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martes, 29 de noviembre de 2011

Totó La Momposina, Guerrera y cantadora de historias de mar, sabana y río


Por: Gloria Triana

Con la piel color majagua como los bogas de la piragua del Maestro José Barros, la cabellera de Juana Peinate, la mujer que tenía un gallo que ponía huevos de oro y curaba los niños del mal de ojo; la sonrisa y la potencia de la voz de Miguelina Epalsa, la cantadora de tambora de Altos del Rosario, donde los muchachos lloraban cuando Alejo Durán abandonaba el pueblo; la fortaleza de Libia Vides, su madre, que con el canto y la danza borró las tristezas de su peregrinaje, y la ternura, la sensibilidad y tenacidad de Daniel Bazanta, su padre, que tocaba tambor con la misma pasión y rigor con que elaboraba sus zapatos, Sonia Bazanta, Totó la Momposina, con los bailes cantados de los pueblos ribereños del Magdalena, las cumbias, los bullerengues y los porros, y con su voz ha llenado los escenarios de muchos países de Europa, Asia y América.

Totó vive en Bath, una ciudad cerca de Londres desde donde planea sus giras por el mundo.

La infancia en Talaigua

Bonita tu casa de palma
Bonita su varazón
Bonita la que está adentro
Prenda de mi corazón
(Versos de los bailes cantados)

Totó, ¿cuando estás en el camerino en Londres antes de salir a cantar en el Barbican Center, por ejemplo, no piensas a veces en tu infancia en Talaigua?

Cuando se está en cualquier lugar del mundo siempre pensamos que vamos a mostrar en el escenario todo lo que aprendimos desde niños, y comenzamos a trasmitir ese sentimiento y esa felicidad.

Mis primeros recuerdos de niña en Talaigua donde yo nací se asocian con una casa de techo de palma, una cama de horqueta y un toldillo amarillo, nosotros todos adentro y mi mamá echándonos fresco para protegernos no sé de qué, esa es la visión que conservo entre brumas. Tengo también el recuerdo de mi tío Edulfo, que tú conociste, y el sonido lejano de los tambores cuando los mayores se reunían en el atrio de la iglesia y cantaban y bailaban los chandés para la pascua. Tengo la visión del barco David Arango que recorría el Río Magdalena todo pintado de blanco, con las puertas y ventanas azules, y nosotros embarcándonos, pero lo que no tengo bien claro es si fue en Talaigua o en Barrancabermeja desde donde nosotros dejamos nuestra tierra para nunca volver a vivir en ella.

El comienzo de la peregrinación

¿Por qué salió la familia Bazanta de su pueblo?

Mi mamá dice que salimos de Talaigua por la violencia. Nosotros éramos liberales y había empezado ya la persecución. Eso ocurrió antes de la muerte de Gaitán. La primera etapa vivimos en Barranca. Allí mi padre instaló su taller de zapatería y mi mamá les vendía la comida a los obreros. De Barranca nos fuimos para Villavicencio pues la Troco había encontrado petróleo, y mi papá decidió instalar su taller allí para hacer los zapatos de los obreros de la petrolera.

Pero también allí empezaron a perseguirlo. Recuerdo que una vez tuvimos que escondernos en una finca en Apiay en un granero en medio de un pocotón de bultos de arroz. Un día llegaron al almacén de zapatos unos hombres vestidos de caqui, destrozaron las vitrinas, cogieron a culatazos a mi papá y se lo llevaron. Tengo además la imagen del toque de queda en Villavicencio que era a las 6 de la tarde y después de esta hora empezaban a disparar. Nosotros no nos acostábamos en la cama sino en el suelo, y cuando salíamos para el colegio caminábamos encima de los muertos que yacían debajo de los palos de mango de la plaza.

Cuando mataron a Gaitán, a mi papá se lo llevaron para la cárcel porque lo confundieron con alguien parecido a él y que estaba metido en la guerra entre liberales y conservadores. Mi padre era el ser más pacífico del mundo. Fue entonces cuando el doctor Pachón Padilla que era nuestro pediatra nos ayudó a venir a Bogotá y nos consiguió un apartamento de dos piezas en el barrio de las Cruces.

El rechazo al sonido del tambor y al color de la piel ¿Qué pasó con la música en esta peregrinación de Talaigua a Barranca, de Barranca a Villavicencio, de Villavicencio a Bogotá?

