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martes, 18 de octubre de 2011

DE LA SOLEDAD

Por: Florence Thomas*

No, no, nunca estoy solo cuando estoy con mi soledad... no, no, nunca estaré solo, estaré con mi soledad..., Ella es mi más dulce costumbre..., canta Georges Moustaki.

Pero, por supuesto, llegar a nunca sentirse solo, nunca sentirse sola ni estar sola con la soledad es un duro aprendizaje; hacer de ella su más dulce compañía también es un aprendizaje que no se hace en unos días. Y mi amiga hace muy poco se separó después de una relación de más de quince años... Ella me dice a menudo: Florence, yo quisiera saber vivir la soledad, pero no puedo, no puedo pasar un fin de semana sola sin desesperarme y ponerme a llorar... no puedo ni siquiera pasar un día sola .

Yo trato de explicarle entonces que ese aprendizaje se hace poco a poco y que la única receta es aprender y comprender que uno, una, nunca está sola consigo misma. Es decir, uno puede estar sola pero no sentirse sola porque la soledad permite confrontarse con uno mismo, permite descubrir alguien lleno de potencialidades, de posibilidades que nunca habían podido manifestarse. La soledad permite aprender poco a poco a amarse, amarse lo suficiente para nunca más sentirse sola y entonces la soledad se vuelve una soledad habitada, constructiva, creativa, generosa con una misma, con uno mismo; una soledad que consiente, que desarma, que posibilita llegar a esta casa interior que todos y todas tenemos dentro pero que dejamos tanto al abandono por la ansiedad de estar siempre rodeados, rodeadas de otros, de otras.

La soledad es un regalo que uno se hace a sí mismo, a sí misma. Ese regalo me lo hice hace tiempo y, como dice Moustaki, mi soledad habitada se ha vuelto mi más dulce compañía. Toma todo el espacio en mi cama pero nunca me siento sola con ella. Pasar de vez en cuando un fin de semana sola en el apartamento es un goce, un regalo, una alegría sin nombre. Comer cuando uno tiene hambre, vestirse de vacaciones, ponerse los viejos suecos negros de los años setenta, disponer del tiempo al ritmo del deseo, escuchar una cantata de Bach o una canción de John Lennon a todo volumen y sin permiso, no responder al teléfono y no sentir el tiempo pasar.

La soledad permite el juego de la memoria, el juego de los espejos y el encuentro con este otro yo desconocido que siempre me habita. La soledad permite también la pereza, el sueño e incluso facetas desconocidas del erotismo. Mi piel para mí; mi deseo para mí; mi placer para mí. Qué regalo para una mujer! Pero no hay duda, es un lento aprendizaje; me acuerdo de los primeros meses, tal vez de los dos o tres primeros años después de mi separación, cuando todo era bueno con tal de no estar sola, cuando cualquier cosa, cualquier evento servía para tratar de conjurar la soledad. La soledad habitada, la soledad gozosa es una compañía difícil que hay que merecer porque ella no se regala. Con ella, las palabras ya no mienten, el tiempo tampoco y la vida se vuelve densa y a la vez más transparente.

Gracias a ella, he aprendido muchas cosas, he aprendido a escribir, a leer y a mirarme en el espejo sin miedo; he sabido también cuánto quería a la gente, a la gente que yo amo porque solo gracias a ella, a la soledad, conocí el precio de la compañía. A veces la traiciono pero siempre vuelvo a ella y sé que esta mujer amiga mía, cuando logre asumir su soledad, respirará mejor y sabrá con más claridad cuánto la queremos y cuán querida es.

* Coordinadora del grupo Mujer y Sociedad

13 de febrero de 2002

Tomado de: http://www.eltiempo.com/archivo/documento/MAM-1319351

Licencia del artículo: COPYRIGHT © 2011 – Titular de la licencia del artículo: EL TIEMPO Casa Editorial.

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