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sábado, 26 de noviembre de 2011

Así cambiaron los paramilitares la vida de las mujeres

Por: Camila Osorio Avendaño / La Silla Vacía

La violencia paramilitar no fue sólo armada. La violencia también ha sido cotidiana. La presencia de guerrilleros y paramilitares ha permeado los discursos y también las costumbres de la vida diaria. Y aunque tanto hombres y mujeres han sido víctimas de la guerra, la guerra no los ha tocado por igual.

Esa es una de las grandes conclusiones de dos informes sobre el conflicto en la región Caribe, bajo una mirada de género, que lanzó hoy el equipo de Memoria Histórica, que busca reconstruir la barbarie paramilitar.

La Silla Vacía entrevistó a María Emma Wills, coordinadora del informe “Mujeres y guerra: Víctimas y resistentes en el Caribe colombiano” y entrelaza sus respuestas con apartes de los desgarradores testimonios de las víctimas que aparecen en el expediente y que mostramos en este texto en cursivas.

¿Cómo fue realizado este trabajo?

Primero buscamos organizaciones de mujeres en estas regiones y a algunas líderes en los casos más emblemáticos.  Este informe permite hacer una mirada de género en el marco del conflicto. Vimos el caso de Hernán Giraldo en La Guajira, las resistencias de las mujeres en Montes de María y perfiles de líderes en Córdoba. 

¿Por qué sólo el Caribe?

Inicialmente íbamos a hacer sobre todo el país, pero es demasiado complejo, las dinámicas son distintas en las regiones. Así que arrancamos con el Caribe porque Memoria Histórica había arrancado con esa región. Pero ahora se está haciendo también un informe en el Putumayo para reconstruir el orden guerrillero y cómo afectó a las mujeres en esas regiones. Hay que aclarar que hacer trabajos de género en Colombia es un trabajo pionero. Todavía falta mucho por saber y mucho sobre cómo hacerlo. 

¿Y qué impacto tuvo el conflicto sobre las mujeres?

Cada caso es distinto. En el caso de La Guajira es interesante mostrar cómo se rompen las tradiciones culturales con la llegada de los paramilitares. Hubo una ruptura para dominar y vaciar el territorio. Allá mandaba Hernán Giraldo, que se montó en patrones culturales hacendatarios, formó redes clientelistas armadas, y también fortaleció un esquema patriarcal. Es distinto al caso de alias “Pablo” en el caso de Bahía Portete que ustedes escribieron, porque “Pablo” no tenía legitimidad. Y Giraldo sí la consiguió.

Hernán Giraldo venía de la violencia cafetera, de las laderas del café en el Viejo Caldas. Se convierte en una figura más poderosa: maneja las juntas de acción comunal, ofrece orden, seguridad a los suyos, se vuelve la imagen bonachona violenta. Y a cambio de su seguridad, se forma un clientelismo paternalista, pero paternalista con armas. Lo llamaban “El Taladro”, porque utilizaba un taladro como arma de tortura contra sus enemigos. Pero también por su inclinación por las mujeres vírgenes. Para algunos padres, sus hijas se convertían en la mercancía que se intercambia en una relación clientelista típica: su virginidad a cambio de un préstamo, una plata, una herramienta de trabajo.

“Yo conocí tres muchachitas que fueron vendidas por sus padres a Hernán Giraldo, una era de 12, otra de 13 y otra de 15 […] yo estaba en la casa de él en Machete cuando llegaron. Cuando eso sucedía, él mandaba a todos los que estaban en la casa a encerrarse en un cuarto y el que observara algo ¡que se atuviera a las consecuencias! No sé qué pasaba. Él sólo decía eso. Yo observaba cuando llegaban, o sea, el papá o la mamá junto con la menor. Hernán les pagaba […] se quedaba con la menor en un cuarto”. 

