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martes, 1 de mayo de 2012

La historia y la historia de las mujeres


Por: Gladys Villegas Morales

“Para acercarnos a lo femenino no podemos sino acercarnos a la historia, y a ésta por medio de sus textos. Cualquier objeto, pasado o presente, se nos manifiesta enfundado en palabras. En el caso de las mujeres estas palabras son siempre ajenas; discursos que la niegan, la olvidan, la escrutan o la explicitan” Rosa Ma. Rodríguez Magda.

Existe una teoría y una historiografía de la Historia de las Mujeres que se ha venido conformando a lo largo de los últimos veinte años; la Historia de las Mujeres es una de las áreas con mayor desarrollo en la historiografía internacional durante las últimas dos décadas. Este desarrollo ha constituido un campo de investigación, ha evolucionado tanto en sus objetos como en sus métodos y sus puntos de vista. Por tanto ya es posible hacer un balance de los resultados, aportaciones, dificultades y efectos que ésta ha producido en un área del conocimiento humano.

La Historia de las Mujeres ha desempeñado un papel significativo en la tarea de promover una renovación historiográfica, en impulsar la recuperación de la memoria colectiva y en proponer una revisión crítica del conocimiento histórico. La Historia de las Mujeres no pretende dar una visión sectorial y fragmentaria del quehacer histórico; su desarrollo en estos años ha dejado claro que lo que se pretende es realizar una historia global e integradora donde se contextualice la problemática histórica de las mujeres dentro de un marco histórico concreto caracterizado por complejas relaciones sociales. Desarrollaremos una aproximación de los planteamientos y de su trayectoria, pues sería difícil abarcarla en su totalidad, y puntualizaremos sobre todo en los aspectos generales que han sido revisados con respecto a la forma de abordar el discurso histórico, sin entrar en detalle con respecto a cada época o período histórico.

“A pesar de haber estado presente en los procesos históricos y haber participado activamente en ellos, las mujeres han sido excluidas de la historiografía tradicional. Preocupados por estudiar las hazañas de “los grandes hombres”, el funcionamiento de las instituciones, la formación del proletariado o el comportamiento de campesinos o marginales, los historiadores han ignorado a las mujeres y no las han integrado a sus estudios.”1

La Historia, al igual que otras disciplinas, nace como ciencia social en el siglo diecinueve. Desde su nacimiento se ha tenido la necesidad de definirla, delinear su campo de investigación, establecer sus fuentes y elaborar metodologías adecuadas para la interpretación y el análisis, y todo ello ha dado lugar a numerosos debates entre los historiadores. Al final de los años sesenta, con el surgimiento del movimiento de mujeres, nuevas interlocutoras se han incorporado al debate historiográfico con un planteamiento que cuestiona lo que tradicionalmente se entiende por Historia, las fuentes en que se apoya, su periodización y sus metodologías, ya que no toma en cuenta la experiencia y la participación de las mujeres en la Historia.

Respecto a la periodización Cristina Segura dice:

“...el tiempo de los hombres es diferente al de las mujeres. Por ello las medidas del mismo tampoco se corresponden. De esta manera las periodizaciones al uso no son eficaces para la historia de las mujeres. Estas periodizaciones se han llevado a cabo atendiendo a las condiciones políticas, económicas o sociales. Estos hechos se deben contemplar en un tiempo histórico corto. Estos cambios afectan a las estructuras cuyas modificaciones son las que han servido de base para las periodizaciones tradicionales.”2

Para la historia de las mujeres el concepto de tiempo es otro, debe relacionarse con elementos situados con la superestructura, como dice esta misma autora, como son la religión, el pensamiento, los sentimientos, el amor, las relaciones entre personas o entre los sexos.

Deconstruyendo los conceptos y modos tradicionales de hacer la Historia, las mujeres inician una etapa en que se reconocen como sujetos históricos y a la vez se convierten en objeto de estudio histórico, por tanto la historiografía es cuestionada, desde fuera por las mujeres feministas, y desde dentro por las feministas historiadoras: los textos de la historia reproducían la marginación que denunciaban, en ellos no estaban las mujeres, ellas no habían dejado su huella. Como comenta Isabel Morant3, las mujeres no tenían ni siquiera el relato de esa marginación en sus orígenes. El colectivo de mujeres demandaba una historia y, al decir aquello en voz alta, se tenía sólo una vaga conciencia de cual debía de ser aquella historia, de qué objeto-sujeto se trataba. En cambio se sabía y se marcaba el objeto político de aquella historia.

