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martes, 1 de noviembre de 2011

El plus de odio

Por: Juan Carlos Volnovich

Increíble pero cierto: las mujeres en el poder generan una resistencia tan grande, que se cristaliza en odio.

En las últimas décadas —a partir de los años cincuenta— se han abierto lugares de poder tradicionalmente vedados para las mujeres. En el mundo ya suman diecisiete las mujeres Jefas de Estado o de Gobierno y es probable que el feminismo teórico, el feminismo político y el movimiento mundial de mujeres no sean ajenos a este fenómeno.?En realidad, son más los espacios abiertos por y para las mujeres que los espacios ocupados, y es de sospechar que esto se debe antes que a los obstáculos habituales provenientes de la realidad exterior, a las dificultades que anidan en el seno de lo íntimo y se expresan como una tendencia hacia la autoexclusión.

Todo hace pensar que a las mujeres se les hace más difícil que a los hombres desplegarse en la esfera pública; no obstante, cuando lo logran, cuando por fin logran instalarse en la punta de la pirámide jerárquica y ejercen el poder, dos son las reacciones más frecuentes que se disparan: por un lado el fenómeno se asume como “antinatural” de modo tal que todo un dispositivo resistencial se pone en marcha; un dispositivo que generalmente se organiza alrededor de un plus de odio, de una furia irracional que recuerda —y mucho— a los aires del fascismo. Por el otro lado se las acepta, se las incorpora, diría, a cambio de inscribir el hecho en perfecto acuerdo con los prejuicios patriarcales que dominan el cuadro.

Ambas reacciones —el plus de odio destinado a Cristina Fernández de Kirchner, la mujer que se atrevió a cometer la “herejía” de postularse como Jefa del Estado, y las narrativas tradicionales que rodearon la aceptación (más aún: la idealización) de Evita como figura abnegada que se inmola por la causa del hombre que ama, o el apoyo a las Madres de Plaza de Mayo como capitalización política del “instinto maternal”— circularon en estado puro por la Argentina. (Un plus de odio que bien podría compararse con el que despiertan las figuras colombianas de Piedad Córdoba e Ingrid Betancourt.)

Por que, si bien es cierto que Fernández de Kirchner no es la primera mujer que se atreve a asumir las máximas funciones en la estructura de la nación, sí es, tal vez, la primera que lo hace sin renunciar a su cuerpo erótico, a su desempeño conyugal y a sus atributos maternales. Es, además, la primera que llega a ocupar la punta de la Jefatura del Estado por mérito propio en elecciones democráticas. Antes, Isabel Martínez de Perón llegó a la presidencia del país (1974) de manera vicaria: a partir del fallecimiento de Perón. Y Evita nunca lo consiguió: ella renunció a los honores, pero no a su puesto de lucha. Evita, muy “femenina” (entiéndase bien: leída en clave patriarcal) cosechó odios y enemigos pero, por sobre todo, fue amada e idealizada hasta el exceso porque se postuló siempre por debajo de Perón, siempre al servicio de la “causa”, dejando jirones de su vida por amor al Líder y a sus pobres “cabecitas negras”. “Perón es el águila; yo soy apenas el gorrión”, decía, sabiéndose cóndor.

Evita fue, sin lugar a dudas, una figura emblemática de la política argentina, no tuvo hijos y el rédito político lo logró respetando la consigna que glorifica el prejuicio: detrás de todo gran hombre hay una gran mujer. Evita, que tuvo peso propio y que ejerció un liderazgo seguramente más coherente que el del propio Perón, se allanó a decir que ella solo era la sombra del poderoso.

Así, coherente con el código tradicional, pudo llegar a convertirse en figura insoslayable de la política: aunque tal vez más influyente que poderosa. Si Evita pudo circular por la esfera pública gracias al salvoconducto que adecuaba su cuerpo de mujer joven y atractiva a los imperativos patriarcales, Hebe de Bonafini (una de las fundadoras de las Madres de la Plaza de Mayo) lo hizo gozando del prestigio que en ese ideario el amor maternal le otorga a las mujeres. Las Madres de la Plaza de Mayo descubrieron que el amor a sus hijos y a sus hijas era su fuerte y que con esa fortaleza podían desafiar cualquier poder que les fuera antagónico.

Otras mujeres han llegado a ser Jefas del Estado o del Gobierno. Claro está que en un mundo globalizado no es lo mismo estar al frente de un país emergente que estar al frente de un país desarrollado —no es lo mismo dirigir el destino de Liberia que dirigir el destino de Alemania—, pero aun así estas mujeres tienden a adecuarse a los estereotipos patriarcales que las quieren de trajecito sastre, a veces maternales como Michelle Bachelet (ya que así como aman a sus hijos deberían saber amar a los ciudadanos que gobiernan); a veces enérgicas y autoritarias como madres leonas que defienden a su cría, como Ángela Mérckel; a veces como esposas dominantes que imponen sus caprichos; a veces marionetas que obedecen al amo, pero nunca como cuerpo erótico, como figuras sexualizadas en clave feminista.

Antes aludí al dispositivo resistencial que se pone en marcha cuando una mujer accede al ejercicio del poder y sugerí que era allí donde deberíamos buscar las causas del plus de odio destinado a Cristina Fernández de Kirchner, la mujer que se atrevió a cometer la herejía de no renunciar a los honores y postularse como Jefa del Estado. Pero el caso es que Cristina triunfó en esas elecciones.

Aquellas elecciones en la Argentina coincidieron con las respectivas candidaturas de Hillary Clinton y Ségolène Royal. Estas dos últimas no tuvieron la suerte de Cristina. Pero nunca se ha analizado, por ejemplo, el caso de Noemí Sanín en las pasadas elecciones desde la perspectiva de género. La psiquis de los electores colombianos no parece preparada para que una mujer sea presidente.

Pero volvamos a lo que antes afirmé: una cosa es dirigir a un país emergente (Chile, Argentina o Colombia) y otra, muy distinta, ocupar el primer puesto en un país del primer mundo. Seguramente no ha sido la única razón pero los norteamericanos, atravesados por un racismo que les viene desde los inicios, prefirieron elegir a un varón negro antes que a una mujer blanca.

Y aun así, sería bueno sospechar acerca de cuánto de avance y cuánto de retroceso se juega en el acceso de mujeres a la Jefatura de los Estados. Sobre todo, por lo que ya se sabe: cuando una mujer accede a lugares que son cotos masculinos, es porque el poder, el verdadero poder… ya no pasa por allí. Entonces, así como ponemos el foco para descubrir la presencia femenina y las figuras que adoptan cuando acceden a los puestos dominantes de los Estados (debilitados después de décadas de reconversión neoliberal de las economías globales) sería bueno, también, intentar descubrirlas en los puestos dominantes de las empresas transnacionales, que son las que dirigen los destinos de la humanidad.

Tomado de: http://www.revistaarcadia.com/periodismo-cultural-revista-arcadia/articulo/el-plus-odio/26381, Publicado el: 10 de octubre de 2011.

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