Mi mamá, mis hermanos y yo llegamos primero a Bogotá, y mi padre se reunió con nosotros después, cuando salió de la cárcel. Yo no entendía en esa época por qué era un delito ser liberal, por qué mi padre debía tener un taller clandestino de zapatería, que era lo único que sabía hacer además de tocar el tambor. En Bogotá empezamos a sentir la necesidad de la música pero cuando de pronto cogíamos un tambor los vecinos gritaban: ¡que se callen esos negritos¡ ¡callen a esos negritos! ¡cállense, negritos!. Y cuando salíamos a la calle nos decían: “negras, corazón de chulo, pensamiento de burro”.

En esa época, yo me escondía cuando veía pasar adolescentes de mi edad pues me daba miedo que me dijeran malas palabras. De las Cruces nos fuimos en tonces al barrio de la Culebrera. Conseguimos una casa lote, y en la parte de atrás teníamos una huerta donde sembrábamos cebolla, calabaza, papa criolla y de la otra, y nos sentíamos bien pues teníamos otra vez el contacto con la tierra.

En Bogotá, la vida empezó a cambiar cuando a mi papá le dijeron que había un barrio donde sólo se fabricaban y vendían zapatos. Entonces nos fuimos a vivir al barrio Restrepo.

El reencuentro con la tradición Totó, mientras te oigo pienso en el desarraigo y en las pérdidas que ocasiona el desplazamiento. ¿Cuándo retoman ustedes las tradiciones de la cultura de los pueblos del río?

Cuando llegamos al barrio Restrepo, mi mamá encontró al fin el espacio para expresar todo lo que llevaba muy adentro. La casa era grandísima. Un día cualquiera ella nos dijo que se iba para Talaigua, a traer unos tambores, un millero y un gaitero para que nosotros no olvidáramos las tradiciones de nuestro pueblo, y los trajo. Ellos vivieron con nosotros varios meses mientras aprendíamos. Yo tenía entonces como trece años, y cuando ya habíamos aprendido algunos cantos y bailes, mi mamá armó un grupo y nos llevaba a concursos.  Ensayábamos con música en vivo, sábados y domingos, en un patio que tenía sembrados cincuenta ciruelos. El primer contrato que tuvimos fue en Usaquén cuando Rojas Pinilla comenzó a hacer conciertos en el parque (por cierto recuerdo que esa presentación nunca la pagaron). De ahí en adelante, empezamos a viajar a las fiestas de otros pueblos en el Tolima, Cundinamarca y Caldas, y mi mamá le puso al grupo, el nombre de “Danzas del Caribe”, que estaba conformado sólo por la familia.

Las fiestas en el patio Totó, ¿por qué la casa de la Familia Bazanta se convierte en aquella época en el sitio de encuentro de toda la gente que estaba vinculada a la cultura popular?

Como los ensayos de los sábados se convertían en fiesta, nuestra casa se volvió el punto de referencia de todos esos muchachos que venían a estudiar a Bogotá desde Mompox, El Banco, San Sebastián, Barranquilla, Cartagena, Santa Marta, que eran los parejos de baile de todas nosotras, y por las noches bailábamos la música de “Pacho” Galán, “Lucho” Bermúdez, los Corraleros de Majagual, la Sonora Curro, la Sonora Matancera, y bailábamos bolero. Mi papá salía con nosotros a comprar los discos para las fiestas y ya entonces existían las grabaciones de acordeoneros como Abel Antonio Villa, Luis Enrique Martínez, Pacho Rada, Alejo Durán.  Mi papá compraba música de banda, pero también a Leo Marini. A nosotras nos gustaba también la música de Los Beatles y los Rolling Stones. Éramos como una esponja abierta a todo tipo de música.

De la escuela del patio a los escenarios

¿Como trasciende ese ambiente musical doméstico y se vuelve una expresión para el público?

