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sábado, 1 de octubre de 2011

La historia de Leonor Esguerra, Nuestra indignada

Por: Marianne Ponsford

Vistió con fervor los uniformes de la Iglesia y de la guerrilla. Y los dos los abandonó en su búsqueda vital de un país más justo. En un tiempo en el que Colombia ocupa el triste primer lugar en desigualdad en América Latina según el Banco Mundial, Leonor Esguerra es un ejemplo de vida tan atípico como deslumbrante.

Cómo entender que una adolescente simpática y fiestera, que apenas está comenzando a vivir, a enamorarse, a descubrir los pequeños placeres del mundo y la inocente vanidad de la primera juventud, decida, no bien cumplidos los 17 años, meterse a monja? Difícil. Pero la respuesta que da Leonor Esguerra es muy sencilla: qué vida más frívola aquella. ¿Vivir de fiesta en fiesta, de paseo en paseo? ¿Casarse con uno de esos hijos de papi? ¿Ser ama de casa? ¿Jugar a la canasta? Pues no.

Acababan de matar a Gaitán. Leonor había pasado por los mejores colegios de Bogotá, como correspondía a una niña de la alta sociedad, y ese año había entrado al recién abierto Colegio Marymount.

La gente pobre no le interesaba mucho. La consideraba parte del paisaje urbano. Creía en Dios y en la promesa de una vida distinta de la que le ofrecía la ensimismada capital. Una vida más espiritual. El avión Constellation, en el que partió a Nueva York el 24 de junio de 1948 hacia el noviciado de las Religiosas del Sagrado Corazón de María (las mismas que dirigían su colegio), marcaría el comienzo de una vida extraordinaria, de un destino forjado por un carácter que, desprovisto de todo ardor combativo, de inútiles vehemencias pasajeras, ha tomado con la más pasmosa tranquilidad las tremendas decisiones que le ha dictado su discreta y elegante indignación intelectual.

Claro que vio las cosas con otros ojos al volver, todavía adolescente, dos años después. Nueva York no estaba encerrada por los cinturones de miseria, por la aterradora pobreza que anidaba en Bogotá. La idea de ser profesora en el colegio que educaba a las niñas de la élite local le gustaba. Meditaba sobre el sentido profundo de la educación, sobre la oportunidad de educar a las hijas de esas élites para que cumplieran un papel más activo en la sociedad. Pasó varios años en el Marymount de Barranquilla, y en 1960, con apenas 30 años, fue nombrada madre superiora del Marymount de Medellín.

Eran años convulsos en América Latina y el mundo. La Revolución cubana acababa de triunfar y el Concilio Vaticano II inaugurado por Juan XIII había supuesto un revolucionario llamado a cuestionar el papel de la Iglesia en la sociedad. Leonor, ahora llamada la Madre María del Consuelo, volvió a Estados Unidos para continuar su formación religiosa y se encontró con una sociedad sacudida por el asesinato de Kennedy, por los discursos de Martin Luther King, las Panteras Negras, Angela Davies y la lucha por los derechos civiles.

Antes de cumplir los 35 años, Leonor fue nombrada directora del Marymount en Bogotá. El colegio era precioso y quedaba en las faldas del cerro, arriba de la iglesia de Usaquén. Justo debajo, el mismo colegio tenía su obra social: un salón de tierra pisada, mal iluminado y miserable, la escuelita para niñas pobres. Las madres de las alumnas del Marymount se reunían a tomar el té y tejer vestidos de encaje que una vez al año distribuían piadosas entre los pobres, que los vendían a toda prisa para procurarse de comer.

Leonor vio que aquello estaba mal. Simplemente acabó con El club de la madre Buttler (que así se llamaba), decidió que las niñas pobres merecían una educación y una infraestructura escolar de la misma calidad que las hijas de las élites, y se puso a la tarea de lograrlo. Así mismo, pensó que era absurdo que la educación de las niñas que luego se casarían con quienes iban a convertirse en los dirigentes del país, consistiera en clases de geografía de Estados Unidos, actividades manuales y la correcta dirección de las tareas domésticas. Las puso a leer la historia del país. Comenzó con La violencia en Colombia de Orlando Fals Borda. Fue el comienzo de la debacle.

Mientras tanto, Leonor seguía los turbulentos acontecimientos: la agitación que causaban las palabras y acciones del cura Camilo Torres, su ingreso a la guerrilla, que desaprobó profundamente por no considerar la lucha armada un camino correcto. Y luego, la asombrada tristeza tras su muerte en combate.