Para entender el porqué las mujeres han sido un sujeto invisible para los historiadores hay que remitirse a la forma en que se fue definiendo la investigación histórica, quienes hicieron esa definición y su relación con el mundo en que vivían. Por otro lado tenemos que la profesión de “historiador” ha sido considerada, hasta hace pocos años, una actividad predominantemente masculina y aunque algunas mujeres enseñaran historia, los que la escribían y establecían sus cánones pertenecían al sexo masculino.

Por otro lado, a pesar de las diferencias entre los propios historiadores (positivistas o historiadores, defensores de la escuela de los Annales, de la nueva historia demográfica o de la historia social), todos ellos han estudiado el desarrollo de la sociedad no como un conjunto compuesto por seres humanos de distinto sexo, sino que lo han entendido como sinónimo de hombres.

Entendiendo que en el contexto social los hombres eran los únicos que actuaban y sus experiencias eran las que significaban, no es de extrañar que sólo pasaran a la historia las actividades realizadas por ellos, quedando en segundo plano y desvalorizadas todas aquellas otras actividades en las que ellos no participaban; por tanto la política, la diplomacia y la guerra, actividades predominantemente masculinas durante siglos, han sido las que han concentrado la atención de sucesivas generaciones de historiadores. Todo esto ha llevado a una periodización, producto del significado que han tenido determinados hechos políticos o económicos para los historiadores en tanto que estos han sido hombres.

Durante el siglo XX la historia política pierde su primacía y la historia en general sufre una transformación profunda: la investigación histórica amplía sus dimensiones con la historia de las ideas y la historia económica, cambia de eje bajo la influencia de Marx y la escuela de Annales, se emancipa de las fuentes tradicionales y sus restricciones, se abre a la influencia de otras ciencias sociales, pierde su eurocentrismo, incorpora a nuevos actores (campesinos, clase obrera, las masas), modifica la concepción del tiempo y del espacio, se desarrolla la demografía histórica, se acepta la historia oral y aparece lo cotidiano y la familia como temas importantes, entre otras cosas. Sin embargo, hasta los años setenta la historia siguió siendo escrita por hombres, con fuentes seleccionadas y redactadas por ellos, centrada en la mirada masculina y sus actividades, la mujer permanece en su condición de invisibilidad.

Aquí habría que señalar que los escritos donde se hablaba de las mujeres presentaban dos vertientes: por un lado presentan un modelo femenino uniforme, gris y negativo producto de los textos morales y la literatura misógina, es decir, mujeres con representaciones tenebrosas y maléficas o con una vida licenciosa; por otro lado textos que muestran imágenes femeninas idealizadas, modelos de la literatura cortés, mujeres excepcionales (por su belleza, su virtud o su heroísmo), dentro de una multitud de mujeres sin historia (reinas, regentes, amantes, beatas, monjas, entre otras). Podríamos decir que cada período y cada cultura han producido sus imágenes y símbolos femeninos. Los historiadores a veces dejaban entrar en la Historia a las mujeres, pero estas eran imágenes construidas por ellos, sin importar el conflicto o la aceptación que esas imágenes provocaban en las mujeres.

