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jueves, 1 de marzo de 2012

Vírgenes y putas


Por: Catalina Ruiz-Navarro

Hubo un tiempo en el que trabajé como profesora de bachillerato en un colegio femenino.

Recuerdo especialmente una fría madrugada en la que la rectora le recomendó a sus alumnas, de pie en formación, con los cerebros somnolientos, que fueran “niñas apetecibles”, pues sus amigas le habían dicho “que ya no tenían con quién casar a sus hijos” y por eso las chicas del colegio debían intentar ser ese tipo de señorita con la que toda madre casaría a su prole. Como sugerencia de un modelo a seguir, había un retrato de la Virgen María en cada salón.

La imagen de la Virgen es reduccionista, incluso para María de Nazareth, cuya determinación para parir en un pesebre es digna del guerrero más fiero, y hace más referencia a la construcción del modelo de “niña buena” que al personaje de la Biblia. Ese modelo, inspirado en María, ha hecho parte de la educación de creyentes y no creyentes en Colombia, Latinoamérica y otras partes del mundo; es parte de nuestra identidad cultural, con sus facciones tan regulares y su mirada tan dulce, recatada, calladita y, sobre todo, virgen, “impoluta” del mundo, es decir, del sexo; la niña apetecible que tanto interesaba a la rectora.

Hubiera querido contarle a las niñas que, aún así, recatadita, la imagen de la Virgen despierta sus pasiones. Cuenta la hagiografía que San Bernardo, tras haber orado con más “fervor” que el habitual ante una estatua de la Virgen, recibió de ésta la leche de su pecho para “consolarlo, socorrerlo, y alimentarlo”. El caso de San Bernardo nos muestra que ni siquiera el mote de “virgen” inhibe las fantasías sexuales.

Lastimosamente, algunas chicas le creerán a la rectora, y se autocensurarán constantemente, porque nada es tan “poco apetecible” como una mujer que “dé problemas” a cada rato, o que tenga o despierte sentimientos tan complejos. Por ellas se hace la Marcha de las Putas.

La Marcha de las Putas nació en Canadá cuando un policía, el agente Michael Sanguinetti, recomendó a las mujeres que no se vistieran como putas si no querían ser asaltadas sexualmente. La marcha está para decir que ninguna mujer se viste para que la ataquen, ni para que la reduzcan o la etiqueten. Está para decir que lo que las mujeres nos ponemos es decisión nuestra y no puede depender de una moral castrante y draconiana que nos paraliza. También para recordar esa paradoja del machismo que señaló Sor Juana Inés de la Cruz: “Hombres necios que acusáis a la mujer sin razón, viendo que sois la ocasión, de aquello que culpáis”, y para decir que cada mujer tiene derecho a elegir quién quiere ser, sin ser forzada a ningún molde, y menos al del objeto de deseo de los hijos de esas señoras, las amigas de la rectora, que tristemente tuvieron que ajustarse porque si no las llamarían putas, serían una deshonra para la familia, nadie se casaría con ellas, y entonces no tendrían lugar en la sociedad.

Entender que vivir nuestra sexualidad no nos hace chicas malas es una de las batallas más íntimas del feminismo, una batalla interna de cada mujer con sus modelos aprendidos y la construcción de sus juicios morales sobre ella misma y otras mujeres. Una batalla por entender que puta no es un insulto, es un oficio, y que las mujeres somos muchas cosas a la vez, personas más complejas que una virgen o una puta, más complejas que un pedazo de carne, y que, como todos los humanos, vivimos, gozamos y hasta padecemos, las fascinantes paradojas de la sexualidad humana.

Tomado de: http://www.elespectador.com/impreso/opinion/columna-329505-virgenes-y-putas

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