Siguiendo los dictados del Concilio y la necesidad de poner al día a la Iglesia, Leonor continuó su revolución educativa. Decidió fundar una escuela en el barrio Galán y consideró que lo correcto era que las hijas de los obreros recibieran una educación acorde con su condición y su tiempo. Se asoció para ello con los curas que, al calor de la Teología de la Liberación, buscaban acabar con la desigualdad social en América Latina y habían formado la histórica asociación Golconda, a la que pertenecieron los sacerdotes españoles Domingo Laín y Manuel Pérez antes de unirse al ELN. Leonor quería formar niñas, pobres y ricas, con auténtica conciencia de clase.

Pero la buena educación se paga. Se paga caro. Y en este caso, la pagó caro quien la propugnaba. Cada vez más incómodos, los padres de familia de la alta sociedad bogotana estaban con los pelos de punta. Sus hijas habían comenzado a hacerles preguntas impertinentes. Preguntas que tenían que ver con la situación de desigualdad del país. Incapaces de dar respuestas, comenzaron a quejarse de los cambios en el contenido educativo. ¡Era el colegio Marymount!

Tras protestas, reuniones, intervención de obispos y consultas, Leonor pensó que todo se solucionaría si ella se retiraba de la dirección. Lo hizo: se fue a Medellín. Pero aquello era imparable. Las ventanas abiertas no se pueden cerrar así no más. Es que aquello había que entenderlo a la luz de lo que estaba sucediendo en el continente. Y del miedo sempiterno de las élites nacionales a las ideas de izquierda: el triunfo de Fidel en Cuba, la crisis de los misiles, la aparición de las guerrillas en Colombia, la Teología de la liberación. Todo parecía presagiar la llegada del temido monstruo del viejo continente: el comunismo.

El detonante de la crisis parece una anécdota tonta: se llamó el Song Contest. Era un simple evento de final de año escolar, en el que las niñas de cada curso del Marymount preparaban un acto musical. Por supuesto, en inglés. Pero las alumnas del último curso se rebelaron y crearon un acto en español con un mensaje cristiano de justicia social basado en los evangelios, en el que se criticaba a la Iglesia y a la sociedad. Tras ires y venires, consultas en Roma y en Nueva York, titulares de escándalo en primera página de El Tiempo y en periódicos amarillistas, acusaciones de infiltración marxista en el mejor colegio de la ciudad, el Marymount cerró. El escándalo adquirió proporciones internacionales y el New York Times le dedicó media página al tema, con entrevista a Leonor.

Por supuesto, el Marymount reabrió después como un colegio laico (no se toleró desperdiciar el glamouroso nombre). Lo insólito es que ni las alumnas ni las exalumnas del actual Marymount, incluídas las más serias y estudiosas, tienen ni la más remota idea de lo que allí pasó. La historia fue borrada a la perfección. De aquellos eventos no se volvió a hablar nunca más.

*
Con visas canceladas, acusaciones de comunista, rumores delirantes sobre el comportamiento de las monjas (y monjas que efectivamente sí dejaron los hábitos), Leonor se retiró del colegio y en octubre de ese mismo año de 1969 decidió vivir de manera más genuina el voto de pobreza que mandaba la Iglesia. Se fue a Buenaventura a trabajar como maestra con un pequeño grupo de religiosas. Escogió el lugar simplemente porque conocía al cura que tenía allí una misión. Vivía con humildad extrema. Pero hacia finales de ese agitado año, recibe una noticia que la deja estupefacta: Fabio Vásquez Castaño le envía un mensaje diciéndole que quiere conocerla. Tras un tiempo de duda y zozobra, Leonor acude a la cita porque piensa equivocadamente que Vásquez quiere pedirle que ayude al cura español Domingo Laín, expulsado del país, a regresar. Ella había conocido a Laín en Golconda, lo había vuelto a ver durante un viaje a España y le profesaba un enorme cariño.