La Historia de las Mujeres

Escribir la Historia desde un punto de vista feminista, no ha sido fácil, ni su aceptación ni su integración, ya que esto ha significado un desafío a la historiografía tradicional, un campo supuestamente objetivo, prestigioso y de larga tradición. La dirección en que se fueron dando los primeros pasos estuvo marcada por el compromiso político, por el debate teórico en el feminismo, y por la urgencia de corregir la historiografía tradicional. Los primeros trabajos de investigación se caracterizan por ser más empíricos que teóricos, se buscaba principalmente recuperar figuras históricas femeninas, incorporarlas al análisis histórico, ya fuera como víctimas de la opresión masculina o como rebeldes y luchadoras, por otra parte se trataba de describir no a “la mujer” sino a las mujeres, como sujetos históricos que se mueven en un mundo más o menos dividido entre lo privado y lo público. De lo que se trataba era de hacer memoria y reconocimiento de las mujeres del pasado para reivindicar presencia y reconocimiento para su existencia presente. Otra característica de estos primeros trabajos es su uso de fuentes nuevas, desechadas hasta entonces como pueden ser archivos de familia, de organizaciones de caridad, diarios íntimos escritos por mujeres, correspondencia entre mujeres, manuales para el matrimonio y la educación de los hijos e hijas, sermones, tratados de medicina, libros de etiqueta, libros de lecturas infantiles, revistas femeninas, iconografía, etc.4

La propuesta consistía en pasar de una historia construida sin mujeres, aunque con algunas citas y referencias a las consideradas célebres, a una historia construida también a partir de las mujeres, el sujeto/objeto de estudio debía constituirse alrededor de los temas y las preguntas que eran interesantes y útiles para el nuevo movimiento de mujeres. Para ello era necesario encontrar y reconstruir las silenciadas experiencias y voces femeninas, concordantes o disonantes con las masculinas: romper su silencio, escucharlo y, sobre todo, explicarlo. Se buscaba saber el porqué de la discriminación de las mujeres, los efectos producidos a través del tiempo y las raíces más remotas, el saber porque algunas mujeres se habían rebelado contra su condición y entender por qué lo habían hecho.

La falta de conocimiento del pasado había despojado a las mujeres de referentes femeninas. Era urgente hacerlo para crearse una nueva identidad, se necesitaba memoria, modelos y ejemplos. Las biografías femeninas, los relatos sobre mujeres singulares o los estudios de historia social, que demostraban la presencia y el protagonismo femenino en momentos fuertes de la vida familiar y comunal, tenían un efecto reconfortante en esta primera etapa de la construcción de la Historia de las Mujeres, que podía mostrar unas identidades femeninas que no pertenecían a los modos conocidos de sumisión y de dominación:

“Primero en artículos y poco a poco en trabajos monográficos, fueron tornándose visibles mujeres cuyos actos y pensamientos no habían sido dignos de ser consignados en la narrativa tradicional. Una nueva generación de historiadoras empezó así a redefinir el campo de la investigación histórica, al criticar sus metodologías, cuestionar la periodización tradicional, descubrir fuentes hasta el momento despreciadas o ignoradas y muy especialmente, al construir una narrativa histórica en la que las mujeres ocupaban una posición central.”5

Mucha voluntad política e intelectual fueron los ingredientes para empezar a construir esta historia, que en principio no se insertaba en el mundo académico, pero que contaba con la presencia de historiadoras que empezaron a discutir respecto a cómo hacer aquella historia, pues hay que señalar que no se trataba de construir “cualquier historia”, así que de manera profesional se empezó a trabajar por la construcción del nuevo objeto-sujeto histórico, que se iniciaba como un vago proyecto.

La Historia de las Mujeres tiene un doble objetivo: restablecer a las mujeres en la historia y restaurar nuestra historia de mujeres. Pero hay otro aspecto de las Historias de Mujeres que debe ser considerado: su significado teórico, sus implicaciones en el estudio histórico en general. Buscando agregar mujeres al fondo del conocimiento histórico, la Historia de Mujeres ha revitalizado la teoría, por esto ha conmocionado los conceptos de los estudios históricos. Como señala Annarita Buttafuoco6, el eje en torno al cual se ha desarrollado la investigación histórica surgida de la cultura política del movimiento feminista tiene que ver con la recuperación de la memoria de sí, la memoria colectiva, la libertad femenina y la visibilidad de nuestro género.

El conocimiento histórico es el que cultiva la memoria que se teje en base a la relación que se da entre los seres humanos y su historia. Pero la historiografía actúa de manera selectiva sacando a la luz algunas experiencias y dejando en el olvido a otras, según el punto de vista personal, social, político que en su momento oriente a los investigadores.

