, se calcula que el 82,1% de las víctimas de este delito no hizo la denuncia).

57. La carga total de trabajo para las mujeres es de 10,3 horas diarias (hombres: 8,8 horas) según el Dane. Ellas siguen ganando entre 12% y 16% menos.

58. El año pasado, un estudio de Investigaciones y Cobranzas El Libertador identificó que 20% de las empresas inmobiliarias del país son dirigidas por mujeres (en 2005 el indicador era de 5%).

59. Cerca del 75% de mujeres y de hombres usan en Colombia las redes sociales (encuesta de la consultora Yanhaas). Entre periodistas, las mujeres son las más seguidas en Twitter según el diario La República.

60. La Alcaldía de Bogotá ha estado en manos femeninas en 2 ocasiones, pero ambas como encargadas debido a presuntas irregularidades administrativas del titular: primero, Juan Martín Caicedo (1992); hoy, Samuel Moreno.

61. En la web de la Alta Consejería Presidencial para la Equidad de la Mujer falta ajustar el lenguaje de género. En el menú se lee “Servicios al ciudadano” (cuando podría ser “a la ciudadanía”); y su primera función es “Asistir al Presidente” (cuando podría ser “a la Presidencia” y abonar así el terreno para que una mujer llegue a ese cargo).

Tomado de: http://www.revistaarcadia.com/periodismo-cultural-revista-arcadia/articulo/61-cifras-caprichosas/26377, Publicado el: 2011-10-20

Licencia del artículo: Copyright 2008 – Titular de la Licencia: REVISTAARCADIA.COM

sábado, 29 de octubre de 2011

Literatura de mujeres

Por: Carolina Sanín

En cada conversatorio (feo sustantivo masculino evocativo de “mingitorio”, que se usa de manera innecesaria donde existen los buenos sustantivos femeninos “conversación” y “entrevista”) al que me invitan, hay alguien que me pregunta: “¿Usted diría que lo que escribe es literatura de mujeres?”. Nunca sé qué responder, pues nunca entiendo a qué se refiere la pregunta. ¿Cuál es la literatura “de mujeres”? ¿Cómo es su estilo? ¿Es suave, cadencioso? ¿O cambiante, como los estados de ánimo durante el ciclo menstrual? Y en cuanto a los temas, ¿qué contiene la “literatura de mujeres”? ¿Trata sobre cosas rosadas, o sobre la casa, o sobre leche, o sobre sartenes, o sobre vibradores? Y en lo que respecta a la tradición, ¿viene de Safo, o de María de Francia, o de Madame de Staël, o de Colette, o de Iris Murdoch? Quizás lo que me están preguntando es si escribo literatura hecha por mujeres, y en ese caso la respuesta sobra. O, con un quizás más remoto, el que pregunta quiere saber si escribo en español y no en latín, pues sabe que en occidente las literaturas escritas en vernáculo aparecen con el reconocimiento de la mujer no sólo como objeto literario sino como destinataria de la lírica. En ese caso, me están preguntando si soy una escritora de antes o de después del siglo XIII, y también la respuesta sobra.

O quizás el que pregunta tenga en mente una de dos tendencias relativamente recientes, ambas exitosísimas, que han llegado casi a ser marcas y que se definen como literatura de mujeres: una explícitamente (la llamada chick lit, de libros como El diario de Bridget Jones y Sex and the City) y otra, solapada y más frondia, cultivada en sitios como América Latina o India y, muy especialmente, en Estados Unidos por hijas o nietas de inmigrantes de Asia o de América Latina. Esta segunda tendencia forma parte de la nefasta progenie del malentendido y mal nombrado “realismo mágico”, y combina explotación de género, nostalgia de paraísos perdidos y tradiciones orales, gastronomía local, abuelas recias y bondadosas, y quejumbre femenil. La cultivan las mujeres debido a su “gran sensibilidad” con respecto a las historias familiares que “pasan de generación en generación” y otros clichés. El resultado es un atolladero colonialista y sexista que, bajo el semblante de una búsqueda de identidad, no es más que una explotación editorial de exotismos.

Pero tiendo a creer que cuando me preguntan si escribo “literatura de mujeres” no me están preguntando tampoco si lo que escribo se parece a lo anterior. Creo que el o la que pregunta no sabe realmente qué es lo que quiere saber. Hace la pregunta porque hay que hacerla. Casi siempre es la última pregunta del interrogatorio que sigue al conversatorio. La puede formular un caballero con pinta de funcionario, o una señora con demasiado maquillaje, o una estudiante con piercings. Es una pregunta compulsiva. Y mucho me temo que lo que traduce es: “¿Usted, siendo mujer, puede escribir como un hombre ?” Pues, al hacer la distinción de “literatura de mujeres”, se enuncia un juicio implícito: la literatura, así sola, está escrita por hombres. Y, más allá de eso, creo que lo que me preguntan es si, siendo joven y no fea (porque a las viejas o de muy mal semblante se les perdona ser mujeres, y puede el público prejuiciado y temeroso hacer de cuenta que son hombres, y ese es otro tema), puedo saber qué es lo que estoy haciendo; si no será que me estoy copiando, o me las estoy dando, o algo. Si no será pura pretensión.

En cada conversatorio (feo sustantivo masculino evocativo de “mingitorio”, que se usa de manera innecesaria donde existen los buenos sustantivos femeninos “conversación” y “entrevista”) al que me invitan, hay alguien que me pregunta: “¿Usted diría que lo que escribe es literatura de mujeres?”. Nunca sé qué responder, pues nunca entiendo a qué se refiere la pregunta. ¿Cuál es la literatura “de mujeres”? ¿Cómo es su estilo? ¿Es suave, cadencioso? ¿O cambiante, como los estados de ánimo durante el ciclo menstrual? Y en cuanto a los temas, ¿qué contiene la “literatura de mujeres”? ¿Trata sobre cosas rosadas, o sobre la casa, o sobre leche, o sobre sartenes, o sobre vibradores? Y en lo que respecta a la tradición, ¿viene de Safo, o de María de Francia, o de Madame de Staël, o de Colette, o de Iris Murdoch? Quizás lo que me están preguntando es si escribo literatura hecha por mujeres, y en ese caso la respuesta sobra. O, con un quizás más remoto, el que pregunta quiere saber si escribo en español y no en latín, pues sabe que en occidente las literaturas escritas en vernáculo aparecen con el reconocimiento de la mujer no sólo como objeto literario sino como destinataria de la lírica. En ese caso, me están preguntando si soy una escritora de antes o de después del siglo XIII, y también la respuesta sobra.

