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martes, 13 de diciembre de 2011

Eva, una mujer expulsada de El Paraíso

Por: Redacción ELTIEMPO.COM

Se trata de una mujer que ha sido víctima del conflicto, en su hogar y hasta de otras mujeres.

Eva fue de nuevo expulsada de El Paraíso, pero no el de árboles gigantes y frutos prohibidos, sino de una vereda dotada con las maravillas de la tierra caliente en Armero (Guayabal), allá en el Tolima.

Ella no era una damnificada de la avalancha del Nevado del Ruiz que, con lava y fuego, acabó con el viejo Armero. Un día, por azar, al verse sin trabajo ni casa, nuestra Eva decidió irse de Bogotá y asentarse en una parcela de tierra que compró con sus ahorros, en ese pueblo de sobrevivientes.

Como todo paraíso, Armero era al inicio un desierto. Así que ella, junto a su Adán, tramitó el cableado eléctrico para, tal como en el génesis, 'hacer' la luz. Luego vendría el agua y el acueducto; la construcción de las casas, y la llegada de otros, de otros y de otros, que vieron que allá todo era bueno.

A esas victorias comunales las seguirían las grandes batallas sociales. La primera labor de Eva fue la de 'Fiscal del acueducto' de la vereda, luego fue representante del municipio y también candidata para el Concejo Municipal. Hasta ese momento todo era bueno.

Pero como todo paraíso, el mal y el pecado se asentaron en él; ya no en forma de serpiente, sino a través de paramilitares. Desde su llegada, el silencio de la madrugada, que antes solo era interrumpido esporádicamente por el ruido de un animal perdido en el valle o por una piedra que se reacomodaba tras la lluvia, empezó a ser interrumpido por pasos frecuentes, en una especie de marcha continua, que incluso levantaba polvo.

 "Cuando ellos llegaron (los paramilitares) nos hicieron una reunión y nos dijeron que nos iban a cuidar para que no nos siguieran robando las gallinas ni los plátanos", dice Eva.

Pero la gente empezó a asustarse porque El Paraíso ya no parecía un lugar tan amable. Las cosas empeoraron. Después de las reuniones, vinieron las amenazas en contra de los habitantes. Tras la negativa de Eva para extender el acueducto hasta la parcela de los 'señores', pues hacerlo dejaría al resto de la vereda sin agua, un letrero frente a la puerta de su casa la alertó sobre lo que estaba por venir: "Si sigue jodiendo la vamos a poner a chupar gladiolo".

Cinco años de lucha terminaron una mañana del 2002. Eva fue expulsada de El Paraíso. Como pudieron, ella, su esposo y sus hijos metieron lo que les cupo en el carro y salieron sin rumbo del hogar que habían levantado.

Con el tiempo, según dice Eva, el pueblo se convirtió en un pueblo fantasma.

La revolución de Eva

Después de dejar El Paraíso, Eva y su familia se trasladaron a un municipio de Cundinamarca. Estaban decididos a no regresar a la capital. La situación económica no era la mejor, y con los días empeoraba; a veces tenían solo una comida al día.

En el pueblo a donde llegó había una organización de desplazados y de inmediato se integró. Su pujanza y experiencia hizo que al poco tiempo la nombraran vicepresidenta. Sin embargo, el machismo, que ella llama "la fuerza bruta y sin nada de conocimientos" la aisló. La dejaron sin participación y al poco tiempo fue despedida.

Cansada de seguir los parámetros de otros, empezó a organizar su propia asociación. Para la primera reunión llamó a unas mujeres del pueblo. Luego legalizó la propuesta y empezó a poner en práctica proyectos para ayudar a la gente que estaba en su misma situación.

Eva se preparaba para conocer la problemática a fondo. Ya no hablaba solo de ideas sino que se refería al Auto 092, adoptado para proteger los derechos de las mujeres afectadas por el desplazamiento forzado; se aprendió las leyes y eso la hizo ser reconocida en esferas cada vez más distantes.

De la cocina y la huerta pasó a colectivos nacionales, congresos, mesas, asambleas, encuentros y comités. Pero a su marido la idea no lo cautivaba y le reclamaba constantemente su desinterés por la familia y su supuesto 'abandono' por velar por los demás.

A pesar de la desaprobación familiar, la organización creció muy rápido. En un año ya tenían 160 familias, pero surgió otro problema: la rivalidad entre las dos organizaciones del pueblo -la suya y la de la que la habían despedido- empezó a dificultar su trabajo, sobre todo luego de que una funcionaria se aliara con su antiguo jefe y empezara a hostigarla con rumores y permanentes veedurías.

Luego volvieron las amenazas. Eva se estaba empezando a cansar. Trabajaba, llegaba a su casa, los reproches, luego se quedaba organizando su trabajo hasta las 11 o 12 de la noche, hasta que una vez ya se desgastó tanto que se preguntó qué estaba haciendo. "Me dije no más! No me voy a dejar manipular ni por mi esposo ni por nadie y ya no voy a pedir permiso ni nada de eso", recuerda.

Pero otra tragedia asomaría a su vida: la salud de su esposo comenzó a deteriorarse. Al principio ella lo interpretaba como una manipulación, pero el diagnóstico fue severo: cáncer terminal en el cerebro.

Desde que Eva se enteró "se le acabó el mundo". "Él me abrazaba y me decía que sabía que se iba a morir y que no le daba miedo de la muerte sino tristeza de dejarme sola", relata Eva.

Su Adán le pidió perdón por todo lo malo que había hecho, y ella también le pidió perdón a él. Hablaron de muchas cosas: de cómo quería morir, de si quería que lo cremaran, de la comida que quería comer...

Eva terminó vendiendo su pedazo de tierra en El Paraíso por menos de un cuarto de lo que costaba, para poder pagar los medicamentos, el transporte, la silla de ruedas. El día que hizo la venta repasó su vida en medio de la brisa fresca, la humedad y las hortalizas. Recordó que era justamente allí donde, cuando ambos estuvieran viejos, pensaba que iban a llegar a morir.

Tomado de: http://www.eltiempo.com/violencia-contra-las-mujeres/discriminacion/violencia-contra-la-mujer-_10864604-4

Imagen: Huyendo, foto tomada por Mariela, del Putumayo, para el libro 'Memoria soy yo', http://www.eltiempo.com/violencia-contra-las-mujeres/IMAGEN/IMAGEN-10849185-2.png

Licencia del artículo: Copyrigth - Titular de la Licencia de artículo: ELTIEMPO.COM

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