Después entra “Jorge 40” a la región, y Giraldo se le enfrenta, pero “Jorge 40” tenía más hombres. Giraldo pasó a ser el comandante del Frente Resistencia Tayrona y bajó de estatus frente a “Jorge 40”, pero siguió siendo muy poderoso en La Guajira. Las AUC tuvieron intervenciones muy brutales en las masacres, pero las masacres son el límite de la violencia. Hubo otras cosas, que no eran límites, que no se cuentan y que muestran la violencia de género.

¿Qué no se ha contado?

Se quedaron por fuera otras formas de tortura. Por ejemplo, en una zona de El Retén se supo que los paras agarraron a un guerrillero en un municipio, lo sentaron frente a todos su habitantes y todos tuvieron que ver cómo lo torturaban, le quitaban las uñas. La mujer que nos lo contó dice que se enfermó después, le dio una trombosis. Y yo en los talleres oí a muchas mujeres hablar de eso, de quitar las uñas como forma de tortura.  

“En la puerta de mi casa [...] pegaron los sesos en la puerta. A raíz de eso quedé diabética y eso es un problema porque acá no hay auxilio médico, lo único que se consigue es el carro de la Policía y eso es un peligro. Como era invierno, yo le tengo miedo a los truenos. A medianoche sentí los tiros. Me dijo mi esposo: 'Ésos son los paramilitares que mataron'. La presión que sufro ahora me dio esa noche, lo que me pasa ahora es lo mismo que me pasó esa noche. Yo no tengo vida; cuando sea una noche oscura que se vaya la luz yo no duermo [...] los muertos dan miedo. La enfermedad me vino fue de eso, de los nervios, me vino la enfermedad fue de esa masacre frente a la casa”. (Entrevista a mujer en Sucre, noviembre de 2010).

Cuando digo que hubo mucho más que masacres, es porque hay que mostrar que en la cotidianidad se construyó un orden social, los paras tenían protocolos. Uno de los capítulos del informe cuenta lo que las mujeres tenían que hacer para protegerse en los Montes de María, en los municipios Libertad y Rincón del Mar, cuando gobernaban “El Oso” y “Cadena”. Ellos establecieron pautas de comportamiento, regularon la vida afectiva, los ritmos, los espacios cotidianos, la vida social y la sexualidad, especialmente de las mujeres.

“Por ejemplo, el tema de la ropa, de cómo se vestían. El tema de la misma expresión, sabes, son mujeres negras, afro y sus movimientos, su caminar, como me decía una de ellas, ya hoy en día las mujeres no caminan igual a como caminaban hace tiempo. Porque la muchacha me decía: “Mira, la mujer negra tiene un caminado como bailando, cuando camina, cuando vende, eso es un movimiento natural, va ahí dentro, pero ya las mujeres no tienen esa actitud”, ha sido una trasformación de las características de la comunidad, y claro, por protección, que no digan que es que los están tentando”. (Funcionaria pública, Sincelejo, octubre 2010).

Y ese nuevo orden social construido muchas veces se queda. Hoy en día, en barrios de Santa Marta, hay mujeres que dicen que “se llame a los muchachos”, para mantener el orden. La violencia de género se entiende en esas intervenciones cotidianas. Ellos construyeron un orden en el que castigaban distinto a los hombres y mujeres. Y eso, qué hacemos, se llama patriarcado: cuando un hombre dicta la ley sobre otros a su antojo, eso es patriarcado.  ¿Cómo más le llamamos?

¿Cómo eran distintos los castigos para mujeres y hombres?

Cuando terminó la segunda guerra mundial, en Francia, se raparon a muchas mujeres que se metieron con los nazis. En Rincón del Mar también hubo mujeres rapadas, porque eran díscolas, porque iban a fiestas, mientras que a los hombres los castigaban con trabajo forzado.

“Los hechos sucedieron el 31 de octubre de 2004, hace seis años: me cortaron el cuero cabelludo con una macheta. “El Flaco” vivía en la casa del frente de nosotros. Golpeó puertas, a mi marido le dio disparos y a mí no me quitó el cabello sino que me quitó el cuero cabelludo; me iba a meter viva en un hueco. Yo corrí, me metí en la casa de mi abuela bañada en sangre. Los carros no me querían sacar porque la gente temía. Sólo un señor se arriesgó a sacarme. En el hospital me cogieron cincuenta y pico de puntos y a los tres días me dieron de alta. La Policía de San Onofre me quitó las recetas de los medicamentos. Ellos eran los mismos: eran mandados por “Cadena””. (Rincón del Mar, entrevista a mujer adulta, Sucre, noviembre 2010).