O quizás el que pregunta tenga en mente una de dos tendencias relativamente recientes, ambas exitosísimas, que han llegado casi a ser marcas y que se definen como literatura de mujeres: una explícitamente (la llamada chick lit, de libros como El diario de Bridget Jones y Sex and the City) y otra, solapada y más frondia, cultivada en sitios como América Latina o India y, muy especialmente, en Estados Unidos por hijas o nietas de inmigrantes de Asia o de América Latina. Esta segunda tendencia forma parte de la nefasta progenie del malentendido y mal nombrado “realismo mágico”, y combina explotación de género, nostalgia de paraísos perdidos y tradiciones orales, gastronomía local, abuelas recias y bondadosas, y quejumbre femenil. La cultivan las mujeres debido a su “gran sensibilidad” con respecto a las historias familiares que “pasan de generación en generación” y otros clichés. El resultado es un atolladero colonialista y sexista que, bajo el semblante de una búsqueda de identidad, no es más que una explotación editorial de exotismos.

Pero tiendo a creer que cuando me preguntan si escribo “literatura de mujeres” no me están preguntando tampoco si lo que escribo se parece a lo anterior. Creo que el o la que pregunta no sabe realmente qué es lo que quiere saber. Hace la pregunta porque hay que hacerla. Casi siempre es la última pregunta del interrogatorio que sigue al conversatorio. La puede formular un caballero con pinta de funcionario, o una señora con demasiado maquillaje, o una estudiante con piercings. Es una pregunta compulsiva. Y mucho me temo que lo que traduce es: “¿Usted, siendo mujer, puede escribir como un hombre ?” Pues, al hacer la distinción de “literatura de mujeres”, se enuncia un juicio implícito: la literatura, así sola, está escrita por hombres. Y, más allá de eso, creo que lo que me preguntan es si, siendo joven y no fea (porque a las viejas o de muy mal semblante se les perdona ser mujeres, y puede el público prejuiciado y temeroso hacer de cuenta que son hombres, y ese es otro tema), puedo saber qué es lo que estoy haciendo; si no será que me estoy copiando, o me las estoy dando, o algo. Si no será pura pretensión.

Tomado de: http://www.revistaarcadia.com/opinion/columnas/articulo/literatura-mujeres/26397, Publicado el: 2011-10-20

Licencia del artículo: Copyright 2008 – Titular de la Licencia: REVISTAARCADIA.COM

jueves, 27 de octubre de 2011

Nuevas amenazas para mujeres víctimas de violencia sexual en Colombia

Por: VerdadAbierta.com

En un foro sobre violencia sexual, expertos alertaron sobre la impunidad y la falta de atención que tienen estos casos en la justicia colombiana.

De 489.687 casos registrados de violencia sexual entre 2001 y 2009, según el informe elaborado en la campaña "Saquen mi cuerpo de la guerra", el 36 por ciento de los abusos en contra de las mujeres corresponde a  a acoso sexual y el 20 por ciento a violaciones cometidas en su mayoría por paramilitares.

La paradoja es que, según datos de Amnistía Internacional, a pesar de que en los procesos de Justicia y Paz los miembros de las autodefensas han confesado la autoría de más de 57.000 crímenes, solo 86  corresponden a delitos de violencia sexual. Hasta la fecha no se ha condenado a ningún paramilitar aunque existen pruebas y denuncias como en el caso de Marco Tulio Pérez alias “El Oso”, quien es señalado de violar a varias niñas en San Onofre, Sucre.

"A mi hija la violaron y torturaron  los paramilitares de 'Jorge 40'"relata Blanca Díaz madre de Irina Carmen Villero Díaz, niña wayúu de 15 años que fue asesinada en mayo de 2001. "Son miles los casos que permanecen en la impunidad porque a las víctimas les da miedo denunciar, yo doy mi testimonio para conseguir la verdad, la reparación integral y sobre todo para que no se repitan estos hechos de violencia" agregó Blanca.

En 2008 la Corte Constitucional ordenó a la Fiscalía a investigar 183 casos de crímenes sexuales en medio del conflicto, de los cuales el 46 por ciento correspondían a paramilitares, el 19, 4 a miembros de las fuerzas armadas y el 8,5  a guerrilleros. Hasta septiembre de 2010,  solo cinco de estos casos fueron sentenciados  y  el único de esos cinco casos adjudicado a un paramilitar, fue absuelto.

En la campaña “Violaciones y otra violencia: Saquen mi cuerpo de la Guerra” liderada Oxfam, la casa de la mujer y la Ruta Pacífica de las mujeres, se evaluaron también  las acciones del gobierno de Juan Manuel Santos frente al tratamiento de los delitos de violencia sexual, de los cuales, la tercera parte, son cometidos en medio del conflicto.

“Son lamentables las respuestas del gobierno ante escalofriante diagnóstico de la situación. Antes se pedía que el gobierno pasara de las palabras a los hechos, pero ahora es mejor que se mantenga en las palabras, porque los hechos que presenta son terribles”, aseguró el Representante Iván Cepeda al referirse a los resultados del informe y a la propuesta del gobierno de ampliar el fuero militar.

“Falta de coordinación, de voluntad y de responsabilidad política”

Tanto Cepeda como la representante Ángela María Robledo han liderado un control político sobre las acciones emprendidas por las instituciones, sin embargo, a pesar de que se han creado normas y organismos como la Alta Consejería Presidencial para la Equidad de Género, no han sido suficientes para enfrentar este tipo de delitos.