La primera etapa de esta nueva historia, trató de identificar y medir la presencia de las mujeres en lugares y papeles que le fueron propios, en un intento por “compensar” la ausencia de las mujeres, por un lado, y “desvelar” su presencia por otro; se proponía recuperar la experiencia colectiva e histórica de las mujeres y hacer visible su rol como agentes sociales. Se trataba de descubrir terrenos nuevos y de superar lo que se sabía sobre ellas. Pero esto sólo era posible si las preguntas y puntos de vista eran realizados a partir de ellas. Es decir, escribir historias que no se habían considerado dignas de entrar en la historia. En el camino recorrido hubo un desencuentro inicial con la historiografía establecida: era muy fuerte la atracción con que las imágenes prefijadas atraían a los historiadores e historiadoras que se adentraban a estudiar la Historia de las Mujeres. Los modelos femenino han producido (y puede que sigan produciendo) impresiones fuertes sobre las que no dudamos y con las que nos conformamos.

“Por eso a la Historia de las Mujeres le ha sido difícil desterrar evidencias y lugares comunes establecidos por las tradiciones intelectuales y no siempre lo ha logrado. Mediante el silencio o la escritura, cuando se ha tratado acerca de las mujeres casi siempre se ha pretendido representar a “la mujer de todos los tiempos”, a la mujer cuasi-natural, invariable en sus gestos, en sus problemas y sus pensamientos.”7

Las historiadoras tomaron conciencia de la invisibilidad y ausencia femenina en los estudios históricos así como la falta de elementos para la reconstrucción de su pasado. El enfoque inicial fue el de restituir a la mujer como agente histórico y convertirla en el eje central del análisis. Desde esta perspectiva, se desarrollaron numerosos estudios en torno al colectivo social de las mujeres, y una de las aportaciones más significativas ha sido la afirmación de que las mujeres tienen una historia propia.

De estas primeras reflexiones, Mary Nash8 nos dice que implicaron en aquel momento una revisión sustancial de la materia histórica, la introducción de nuevos criterios en la elección de temas a investigar, la búsqueda de nuevas fuentes documentales y el planteamiento de interrogantes históricos ciertamente innovadores. En adelante, será imposible percibir la experiencia histórica de la mujer a partir de los criterios metodológicos tradicionales, ya que la misma invisibilidad de la mujer en la narrativa histórica derivaba precisamente de la definición misma que se había dado a la historia.

Los estudios que se realizaban difícilmente podían encajar en los esquemas interpretativos de la historiografía convencional; al colectivo social de las mujeres se le ha mantenido bastante alejado de los centros de poder y autoridad, de la política, de la diplomacia o de la alta cultura, por tanto los parámetros de la historiografía tradicional no encajan en el análisis de este colectivo, que apenas ha dejado rastro de su paso por la historia, y que sus modos de expresión, formas de lucha y estrategias de resistencia resultan de difícil percepción e interpretación bajo una óptica tradicional.

Esta misma autora dice que en el intento de reconstruir una visión histórica que integre todos los componentes de la sociedad y del conjunto de las actividades humanas, la historia de las mujeres ha promovido el estudio de la familia, de la maternidad, de la sexualidad, de la reproducción, de la cultura femenina, de la salud, del trabajo doméstico, de la socialización de los hijos, de la representación femenina, de lo simbólico, de la amistad, entre otros muchos aspectos de la experiencia colectiva femenina.9

Es decir, se introdujo una perspectiva desde la cual se pueda incluir la voz de las mujeres junto con aspectos de la dinámica histórica hasta entonces poco evaluados en los esquemas interpretativos tradicionales. De este modo, la maternidad, la reproducción, la supervivencia cotidiana, la economía familiar, o el trabajo doméstico se convierten en elementos significativos del devenir histórico cuya comprensión es imprescindible para entender el desarrollo de la sociedad.

