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jueves, 26 de abril de 2012

Las valientes hijas de Eva


 Por: Julia Evelyn Martínez*, Rebelión

Cuentan las leyendas hebreas sobre la creación del mundo, que antes de la creación de Eva, Yahvé (el innombrable) creó a otra mujer, llamada Lilith. Esta mujer fue formada por el creador utilizando el mismo barro con el cual fabricó a Adán, teniendo el cuidado de crearlos a ambos a su misma imagen y semejanza. Después de su creación, les entrego el Jardín del Edén para cohabitarlo en armonía e igualdad.

Después de algún tiempo, se dice que Lilith abandonó el paraíso, debido a su inconformidad con las reglas establecidas por Yahvé, como por ejemplo no comer el fruto del árbol del conocimiento, y debido a su aburrimiento por la cotidianeidad de la vida paradisíaca y sobre todo, a su cansancio frente a las ínfulas de superioridad de Adán, pese a que habían sido creados del mismo barro.

Una vez que se enteró de la partida de Lilith, Yavhé mandó a tres de sus ángeles a buscarla con el mensaje de que si accedía a regresar con Adán, no sufriría ningún castigo y se le otorgaría la oportunidad de volver a empezar. Sin embargo, Lilith se mantuvo firme en su decisión y no solo se negó a regresar con Adán sino que se mudo a la región del Mar Muerto para vivir en comunidad con los ángeles caídos, en un lugar donde no estaba prohibida la ingesta de ninguna fruta, en donde se podía mencionar cualquier nombre en voz alta y en el cual no había obligación de servir a los ángeles.

Frente a los hechos consumados, Yavhé no tuvo más remedio que crear otra compañera para Adán, convencido que “no era bueno que el varón estuviese sólo”. Dicen estas leyendas, que este segundo intento se hizo de manera diferente para evitar una nueva Lilith, para lo cual hizo caer a Adán en un sueño profundo, período durante el cual sacó una costilla de su costado y con ella formó a Eva. Luego la entregó al hombre para que le acompañara y le sirviera. Eva cumplió sus funciones hasta que conoció a la serpiente y decidió comer la fruta del árbol del conocimiento, hecho que le ganó su destierro, y la maldición de su creador que la condenó a enemistarse con la serpiente, a servir a los hombres y a sufrir dolor en el momento del alumbramiento.

¿Qué paso con Lilith? La leyenda no dice con exactitud cuál fue su destino, pero parece que no renunció a la maternidad, pero que la ejerció voluntariamente, sin culpabilidad ni dolor. Sobre todo no se enemistó con la serpiente, con la que se supone que mantuvo una estrecha y fructífera amistad a lo largo de su vida. No se sabe si fue feliz ni longeva, pero es fácil imaginarla como una mujer autónoma y empoderada hasta el final de sus días.

La religión católica se nutrió del mito creacional de la cultura hebrea (que a su vez la había heredado de las culturas mesopotámicas), y la incorporó al Génesis de su libro sagrado, no sin antes eliminar las menciones a Lilith en el proceso creacionista, lo que todavía causa más de alguna confusión en la lectura de los capítulos 1 y 2 del Génesis en la biblia católica.

Al asumir este mito creacionista a partir del siglo IV, la tradición católica implícitamente dividió a las mujeres en dos grandes arquetipos. Por una parte, colocó a las desventuras y desterradas hijas de Eva, condenadas a sufrir y a servir a los hombres para compensar su culpa en la pérdida del paraíso terrenal, y que solo podían redimirse con la castidad o la maternidad; mientras que en el otro extremo, fueron ubicadas las insumisas y rebeldes hijas de Lilith, mujeres condenadas a la persecución implacable de la Iglesia por su descaro al cuestionar los dogmas de fe y sobre todo, por su férrea convicción acerca de su igualdad en relación a los hombres.