De acuerdo a Pilar Rueda Jiménez, Defensora Delegada para los Derechos de la niñez, la juventud y la mujer, “es imposible realizar la tarea si no se cuenta con el presupuesto y las personas indicadas, dentro del equipo de la defensoría solo hay 4 personas que deben encargarse del 90 por ciento de los casos a nivel nacional”

De hecho, el presupuesto aprobado para el 2.012 por el Congreso, destinará solo 1, 5 por ciento a la reparación de la víctimas, es decir 3, 8 billones de pesos para implementar la Ley de Víctimas en su totalidad. “Esto es realmente vergonzoso. Es imposible hacer una reparación integral, más en el caso de las mujeres víctimas, con esta cantidad. En vez de avanzar, el gobierno asume disposiciones e iniciativas que son claramente contrarios a los intereses y a los derechos, no solamente a las mujeres  sino a la sociedad en general”, dijo Cepeda.

El fuero militar y la violencia sexual

Actualmente los militares implicados en delitos de violencia sexual son juzgados por la justicia ordinaria, sin embargo, de aprobarse la propuesta del Ministerio de Defesa de incluir en la reforma a la justicia una ampliación del fuero militar, los miembros de la fuerza pública que hayan cometido crímenes en contra de las mujeres, serían juzgados por la justicia penal militar.

“Los hechos de violencia sexual serán tratados como si fuesen parte y resultado del propio servicio militar, generando mayor tolerancia a esta clase de delitos y por tanto un aumento de la impunidad. El juzgado termina siendo su propio juez” dijo Cepeda.

La posibilidad de este tratamiento preferencia para los miembros de la fuerza pública, según Cepeda, “haría que el principio de tolerancia cero en el uso de la violencia sexual como arma del conflicto se convirtiera en tolerancia del 100 por ciento con relación a esta prácticas”.

En diálogo con VerdadAbierta, Sergio Rodriguez, penalista y experto en justicia penal militar aseguró que "la justicia ordinaria no tiene la capacidad de juzgar a los miembros de las fuerzas militares porque no conoce los riesgos y presiones que se sufren en medio del conflicto, sin embargo este tipo de delitos que son de tipo común no estan considerados dentro de la ampliación del fuero, deben seguir siendo juzgados  por la justicia ordinaria". El problema radicaría entonces en cual es la autoridad que decidiría que delitos serán juzgados por la justicia ordinaría y cuales por la justicia penal militar.

Los puntos críticos

Al hecho de que solo el 9 por ciento de las mujeres víctimas de violencia sexual denuncian públicamente el crimen, según cifras de Oxfam,  se suma una falla en la sistematización y seguimiento de los casos que se traduce en la inexistencia de un registro unificado.  

“No existen datos desagregados por lugar geográfico, edades, victimarios, es necesario que se responsabilice a una institución de la recolección, estandarización y análisis de la información para poder prevenir yatender adecuadamente los casos”,  afirmó Amanda Camilo líder del movimiento Ruta Pacifica de las Mujeres.

Además de esto, existen limitaciones en el acceso a la justicia ya que no hay un sistema de protección para las mujeres víctimas durante los procesos judiciales. La falta de garantías y protección hace que las mujeres no denuncien y la impunidad prevalezca.

Otro de los expertos presentes en este foro dijo que no existe una vía clara a nivel local para proceder luego de un delito de violencia sexual.

“Hace dos semanas se denunció en el municipio Valle del Guamez en Putumayo, la violación de una niña de 8 años, pero en el municipio no existe una ruta de atención. Los familiares prefirieron pasar al ecuador para que atendieran a la niña, la niña no resistió y murió” aseguró Amanda Camilo. Este caso no es sino uno entre miles ya que de acuerdo a los datos de Amnistía Internacional, del total de  las víctimas más del 80%  corresponde a niñas menores de 18 años, población vulnerable que exige más atención del gobierno y de las instituciones, agregó la Defensora Delegada.

Finalmente, en la atención y seguimiento no hay una obligación a las entidades prestadoras de salud de garantizar los servicios de habitación, alimentación y atención psicosocial a víctimas de la violencia sexual.

Los anteriores son los hechos más preocupantes para las organizaciones que defienden la protección de los derechos de las mujeres tanto a nivel nacional como internacional. Sin embargo, no es la primera vez que se identifican estos problemas, y mucho menos la primera vez que se hacen recomendaciones al gobierno colombiano. Lo que sucede, según voceros de las organizaciones, es que la violencia sexual sigue siendo vista como un delito menor en este país, y hasta que no se reconozca la gravedad de estos hechos y se tomen las decisiones necesarias, la impunidad va a continuar o peor aún, a intensificarse.

Tomado de: http://www.verdadabierta.com/component/content/article/41-violencia-contra-mujeres/3609-nuevas-amenazas-para-mujeres-victimas-de-violencia-sexual-en-el-conflicto/

Licencia del artículo: Creative Commons - Titular de la Licencia de artículo: VerdadAbierta.com

LOS FEMINISMOS DE LAS MUJERES INDÍGENAS: ACCIONES AUTÓNOMAS Y DESAFÍO EPISTÉMICO


Por Francesca Gargallo*

“La Madre Tierra es la mujer de origen. Concebida como mujer, la Madre Tierra contiene la integralidad del Universo.” Aída Qilcue, consejera nasa del Consejo Regional Indígena del Cauca (CRIC)

Estudiar las teorías y posicionamientos políticos y vitales de las propuestas feministas de las intelectuales, activistas, dirigentes y mujeres en general que se generan al interior y, a la vez, confrontando las renovadas políticas de identidad, de defensa del territorio y del derecho propio de los pueblos indígenas de Nuestra América, más allá de la animadversión que despierta en la academia que se niega a reconocer los conocimientos que no se generan desde su seno, me confronta con la urgencia de cambiar mi forma de relacionarme con las productoras de conocimiento. Es muy difícil cuestionar la centralidad de la epistemología de lo occidental en el feminismo desde la academia y las ciudades, pero es evidente que muchas mujeres se encuentran des-centradas -¿libres del cerco?- de ella. Conocer las ideas que las mueven a la acción, para mí también ha implicado una acción, un ponerme en movimiento hacia ellas y buscar las vías de entablar un diálogo.