A partir de los años ochenta, los temas sobre mujeres iban tomando cuerpo, pero faltaba la reflexión teórica y metodológica. Se empezó a cuestionar la falta de instrumentos de la historiografía para pensar las diferencias sexuales, romper con los estereotipos, así como el producir un conocimiento que tuviera en cuenta el proceso histórico por el que se habían constituido las identidades y los modos de vida de las mujeres; es decir, cómo se construye una cultura femenina dentro de un sistema de relaciones desigualitarias, y cómo esta puede pensar sus particularidades y sus relaciones con la sociedad; se pretendía salir de las evidencias sobre los roles sexuales, mostrar su historicidad y analizar los caminos del conflicto y del cambio.

“En opinión de estas voces críticas, el análisis del dinamismo histórico que provoca el cambio reclamaba a la política, al poder, al modo en que se habían ido estableciendo las relaciones sociales y sexuales de poder. Por tanto, el sentido de las preguntas debía desplazarse desde los temas específicos de la cultura femenina a los modos en que una tal cultura se había formulado históricamente en el seno de una sociedad dada y en un momento determinado.”10

El análisis es planteado en cómo se activan las diferencias sexuales en un contexto político y social determinado, en cómo aparecen o se modifican los roles sexuales, los conflictos que producen, y los mecanismos de poder mediante los cuales se mantienen; es decir que la investigación debía ser realizada a partir de las relaciones entre los sexos (relaciones de género), las cuales debían ser tratadas como relaciones sociales, del mismo tipo que el de otras relaciones sociales igualitarias o desigualitarias.

Dentro de las diferentes líneas de trabajo que las investigadoras realizan dentro de la Historiografía de mujeres, presentaremos, a modo de ejemplo, dos de las últimas propuestas dentro de este campo: la autobiografía de mujeres y la obra enciclopédica Historia de las Mujeres en Occidente.

La autobiografía es un tema de actualidad, y que podemos inscribir dentro del fenómeno llamado posmoderno, donde el concepto universalista de “hombre” está en entredicho: el hombre blanco heterosexual sufre el acoso de otras culturas, otras razas, otro sexo, otras preferencias sexuales. Y se puede considerar a la autobiografía -de mujeres, en particular- como uno de los espacios donde estas cuestiones se están librando.

En su libro Escribir la vida de una mujer, Carolyn G. Heilbrun11 nos muestra cómo hasta hace muy pocos años, quienes escribían acerca de la vida de una mujer -tanto biógrafos como las misma autobiografías- silenciaban en sus obras algunas verdades esenciales de la experiencia femenina, con el fin de hacer que estas “vidas escritas” se adaptaran a los modelos y expectativas que la sociedad les imponía a las mujeres.

Esta escritora estudia la vida de diferentes mujeres de varios países que vivieron sobre todo en los siglos XIX y XX, y su idea central es que para vivir o escribir su vida, las mujeres han tenido que luchar siempre en contra de los “modelos” convencionales y limitadores en los que la sociedad las ha querido mantener.

Cuestiona la forma en que muchas biografías de mujeres han sido escritas, y propone en 1984, de forma arbitraria, que en el año 1970, como el comienzo de una nueva época en las biografías de mujeres, ya que en ese año se publicó Zelda de Nancy Milford.

“Su significado radicaba sobre todo en la manera en que mostraba cómo F. Scott Fitzgerald consideraba que tenía derecho a la vida de su mujer, Zelda, como si se tratara de una propiedad artística. Ella se volvió loca, confinada en lo que Mark Schorer ha denominado el anonimato definitivo: no tener historia. Durante mucho tiempo hemos creído que el anonimato es la condición propia de la mujer. Y hasta 1970 no estábamos preparadas para leer no que Zelda había destruido a Fitzgerald sino que fue al revés: que él usurpó el relato de la vida de Zelda.”12

Esta autora nos dice que el concepto de biografía, y especialmente de la biografía femenina, ha cambiado profundamente en las dos últimas décadas. Pero mientras a los biógrafos de hombres se les ha cuestionado la “objetividad” de sus interpretaciones, las biógrafas y biógrafos de mujeres no sólo han tenido que elegir entre diversas interpretaciones sino que, lo cual resulta todavía más difícil, han tenido que reinventar de hecho las vidas de las mujeres que estudian, descubriendo a partir de la poca o mucha evidencia con la que cuentan los procesos y las decisiones, las elecciones y sufrimientos que subyacen a las historias de esas mujeres.