Dos siglos antes, en el siglo I, Pablo de Tarso a partir de las ideas sobre la inferioridad de las mujeres desarrolladas por la filosofía aristotélica, estableció un cuerpo de preceptos sobre el rol de mujeres y hombres en las iglesias cristianas primitivas Dos conocidos pasajes ilustran las ideas de Pablo de Tarso: “Vuestras mujeres callen en las congregaciones; porque no les es permitido hablar, sino que estén sujetas, como también la ley dice. Y si quieren aprender alguna cosa, pregunten en casa a sus maridos; porque deshonesta cosa es hablar una mujer en la congregación” (1 Corintios 14:34-35) y “La mujer aprenda en silencio con toda la sujeción; Porque no permito a la mujer enseñar, ni ejercer dominio sobre el hombre; sino estar en silencio. Pues Adán fue formado primero, después Eva y Adán no fue engañado, sino que la mujer, siendo engañada, incurrió en transgresión (Timoteo 2:11-14)

Con el paso de los siglos estas ideas se transformaron en piedra angular de la discriminación de las mujeres dentro de las estructuras y ministerios de la Iglesia Católica, llegando a tener a su máxima expresión en la doctrina de San Agustín y de Santo Tomás de Aquino, que de forma recurrente retornaron al mito originario de la creación de Eva y de su responsabilidad en la pérdida del paraíso, para justificar la condición de sumisión de las mujeres.

A partir de allí, las mujeres interesadas en formar parte de esta institución religiosa, se vieron obligadas a asumir el arquetipo y los roles de las “desterradas y desventuradas hijas de Eva”, teniendo la esperanza de lograr su salvación a partir del ejemplo de sumisión de la Virgen María: poniendo su vida al servicio de los demás y/o limitando su sexualidad exclusivamente a la función de la maternidad. Este rol llego a abarcar aspectos tan institucionales como aceptar la prohibición de la ordenación sacerdotal de mujeres hasta la aceptación de la intromisión eclesiástica en aspectos tan privados como la regulación de la función reproductiva de las mujeres.

Sin embargo, pese a toda esta discriminación, las mujeres se convirtieron históricamente no solo la mayoría de la feligresía de la Iglesia católica sino en las protagonistas de grandes movimientos orientados a su reforma y/o renovación, para crear una Iglesia que pueda ser más congruente con las enseñanzas de amor, justicia e igualdad de Jesús de Nazaret.

Por ejemplo, entre los siglos XII y XIII surgieron en Europa las Beguinas, un movimiento laico de mujeres católicas identificado por el símbolo del Ave Fénix, que estaban organizadas a partir de la lectura y el estudio de textos religiosos, y que produjeron una abundante obra intelectual al mismo tiempo que realizaban un intenso trabajo dentro de las comunidades en apoyo a enfermos, huérfanos y pobres. Dentro de sus actividades principales actividades estaba la educación de otras mujeres y la divulgación de textos religiosos y de sus obras literarias en lenguaje popular, para que fuera accesible a la mayoría de la población que no entendía el latín. Estas mujeres se asentaron en barrios o pequeñas ciudades conocidos como beguinatos, constituidos por una multitud de casas pequeñas (a veces hasta 100), cada una de las cuales está habitada por una o varias beguinas. Tenían calles y plazas, una enfermería, uno o varios conventos dedicados a las novicias y beguinas que deseaban una vida más comunitaria y una iglesia particular. Estos espacios daban respuesta a las inquietudes intelectuales de algunas mujeres, que de otra forma no podían acceder al conocimiento. Vivian sin ningún tipo de autoridad o jerarquías, viajaban mucho, se mantenían por sus propios medios y nunca buscaron el reconocimiento o patrocinio de la jerarquía católica. Se dice que a finales del siglo XIII existía en Europa más de 200,000 beguinas y su influencia se había extendido a España, Francia, Holanda y Alemania.

Esta forma de vida tan impropia de las hijas de Eva, llamó la atención de la Iglesia Católica y en el año 1331, durante el Concilio de Viena, el Papa Clemente V decretó su persecución por herejía bajo el argumento de que " su modo de vida debe ser prohibido definitivamente y excluido de la Iglesia de Dios". Se instruyó a la recién creada Inquisición para proceder a la investigación, interrogatorio y ejecución de las beguinas que se negaran a vivir en un monasterio para dedicarse a la oración y a la penitencia. No existen datos precisos de cuantas beguinas fueron quemadas en la hoguera de la inquisición, pero si se sabe que algunas de las más grandes místicas y escritoras de este movimiento sufrieron este destino, como por ejemplo la escritora Margarita Porete.