Conocer la poesía de Maya Cú Choc y conocerla personalmente ha posibilitado que me pusiera en movimiento. En 2006, le pedí a Maya que dialogáramos sobre algo que nos concernía a las dos y empezamos a cartearnos sobre el racismo, que es una relación dual, implica quien se beneficia del racismo y quien es explotada sistemáticamente por la existencia del fenómeno. Como mujer blanca yo gozo los privilegios que en un sistema racista me han favorecido desde la infancia, pero como están interiorizados y normalizados no los tomo en consideración, no me percato de ellos, me abrogo el derecho de no reconocerlos, a menos que alguien me los señale. Desde ese momento, yo soy responsable de ellos, a pesar de que pueda esgrimir un discurso, que la escuela me ofrece, con que justificar mis éxitos. Para Maya Cú Choc, mujer queqchí, el racismo es también una condición diaria que la confronta con toda la historia de Guatemala y sus genocidios recientes, como el de 1982 que obligó a su familia a desplazarse a la ciudad capital donde ella crece sin los referentes culturales con los que la sociedad blanca identifica a los pueblos indígenas: territorio, lengua e indumentaria tradicional.

El diálogo con Maya Cú trasciende pronto la relación personal y subimos una parte de nuestras reflexiones epistolares a una red de escritoras feministas. [1]

Intervienen muchas voces en nuestro diálogo, que se amplía. También los de las feministas afrodescendientes, entre ellas la lesbiana dominicana Ochy Curiel, hoy catedrática en Bogotá, quien cuestiona el uso de mi lenguaje. Había utilizado, en efecto, la palabra“denigrar” como sinónimo de rebajar, sin darme cuenta que etimológicamente denigrar significa “rebajar a la condición de negra”, es decir implica una acción racista de descalificación por condición étnica.

Cuando en 2008, conocí a la joven socióloga quiché Gladys Tzul Tzul, quien cruzaba parte de sus conocimientos comunitarios con la filosofía de Foucault, empezamos a complejizar el entendimiento del racismo, hablando de las relaciones de poder. Juntas queríamos entender qué lugar asignan a las mujeres las comunidades patriarcales ancestrales que tienen un doble frente dónde justificar su necesidad de cohesión: el interior de la propia comunidad, para la manutención y funcionamiento de los bienes que están en propiedad colectiva, y el externo, para defenderlos de una expropiación por el estado republicano que está siempre al acecho. Como feminista, yo aportaba al diálogo mi entendimiento de qué es el control mediante el confinamiento del cuerpo de una mujer.

Un tercer paso fue acercarme a las mesas donde las mujeres de diversos pueblos y nacionalidades empezaron a ser invitadas a exponer en las universidades de la Ciudad de México, a los talleres que empezaron a exigir en los encuentros feministas en México y Centroamérica y a acudir a los encuentros de mujeres indígenas y negras de Honduras, que se radicalizaron y multiplicaron después del golpe de estado que se realizó contra el presidente democráticamente electo de ese país el 28 de junio de 2009.

En agosto de 2010, me puse en viaje por tierra de México hacia el sur para hablar con las mujeres que quisieran establecer un diálogo conmigo desde su proprio territorio de enunciación. Dejé voluntariamente atrás el lugar de poder que mi oficina universitaria revestía y me expuse a la vulnerabilidad de no entender lo que se te dice hasta no hacerte de las herramientas para poderlo traducir. Por supuesto no aprendí las 607 lenguas que se hablan en Nuestra América, pero me eduqué, por ejemplo, en cuándo podía hablar sin interrumpir la palabra de la otra. Escuchar se convirtió en mi principal instrumento de aprendizaje.

Por supuesto, una forma de escuchar es también leer lo que las intelectuales indígenas escriben. La relación entre cultura oral y escrita es compleja en un mundo colonizado que se libera a través de prácticas educativas que no pueden prescindir ya del uso de un alfabeto que es un componente cultural impuesto. El uso del alfabeto latino es un hecho, aunque se resignifiquen las formas y los contenidos de la escuela, como sucede en casi todos los pueblos, y que el pueblo nasa, en el Cauca, Colombia, y el pueblo mixe, de Oaxaca, México, profundizan para la teorización de la “educación propia” como derecho a reivindicar al estado republicano y como práctica en y para sus escuelas y universidades autónomas. [2]

Durante el viaje conocí a diversas posiciones políticas del feminismo entre las mujeres de los pueblos originarios, a veces dentro de un mismo pueblo, como entre las zapotecas, las caqchiqueles, las quichés, las xinkas, las nasa, las quechuas y las aymaras. Posiciones distintas, en ocasiones confrontadas, que van desde la radicalización de la complementariedad implícita en la dualidad cosmogónica propia de las tradiciones religiosas y vitales americanas a favor de las mujeres –“mujeres y hombres somos complementarias para la comunidad, no podemos prescindir de los hombres, pero podemos exigirles la equidad”, es más o menos la posición que me han expresado mujeres nahuas, quichés, gnöbe, quechuas, aymara, mapuche de esta tendencia-, hasta posiciones de organización comunitaria que denuncian un patriarcado ancestral fortalecido por el patriarcado colonial del que hay que liberar el propio territorio-cuerpo mientras se defiende la tierra-territorio comunitario, como lo plantean las feministas comunitarias xinkas de Guatemala. A este encuentro y fortalecimiento histórico de los patriarcados originarios y colonial las feministas comunitarias de Bolivia lo llaman “entronque de patriarcados” y consideran que es el sustrato del así llamado “machismo latinoamericano”.

