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domingo, 1 de julio de 2012

Hechos cotidianos para golpearse la cabeza contra un muro. O para tomar conciencia de que aún falta mucho por conseguir


Por: María Jesús Méndez

“¿Vosotras sois hermanas?”, nos preguntaron las niñas. Dos de ellas tenían 5 años y otra 6. “No” les respondí. “Somos novias”. “¡Pero si eso no se puede!”, nos dijo una ellas, sorprendida. “Sí se puede”, contestó la de 6 años, “yo he escuchado que sí se puede hacer eso”.

Eran tres niñas desconocidas y encantadoras. Mi novia y yo estuvimos jugando con ellas un rato, saltando en la cama elástica, charlando. Estábamos en un bar al aire libre, un lugar ideal lleno de árboles y de cielo, cerca de la zona universitaria de Pamplona. Las mesas estaban casi todas ocupadas por grupos de amigos, de familias, de parejas, y nosotras las bolleras con nuestras amigas bolleras.

Al final de la tarde, una de las madres de las niñas dio la orden de retirada. Las niñas protestaron. Querían seguir jugando con mi novia. La madre se acercó a ella y la increpó: “¿Qué información le has dado tú a las niñas?”. “No sé a qué te refieres”, contestó mi chica muy tranquila. “No sé, quizás las niñas me han informado mal”, se excusó la madre. “Es que no sé a qué te refieres, si me dices lo que es ya te puedo yo decir si informé o no a las niñas de algo”. Ante esa respuesta la madre prefirió marcharse. “No, da igual, quizás se han equivocado”. Y se fue. Se fue sin ser capaz de articular palabras como “lesbiana”, “gay”, “pareja”, incluso “pecado” u “aberración”. Se fue incapaz de acusar, de culpar o de poner forma a algo tan invisible como es el amor entre mujeres. Las niñas no la siguieron. Se acercaron a nosotras para despedirse con un beso y un gran abrazo.

La otra historia pertenece a una pareja que está a un mes y medio de tener a su bebé. Una de ellas trabaja en una empresa de jardinería y la otra en Burger King. Tuvieron que ahorrar bastante dinero para lograr formar su familia. Están casadas, pero no pudieron embarazarse por la Seguridad Social. ¿La razón? Ninguna de las dos es un hombre con problemas de fertilidad. Requisito importante para este sistema de salud. Al segundo intento en una clínica privada lo consiguieron. La que trabaja en jardinería recibió la enhorabuena de casi todos sus compañeros de trabajo por el embarazo de su mujer. De todos menos de uno que le soltó: “bueno, pero no es hijo tuyo, es de ella”. Ella le respondió: “¿Perdona?, ¿y si te enteraras de que tu hijo no es tu hijo biológico qué sucedería?, ¿dejarías de considerarlo tu hijo? O si adoptaras a un niño, ¿no sería tu hijo? Es mi hijo y de ella. Y punto”.

Las terceras protagonistas de esta historia llegaron hace dos años de Estados Unidos. Vinieron a vivir a España motivadas por la legislación favorable y la aceptación social hacia el colectivo LGTB. Encontraron trabajo en un colegio religioso, como profesoras de inglés. Este verano ambas trabajarían en un campamento infantil. Poco tiempo antes de comenzar las llamó el jefe para despedirlas. Se habían enterado de que eran pareja y “alguien” de la organización no se sentía cómodo con este estilo de vida. El jefe reconoció que las estaba discriminando y que no podía hacer nada al respecto. En agosto las americanas regresarán a su país.

Hechos cotidianos para golpearse la cabeza contra un muro. Momentos de desencanto para quienes día a día luchamos por la visibilidad lésbica. Baches en el camino que demuestran que aún hay mucho por limpiar y pavimentar. Tareas pendientes individuales y sociales. Visibilidad pendiente. Los derechos están conseguidos sobre el papel. Ahora falta buscarnos el derecho a existir en las calles, en la cotidianidad. ¿Empezamos?


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