Cuando llegó la televisión a Colombia el patio de mi casa fue la escuela que nos permitió participar en un programa que se llamaba “Acuarelas costeñas”, en donde hacíamos música tradicional y se presentaban artistas de la televisión. Nunca se me olvidará que hicimos un montaje donde aparecía Raquel Ercole, nosotros éramos los africanos y yo cantaba la canción “Tembandumba”; el montaje se refería a la manera cómo se integraban las culturas de los esclavos en el Nuevo Mundo. Esa canción fue compuesta por Esteban Cabezas y Alvaro García, y el libretista era Guillermo Valencia Salgado, el “Compae Goyo”, quien manejaba todo el concepto del programa. Como este programa se hacía en vivo todos los sábados, teníamos que cambiar permanentemente el repertorio, hacíamos cumbias, bullerengues, mapalés y además introdujimos también los bailes cantados y los merengues que era como se llamaba en esa época la música de acordeón.  Como Esteban Cabezas era del Pacifico, aprendimos también arrullos, bundes, currulaos, abozaos, danzas y contradanzas.

Creo que fue por este programa que mi papá se volvió amigo de Gustavo Vasco, quien reunía en su casa a intelectuales como Tito de Zubiría, Fabito Lozano Simonelli, y poetas, escritores, pintores. Nosotros íbamos a cantar en sus fiestas. Y cuando mi papá, que se inclinaba por la música de acordeón, empezó a organizar parrandas con los acordeoneros, todos estos personajes iban a nuestra casa. Mi papá, que nació en Magangué, era hijo de un músico de allá, director de una banda y tocaba muy bien el clarinete. Pero las parrandas de mi casa en aquella época no sólo se hacían con acordeón, pues allí llegaban los gaiteros, los milleros, las bandas. Los jóvenes hacíamos matinés bailables, y bailábamos salsa pero también porro y cumbia y, desde luego, vallenato.

Al contar esto, mezclo todo porque todo eso se mezcló en esa época. A la casa llegaban Aníbal Velásquez, Náfer Durán, Alejo Durán, Abel Antonio Villa, Emiliano Zuleta, Lorenzo Morales, pero también Delia Zapata que ya había empezado con Manuel, su hermano, su trabajo sobre la cultura popular.

De la escuela del patio a la escuela del río

Hay recuerdos inolvidables de ese primer viaje que hicimos las dos cuando recorrimos 11 pueblos ribereños del Río Magdalena y recogimos información sobre 35 danzas y no sé cuántos cantos. ¿Te acuerdas por dónde empezamos?

Eso fue en los comienzos de los años 70. Llegamos en tren a Tamalameque, después por carretera fuimos al puerto y de allí tomamos una chalupa para El Banco, y de aquí a Barranco de Loba donde nos encontramos con Venancia Buenosbarrios, la cantadora del pueblo, que no había vuelto a cantar porque los jóvenes se burlaban de ella y cuando llegamos a su casa estaban bailando el “zumba-que zumba, zumba la pava” porque era el velorio de su nieto que había muerto la noche anterior. Te impresionaste pues nunca habías visto un velorio de angelito.

De allí salimos tristes, y alguien nos dijo que para recoger cantos tradicionales debíamos irnos para Altos del Rosario, un antiguo palenque de negros cimarrones donde había muchas cantadoras y tamboreros. Al llegar al puerto y bajarnos de la chalupa dos mujeres negras vestidas de blanco y con flores en la cabeza se acercaron a recibirnos.  Primero habló Miguelina Epalsa y nos dijo con un tono afirmativo y una amplia sonrisa: “hemos venido a recibirlas porque esta mañana cuando Agripina leyó las cartas le salió que hoy venían en busca de nosotras una mujer rubia y una morena, y aquí estamos. ¿Ustedes, qué andan buscando? Venimos a buscar las cantadoras y los tamboreros de este pueblo, respondimos sorprendidas.

Pues nosotras somos las principales, dijeron en coro. Entonces empezaron a contarnos todo lo que teníamos que hacer para poderlos escuchar. “Desempeñar” los tambores que estaban empeñados en la tienda del señor Zabaleta, conseguirle los cueros, comprar el ron, que el tamborero principal no tenía sombrero y así no podía tocar, que las cantadoras sin el menticol para refrescarse no cantaban. ¿Te acuerdas de estas historias? Pasamos tres días cantando y bailando con ellos sólo con una pequeña grabadora, pues ni siquiera teníamos dinero para hacer fotos, y la gente nos veía como un par de locas pues en ese tiempo no estaba de moda la cultura popular. No sé de donde sacábamos la plata para financiar todas estas cosas, pero si sé que en este y otros viajes aprendí los mejores temas que todavía canto en mis viajes por el mundo.

Cantando por el mundo

¿Cómo fue tu comienzo en los escenarios internacionales?