Entre estas dos posiciones, son reconocibles otras formas de trabajar entre mujeres para la buena vida de las mujeres, lo cual, en palabras de Julieta Paredes, feminista comunitaria de la Asamblea de Mujeres de Bolivia, se traduce al castellano como feminismo: “En todas las lenguas de Abya Yala la lucha de las mujeres en sus comunidades para vivir una buena vida en diálogo y construcción con otras mujeres se traduce en castellano como “feminismo”. [3]

En las otras formas de expresar el propio feminismo de las mujeres indígenas es muy difícil trazar una línea divisoria entre una activista de los derechos humanos de las mujeres y una feminista. Una parte muy importante de la reflexión de las feministas de los pueblos indígenas tiende a la elaboración de estrategias para la mejora de las condiciones de vida de las mujeres. Prácticas a niveles extremos, identifican las estructuras de poder para contrarrestarlas más que para destejer cómo se configuraron.

Los elementos simbólicos del sexismo son pocas veces tocados en sus reflexiones, prefiriendo estudiar cómo detener a las autoridades que expresan ideas misóginas y ocultan su indiferencia hacia la violencia contra las mujeres, llegando a dejar impunes los delitos que se cometen contra ellas.

Tampoco es posible trazar una separación entre una feminista y una activista indígena por los derechos comunitarios. El propio feminismo indígena que elabora estrategias comunitarias para el cuidado de las mujeres y la socialización de su trabajo de reproducción de la vida no podría existir si la comunidad desapareciera y se impusiera un sistema individualista de sobrevivencia monetaria asalariada y una familia nuclear, centrada en la pareja como núcleo excluyente, asocial, paradójicamente convertido en el capitalismo en la “base” de la sociedad.

Muchas mujeres indígenas analizan desde su condición femenina la historicidad del racismo, la explotación laboral, la marginación y la exposición a la violencia que sufren, y dejan de lado los mecanismos sociales de inferiorización de las mujeres propios del universo simbólico de sus pueblos.

Porque han lidiado a lo largo de sus vidas con hechos traumáticos y violencias constantes, casas atacadas, hijos y nietos detenidos ilegalmente, mujeres violadas por grupos de soldados y paramilitares, agresiones de autoridades tradicionales masculinas a mujeres que asumen cargos políticos de elección ciudadana, amenazas de talamontes contra las ecologistas comunitarias, invasiones de tierras, linchamientos de lesbianas, discriminaciones en las escuelas, los hospitales y las cárceles, y otros, a las feministas indígenas que son activistas de los derechos humanos de las mujeres no les queda el tiempo de una reflexión acerca de lo estructural que es la desigualdad entre mujeres y hombres en su cultura.

Sin embargo, existen feministas de diversos pueblos que han generado reflexiones importantes sobre el lugar desde dónde se piensa la superioridad masculina y cómo, en todos los casos, sirve para excluirlas del poder político y económico, devolviéndolas a varios “adentro” donde desempeñar lo que se le asigna como función social: el adentro de la casa, como trabajadora doméstica y sostenedora de las redes afectivas de parentesco, y el adentro de la comunidad, donde se les asigna el papel de defensoras de la cultura y, por lo tanto, se les niega el trato con el mundo exterior.

Otras feministas más han revisado cómo la preferencia por los hombres en su cultura ha terminado por propiciar la falta de confianza entre mujeres, en particular cuando se trata de la transmisión de conocimientos y funciones entre generaciones: la madre amada pero desposeída, la madre que ejecuta la voluntad de los hombres de la familia y castiga los anhelos de las hijas, la madre controladora de la sexualidad y el trabajo de la familia privilegiando la libertad de sus hijos y castigando la movilidad de las hijas y las nueras, son imágenes recurrentes en las narraciones de las mujeres y evidencian la falta de auto-determinación en las relaciones entre ellas.

Finalmente, hay feministas indígenas que han dedicado su reflexión a la afectividad, preguntándose cuánto de una construcción de género que privilegia la dureza y la fortaleza masculinas termina por imposibilitar el afecto, la comprensión y el goce de una verdadera complementariedad entre hombres y mujeres en la vida íntima y social. [4]

Ahora bien, la pertenencia a un pueblo o a una nación originaria es condición para la acción feminista tanto como lo es la pertenencia a cualquier estado. Las mujeres no inician un proceso de lucha por sus derechos, reivindicando su cuerpo, su imaginario, su espacio y sus tiempos en la revisión total de la política porque son francesas o nasa, mexicanas o mapuche, sino porque un sistema que otorga privilegios a los hombres -y a lo que considera proprio de ellos, lo masculino- las oprime. La acción feminista es una confrontación con la misoginia, la negación y la violencia contra el espacio vital de las mujeres, que ellas emprenden cuando se reconocen y dialogan entre sí. En otras palabras, el feminismo es una acción del entre-mujeres ahí donde el entre-mujeres es mal visto, menospreciado, impedido, es objeto de burla o de represión: el feminismo es un acto de rebeldía al status quo que da pie a una teorización.

Partiendo de esta idea, ¿cómo es posible que en Nuestra América se niegue la teorización feminista que no proviene de los grupos blancos y blanquizados, urbanos, insertos en un sistema de género binario y excluyente? La respuesta más plausible es porque hay una voluntad de no tejer la realidad histórica del continente con los hilos de la diversidad, con las historias de sus células que no se tocan y dónde la más prepotente esconde con su tamaño las demás, en ocasiones englobándolas como una amiba. El feminismo entonces carga las mismas anteojeras que las demás teorías políticas, como el Che Guevara que murió en un territorio donde abundaban las hierbas para curar el asma pero que él, médico académico, no era capaz de reconocer porque no creía que los indígenas tuvieran conocimientos universales y, por lo tanto, no dialogaba con ellos y ellas. [5]

Los hilos del tejidos feminista americano son los de la pertenencia histórica, es decir las lenguas que se hablan, los credos que se profesan, los sustratos metafísicos a develar, las preferencias sexuales y la tolerancia o intolerancia que gozan socialmente, las vivencias inmediatas, las formas de participación social, las ideas de familia y parentesco, las edades, las profesiones.