¿Y la violencia sexual?

La violencia sexual es difícil de percibir, se siente más entre los silencios y las metáforas. Las mujeres no gritan “acá nos violaron a todas”. Además de sentarnos a oír a las mujeres que nos quisieron contar, las organizaciones de mujeres o de derechos humanos de la región generosamente nos compartieron sus bases de datos. La información hasta ahora analizada debe ser vista como un mínimo, porque aún es muy difícil contar.

Logramos conseguir 63 registros de violación sexual, unas oportunistas, pero otras estratégicas, que responden a propósitos de la guerra. En los registros que hicimos en el Magdalena, de 1991 a 2001, la mayoría de las violaciones eran estratégicas y aumentaron con la llegada del Bloque Norte. Aunque las FARC también lo hicieron. 

Aunque en algunos casos las violaciones estratégicas buscaban información sobre otro grupo armado, el informe revela casos de esclavitud sexual hacia las mujeres que no iban acorde al modelo femenino que querían imponer los paramilitares. Ese fue el caso de “El Oso”.

“Los argumentos que utilizaron los paramilitares para violar a las mujeres que se encontraban en los campamentos eran los mismos por los que éstas se encontraban retenidas: por ser “chismosas”, por pelearse entre sí y por “hacer escándalos”. “Las mujeres no podían pelear, les cobraba una multa, y si no, se las llevaba para la finca”. (...) Así las cosas, “El Oso” se autoinfería él estar prestando un “servicio”, que supuestamente iba más allá de la violación sexual y que consistía en “limpiar” los vicios de la sociedad mediante castigos ejemplarizantes contra aquellas conductas femeninas que los representaban (...). Se trataba de un cuarto oscuro, sucio y pequeño que tenía el suelo de tierra y que disponía de una pequeña ventana o rejilla desde donde la mujer retenida “veía la luz” a lo largo de su detención --que podía llegar a extenderse un poco más de una semana--, y a través de la cual se enteraba de que “El Oso” se aproximaba o se alejaba. Este lugar no estaba amoblado en absoluto ni disponía de servicios sanitarios, como se comentó en una entrevista: “No disponía de cama, ni estera, muebles, sillas, mesas, baño””

En Rincón y Libertad los paramilitares hacían reinados de belleza para escoger a las niñas más bonitas, eso los hacía más hombres. En la guerra se juega la codicia de tierra, de recursos, pero se juegan codicias masculinas también.

“Las menores participantes fueron obligadas a reunirse a solas con él (alias “El Oso”) y no se permitía que los familiares ni acompañantes de las muchachas participaran en el encuentro. Las candidatas que no aceptaron los requerimientos de “El Oso” tuvieron que irse de sus comunidades bajo amenazas de muerte” (...) “la percepción de la comunidad, es que todas las chicas fueron abusadas, pero hay una especie de pacto de silencio alrededor del tema” (Entrevista a funcionario público, Sincelejo, 2010). “Los calificadores de este reinado fueron políticos y paramilitares de San Onofre y la ganadora fue una niña de 14 años”.

¿Por qué armar un reinado?

Porque las reinas se volvían novias de los paras y las novias también son marcas de estatus, ellos estaban buscando legitimidad, respaldos.

Pero esos actos se daban también antes de que llegaran los paramilitares (las violaciones o las novias como marcas de estatus) ¿no?