Respecto a la Historia de las Mujeres en Occidente13, Michelle Perrot (co-autora) comenta que esta obra es “como objeto-testigo y punto de cristalización de las nuevas investigaciones”; es decir, se toma a la mujer a menudo como protagonista, existiendo una historicidad de los actos cotidianos, una historicidad de las relaciones entre los sexos. Y nos dice:

“Los puntos de vista también han cambiado, creo que de forma comparable a los de la historiografía americana. Se ha pasado de una historia de mujeres un poco cerrada a una historia del gender (género) y de las relaciones entre los sexos; de una historia social a una historia más preocupada por las representaciones y conscientes del peso de los símbolos. Se ha reflexionado mucho sobre las nociones de “cultura” y de “poder” de las mujeres. Y la cuestión del poder político retiene particularmente hoy la atención.”14

Esta misma autora comenta que la Historia de las Mujeres en Occidente es una historia de la diferencia de los sexos, de las relaciones entre los sexos, así como una historia de las mujeres que, según su criterio, no puede comprenderse más que en esta perspectiva.

El Género y la Historia de las Mujeres

El concepto de género es una categoría e instrumento de análisis que se introdujo en la década de los setenta como una categoría analítica fundamental, es decir, como categoría social impuesta sobre el cuerpo sexuado de las mujeres. Este concepto ha sido abordado en la re-visión y re-elaboración de las ciencias sociales, y por supuesto tuvo importante resonancia dentro del cuestionamiento de la Historia y en la elaboración de la Historia de las Mujeres.

“El análisis de la construcción social del género y de su interacción con las múltiples facetas de la dinámica histórica -el poder, el trabajo, la reproducción, la familia, la política, la cultura, la construcción cultural de la noción de masculinidad y femineidad, etc.- implica el estudio de las relaciones sociales entre los sexos y su inserción en los procesos históricos.”15

La idea de que la historia feminista debe examinar las relaciones de género no es nueva, desde principios de la década de los ochenta son cada vez más las historiadoras que tratan de hacerlo. Comprender el sistema de género, así como sus mecanismos de cambio y reestructuración, es uno de los ejes claves de la historia de las mujeres.

Al respecto Mª Dolores Ramos nos dice que “la introducción del género en el análisis histórico nos permite recordar que la proclamación supuestamente “universal” de derechos -igualdad, libertad, ciudadanía- como principios ideológicos y políticos de las sociedades liberales excluye al sexo femenino: por eso hasta épocas recientes sólo hay ciudadanos y no ciudadanas.” 16

Lo publicado hasta el momento tiene un significado teórico fundamental pues el transformar a las mujeres en sujetos históricos se ha revitalizado la teoría histórica y sacudido los fundamentos conceptuales de la historiografía ya que esa restauración cuestiona la periodización, las categorías de análisis social y las teorías de cambio social, tres preocupaciones esenciales del quehacer histórico.

De igual manera, el concepto de género (o las relaciones de género), ha significado una percepción más clara de lo que debe ser el sujeto histórico, lo que ha multiplicado la complejidad del problema metodológico.

“Las dificultades iniciales se han profundizado a medida que se ha ampliado nuestro conocimiento, que los artículos o trabajos monográficos planteaban preguntas nuevas y se incorporaban los aportes desde la teoría feminista. Pero las investigaciones llevadas a cabo en los primeros años, hechas por historiadoras que no habían sido formadas para estudiar a las mujeres, son las que revelaron un campo nuevo, reforzaron la necesidad de continuar trabajando en esa dirección y a la vez demostraron lo mucho que quedaba -y aún queda- por hacer.”17

Una de las tendencias más destacadas en la historiografía actual es la creciente adopción de la historia del género como modo de conceptualización de la Historia de la Mujer. Propone por tanto una historia general que no sea neutra con respecto al género sino que lo incluya; con este planteamiento se abre la posibilidad de contemplar, también para los hombres, las implicaciones que el sexo y las diferencias sexuales, como categorías, permiten pensar las relaciones entre los hombre y las mujeres, y la historia como un hecho que concierne a toda la humanidad y no sólo a la mitad de ella.