Por supuesto vivimos en un país racista, como todos los países americanos. Las palabras y discursos igualitaristas en México sirven, como dice muy bien la boliviana Silvia Rivera Cusicanqui a propósito del lenguaje político de las repúblicas americanas, para encubrir en lugar que para develar la realidad. [6]

En el país que hace alarde de ser cuna de la primera revolución social del mundo, nada de lo que no pertenezca al mundo blanco es digno de interés. Que todos seamos mestizos en el discurso oficial debe leerse como un mandato: todas y todos debemos esforzarnos en resaltar la parte blanca de ese mestizaje, identificarnos con ella e intentar serle fiel enterrando a la otra parte, a cualquier otra parte.

No es casual que en estos días se esté llevando a cabo en Costa Rica una reunión de escritoras y escritores indígenas, afro-descendientes y sino-descendientes para que debatan entre ellos acerca de una literatura de la exclusión y la discriminación. Lo que la urgencia de una reunión de artistas que tienen en común sólo su origen no europeo delata es que en la cultura oficial, la que se transmite, publica y universaliza, ni las ideas ni la estética, y mucho menos el deseo de buena vida, pueden definirse fuera del marco de los supuestos metafísicos del occidente individualista.

En este clima, ¿es posible afirmar un feminismo (o varios) que no centre su accionar en la búsqueda de una emancipación personal? O, más precisamente, ¿de qué manera reconocerle valor epistémico y político a las ideas de buena vida para las mujeres que no se sostienen en la prioridad absoluta, imperiosamente reiterada, de seguir confundiendo la emancipación con el derecho al acceso al poder de compra de cosas y saberes?, ¿confundiendo la libertad con el acceso al poder?

Son preguntas epistemológicas, vinculadas con esa pregunta filosófica nodal en Nuestra América que Horacio Cerutti resume en cuatro palabras: ¿Cómo pensar la realidad? [7] Es un hecho que en varios lugares de Nuestra América se levantan voces femeninas que denuncian que el feminismo cuando se institucionaliza se transmuta en una nueva forma de mediatizar los deseos y los saberes de las mujeres.

En particular, en su formulación hegemónica, se convierte en una teoría-jaula de las mujeres que han formado sus ideas políticas en modos de pensar la realidad que no son las que se transmiten en las universidades y a través de las instituciones educativas de las políticas públicas republicanas.

Por ejemplo, el feminismo comunitario de las mujeres aymaras de Bolivia viene trabajando desde 2004 sobre la relación existente entre patriarcado y colonialismo interno. Afirma luchar tanto contra la naturalización de toda inferioridad, sumisión o lugar secundario y dependiente de las mujeres en la cultura republicana y en las culturas ancestrales, como contra la forma que esta naturalización ha adquirido al insertarse en el patriarcado que se refuerza, incrementa y se coordina con los poderes coloniales. De ahí, ha llegado a la conclusión que no puede haber descolonización en América que no se acompañe de una profunda despatriarcalización, eso es de la cancelación de la hegemonía masculina que pretende imponerse en todos los ámbitos de la vida mediante la discriminación de las mujeres y la desvalorización de todo lo que califica de femenino.

No obstante, de esta categoría que describe la acción femenina para transformar la incuestionable asignación de cuotas de poder y libertad de movimiento a los hombres, se apropió el Estado Plurinacional de Bolivia para abrir el 15 de septiembre de 2010 una Unidad de Despatriarcalización en el Viceministerio de Descolonización del Ministerio de las Culturas. A las feministas comunitarias, paradójicamente, hoy le es más difícil afirmar la evidencia de un “entronque” entre los patriarcados ancestrales y el patriarcado de origen colonial, porque el estado resalta la “mutua complementariedad” entre hombres y mujeres, asumiendo que es “originaria”, propia, incambiable. La autonomía de las mujeres se vuelve impracticable en esta apropiación de la despatriarcalización ya que, como escribe Elisa Vega Sillo, originaria Kallawaya, ex Constituyente en la Comisión Desarrollo Social y operadora de proyectos en la Unidad de Despatriarcalización, son “los movimientos y las ideologías de mujeres y varones indígenas los que logran establecer que los conceptos de equivalencia, complementariedad y armonía entre mujeres y varones y la Madre Tierra no son solamente discursos, sino constituyen el ajayu [espíritu] del proceso de cambio”.

Pero, a seis mil kilómetros de Bolivia, el feminismo comunitario de las mujeres xinka de Guatemala se reapropia y resignifica la idea de despatriarcalización desde una idea radicalmente feminista. En su Declaración Política ¡No hay descolonización sin despatriarcalización!, quehicieron pública el 12 de octubre de 2011, Día de la Resistencia y Dignificación de los Pueblos Indígenas, se autodenominan, determinándose sin injerencia ajena y sin necesidad de reconocimiento externo, como “Nosotras, mujeres xinkas feministas comunitarias, montañeras, luchadoras, viviendo y conviviendo en la montaña de Xalapán” y se declaran “en acción permanente para afianzar la despatriarcalización de nuestro territorio cuerpo y territorio tierra, sin lo cual, es incoherente la descolonización de los pueblos”. Estando en “lucha permanente contra todas las formas de opresión patriarcal originaria y occidental”, las mujeres xinkas se describen a sí mismas como un “territorio cuerpo” colectivo e individual, tan “nuestro” como de cada una, que sigue “sufriendo los efectos del patriarcado ancestral y occidental, los cuales se refuncionalizan y se manifiesta en diferentes formas de opresión contra nosotras en nuestros hogares y comunidades”. Para ellas, “la expropiación histórica de nuestros cuerpos sigue presente cuando no podemos decidir por nuestros cuerpos y por nuestra sexualidad en libertad y autonomía”, según postulados muy conocidos, pero sobre esta afirmación construyen algo desconocido al feminismo occidental e indispensable para liberarse en este continente, es decir que viven “En resistencia y lucha permanente contra todas las formas de opresión capitalista patriarcal, que continúan con la amenaza del saqueo de minería de metales en la montaña y nuestros territorios, y contra todas las formas de neo saqueo transnacional”.Éstas son “formas de colonialismo” que arremeten tanto contra el territorio comunitario, del que son parte como personas xinka, como “contra las mujeres en lo íntimo, privado y público”. Por ambas, inseparables realidades, asumen “acciones que desde lo individual y colectivo, fortalezcan la descolonización de cuerpos y territorios”.