Si, es cierto. En un capítulo del informe describimos los daños previos a la guerra de las mujeres. Las historias de horror también son previas al conflicto. Hubo mujeres que nunca habían hablado de sus violaciones de niñas. Una mujer en el Magdalena fue violada a los 15 años, porque trabajaba en la finca del papá y en una vereda una noche la violó un trabajador de la finca. Y las mujeres prefieren callar porque no saben cómo será la validación de la historia, oí millones de veces la siguiente frase, “es que las muchachitas buscaban a los paras”. Eso puede ser, algunas, pero muchas no, no es justo meterlas en el mismo paquete. Por miedo a que las juzguen, no cuentan. 

Ella se quedó con una violencia, no dijo nada, le quedó la cicatriz en la autoestima, hay un sentimiento de enorme culpa. Entra en una relación de violencia cotidiana con un compañero y tres niños. Ella no puede salir de la casa y cuando él reclama, una noche él le reclama, estaba tomado y la coge a correazos y a mordiscos. Pero de eso no se habla en este país. Y no hay refugios para estas mujeres.

“Este hombre no llegaba y eran las cuatro de la mañana y llegó él, en una borrachera y yo le reclamé que el alimento y que por qué ponía a los hijos a sufrir, que si no le dolían los niños ¿y él qué hizo? Encontró un cable de luz y me fue cogiendo con ese cable; ese hombre me daba […] Yo me arrodillé en el suelo, de los fuetazos a mí ese hombre me sacó unos verdugones de sangre. Yo daba era gritos y él se encarnizó con esa vaina y eso fue tan terrible. […] De los 10 años que duré viviendo con él no pude tener una experiencia buena de él; porque yo estoy marcada. Todos esos son mordiscos”

Y peor, en ese capítulo se ve cómo ese sistema autoritario se mantiene con la complicidad de las mamás. Es un sistema que no es hombres contra mujeres, porque las mujeres ante estos actos dicen “bueno, tocará aguantar”. Las víctimas terminan atrapadas, y las abuelas terminan reproduciendo el sistema, les dicen que aguanten. A esta niña le dijeron que se devolviera a estar con él cuando decidió huir.

La gente que cuestiona a las mujeres que se quedan donde hay violencia no ven que hay un tema también de falta de autoestima, de vulnerabilidad, que ellas no tienen un proyecto para salir. Para muchas, su proyecto es llegar a abuela, a ser una Úrsula Iguarán, con nietos, ser una matriarca. Porque solo cuando ya eres abuela, ya tienes el estatus. Antes, aguanta. Pero ojo, acá hay un déficit democrático que tenemos que hacer visible. Hay unos enclaves autoritarios que uno tiene que hacer visibles. De esos enclaves se aprovecharon los paramilitares, los reforzaron, los mantuvieron.

¿Cómo lo aprovecharon los paramilitares?

Yo creo que los paramilitares sacaron lo peor de esa condición humana, magnificaron esos esquemas, los convirtieron en un orden. Ya había unas reglas de juego, los paras las tomaron y las volvieron el eje estructurador de su orden. Cuando los paras no dominaban, había luchas en esas reglas de juego. Ellos pusieron las reglas patriarcales como las únicas reglas de juego en su dominio. Ellos tenían que poner el poder en una sola figura: yo soy el Estado, yo intervengo hasta en las peleas de novios. No tenías privacidad ni en la sala de la casa.

“A las mujeres las castigaba porque eran muy chismosas. No gustaban de ver un grupo de mujeres sentadas en ninguna parte”; las sancionaba “por chismosas, por pelioneras, por viciosas, por cualquier defecto que fuera malo para la sociedad” (entrevista hombre, Sucre Noviembre 2010).

“Si tú te peleabas conmigo porque me torciste los ojos, porque me pellizcaste al niño, las dos éramos castigadas, las dos teníamos que pagar una sanción y todo era económico y, si no tenías cómo pagar, ya viene la otra parte [...] o a veces las dos tenían que pagar económicamente pero a su vez tenían que pagar físicamente”. (Entrevista mujer, Sucre 2010).

Esta forma de castigo, a través del estigma, reforzó, e incluso produjo imaginarios y representaciones sobre la mujer en los corregimientos; se profundizó la idea de que la mujer debe mantener lo “privado” en lo privado, no debe hacer “escándalos” en la calle, ni “avergonzar” a su compañero, aun cuando éste le haya dado motivos; no debe discutir con otras mujeres y, por el contrario, sí debe mantener en privado lo conflictivo de sus relaciones sociales, y a ella misma.