Se trata de producir una visión histórica integrada y a la vez distante, que hace sus preguntas y elige sus métodos a partir de los objetivos que le son propios:

“...producir un saber sobre las mujeres y sobre su pasado y producirlo de tal modo que quede abierta una brecha en lo que ha sido el pensamiento científico sobre los sexos y sus diferencias. En el horizonte de estos debates teóricos, de estos proyectos de trabajar con los datos de la historia, se vislumbra el feminismo que, como proyecto intelectual y político, ha pensado los sexos en términos políticos, la política de los sexos, y los caminos del cambio.”18

Como han señalado diversas historiadoras, en menos de veinte años, la historiografía feminista ha probado que la historia tradicional proporciona solamente un conocimiento parcial de la sociedad en el tiempo y que para cumplir con su propósito tiene que incluir no solamente a los hombres sino a las mujeres. No hay duda tampoco que la ha enriquecido notablemente. Ha demostrado también que su uso de fuentes es deficiente y que la periodización convencional tiene que ser revisada pues al no tomar en cuenta los efectos que tienen los cambios sobre la mitad de la población está basada en premisas falsas. Finalmente, está proponiendo una categoría analítica que potencialmente puede producir un cambio fundamental en la historia tradicional.

Las investigaciones realizadas han generado una pluralidad de enfoques, métodos e interpretaciones por lo que no se puede considerar que exista una postura metodológica interpretativa única, sino que se caracteriza por la diversidad de sus métodos y de sus interpretaciones; la originalidad de estos reside no tanto en sus métodos como en las perspectivas e interrogantes innovadores que plantea. La historiografía de las mujeres ha sido pluralista en su planteamiento metodológico y ha utilizado los métodos propios de la historiografía general tales como la historia cultural, la historia política y económica, la historia de las mentalidades, la historia intelectual, la historia de la vida cotidiana, y se ha utilizado de manera particular las técnicas de la historia oral o de las historias de vida como técnicas que permiten dar la palabra a grupos que no tenían acceso a la producción de documentos escritos, por lo que -con las fuentes de documentación tradicional- permanecían mudos, y resultan herramientas útiles para realizar estudios sobre mujeres.

De manera general podemos decir que la investigación historiográfica feminista hasta el momento es bastante ecléctica, cubre una gran variedad de temas, centrados alrededor del trabajo, la familia, la política y el campo ideológico, incluyendo lo religioso y lo cultural. Y en la actualidad la tendencia apunta más hacia una creciente exploración del poder, concibiendo el poder de una manera distinta, no como una forma de control, como un recurso, no necesariamente localizado en las instituciones políticas, sino precisamente fuera de ellas, por ejemplo en la sexualidad y en los símbolos; realizando una exploración que tiende a rebasar el ámbito privado para poder ampliar su ámbito y connotación.

El gran número de trabajos de investigación realizados desde los años setenta hasta el presente indica que la historia feminista tiene por el momento una vitalidad extraordinaria. Existen actualmente numerosas publicaciones no solo de la nueva generación de historiadoras sino también de sus predecesoras así como un número creciente de historiadores. La realidad que han ido revelando es mucho más rica y compleja que la imaginada inicialmente y nuestra información sobre ciertos temas ha aumentado considerablemente.

Reflexiones acerca de la integración de la Historia de las Mujeres en la Historia General, y en la Docencia.

La historiografía de las mujeres ha dejado claro que pretende realizar una historia global e integradora que implica la contextualización de la problemática histórica de las mujeres, en un marco histórico concreto caracterizado por complejas relaciones sociales. La insistencia de integrar la Historia de las Mujeres en las Historia General se ha planteado como una necesidad para la construcción de una visión global de la Historia, pues lo que interesa es una Historia que debe contemplar la comprensión de la humanidad en su conjunto.

Pero este planteamiento ha encontrado serios obstáculos para llevar a cabo esta concepción global de la Historia de las Mujeres. Y de acuerdo con Mary Nash19 “el punto clave es la integración de los avances de la historiografía de las mujeres en la historiografía general”; y propone como crucial el tema de la docencia en la Historia de las Mujeres como medio de conceptualización de una Historia que integre la experiencia histórica colectiva de mujeres y hombres. Aunque sigue vigente el cómo realizar dicha integración ya que la disciplina histórica sigue conceptualizando la experiencia histórica masculina como la norma y le sigue atribuyendo un grado mayor de universalidad.

