Por:
Sandra Russo, Página 12
El
domingo pasado, alrededor de la Real Academia Española (RAE) se armó un
tremendo revuelo de género. Fue conocido ese día un informe firmado por 23
académicos –eso incluye a tres mujeres, y esta aclaración hace al ombligo del
problema–, titulado “Sexismo lingüístico y visibilidad de la mujer”. Aprovecho
de paso para insistir en que “la mujer no existe”. Lo dijo Lacan en otro sentido
que nunca terminé de descifrar, pero aquí, en este contexto, que “la mujer” no
existe significa que esa palabra en singular es un subproducto de la lengua que
ha sido tomado y capturado por los medios de comunicación y más tarde por la
publicidad. Esos son los ámbitos adecuados para “la mujer”. En la vida real hay
mujeres.
En
“la mujer” caben muchos sentidos que vienen solos y sin que uno haga ningún
esfuerzo. Después de haber arrastrado durante decenas de siglos un espíritu de
inferior calidad que el masculino, de lo primero que nos empoderamos las
mujeres es de nuestra propia multiplicidad. Somos mujeres que podemos ser muy,
pero muy distintas unas de otras, y al mismo tiempo en cada una de nosotras
caben muchas maneras de ser una mujer. Así que para empezar, primero el plural.
Estos
académicos de la RAE se encolumnaron detrás de Ignacio Bosque, que fue quien
elaboró el informe. La RAE salió, una vez más, al choque de una avanzada de
género promovida desde hace años por muchos colectivos feministas, que elaboran
guías sobre el sexismo en el lenguaje. El nudo de la cuestión es que las
feministas protestan porque el lenguaje no se adapta a la realidad de las
mujeres que hoy circulan como nunca antes en la historia por el mundo público.
Las
feministas protestan porque el sustantivo masculino incluye al femenino, y eso
ya no es un detalle, ni un modo decir lo correcto, ni es una enunciación justa.
Las mujeres estamos gramaticalmente incluidas en los sustantivos masculinos
(trabajadores, ciudadanos, amigos, invitados, etc.: todo eso, que es de género
masculino, lleva al género femenino incorporado, justo como una costilla
semántica). Pero no es la lengua la que determina la realidad, es al revés.
Las
lingüistas feministas sostienen que esa inclusión forzada de lo femenino en lo
masculino es una forma de exclusión en la lengua. El estar contenidas e
invisibilizadas en los sustantivos masculinos obliga a las mujeres a una
pregunta que deben hacerse miles de veces en sus vidas: “¿Me están hablando a
mí?”, mientras los varones jamás pasan por esa experiencia. Si en una clase
cualquiera una maestra dice: “Que salgan todos los alumnos del aula”, los
varones saben que deben irse. Las niñas dudan: ¿salen todos o sólo los varones?
Desde ese punto de vista, las guías de lenguaje no sexista buscan borrar esas
zonas grises del lenguaje, porque son grises sólo para las mujeres.
La
lingüista española Mercedes Bengoechea, en un artículo titulado “La sociedad
cambia, la Academia no”, recuerda que, a partir de 2001, la RAE ha insistido
con varios documentos con el mismo contenido que el último: reafirman que el
masculino abarca a ambos géneros y que por lo tanto es innecesario, por ejemplo
y viniendo para aquí, el “todos y todas” y hasta la palabra “Presidenta”.
Bengoechea indica que desde 2005, la RAE se remite a su Diccionario
Panhispánico de Dudas, donde bajo la entrada género se afirma que el masculino
abarca a ambos sexos. El ejemplo del mal uso del idioma al respecto que ofrecen
parece destinado a una lectura argentina. Es éste: “Decidió luchar ella, y
ayudar a sus compañeros y compañeras”. La RAE afirma que en ese caso “el
masculino pudo y debió ser usado”. Bengoechea, que ha sido decana de la
Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad de Alcalá, agrega que “además
de las dobles formas, para el Panhispánico son inadmisibles los dobles
determinantes (las y los ciudadanos) y la arroba. La insistencia en la
necesidad de evitar las dobles formas o la arroba, las arrebatadas defensas del
masculino de algunos de sus miembros y las diversas explicaciones, argumentos y
apologías a favor del masculino o del término hombre para representar a ambos
sexos demuestran, en primer lugar, lo relativamente extendido de su uso y, en
segundo lugar, la enconada resistencia de las Academias a su utilización”.
Naturalmente,
se trata de la pulseada entre algo vivo y algo muerto. La RAE no admite que es
inherente a la lengua el mismo estado de evolución de aquello que esa lengua
designa. Los sectores que se van sintiendo incómodos con la lengua la van
modificando, en un movimiento natural de precisión y especificidad. La
lingüista da un ejemplo de su vida cotidiana: si después de decir tres veces a
diferentes personas “este año en el curso tengo unos excelentes alumnos rusos”,
y verse obligada a aclarar que entre esos “alumnos” hay “alumnas”, es
comprensible que busque maneras alternativas de expresión que se ajusten a lo
que quiere decir, de modo que a la cuarta vez le dirá a alguien: “Este año en
el curso tengo un excelente alumnado ruso” o “este año en el curso tengo un
grupo excelente de alumnas y alumnos rusos”.
La
RAE se queja de que las guías “contravienen las normas de la lengua”. Del otro
lado se le responde que la lengua ha sido usada desde hace siglos como el
soporte de las estrategias patriarcales en relación con las mujeres, que la
lengua no ha sido ni es un espíritu santo, sino más bien un fondo negro que
lleva inscriptas y ocultas las relaciones de poder. No sólo las feministas
salieron al cruce de la RAE esta semana. Otros sectores, académicos, políticos,
lingüísticos, los que sostienen precisamente que las lenguas nunca fueron
neutrales ni están esterilizadas, encontraron una oportunidad para volver a
poner eso en debate. Luis Martín Cabrera –profesor de Literatura Latinoamericana
en la Universidad de San Diego–, en un artículo titulado “Me he vuelto loca,
sólo puedo escribir en femenino”, afirma que rasgarse las vestiduras porque las
guías no han sido elaboradas por lingüistas es un argumento disciplinario y
autoritario. “Es el mismo argumento que utilizan historiadores como Santos
Juliá, que piensan que la memoria es un asalto a su disciplina; ni la historia
les pertenece exclusivamente a los historiadores ni el lenguaje es patrimonio
de los lingüistas, no son sus minifundios ideológicos. Por otro lado, no es
sorprendente que no les hayan pedido ayuda, pues la RAE es históricamente una
de las instituciones más sexistas y misóginas del mundo. Todavía recuerdo al
anterior director de la RAE, don Víctor García de la Concha, que por desgracia
fue mi profesor, diciendo que ‘la literatura no tiene la regla’, provocando
carcajadas generales y reproduciendo esa nefasta complicidad entre hombrecitos.
Se puede discutir si existe una literatura femenina, pero no con argumentos sexistas.”
Tomado
de: http://www.pagina12.com.ar/diario/contratapa/13-189263-2012-03-10.html
Imagen:
Escultuta de León Ferrari de la serie “Maniquíes”
Licencia
del artículo: Creative Commons - Titular de la Licencia de artículo: Pagina12.com.ar
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