¿Y los homosexuales?

En Montes de María, los paramilitares organizaron peleas de boxeo, porque la zona produce grandes campeones. Pusieron a boxear a las mujeres y a homosexuales, para humillarlos. Si trastocas el sentido cultural de las peleas, estás utilizando la cultura para humillar. La pelea de boxeo fue organizada por Marco Tulio Pérez Guzmán, alias “El Oso”, en la playa de Alto de Julio, en mayo de 2003. Los habitantes de Higuerón, Chichiman, Alto de Julio y San Onofre, se enteraron del evento cuando a sus casas llegó, de manos de paramilitares, una boleta de pago obligatorio por valor de 20.000 pesos.

“Ellos empezaron desde temprano. Vendían cerveza, ahí había de todo, comida, y colocaron a las personas a boxear. Tú sabes que poner a boxear unas personas que son gays, eso genera como mucha parodia para todos; todo el mundo se reía, parecía el circo romano: ellos boxeaban; los demás se reían. Entonces, allá a ellos les colocaban como unas batolas, sus guantes, y hacían un espectáculo como si fueran mujeres que estuvieran pegándose cachetadas. El boxeo de un hombre es a golpes pero allá era dándose cachetadas. Entonces eso daba cierta risa, producía emoción, la gente se reía. Yo ví como catorce parejas, pero eso se extendió. Cuando yo me vine eran las ocho pero me imagino que eso continuó”. (Mujer adulta, Sucre, 2010)

De los homosexuales que fueron forzados a participar en la pelea de boxeo, uno fue asesinado por paramilitares en el casco urbano de San Onofre meses después del evento. Otros se desplazaron de San Onofre justo después del hecho y algunos habitan aún en la zona.

El informe habla de mujeres víctimas, pero también de resistencias...

A la vez que encuentras estas historias duras de violaciones, en el Magdalena encuentras mujeres que lograron seguir adelante. Una de las mujeres violadas, por ejemplo, es hija del Perrenque, que es un movimiento de los setentas cuando la ANUC invadía tierras y algunos campesinos consiguieron adjudicaciones. Los hombres se cansaron en un punto, pero las mujeres siguieron reclamando su derecho a la tierra. Pero era otro país, las viejitas invadían, pero como el INCORA o la misma ANUC eran machistas, entonces los títulos no terminaron a nombre de ellas, sino de los hombres.

Bueno, ella en todo caso logra que le titulen su tierra en los ochentas, pero los paracos se la despojan en 2001. Ya tenía unas vaquitas, ya tenían 10 trabajadores, creía que sus hijos iban a tener un futuro mejor. Ahora vive en una casa pobre y vuelve a arrancar desde cero.

Mi opinión es que la opinión pública, o quienes se informan, digamos, ven que pasan cosas horrorosas como las violaciones o las masacres, pero en la guerra hay historias de mujeres que también conmueven. Conmueven, porque uno se pregunta de dónde sale toda esa justeza que tienen algunas.

Por ejemplo está María Zabala, en Córdoba, que vive en una finca con 15 familias desplazadas dónde llegan los paramilitares. Ella sabe salirse de condiciones impredecibles, sabe responder con autonomía, con autoridad. Su hija cuenta cómo van a Valle Encantado, a una adjudicación, sobre la patria potestad de un bebé de la cual se van a encargar los paras. Ella tiene tal rectitud, que a ella la respetan. (Claro, también porque ya es abuela).