Fue en el Radio City Music Hall en New York. Fuimos con Delia Zapata y los Gaiteros de San Jacinto. Ensayamos varios meses con un director artístico que vino de ese teatro. Blas Emilio Atehortúa hizo los arreglos musicales. Años más tarde se presentó el viaje a Francia en una semana de Colombia organizada por Air France que incluía una muestra gastrónomica, y tú fuiste conmigo. ¿Te acuerdas que era en un restaurante en Momparnasse y que los franceses mandaban a decir que le bajáramos el tono a los tambores porque con ese ruido ellos no podían comer, y yo lloraba en los intermedios?

Cuando Belisario Betancur estuvo de Embajador en España fuimos invitados a un festival en Palos de Moguer y después estuvimos en Francia donde hicimos contacto con un colectivo con el cual cantábamos en la calle, en el mercado de las pulgas, en el Metro, en Marsella, en Lyon. Con ese colectivo hicimos el aprendizaje de la calle. Fue una experiencia difícil pero gratificante.

París fue la ciudad que me enseñó a ser más guerrera porque allí comencé a sentir que uno tenía que luchar y prepararse para obtener lo que quería. Pero pienso que mi verdadera etapa de proyección internacional empezó a partir de mi participación en la celebración del premio Nobel de Gabo en Estocolmo. Te acuerdas que después de la actuación en el banquete del Palacio, la Reina Silvia mandó un emisario adonde estábamos comiendo para que me dijera que no fuera a dejar nunca de cantar porque ella nunca olvidaría esa noche. Le dijo a Gabo que quería aprender a bailar cumbia. A nosotros nos extrañó ese interés por nuestra música pero después nos enteramos que la Reina tenía ascendencia brasilera. Estocolmo fue como el reto de una segunda etapa en otro nivel, después de haber hecho los cursos de cantar en la calle. Vino un replanteamiento del trabajo que me hace quedar en París, me matriculo en la Sorbona y estudio organización de espectáculos, historia de la danza, coreografía, ritmo, y descubrí que debía canalizar todo lo que sabía en algo concreto: mejorar la proyección escénica de mis actuaciones, y comienzo a trabajar intensamente en ese sentido.

 ¿Cómo fue tu vinculación con World Music?

Después de la presentación en la entrega del premio Nobel recibo por primera vez una invitación para participar en el Womad Festival (World Music Arts & Dance), un festival itinerante de músicas étnicas del mundo que reúne en escenarios de Europa, Asia y América a los más importantes representantes de países muy diversos. En 1991 me invitaron otra vez y esta fue la segunda puerta que se abrió para mí, pues el concepto de Peter Gabriel era precisamente abrir espacios a músicas tradicionales con nuevas propuestas.

Esta era la oportunidad que yo necesitaba para consolidar el trabajo que había hecho en los años anteriores. El contacto con los músicos africanos me permitió profundizar y explorar otras sonoridades conservando la estructura rítmica pero enriqueciéndola con la incorporación de otros instrumentos. Un día en Japón canté una canción sobre un instrumento de madera que se llama “manduco”, que usan las mujeres costeñas para lavar la ropa en el río, y cuál no sería mi sorpresa cuando Remmy Ongala, maestro africano del soukous, se me acercó emocionado para decirme que ese mismo ritmo se lo había escuchado a su padre cuando niño. Ese fue el comienzo de varios conciertos que hicimos juntos pues era maravilloso descubrir la comunicación que lográbamos con el lenguaje de los tambores.

¿En ese recorrido por el mundo y con el contacto con músicos de otras latitudes no se te ha ocurrido componer tus propias canciones?

Yo improvisaba versos y nunca me había atrevido a componer pero un día descubrí que podía contar historias y ponerles melodía. Entonces comencé a acordarme de Estefanía Caicedo, una cantadora con quien tuve una gran amistad, y pensé que era bueno recordar a estos personajes de la historia musical de mi país, y esta historia que compuse vino con melodía pues tenía ya los sonidos del mar de Cartagena, donde vivía Estefanía, los sonidos de su barrio, y así salió esa canción que se llama “Oye Manita”, que aparece en mi último disco.

Lo que si tengo bien claro es que yo vine a este mundo sólo para cantar.

Fuente: Aguaita. Revista del Observatorio del Caribe Colombiano. No. 8. Cartagena de Indias. Diciembre de 2002. Pp. 7-12.

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