Un movimiento más reciente de mujeres católicas orientado a la igualdad y no discriminación de las mujeres en la estructura de la Iglesia Católica es el de la Conferencia del Liderazgo de Mujeres Religiosas de Estados Unidos (LCWR) creada con autorización del Vaticano en 1958, y que agrupa actualmente a 1500 superioras de órdenes religiosas, que representan a un 80% de las 57,000 monjas que residen en EE UU. Desde su fundación, esta organización asumió el espíritu renovador del Concilio Vaticano II, para encarnarlo en la práctica de las mujeres católicas en los Estados Unidos, tanto religiosas como laicas, compromiso que las han llevado en muchas ocasiones a cuestionar el machismo y la misoginia existentes en la doctrina y rituales del catolicismo.

Una de las dirigentes más destacadas de la LCWR, la hermana Theresa Kane superiora de la orden de la Caridad, marcó en 1965 el talante de este movimiento cuando confrontó públicamente al Papa Paulo VI al solicitarle que se abriera a la incorporación de mujeres en todos los ministerios de la iglesia, incluyendo el sacerdocio. Otros temas de la agenda de estas religiosas se relacionan con una participación más activa de las monjas en la vida comunitaria y académica así como la eliminación de la lista oficial de pecados de la Iglesia católica, la homosexualidad y el uso de anticonceptivos como métodos de planificación familiar.

Sin embargo, al igual que hace siete siglos ocurrió con las Beduinas, recientemente la jerarquía católica ha enfilado contra la LCWR el poder represivo de la Congregación de la Doctrina de la Fe (ex – Inquisición) y ha hecho público un Informe de las actividades de esta organización de religiosas en el cual concluye la existencia de “graves desviaciones doctrinales” que se oponen subrepticiamente a la doctrina oficial en materia de sacerdocio y homosexualidad, además de “la prevalencia de ciertas ideas feministas radicales incompatibles con la fe Católica en algunos de sus programas y presentaciones”, y el informe agrega que” algunos de sus comentarios de esta organización sobre el ‘patriarcado’ (machismo) deforman el modo en el que Jesús estructuró su vida sacramental en la Iglesia; otros incluso minan las doctrinas dadas sobre la Santa Trinidad, la divinidad de Cristo y la inspiración de la Sagrada Escritura”.

El Informe de la Congregación de la Doctrina de la Fe (disponible en internet) recomienda que se proceda a una reforma de los Estatutos de la LCWR para asegurar que sus posturas teóricas y prácticas estén bajo los lineamientos directos del Vaticano. Para ello, el Papa Benedicto XVI ha instruido a una comisión de obispos, encabezada por el Arzobispo de Seatlle, para que supervise directamente en el plazo de cinco años este proceso de re-estructuración de la LCWR.

Personalmente no comparto ninguno de los dogmas ni de los rituales de las hijas de Eva, y más bien mis simpatías y afectos se inclinan por las hijas de Lilith. Pese a ello, y tomando en cuenta que la religión católica tiene más de 1,100 millones de seguidores en el mundo (lo que la convierte en una institución fundamental en el proceso de socialización de género) es de justicia reconocer la importante contribución a la igualdad de género que están realizando las religiosas y teólogas católicas de la LCWR desde la relectura del Evangelio de Jesús de Nazaret, ese gran defensor de los derechos de las mujeres y de la solidaridad como fundamento de la economía.

Qué las religiones monoteístas oficiales odien y al mismo tiempo teman a las mujeres no es nada nuevo, y esto es tan cierto para el Islamismo, el catolicismo como para el judaísmo. Tampoco es nuevo el hecho que muchas mujeres dentro de estas religiones se resistan a ser tratadas como creyentes de segunda categoría y/o se organicen para transformar este status quo. Lo que sí podría ser novedoso en esta etapa de la historia de la humanidad es el hecho que las mujeres no religiosas, no creyentes y/o hijas de Lilith nos unamos a la causa de las valientes hijas de Eva, que se encuentran en resistencia en estos momentos contra el patriarcado, y que desde la sororidad, hagamos de su lucha, nuestra lucha. Por favor, hijas de Lilith, no dejemos solas a nuestras hermanas de la LCWR en esta lucha.

*Julia Evelyn Martínez es economista feminista salvadoreña, profesora de la Universidad Centroamericana “José Simeón Cañas” de El Salvador.
  

Licencia del artículo: Creative Commons - Titular de la Licencia de artículo: Julia Evelyn Martínez

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