““Nosotras debemos resolver nuestros problemas de forma interna”, seguía repitiendo mi madre como lora vieja, hasta que un día se presentó un problema de paternidad en Valle Encantado. La comunidad en pleno se había reunido para tratar de resolver las discrepancias creadas entre dos familias: una chica, hija de Alicia Arroyo, miembro de la cooperativa, había quedado embarazada del hijo mayor de la señora Oveida, también miembro de la cooperativa. Él pretendía quedarse con la bebé que tenía escasos días de nacida y además era prematura, pero la madre de la niña tenía un nuevo compañero y quería criar a su hija. Cuando estaban en plena discusión aparecieron el comandante de los paras y sus secuaces, preguntaron cuál era el problema y dijeron que le darían solución de inmediato. Mi madre dijo que no era necesario, que la comunidad ya lo estaba resolviendo, pero esta vez no se iban a dejar zafar tan fácil; alguien les había informado lo que estaba ocurriendo; dijeron a mi madre: “No, señora, usted no siempre tiene todo bajo control, esto se le puede volver una pelea y para eso estamos aquí”. Era la primera vez que se dejaban ver uniformados y con fusiles al hombro; toda la gente estaba aterrorizada pero mi madre era cautelosa y les dijo que el problema ya estaba resuelto: la niña se iba a quedar con su madre porque una Comisaría de Familia tenía el proceso; además, la bebé era prematura y necesitaba el calor de su madre, que nadie estaba peleando y que se iban a respetar los acuerdos que se habían hecho”.

Otro día llegan los paras con comida para distribuir gratuitamente. Ella dice que está bien, pero que mejor se la den a otros que la necesitan más, porque sabe que está en juego la autonomía de la comunidad, no quiere dejarse cooptar por estos tipos.

“Pero ese día fue inevitable topárselos, se metieron en la reunión con sus mercados, saludaron, se presentaron y ofrecieron sus mercados. Oveida fue la primera que les dijo: “Muchas gracias señores, pero nosotras no necesitamos de esos mercados, el PMA nos ha dado raciones de alimento en estos días, sabemos que hay otras personas que necesitan esos mercados y no podemos ser injustas, de nuevo gracias por tenernos en cuenta”. Mi madre reafirmó las palabras de Oveida y el resto de la comunidad hizo lo mismo; los hombres del grupo armado no hicieron más que lanzar felicitaciones a la comunidad, en especial a las mujeres que eran las interlocutoras. A todas les había dado miedo, pero pensaron que era mejor no aceptar que estos grupos insurgentes se fueran metiendo con artimañas en la comunidad y que nadie del Valle Encantado se relacionara con ellos”.

Llegan otra vez, pero le van a cortar el pelo a los muchachos. Ella les habla del derecho al libre desarrollo de la personalidad, que eso está en la Constitución y ellos se dicen defensores de la Constitución. El tipo queda quieto.

“Uno de los hombres armados empezó a caminar entre los jóvenes, se buscó en sus bolsillos y sacó unas tijeras con las que pretendía cortarles el cabello a los chicos, que ya estaban de mal genio y no se iban a dejar tan fácil al ver la reacción de ellos. Mi madre le dijo al hombre: “Me parece que ésa no es la mejor manera de llegarle a la gente, sé que ustedes tienen intereses políticos a futuro; ésta es la gente que puede votar por sus propuestas, pero no creo que quieran si les imponen este juego. Además la Constitución Política de Colombia dice que la gente tiene derecho al libre desarrollo de la personalidad y eso implica llevar el cabello como se les antoje. Si ustedes están enseñando normas, deberían empezar por las que se encuentran en la Carta Política”. El hombre quedó perplejo al escuchar esas palabras; en los imaginarios de esos grupos está el que la gente es bruta e ignorante y fácil de embolatar. El hombre dijo: “Perdón señora, no sabía que era abogada”. Ella le dijo que no era abogada, que simplemente era una ciudadana que conocía y acataba las normas de su país”.

Hay otras formas de resistencia. En Montes de María, la gente resiste con magia, con brujería. Aunque mucha gente podría ser escéptica frente a eso, finalmente es una forma de decir “estos tipos no dominan todo un mundo, no dominan la cultura, no dominan mi vida”. La gente también cambió sus horarios para salir, o entendió formas para seguir viviendo. Esos pequeños gestos de la cotidianidad también son formas de resistir.

