Por: Cynthia
Montaño
Escucha
sus fuertes pisadas
tu
corazón se agita
eres
presa de una hambrienta manada
corres
más más
por
la húmeda selva
es
imposible, pero esperanza de vivir conservas
quieres
dejar la vida violenta
porque
comprendes lo absurdo de la guerra
porque
te colmaron los abusos a tu cuerpo
te
obligan abortar, te pesa ese recuerdo
está
decidido, serás libre o morirás en el intento
aunque
pocas triunfan y más han muerto
y
el fin de tu vida lo defina una bala en tu cuerpo
quizá
lo logres, sigue corriendo.
Desde
mi rancho, sus gritos de dolor escuché
en
su último suspiro llamaba a su madre Inés
era
Ana María, una niña de 16
que
por la violencia era juzgada con dureza
le
cobraron el pecado de defender sus derechos
y
expresarse
y
luchar por su techo
con
una condena de violación, tortura y muerte
sus
pechos mutilados se exhibieron ante la gente
para
que obedeciéramos el control
para
que huyéramos en silencio
o
más niñas gritar oyéramos
o
nuestras hijas serían las que morir viéramos.
Ella
creía que sería como en las novelas
pues
había sufrido mucho en la vida
esperaba
que de un cuento el príncipe apareciera
y
creyó encontrar el amor de su vida
el
que fue su esposo
el
que a golpes la acariciaba
el
que de sida la enfermó en su cama
era
parte de la rutina para ella
su
último suspiro fue
por
eso esta historia no la cuenta ella.
Es
otra ama de casa,
otra
obrera,
otra
prostituta,
otra
guerrillera,
otra
madre soltera,
otra
sindicalista,
otra
de derecha,
otra
izquierdista,
otra
blanca,
otra
negra,
otra
india,
otra
joven,
otra
niña,
otra
desplazada,
otra
periodista,
otra
mujer más que muere, pero a quién le importa
le
importa a los que hacen en mujeres
sus
campos de batalla
a
la impunidad que olvida y calla
que
a ti te importe
seas
hombre o mujer
podría
tu hija ser, tu madre, tu esposa
también
usted.

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