La integración de la Historia de la Mujer en la Historia General es de gran importancia porque cuestiona los métodos de investigación y de elaboración teórica que refuerzan una evaluación social jerárquica de hombres y mujeres. Aunque el cuestionamiento del paradigma básico de la Historia y de los valores tradicionales en torno a la organización del discurso histórico ha provocado una resistencia significativa frente a la aceptación de la Historia de las Mujeres.

Lo que provoca menos resistencia es agregar la Historia de las Mujeres como un añadido a la Historia General, como estudios complementarios o como mucho que la reforma sea considerada en el sentido de añadir nuevas áreas temáticas. Esta resistencia a la reelaboración del conjunto de la Historia desde la perspectiva y metodología de la Historia de las Mujeres, significa resistencia a reformular los paradigmas del bagaje conceptual historiográfico.

“La integración de la historia de las mujeres en la historia general plantea enormes problemas, sobre todo en el momento en que la historia sirve como legitimador de valores culturales en el marco de la oferta de una educación general (...) En cambio, la introducción de estudios sobre la mujer que sirvan para cuestionar los modelos androcéntricos y repensar la historia en términos de género, son de gran interés para una reelaboración de nuestra visión histórica.”20

(Artículo publicado en la Revista La Palabra y el Hombre. Universidad Veracruzana. Abril-junio 2004)

Notas
1.- Navarro A., Marisa. “Mirada nueva-problemas viejos”, en Luna G., Lola. (coord.) (1991). Mujeres y Sociedad. Nuevos enfoques teóricos y metodológicos. Barcelona. Universitat de Barcelona, p.103
2.- Segura, Critina (1996). Entre la marginación y el desarrollo: Mujeres y hombres en la historia. Madrid. Ediciones del Orto, p. 40
3.- Morant, Isabel (1995). “El sexo de la historia” en Gómez, Guadalupe-Morant, Ferrer. (1995). Las relaciones de Género. Madrid. Marcial Pons, p. 32, 33
4.- Ibidem, p. 24
5.- Navarro Aranguren, Marisa., “Mirada nueva -problemas viejos”, en Luna G., Lola (coord.) (1991). Op. cit., p. 103
6.- Buttafuoco, Annarita. “Historia y memoria de sí. Feminismo e investigación histórica en Italia” en Colaizzi, Giulia (1990). Feminismo y Teoría del Discurso. Madrid. Cátedra, p. 46
7.- Morant, Isabel (1995). Op. cit., p. 34
8.- Nash, Mary (1991). “Replanteando la historia: mujeres y género en la Historia Contemporánea” en Los estudios sobre la mujer: de la investigación a la docencia. Actas de las VIII Jornadas de Investigación Interdisciplinaria. Madrid. Universidad Autónoma de Madrid, p. 604
9.- Ibidem, p. 605
10.- Morant, Isabel (1995). Op. cit., p. 43
11.- Heilbrun, Carolyn G. (1988). Escribir la vida de una mujer. Megazul. Madrid, p. 14
12.- Ibidem.
13.- Perrot, Michelle. “Escribir la historia de las mujeres: una experiencia francesa” en Gómez, Guadalupe y Morant, Ferrer (1995). Op. cit., p. 75

14.- Ibidem, p. 77
15.- Nash, Mary. Op. cit., p. 608
16.- Dolores R., María. “Historia social: un espacio de encuentro entre género y clase” en Gómez, Guadalupe y Morant, Ferrer (1995). Op. cit., p. 88
17.- Navarro, M. “El Androcentrismo en la Historia: la mujer como sujeto invisible”, en Mujer y Realidad Social. II Congreso Mundial Vasco. San Sebastián. Servicio Editorial de la U. del País Vasco., p. 32
18.- Morant. Isabel (1995). op. cit., p. 51
19.- Nash, Mary. Op. cit., p. 602
20.- Ibidem.

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