Una posición ligeramente diferente, porque menos centrada en la liberación del cuerpo territorio, pero igualmente convencida de la radicalidad de su demanda de emancipación, es la de las feministas lencas de Honduras que se han organizado en el COPINH (Consejo Cívico de Organizaciones Populares e Indígenas de Honduras). En palabras de la dirigente Berta Cáceres: “Ha sido difícil ir construyendo pensamientos y sobre todo una práctica de vida cotidiana y de vida organizativa alrededor del pensamiento feminista desde una organización indígena del pueblo lenca. Todo el patriarcado y machismo que cruza la sociedad a nivel familiar y organizativo ha penetrado tanto en cada una que se cree que es normal. Y desconstruir esto es realmente un desafío. Creo que cuando este pensamiento de emancipación total de las mujeres choca contra toda la dominación, no sólo capitalista y patriarcal, sino que también racista, produce algo así como un tsunami o como un terremoto.

Liberarnos como mujeres es más complejo cuando lo queremos hacer en organizaciones mixtas, pero también allí está la urgencia del desafío, en trabajar en una organización mixta y lidiar con todo lo que se creen los hombres todos los días. Creo que cuando entendemos que no sólo nos enfrentamos al capitalismo, al racismo, sino que también hay que desmontar el patriarcado, es cuando realmente vemos que estamos en el camino hacia la dignidad humana”. [8]

Camino hacia la dignidad humana, descolonización mediante un proceso de despatriarcalización, reconocimiento del propio cuerpo como el territorio de una, son ideas fuertes que de por sí guían hacia un corpus disperso de feminismos indígenas que no se conciben desde “fundamentos” o “bases” de la Modernidad cuales la centralidad y supremacía sobre la naturaleza de un ser humano escindido entre un cuerpo máquina y un alma racional (Descartes), la primacía de lo útil (Locke), la autonomía ética individual (Kant), la igualdad intelectual con el hombre (Madame Roland) y el acceso a la trascendencia por la economía, el trabajo y la cultura individuales (de Beauvoir).

Implican una crítica a la idea de liberación como acceso a la economía capitalista (aunque sea de soporte del individuo femenino) y el cuestionamiento del cómo las feministas urbanas blancas y blanquizadas nos acercamos, hablamos y escuchamos a las mujeres que provienen de las culturas ajenas a los compromisos metafísicos de Occidente. Por ello, nos urgen a abrirnos a considerar diferentes filosofías de lo femenino y no aceptar un solo tipo de universalidad. [9]

Regresando a la idea de la feminista comunitaria aymara Julieta Paredes acerca de que “Toda acción organizada por las mujeres indígenas en beneficio de una buena vida para todas las mujeres, se traduce al castellano como feminismo”, y cruzándola con la idea de la feminista xinka Lorena Cabnal de que “no sólo existe un patriarcado occidental en América, sino también patriarcados ancestrales u originarios, gestados en las filosofías, principios y valores cosmogónicos milenarios, que se refuncionalizaron durante la Colonia, fundiéndose y renovándose con el patriarcado occidental, en lo que Julieta Paredes llama entronque de patriarcados y que llega a nuestros días”,[10]intento una historia de las ideas de las mujeres indígenas que se resisten a la hegemonía occidental, en la construcción de los idearios feministas continentales.

Ahora bien, como bien dice Silvia Rivera Cusicanqui en Ch’ixinakax Utxiwa, para analizar la historia de las ideas en América es necesario reconocer otras Modernidades que la de la esclavitud para los pueblos indígenas de América, unas modernidades que fueron escenarios de estrategias contrainsurgentes, de proyectos e ideas propias. [11]

Modernidades indígenas, herederas de civilizaciones campesinas, de naciones nómadas y de desarrollos urbanos y nacionales, que perviven y se recrean en la actualidad, aunque fueron avasalladas, incendiadas y casi destruidas durante la invasión y la colonización europeas del continente. Modernidades que han dado pie a formas de re-organización social como la “comunidad étnica” y sus políticas de autosuficiencia, que incluyen la producción agrícola y el comercio, sistemas de género marcados por la aceptación o el rechazo a la supremacía del hombre, organizaciones familiares vinculadas a los nuevos sistemas de relación entre mujeres y hombres, y que fluctúan de la familia nuclear (un verdadero instrumento de privatización de las relaciones sociales) a la familia amplia y a la familia reconstruida , así como a diversas adaptaciones (creaciones) religiosas.

Me atengo a este principio histórico de Silvia Rivera porque la pregunta sobre los supuestos epistemológicos y éticos de los feminismos de las mujeres de los pueblos indígenas atañe la crítica al programa de la “modernidad emancipada”, programa que confundimos con el de una Modernidad a secas, única, unívoca, universal.

Por modernidad emancipada entiendo el proyecto de autonomía individual desvinculada del núcleo formativo en un contexto de libre mercado, en el marco de un sistema que se pretende mejor y se proyecta como hegemónico, aunque deja afuera a una multiplicidad de sujetos no contemplados (y por ende expulsados) de la teoría occidental. [12]

En particular, los expulsa de la teoría de la historia pensada para resaltar al sujeto único de la universalidad. En efecto, el hombre heterosexual blanco y con poder, como sujeto moderno-emancipado de la historia, entra en crisis ante la pregunta de cómo reconocer que, durante el proceso de liberación de las mujeres, que se construye sobre el contestado derecho de las mujeres a igualársele, valores no occidentales y fines contemporáneos pero ajenos a la modernidad emancipada orientan la convivencia humana.