Esas son individuales, pero también hay resistencias organizadas donde las mujeres se reúnen. Las reuniones son claves, son donde los discursos de derechos por las mujeres se van esparciendo, donde unas comienzan a hablarte con más propiedad sobre los procesos de cambio. Ahí hay varias organizaciones, como la Ruta Pacífica, la Corporación María Cano, ahí se divulgan las prácticas organizativas. En el informe hablamos de este proceso como un proceso de polinización: se difunde una idea, así como cuando el polen de una flor sale y por el viento o por el aire, fructifica otras flores. En estos encuentros construyes confianza, se intercambian prácticas, conocimientos que no pasan por la universidad. 

¿Qué lograron esas organizaciones?

Por lo general, el trauma de la guerra te rompe un proyecto de vida, también genera un silencio, se piensa “yo sólo soy una desplazada más”. En estos encuentros y ante la ausencia de institucionalidad para ellas, estas mujeres se recomponen. Aunque algunas mujeres dicen que toca bajar el perfil, organizan reuniones comunitarias, microempresas, así se ayudan.

¿Qué función política terminaron teniendo en la guerra?

Hay que aclarar que a estas mujeres no las politiza la guerra, esa es una idea errónea que se ha hecho de las mujeres en el conflicto. Antes de que llegaran los paramilitares María Zabala era ya presidente de una junta de acción comunal, Magola Gómez dice que cantaba el himno gaitanista cuando era chiquita. Justamente una de las crónicas es sobre una de las mujeres que sube a la dirección nacional liberal, Magola. Ella se casa con el dueño de una radio difusora de Montería. El tipo logra construir un movimiento liberal radical y se llama La Piragua. Ahí construye un fondo de ayuda mutua que le ayuda a esa persona. En Córdoba están los López, los Jattin, este tipo les va sacando tajada. En el 74 va a Montelíbano, dónde está el ELP, es uno de los primeros secuestrados del EPL. Lo secuestran, el Ejército trata de recuperarlo y lo matan en medio del fuego cruzado. Ella coge un micrófono en la radio.

“A Germán lo secuestran el 5 de mayo y lo matan el 9 del mismo mes y lo enterramos el 12 porque a él lo mataron por los Llanos de Tigre, entre los límites de Córdoba y Antioquia […] querían enterrarlo en la montaña y yo cogí el micrófono de la emisora y llamé a los campesinos de Montelíbano, de San Francisco del Rayo y les dije: “Compañeros, acaban de asesinar al líder Germán Gómez Peláez y el Ejército quiere enterrarlo en las montañas del San Jorge. Yo les pido que lo saquen a San Francisco del Rayo, tomen una hamaca, échenle cal al cadáver y tráiganlo ustedes a San Francisco del Rayo””.

Y sí, 500 campesinos fueron por él. Cuando ves las fotos del entierro, no cabía una aguja. Ella dice que es un mar de banderas rojas. Ella les pregunta si quieren que ella continúe con el movimiento de su esposo y le dicen que sí. Luego conoce a Galán, tiene fotos con López Michelsen, con Pardo. Cuando ella era una maestra de escuela inicialmente, se vuelve una mujer muy importante en el Directorio Nacional Liberal.

¿Qué queda para ellas ahora?

El informe es claro en que en estas regiones, la guerra continúa, pero no son los mismos actores. Ya no está la misma estructura en bloque que tenían los paramilitares. Y, ahora, creo que son más pandillas que están metidas en el negocio del narcotráfico. Pero el miedo, las amenazas, siguen. Ahora mismo hay ahora una mujer que trabajó con nosotros, saliendo del país. Está amenazada y le mataron al marido.

Con este informe al menos esperaría que a estas mujeres que han vivido la guerra y la siguen viviendo, se les mirara como modelos, como símbolos de esperanza. Que se viera cómo, a pesar de la degradación de la guerra, hay personas que se mantienen con fuerza, con rectitud. 

Tomado de: http://www.lasillavacia.com/historia/asi-cambiaron-los-paramilitares-la-vida-de-las-mujeres-29680, 17 de noviembre de 2011

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