Leonor vuelve del encuentro en la montaña con Vásquez rendida de admiración por la lucha guerrillera y rendida de amor por quien en ese momento le parecía un heroico luchador en contra de la aterradora desigualdad social del país. Se convirtió casi de inmediato, sin pensarlo dos veces, en su feliz amante. Pero incapaz de empuñar un arma, comienza a colaborar en gestiones de apoyo logístico desde las ciudades. La convulsión política se mantiene durante toda la década siguiente. El ELN sufre no solo desastres militares sino que comienza el delirio de los fusilamientos al interior de la guerrilla. Leonor comete un error logístico (unos papeles mal hechos llevan a la captura de un militante en fuga) y Vásquez ordena, desde Cuba, su fusilamiento. Gabino se niega. De todas maneras, en 1979, Leonor tiene a la policía en los talones, escapa milagrosamente y tiene que salir del país. Llega a una Nicaragua en la que la Revolución sandinista acaba de triunfar y se renuevan las esperanzas de que una sociedad más justa es posible en América Latina. Es lo que Leonor había querido: sencillamente, una sociedad menos desigual. Menos pobreza, menos sufrimiento, menos injusticia económica.
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Leonor Esguerra es una mujer de una formación intelectual fuera de lo común. Ha leído el canon literario con pasión y la teoría marxista con rigor. Su desbordante simpatía, su bogotanísimo acento, sus educados modales y su avanzada edad engañan muy bien: uno cree que está ante una viejita adorable con la que puede dedicarse a hablar del clima y tomar el té. Engañan sin querer, por los prejuiciados arquetipos que nos condicionan. Pero Leonor es una mujer de una envergadura intelectual a toda prueba. Y de una inteligencia serena en la que confluyen alma, cerebro y corazón, en un equlibrio envidiable y gozoso.

Los trece años que vivió en Nicaragua fueron años de lecturas, de participación en la Revolución sandinista y de callado ejercicio de construcción de un andamiaje teórico y político que sirviera de hoja de ruta al movimiento guerrillero. Intentó darle al ELN una estructura internacional y tuvo la visión cosmopolita que a ellos les faltó. Participó en la Coordinadora Guerrillera en México, estuvo en Guatemala, conoció en Cuba a Fidel junto a Navarro Wolff. Estuvo con el comandante Tomás Borge, con Carlos Pizarro, con Jaime Bateman. Con la misma lucidez con la que décadas atrás había adivinado el genio literario de García Márquez el mismo año de la publicación de Cien años de soledad y lo había invitado al Marymount de Barranquilla (él aceptó, curioso y fascinado), Leonor trabajó de manera incansable en su educación intelectual y en intentar sacudir el parroquialismo de la guerrilla colombiana. Pero la historia es machista, la guerrilla también. En eso es idéntica a las élites que quiso combatir. Su nombre ha sido discretamente dejado de lado y el aporte de su voz ha sido desaparecido de la historia del debate intelectual de la izquierda colombiana.

Leonor decidió, tras la insistencia de su gran amiga la arquitecta peruana Inés Claux Carriquiry, contar su historia. Inés se encargó de desgrabar y escribir esa historia durante años de esporádicos encuentros y el resultado fue un manuscrito apasionante que el año pasado ninguna editorial quiso publicar, y que me llegó en una modesta edición títulada La búsqueda y patrocinada por amigos, de la que apenas quedan un puñado de ejemplares en tres librerías bogotanas: Lerner Norte, La Madriguera del Conejo y La Central. Pero esta historia debe ser publicada de nuevo por una gran editorial. Porque es una historia imposible de resumir aquí. Como lo es contar el extenso trabajo que Leonor hizo durante una década con mujeres en Medellín, tras volver de Nicaragua, enarbolando las banderas de un feminismo que no ha sido sino otro ropaje para un mismo ideal.

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La Historia es, sobre todo, el discurso de la Historia. La narración que hacemos. Los acontecimientos que elegimos como determinantes. Los personajes que consideramos protagónicos. La Historia se construye, y en esa construcción, se descarta, se omite y se ignora. Y se borra. Aun así, cada época cree que su versión de la Historia es la definitiva, la verdadera. Son certidumbres tan necesarias como falsas , y por eso es necesario demolerlas. La vida maravillosa de Leonor Esguerra Rojas, la historia de la participación de un individuo de valor excepcional en la Historia con mayúscula del país, es una que ha sido ignorada, borrada y omitida de la narración oficial. Algo hay que hacer para reparar esa equivocación y que se celebre la vida de una gran mujer que, a punto de cumplir 81 años, sigue serenamente indignada.

Leonor vive hoy en Chía, con su hermana Milena, viuda del gran escritor guatemalteco Augusto Monterroso. “Sí, soy marxista —me dice—. No he encontrado una mejor explicación del funcionamiento de la sociedad. Si alguien me la enseña, yo escucho encantada. Pero hasta ahora, no la he encontrado. No sé si Dios existe. Miro la naturaleza..., quizás soy panteísta. Pero lo que sí sé es que no me parece justo que después de una vida entera, todo se acabe. Yo pienso que, en algún lugar del universo, seguimos siendo. No me resigno a no ser”, agrega, y suelta una dulce y pequeña carcajada.

Tomado de: http://www.revistaarcadia.com/periodismo-cultural-revista-arcadia/revista-arcadia/articulo/nuestra-indignada/26157

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