*Coloquio: memoria, violencia y acción emancipatoria. XVI Congreso Nacional de Filosofía. Universidad Autónoma del Estado de México, Toluca, 25 de octubre de 2011. Facultad de Humanidades y Facultad de Ciencias Políticas y Sociales.

Notas

[1] Con Maya Cú publicamos en la revista Manovueltade la Universidad Autónoma de la Ciudad de México (“Feminismo y racismo en América latina”, año 3, n.6, 2007) parte de nuestro diálogo epistolar sobre el carácter racista de las sociedades mexicana y guatemalteca iniciado en 2006. En él intervinieron en la red, las dominicanas Ochy Curiel y Yuderkis Espinoso, feministas radicales negras y lesbianas. Con la filósofa k’iché Gladys Tzul analizamos qué es el racismo y cómo se expresa en las naciones latinoamericanas que tienen un proyecto nacional que no puede tolerar la existencia de culturas diversas en su seno, aunque éstas sean mayoritarias o apenas minorizadas por prácticas de desconocimiento –como la imposición de definir a todos los pueblos indígenas como “campesinos”, en Perú, o como la insistencia en el carácter mestizo de la nación, en México, El Salvador y Honduras. Juntas debatimos largamente cómo el racismo es naturalizado por las culturas de origen colonialista, y cómo tiene relación con la inferiorización de las mujeres, otro proceso histórico de discriminación masiva, naturalizada por el sexismo, convirtiendo con ello a las mujeres en seres destinados al servicio del grupo de los hombres, dentro de todas las clases y en el cruce de clases.
[2] Cfr. ¿Qué pasaría si la escuela…? 30 años de construcción de una educación propia, Programa de Educación Bilingüe e Intercultural, Consejo Regional Indígena del Cauca (CRIC), Editorial El Fuego Azul, Bogotá, 2004 y Wejën-Kajën. Las dimensiones del pensamiento y generación del conocimiento comunal, H. Ayuntamiento Constitucional de Santa María Tlahuitoltepec Mixe, Oaxaca, México, cabildo 2008
[3] Idea muchas veces expresada en nuestros diálogos en la Paz, Bolivia, en febrero y en abril de 2011. También puede encontrarse en: Julieta Paredes, Hilando fino desde el feminismo comunitario, Comunidad Mujeres Creando/Deustscher Entwicklungdienst, La Paz, 2010 y en Victoria Aldunate y Julieta Paredes, Construyendo Movimientos, serie Hilvanado, publicación solidaria en el marco del Convenio para el Empoderamiento de la Mujer en Perú y Bolivia, La Paz, 2010
[4] Cfr. Emma Delfina Chirix García, Afectividad de las mujeres mayas. Ronojel kajowalb’al ri mayab’ taq ixoqi’, Grupo de Mujeres mayas Kaqla, Guatemala, 2003
[5] Este dato me lo reveló Silvia Rivera Cusicanqui, mientras dialogábamos frente a la iglesia de San Francisco, en La Paz, donde ella participaba de la vigilia de mujeres en espera de las y los maerchistas indígenas que venían del Territorio Indígena y Parque Isidoro Segure (TIPNIS). Lo uso sin haberle pedido su consentimiento porque me resulta un dato muy revelador del tipo de relaciones epistémicas que se instauran entre “hombres”educados en la academia y los y las curanderas indígenas, por muy revolucionarios que se consideren.
[6] Silvia Rivera Cusicanqui, Ch’ixinakax Utxiwa. Una reflexión sobre prácticas y discursos descolonizadores, Editorial Retazos/Tinta Limón, Buenos Aires, 2010
[7] Cfr. Horacio Cerutti Guldberg, Filosofar desde Nuestra América. Ensayo problematizador de su modus operandi, UNAM/Miguel Ángel Porrúa, México, 2000
[8] Durante una charla que sostuvimos el 17 de septiembre de 2010 en Intibucá, Honduras, y que me permitió grabar.
[9] Es de mencionarse que las feministas negras de dominicana postularon “desuniversalizar” el sujeto Mujeres en la historia del feminismo continental (cfr. Ochy Curiel, “Los aportes de las de las afrodescendientes a la teoría y la práctica feminista: desuniversalizando el sujeto Mujeres”, 2007, http://www.iidh.ed.cr/comunidades/diversidades/docs/div_enlinea/afros%20feminismo.htm). Desde una perspectiva de lectura crítica del universalismo académico, cfr. a la antropóloga mexicana Sylvia Marcos en Cruzando fronteras. Mujeres indígenas y feminismos abajo y a la izquierda, Editorial Cideci/Universidad de la Tierra, San Cristóbal de las Casas, marzo 2010, p.26
[10] Dicho durante el encuentro que sostuvimos en Ciudad Guatemala en julio de 2011.
[11] Silvia Rivera Cusicanqui, Ch’ixinakax utxiwa. Una reflexión sobre prácticas y discursos descolonizadores, Tinta Limón, Buenos Aires, 2010, p.53 y s.
[12] En las concepciones inmediatas de la realidad social contemporánea, los conceptos de “occidental” y “capitalista” en América están tan intrínsecamente vinculados que no pueden separarse. No obstante, la mayoría de los planteamientos conocidos del socialismo científico son también occidentales u occidentalocéntricos ya que se sostienen en una división temporal de la historia pensada por Marx, que sólo toma en consideración la historia europea masculina para pensar los sistemas políticos y las formas económicas mundiales.

Tomado de: http://haideemata.blogspot.com/2011/10/los-feminismos-de-las-mujeres-indigenas.html
Related Posts Plugin for WordPress, Blogger...