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martes, 25 de octubre de 2011

Me gusta pintarme los labios de rojo

Por: María Jesús Méndez

Pareciera que el color y las palabras no pueden mezclarse. ¿Cómo de serio y creíble es un discurso que sale de unos labios pintados de rojo? Hace poco di una conferencia acerca de lesbianismo y visibilidad; cuando acabó se me acercó una de las asistentes y me comentó que antes de que comenzara la ponencia había descartado la profundidad e intensidad de mi mensaje por mi apariencia femenina. Que normalmente las activistas con un discurso más potente tienen el pelo corto y una imagen, si no del todo masculina, al menos más ambigua.

Vivimos en un mundo de hombres. La aparición de la mujer en la escena política, académica y laboral es reciente. Siguen siendo ellos los que, dependiendo del lugar del mundo en el que respiren, ostentan la tutela parcial o completa de la mujer; siguen siendo ellos los que, en la mayoría de los casos, cobran más por realizar los mismos trabajos que sus homólogas; siguen siendo ellos los que en número superan con creces a las mujeres en la presidencia de un gobierno, de una empresa o una institución. Entonces, si el poder está del lado de los hombres, ¿necesitamos parecernos a uno, o al menos imitar su apariencia, para conseguir consistencia y autoridad en nuestras palabras?

Antes de jugar el juego de poder, género y prejuicios, reconozco públicamente que me depilo, me plancho el pelo, me maquillo. Uso crema exfoliante, mascarillas para el pelo, crema hidratante de noche y de día; me gusta cuidar mi cuerpo y me encanta usar faldas y vestidos. ¿Y qué?

Un estudio realizado por la asociación Cogam en el año 2000 dio como resultado que las lesbianas pesan más que las heterosexuales, se preocupan menos por su apariencia, gastan menos dinero en cremas y se depilan menos partes del cuerpo. ¿Eso me hace menos lesbiana? ¿Eso hace que mi discurso por los derechos de las mujeres y de las lesbianas carezca de fuerza? ¿El delineador de ojos sirve también para fijar la autoridad sobre ciertos temas?

En principio parezco inofensiva para el sistema patriarcal. Mi apariencia no transgrede la norma, no desafía el paradigma de clásica mujer heterosexual. El “no pareces lesbiana” ha sido una respuesta recurrente que he encontrado en las infinitas veces que he salido del armario. Pero no pretendo que sea mi imagen mi arma contra la heteronormatividad. Mi principal herramienta de lucha es la visibilidad de mi desobediencia. Montica Witting decía que para una mujer, rechazar ser heterosexual no sólo era negarse a ser mujer (en lo que al “papel” de mujer se refiere), sino también negarse a estar sujeta al sistema patriarcal, económico, ideológico y político de un hombre.

La definición y redefinición del concepto de “mujer” no es sólo un proceso histórico entre las mujeres; es también un proceso íntimo, único y personal que experimenta cada una a lo largo de su vida. Desde niña me di cuenta de que la construcción del concepto “mujer “en mi familia se basaba en incompresibles actitudes destinadas a poner nuestras necesidades por debajo de las de los hombres. Eran ellos lo que se sentaban primero en la mesa y los que comían más. Éramos nosotras las encargadas de mantener una armonía en el hogar para el disfrute masculino: limpieza, comida, descanso, placer.

Dentro de las enseñanzas recibidas estaban las que dictaban que, por haber nacido con vagina, debía sentirme atraída por cualquier individuo que hubiera nacido con pene. A lo largo de mi adolescencia las revistas juveniles que leía con mis amigas reforzaban este concepto y enseñaban pautas para: gustar a los hombres, qué decir, cómo comportarse en una cita, cómo dar placer a los chicos, cómo llegar a ser la novia perfecta.

A los 23 años deserté de la heterosexualidad y me encontré un mundo lésbico que también tenía un paradigma de cómo ser lesbiana. En algunas ocasiones se dudó de mi lesbianismo hasta el punto de no dejarme entrar en sitios para chicas. La inseguridad de no encajar me llevó a cortarme el pelo y a usar menos maquillaje, hasta que dejé de sentirme cómoda representando un papel. Cualquier papel. El de la mujer heterosexual, el de la mujer lesbiana. Dejé de sentirme yo estando sujeta a cualquier sistema de prejuicios y valoraciones.

Elijo ser yo. Elijo transgredir a mi manera. Más que caminar por la calle con las piernas sin depilar, mi transgresión es hacerlo de la mano de una mujer. Hacer pública mi deserción de la institución heterosexual con el pelo planchado y los labios pintados.

Tomado de: http://www.mirales.es/editorial_detalle_junio2011.php

Licencia del artículo: Copyright - Titular de la Licencia de artículo: Mirales

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